miércoles, 17 de junio de 2026

    Génesis y brevísima historia de la crisis

    Después de 10 años de vivir en un sistema que mantuvo el peso argentino pegado al dólar de Estados Unidos, de los cuales los últimos tres estuvieron sumidos en una recesión que no daba señales de ceder, en diciembre de 2001 el Gobierno tuvo que admitir que no podía honrar los pagos de su deuda. Ya no había suficientes dólares para seguir garantizando, como mandaba el sistema, que cada peso fuera equivalente a un dólar.


    La aceptación de esa realidad se pospuso hasta el último momento, y cuando se comenzaron a tomar medidas drásticas, el ahorrista descubrió de pronto que el dinero que había depositado en los bancos, no sólo en cuentas de ahorro sino también en cuentas corrientes donde tenía sueldos, ya no estaba a su disposición.


    La gente salió a la calle, no ya solamente los desempleados que venían protestando desde hace años, ahora como en otras ocasiones anteriores, con saqueos a supermercados; ahora salía también la clase media para expresar su indignación al son de sus cacerolas. Exigían nada menos que la defenestración del Gobierno.


    La explosión fue de tal intensidad que convenció al presidente Fernando de la Rúa de que ya no podía seguir gobernando. Renunció. El Congreso nombró un presidente interino, Adolfo Rodríguez Saá, para que se hiciera cargo hasta que se llamara a nuevas elecciones, tres meses más tarde. Se hizo cargo de la Presidencia y anunció públicamente que la respuesta a la crisis tendría que incluir un default sobre los pagos de la deuda y, como se había abandonado el régimen de convertibilidad, también una devaluación. Sus primeros actos como presidente, sin embargo, convencieron al pueblo de que lo que se le estaba ofreciendo era la misma política de siempre y no el acceso a su dinero.


    Una vez más la gente salió a la calle a protestar cacerola en mano y Rodríguez Saá, sintiendo que no podía con la situación, como De la Rúa unos días antes, renunció.


    Volvió a reunirse el Congreso para elegir presidente interino, y el elegido fue Eduardo Duhalde, el hombre que había perdido dos años antes ante De la Rúa. Esta vez, sin embargo, el presidente interino no iba a llamar a elecciones inmediatamente, sino que completaría el mandato inconcluso de De la Rúa. Duhalde retomó desde donde había dejado Rodríguez Saá: default, abandono de la convertibilidad, devaluación y, luego de convertir los depósitos bancarios en dólares a pesos, aflojó un poco las restricciones a los retiros. Hasta aquí, esta recapitulación parece presentar una crisis económica con efectos políticos. En realidad, política y economía han estado siempre entrelazadas en el desarrollo de esta crisis, y desde mucho tiempo atrás.


    Antecedentes

    1. Alfonsín


    A menudo se dice que el gobierno de Raúl Alfonsín, el primero surgido de elecciones después de años de dictadura militar, prestó más atención a los asuntos políticos que a los económicos, y que terminó perdiendo el control de la economía y conduciendo el país hacia una profunda crisis.


    Este análisis no tiene en cuenta el detalle que Alfonsín asumió el poder justo después del brote de la gran crisis de la deuda latinoamericana en 1982. En aquel momento, el presidente contempló la idea de un default parcial: pagar sólo la tasa de interés “histórica”, o sea la que se podía pagar. Los bancos y las instituciones financieras internacionales lo convencieron de que no lo hiciera.


    Eran los días en que se estaba formando ese conjunto de políticas que ahora se conocen como “Consenso de Washington”, y las presiones por sumarse a ese consenso ejercieron una gran influencia en el largo proceso de la reestructuración de la deuda argentina. Se trata de un camino que el gobierno de Alfonsín quería tomar gradualmente, y de esa elección surgieron muchos de los problemas en el manejo que hizo su gobierno de la economía. La memoria colectiva ha borrado casi completamente que, en aquel momento, el Partido Justicialista parecía orientarse hacia la adopción de una organización interna más democrática, y hacia el mismo tipo de estrategia “moderada” frente a la reforma económica que el partido gobernante, la Unión Cívica Radical. El naciente “Consenso de Washington” ganaba terreno como la única receta aceptable y, como en otras parte de América latina, las diferencias entre lo que proponían partidos rivales tendían a desdibujarse.

    2. Menem


    Fue entonces cuando un nada convencional peronista llamado Carlos Menem apareció en escena, presentándose como el encargado de rescatar la versión tradicional y populista del peronismo. Era un personaje que cultivaba una imagen diferente, que hablaba diferente, y eso lo llevó a la presidencia. Alfonsín, acosado por una severa crisis económica, con una inflación en rápido ascenso y la proliferación de los saqueos a supermercados y al comercio en general, se convenció de que ya no podía seguir en el poder y entregó el mando del gobierno seis meses antes de finalizar su mandato.


    Otra cosa que también fue borrada de la memoria colectiva es que Menem, en sus primeros dos años de gobierno, tuvo tres ministros de Economía y convirtió la alta inflación en hiperinflación antes de pedir a Domingo Cavallo que encuentre una solución. La respuesta de Cavallo ­el régimen de convertibilidad­ fue drástica, pero trajo un beneficio que inmediatamente produjo gran alivio: estabilidad de precios. La convertibilidad y la relación del peso uno a uno con el dólar no eran el único elemento del paquete. También incluía uno de los procesos más radicales de privatización y liberalización del comercio en América latina: un retiro absoluto del Estado en un país donde la influencia estatal había llegado a permear casi todo, en muchos casos sin poner nada en su lugar.


    Por un tiempo, hubo rápido crecimiento económico. Pero con el crecimiento de la economía también crecía velozmente el desempleo (sin red de protección), algo que vino acompañado del surgimiento de los “nuevos pobres”: miembros de la clase media que perdían su posición privilegiada en un patrón de distribución del ingreso que se estaba convirtiendo de uno de los mejores de la región en uno de los más distorsionados. Y había también corrupción a gran escala, que si bien no era la mayor de toda la historia argentina, era la más grande que recordaba la mayoría de los argentinos adultos del momento.


    Fue el crecimiento económico inicial el que dio a Menem su segundo mandato. Por cierto, la magia no comenzó a esfumarse realmente hasta que la economía entró en decidida recesión en 1999. Pero incluso en aquel momento, lo que llevó a la Alianza opositora al poder fue la promesa de eliminar la corrupción y terminar con el “déficit social” del país, sin tocar la convertibilidad. Muchos importantes políticos de la Alianza creían que ese régimen de cambio fijo se había convertido en un costoso chaleco de fuerza, pero la mera mención de su eliminación significaba restar votos. Un político se manifestó abiertamente a favor de abandonar el sistema. Su nombre era Eduardo Duhalde. Perdió.

    3. De la Rúa


    La administración de Fernando de la Rúa se mantuvo fiel al mantra de la convertibilidad hasta el fin, curiosamente, aun después de que el padre del sistema, Domingo Cavallo, fuera llamado una vez más para encontrar una solución a una crisis que ya era de enormes proporciones. Pero la convertibilidad ya estaba dando señales de que no estaba tallada en la piedra.


    Debe aclararse que, antes de que Cavallo reapareciera en escena, la administración De la Rúa había perdido su derecho a reivindicar principios morales por haberse enredado en el mismo tipo de corrupción que había prometido erradicar. Disgustado, el vicepresidente, Carlos Álvarez, renunció; ese acontecimiento abrió el camino hacia el peculiar proceso de sucesión del último mes de diciembre.


    Cuando en octubre del año pasado se celebraron en la Argentina las elecciones parlamentarias de medio término de De la Rúa, la característica más notable del resultado no fue que el gobierno perdiera terreno. Fue la alta proporción de abstenciones ­en un país donde el voto es obligatorio­ combinada con gran cantidad de votos en blanco o nulos, lo cual indicaba el desencanto generalizado con todos los partidos y los políticos.


    Ése era un estado de ánimo que se venía haciendo visible desde hacía algún tiempo y se había manifestado en todas las encuestas de opinión. Ése fue el estado de ánimo que culminó con los dos sucesivos cacerolazos, las manifestaciones del poder de las cacerolas que defenestraron a dos presidentes seguidos en los últimos días del año pasado.


    No es fácil discernir hacia adónde va a orientarse el humor que se manifestó en el voto bronca de octubre. Por ahora está en contra de muchas cosas, y no parece a favor de nada, exceptuando el final de las angustias que genera la crisis económica. Esto, sabemos, no ocurrirá pronto, y aun cuando ocurra puede no agotar las demandas que están comenzando a tomar forma.


    La gran pregunta es cómo se va a canalizar, o mediar, el clima de protesta. Los partidos políticos, en su actual forma, parecen pobres candidatos para la tarea. Las protestas comenzaron a dar origen a algunas formas rudimentarias de organización, en el ámbito barrial, y a provocar intentos de absorción por parte de diversos grupos. Todavía no se vislumbra liderazgo. Lo que tenemos aquí es un terreno fértil para el surgimiento del hombre “providencial”, el que pueda dar un sustituto de la religión que acaba de fracasar.

    Actitud de los bancos
    y su impacto a largo plazo

    Aunque renuente a usar la palabra contagio
    en conexión con la crisis de la Argentina, el Banco de Pagos
    Internacionales (BPI, banco central de los bancos centrales), tuvo unas
    pocas palabras moderadas en términos del impacto a largo plazo
    que podría tener la crisis.

    Es probable que los bancos internacionales
    apliquen normas más estrictas en préstamos para los gobiernos
    de mercados emergentes e instituciones del sector público a través
    de sus subsidiarias locales.

    El tono del BPI sobre la Argentina, en
    su 72º Informe Anual, no es muy sombrío. Expresó con
    alivio que el “default de la deuda argentina fue posibilitado sin
    la intervención del masivo sector público que a menudo se
    ha visto en el pasado”, como si la crisis ya hubiera terminado.

    En varias ocasiones, el informe se refiere
    al “muy limitado contagio” en otras economías emergentes, con un
    texto sazonado de palabras como desacople y flexibilidad que
    ya se han dejado de usar hace tiempo.

    Los bancos, dice el BPI, se volverán
    más cautelosos en realizar nuevas operaciones en economías
    emergentes que tienen sistemas políticos, legales y judiciales
    percibidos como no confiables.

    Esto ocurrirá, argumenta, a pesar
    de la “evidencia del desacople” de otros mercados latinoamericanos de
    la crisis de la Argentina y la ausencia de cualquier signo de “contagio
    depositado”. [Uruguay podría no estar de acuerdo con esta declaración,
    pues dos de sus bancos sufrieron el impacto de los retiros de clientes
    argentinos. Paraguay también vio su sistema bancario sacudido bajo
    el impacto de la crisis de la Argentina.]

    Otro resultado de largo plazo de la crisis
    argentina, podría ser que los bancos buscarán diversificar
    sus inversiones, en vez de concentrarse en una economía o región
    única.

    Como ha ocurrido en la Argentina, las
    autoridades del país anfitrión pueden no ser capaces o no
    tener la voluntad de rescatar una subsidiaria de un gran banco extranjero.
    Una negativa a capitalizar su subsidiaria sería vista como extremadamente
    dañina para el país en cuestión.

    Además, los bancos extranjeros
    podrían no estar dispuestos a dar préstamos en moneda extranjera
    en algunas economías emergentes, o hacerlo, pero con un elevado
    costo. En la Argentina, la decisión de aplicar la devaluación
    asimétrica a principios de año, por la cual los préstamos
    en dólares y depósitos fueron pesificados a diferentes
    tasas, significó que los bancos absorban la diferencia.

    Finalmente, el BPI dice que el flujo de
    inversiones extranjeras directas podría verse afectado, porque
    al sufrir grandes pérdidas en la Argentina, las firmas tienen menos
    que invertir en otras partes.

    © MERCADO/Latin American Newsletters