Esta no es la crisis esperada. O en todo caso no es la única. Al comenzar la década pasada, con el fin de la Guerra Fría y del mundo bipolar, apareció el gran debate de fin del siglo: el de la crisis interna del capitalismo, o mejor aún, el del futuro del capitalismo.
Desde el punto de vista de la distribución del ingreso, hay dos tendencias preocupantes: la primera es la desigualdad. Cada vez es mayor el número de personas que está económicamente peor que antes. Esto ocurre en todos los países, en todas las industrias y en todas las categorías de ingreso. Hay una brecha creciente en la distribución del ingreso de los asalariados. No sólo crecen las desigualdades entre grupos diferentes sino también dentro de los mismos grupos. Dentro de un mismo país hay trabajadores que ganan más que otros que tienen el mismo nivel de preparación.
La segunda tendencia es la caída de los salarios. Para la mayoría de la gente, los sueldos están bajando. Aquí tampoco hay grupo que se salve. Para principios de la década del ´90, el salario real del varón cayó para todas las edades, industrias, ocupaciones y nivel educativo. Y lo que más sorprende es que los salarios caen aun en economías cuyo PBI está en alza.
La caída del comunismo creó un dilema que cuestiona los argumentos básicos del capitalismo del libre mercado. La ideología del capitalismo no reconoce la necesidad de que los gobiernos inviertan. Los gobiernos deben mantenerse al margen y dejar que el mercado opere con libertad. Para sortear con elegancia esa situación, las inversiones que gobiernos pasados destinaron a investigación y desarrollo, educación e infraestructura, se hicieron en nombre de la lucha contra el comunismo. Hasta la construcción del sistema de autopistas en Estados Unidos se justificó con el argumento que facilitaba el traslado de los misiles por el territorio.
Sin el comunismo, la ideología capitalista no puede justificar la inversión estatal. El momento no podría ser peor, porque los cambios tecnológicos y demográficos hacen que sean más importantes que nunca las inversiones de largo plazo de los gobiernos. Por eso, la caída del comunismo preparó la escena -en palabras de Lester Thurow- para una batalla entre las demandas de la tecnología y las creencias de la ideología.
La tecnología creó la era de las industrias del conocimiento dependientes del capital humano. Y el capital humano choca con algunos de los principios básicos del capitalismo.
La tecnología y la ideología han creado un mundo global. Tecnológicamente, el mundo está conectado por sistemas de comunicación y transporte económicos y eficientes. Las empresas pueden transportar materias primas a donde quieran.
El comunismo ya no está, pero no hay retorno. Una economía única y global es como todos concebimos el mundo de hoy, y esto incluye a los países que fueron comunistas.
El ideal en el capitalismo es hacer algo tan barato como se pueda y venderlo tan caro como se pueda. Así se consiguen las ganancias. Por primera vez en la historia de la humanidad, cualquier cosa se puede hacer en cualquier parte y vender en cualquier parte. Lo que significa que una cosa se puede fabricar donde sea más barato y vender donde consiga el precio más alto. Eso es bueno para las empresas individuales. Pero para las naciones y sus obreros, la noticia no es tan grata.
Con la internacionalización, se terminó la era de la regulación nacional. Las actividades van a donde no están reguladas. El resultado es una competencia entre países para ofrecer la mejor legislación fiscal y las mayores ventajas regulatorias para atraer a las empresas.
Al mismo tiempo, la regulación mundial sigue siendo algo impracticable. Nadie puede ponerse de acuerdo sobre quién debe regular, qué hay que regular y cómo hay que regular.
El capitalismo predica consumo, no inversión. Según el capitalismo, a los individuos no se les puede pedir que inviertan su dinero en lugar de gastarlo. La inversión podría ser buena para la sociedad en el largo plazo, pero eso no viene al caso.
La idea de un gobierno o una sociedad forzando a los individuos a invertir (o ahorrar) es anatema para los capitalistas puros. Y sin embargo, es cada vez más fuerte la presión para que haya más inversión. Las industrias que usan capacidad intelectual necesitan inversiones en conocimiento e investigación y desarrollo, que dan frutos luego de largos períodos. Hasta ahora, las inversiones privadas no las cubren. Desde una perspectiva tecnológica, las industrias del conocimiento de la economía global necesitan inversiones de largo plazo en infraestructura, conocimiento y tecnología que sólo el gobierno puede dar.
Pero, desde una perspectiva ideológica, la caída del comunismo ha eliminado toda justificación para la inversión del gobierno.
Tecnología e ideología se apartan. Una de las dos deberá ceder. Es dudoso que la tecnología pueda dar marcha atrás. De modo que la ideología del capitalismo deberá transformarse.
Si el capitalismo quiere sobrevivir en el próximo siglo, deberá abandonar la ideología del consumo y adoptar la ideología del constructor. El horizonte de corto plazo debe transformarse en horizonte de largo plazo. La gratificación instantánea deberá dar paso a la idea de crear para el futuro.
