Los principales acreedores de América latina ya no son un relativamente pequeño grupo de bancos comerciales identificables, sino una colección de anónimos tenedores de bonos. Una porción mayor es adeudada por el sector privado, donde previamente el gobierno dominaba la escena. Y la nueva deuda ha sido contraída en un ambiente de libre movimiento de capital y mercados de cambio libre.
Si parecemos algo vagos con relación a la medida de la deuda de la región, se debe a que existe poco acuerdo entre las organizaciones, públicas y privadas, que informan esos datos; y esto ocurre a pesar de los esfuerzos de grandes organismos internacionales por producir datos actualizados, cifras compatibles que permitan detectar a tiempo las crisis que se están gestando.
Desde marzo de 1999, las estadísticas conjuntas del BPI-FMI-Ocde-Banco Mundial sobre Deuda Externa (JBIOW, según las siglas inglesas) han tratado de llenar esa brecha con algún éxito: sus informes, vía sitios en Internet de las agencias participantes, muestran datos de las principales economías de América latina hasta fin del año pasado, en varios casos. En este campo, eso es alta velocidad. Sin embargo, las cifras (en general y por categorías) no concuerdan con las producidas separadamente por las agencias participantes.
En general, las estimaciones privadas tienden a ser mayores que las oficiales, lo que en parte podría reflejar conocimiento de primera mano de transacciones privadas, pero esto no lo explica todo.
Miles de millones “perdidos”
Las brechas no son mínimas. Tomando cuatro de las conocidas fuentes (JBIOW y Cepal en la esfera oficial, J. P. Morgan y EIU), encontramos que, para la mayoría de países observados, las estimaciones más altas son más de un tercio más elevadas que las más bajas. En un caso, Perú, la diferencia fue de 50%.
La diferencia no puede explicarse por la relativa sofisticación del sistema estadístico. La brecha para la Argentina es menos de la mitad que las de Brasil, Chile y Colombia, cuyos sistemas estadísticos son buenos o mejores. Es posible que la presencia de una crisis, como en la Argentina, obligue a mirar más de cerca, y las cifras comiencen a converger.
Los montos “perdidos” en la estimación más baja no son intrascendentes: en cuatro de las grandes economías, son 43% a 60% mayores que el monto que esos países gastan en un año de servicio de su deuda externa. Uniendo las brechas entre las estimaciones (US$ 171.000 millones), en realidad sobrepasan la deuda externa de la Argentina (US$ 154.000 millones en el promedio de las cuatro fuentes citadas).
El punto no pasa tanto porque estos desequilibrios vuelven sospechosos cualquier cálculo sobre la deuda, sino que las organizaciones y gobiernos aún operan con datos incompletos y esto aumenta la posibilidad de crisis inesperadas.
En los ´70 eran los bancos comerciales los que nutrían la deuda de América latina, reciclando petrodólares por medio de grandes préstamos sindicados. Este flujo creció hasta que se encontró con un obstáculo externo imprevisto: la decisión de países industrializados de elevar sus tasas de interés para contener la inflación en sus países. Las obligaciones del servicio de la deuda de América latina treparon, y comenzó la gran crisis de la deuda de principios de los ´80.
Gran parte de la década perdida de los ´80 transcurrió tratando de solucionar esa crisis. Debido a que la deuda estaba en pocas manos, fue posible para acreedores multilaterales como el FMI, con el apoyo del gobierno de Estados Unidos, preparar acuerdos de reestructuración concertados, en un proceso que culminó en el cambio de deudas de bancos por bonos Brady garantizados por Estados Unidos.
Entran tenedores de bonos y deudores privados
Primer gran cambio: al retirarse los bancos como principales acreedores, entraron los tenedores de bonos. Al inicio eran lo mismo, los dos contingentes se separaron con el tiempo, primero vía negociaciones en el mercado secundario, luego cuando los países rescataron su deuda Brady canjeándola por nuevos bonos.
En la mayoría de las grandes economías de América latina, las cifras de JBIOW muestran que los bonos suman más de 40% del total de la deuda externa; en la Argentina y Venezuela, más de 50%.
Anne Krueger, del FMI, señaló hace poco que para todo el mundo en desarrollo, “la proporción de la deuda pública externa pendiente, que se debe a acreedores privados y que toma la forma de bonos, ha subido de 13% en 1980 a 60% en 2000″.
El segundo gran cambio ocurrido desde la ´década perdida´ es un vuelco del mercado de préstamos del sector público al privado.
De acuerdo con el Banco Mundial, en 1990, sólo 5% de toda la deuda externa de América latina y el Caribe fue deuda privada no garantizada. Para 1999, creció a 30%. En igual período, la parte de deuda pública y garantizada públicamente, se contrajo de 75% a 53%.
El síndrome de aguante peruano
Esos dos cambios unidos han hecho más difícil hacer frente a las crisis financieras. Montar acuerdos de reestructuración concertados ya no es tan simple como cuando se lidiaba con un grupo de banqueros.
Citando a Anne Krueger: “Los tenedores de bonos son más numerosos, más anónimos y más difíciles de coordinar que los bancos. La mayoría no busca una relación de largo plazo con el deudor y no teme la presión de los reguladores. Los tenedores de bonos también tienen un gran incentivo para demandar a los acreedores morosos porque, al revés de los bancos, ellos no tienen que compartir los gastos del litigio. La situación es más complicada por la creciente variedad de instrumentos de la deuda y derivados en juego. Todo esto incrementa el ´problema de una acción colectiva´ para obtener un acuerdo entre los acreedores en términos de reestructuración, aun si casi todos se beneficiarían”.
Hasta ahora hubo menos litigios que los esperados, pero Krueger recordó el caso de un tenedor de bonos que persuadió a las cortes en Estados Unidos y Europa para evitar que Perú cumpliera con el servicio de su deuda Brady hasta que recibiera su pago. En lugar de declararse en default, Perú pagó.
El síndrome nervioso brasileño
El giro en la composición de la deuda, de pública a privada, también tuvo implicaciones en las crisis. Como en el caso de la deuda externa a corto plazo (24% a 44% del total en la mayoría de las grandes economías). La mayor parte de ella es privada y, como señaló Paul Krugman, en una crisis, cuando los inversores privados extranjeros o domésticos temen la devaluación de la moneda, los que adeudan en moneda extranjera desearán, en general, pagar lo antes posible.
Por ejemplo, una firma brasileña que tiene deuda a corto plazo en dólares y teme una devaluación del Real, estará dispuesta a obtener más préstamos en reales y pagar su deuda en dólares.
Los dos cambios en la naturaleza de la deuda de América latina tuvieron lugar en un contexto de liberalización del flujo de capitales, y esto agregó más vulnerabilidad al entorno financiero. Otro ejemplo de Krugman: los fondos de cobertura que obtienen préstamos en dólares o en yenes para invertir en valores domésticos de alto rendimiento, que no se contabilizan como deuda en moneda extranjera. Al olfatear una crisis, el fondo descarga valores, compra dólares y se retira, ayudando al drenaje de las reservas internacionales.
Los inversionistas domésticos pueden hacer lo mismo. El punto es que con la movilidad del capital y en un mercado de libre cambio, el área para un ataque especulativo es considerable e incontrolable.
Flujo de capitales
La perspectiva basada en que el flujo de capitales se contraiga como resultado de la crisis de la Argentina, es preocupante: ocurre luego de cuatro años desalentadores.
En 1999, cuando la región sentía los efectos secundarios de la crisis de Rusia, el flujo neto de recursos fue ligeramente negativo. En 2000 se equilibró, con casi el grueso del flujo de capital engullido por los pagos de la deuda y desembolso en servicios.
Durante los cinco años previos, Brasil y la Argentina recibieron un gran flujo neto (US$ 36.000 millones y US$ 21.000 millones, respectivamente), mientras en el otro extremo, Venezuela y Ecuador han sufrido considerables drenajes (US$ 23.000 millones y US$ 5.000 millones).
El año pasado, el flujo autónomo de capital cayó a la mitad, a US$ 33.000 millones, menos aun que después de la moratoria de Rusia. El grueso del flujo fue inversión extranjera directa (IED); hubo un reflujo de inversión en valores, y casi todo lo que se reunió por medio de bonos y préstamos de bancos, se destinó al pago de deudas vencidas.
Los préstamos probaron ser caros. Cepal calcula que el costo promedio para la región subió a 16%, aunque la cifra cae a 11% si no se consideran los bonos de la Argentina y algunos de Brasil. La Argentina enfrenta los costos más altos (23,5%). Brasil enfrentó un promedio por encima de 14,5%. Y Colombia vio sus costos caer a un promedio algo debajo de 10%.
Chile, México y Uruguay pudieron, por su calificación de inversión, emitir bonos para asegurar la financiación durante este año, luego de los ataques del 11 de septiembre en Estados Unidos. Uruguay, luego de la crisis de la Argentina, ya no pertenece a ese club. Surgieron dudas sobre su actual política económica.
El flujo de IED se contrajo en 2001, por segundo año, a US$ 58.000 millones. Esto ha sido atribuido a la contracción general de la economía mundial y a los programas de privatizaciones de la región que, habiendo sido la principal atracción, se encaminan a su cierre.
Los países que más sufrieron de la contracción fueron la Argentina, Brasil y Venezuela. Los de mejor desempeño fueron Chile, Ecuador (que registró una cifra récord) y México (que mantuvo el propio).
El flujo de valores fue bastante desigual, con México registrando el único flujo neto y Brasil y Chile registrando salidas netas. En promedio, la cotización de acciones en las bolsas de valores de la región cayó cerca de 15% en el año.
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Las tablas que aparecen aquí arriba conforman un cuadro único.
A continuación de la columna de Colombia debería estar la de Costa
Rica y así con las que aparecen en las siguientes tablas. Se repite la
columna "Región" en todos los cuadros.
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