Lo que se ha quebrado en Estados Unidos, el motor y el corazón del capitalismo internacional, es la confianza de los inversionistas. Nadie cree más en lo que dicen los balances de una compañía, por más que hayan sido revisados por las más prestigiosas firmas de auditoría; aunque tengan el visto bueno de las famosas calificadoras de riesgo; o aunque no hayan recibido objeciones por parte de los organismos de control y regulación.
A partir del escándalo Enron, la sucesión de descubrimientos de operaciones inexistentes, cifras fraguadas, ganancias ilusorias y cotizaciones artificialmente elevadas, han puesto al desnudo una de las peores lacras del capitalismo en su versión actual: la falta de transparencia, de seguridad y de confianza que eran el trípode que alimentaba el crecimiento del mercado de capitales.
En lugar de los entrepreneurs innovadores, apareció otra clase de gerentes imaginativos capaces de fraguar estados contables, inflar ganancias, y elevar el valor bursátil de las empresas que dirigen, para luego vender en el mejor momento las acciones con que fueron “premiados” por su “excelente” gestión. Para colmo, salvo pocas excepciones -por excesiva torpeza – la mayoría de los que consumaron estas maniobras están sin empleo pero millonarios y con nula posibilidad de ser sancionados penalmente.
Es que la regulación bursátil era mucho más laxa de lo que se suponía. Las consecuencias están a la vista:
- Los inversionistas claman por estados contables y balances iluminados por
todos los detalles necesarios para entender la real situación de cada
empresa. - El prestigio de los auditores está por el suelo, y muchos de ellos
intentan reconstruirlo con más estrictos códigos de ética. - La SEC (Securities Exchange Comission, o la Bolsa) busca fijar normas
que obliguen a presentar balances con nuevas reglas más exigentes,
mientras investigan la documentación presentada en los últimos
años por centenares de firmas. - Han rodado docenas de cabezas en los más altos niveles de las empresas
y algunos directivos están presos por “insider trading”; es
decir, por revelar información confidencial que favoreció a
determinadas empresas o personas. - Hasta los bancos que en su momento recomendaron a los inversionistas la
compra de acciones cuyo valor, ahora se sabe, fue artificialmente inflado,
están bajo sospecha. - Lo mismo ocurre con las calificadoras de riesgo, que hasta ahora parecían
estar por sobre el bien y el mal.
Los sectores más afectados por esta marea de denuncias y desconfianza son las empresas energéticas -comenzando por el emblemático caso Enron- y las de telecomunicaciones, donde todos los días se produce una bancarrota con miles de millones de dólares perdidos para los inversionistas.
Lo peor es que la opinión pública no advierte, ni en el Capitolio ni en la Casa Blanca, un serio intento por purificar la escena, ejercer sanciones ejemplificadoras, y fijar normas que tornen muy difícil la repetición de prácticas usuales de este capitalismo tramposo.
Todo lo cual ocurre en el peor momento. El gobierno de Bush abandonó la política de superávit fiscal de Bill Clinton y se ha embarcado en una costosa reducción impositiva -en beneficio de los sectores más pudientes- y en enormes gastos militares. Para financiar el déficit fiscal y el déficit de cuenta corriente, Estados Unidos recurrió siempre al enorme flujo de divisas que ingresó al país procedente del exterior.
Hay síntomas de que la tendencia se está revirtiendo: muchos dólares se orientan hacia la Unión Europea -aunque tampoco allí la situación es brillante- y hacia algunos destinos del sudeste asiático. El nivel de las cotizaciones en la Bolsa es hoy igual al de los días inmediatos al ataque terrorista del 11 de septiembre del año pasado.
Si el FMI tuviera que recetar algo a Washington, tendría que recurrir a fórmulas muy parecidas a las que exige en América latina. Además del “efecto tango” y de la crisis que se generaliza en la región; de las frecuentes reducciones en la calidad crediticia de Japón; algo más importante parece estar ocurriendo en el centro del mundo financiero.
