“Francamente, no entiendo por qué los mercados han ido a parar donde están”. Esta frase, repetida dos veces en público casi terminando lo que Wall Street definía como “a bloody half year” (un maldito medio año), fue una apta síntesis de una realidad poco grata a inversores, especuladores, operadores y hasta gobiernos. ¿Quién la dijo? Pues Paul O´Neill, secretario de Hacienda estadounidense.
A días de terminar el primer semestre, por cierto, un estudio del grupo Dow Jones revelaba que las fusiones y adquisiciones mostraron el peor nivel desde 1979, en relación con el PBI estadounidense. En monto nominal, la primera mitad del año acumula US$ 400.000 millones, contra casi un billón en enero-junio de 2000. Según otra fuente, en la Unión Europea el mismo sector ha “vuelto” a 1996.
De ahí que los mercados bursátiles y financieros teman que el primer decenio del siglo XXI termine siendo una “década perdida” y que los dorados años ´90 tarden mucho en volver. No sólo por la irrupción del terrorismo a gran escala, la ausencia de reflejos en Washington ante crisis sistémicas (por ejemplo, la que se gesta en Latinoamérica), el dólar débil o los escándalos empresarios y contables.
“Psicológicamente, ahorristas e inversores padecen de desazón. Sospechan que la euforia de 1998 a 2000 demore años en repetirse, si alguna vez lo hace”. Así opina Bruce Simon (Glenmede Trust, Filadelfia). Ocurre que faltan estímulos irrepetibles: fin de la Guerra Fría -por licuación del bloque soviético-, superávit fiscal en Estados Unidos (un logro de Willian J. Clinton que George W. Bush pulverizó en cuestión de meses), compras masivas de activos tecnológicos en sector de punta, fusiones y adquisiciones de empresas.
Tampoco es fácil recrear la baja de expectativas inflacionarias, el consiguiente descenso de intereses, el dólar fuerte, los crudos baratos o la firme demanda externa de acciones y bonos norteamericanos. Por el contrario, la “guerra santa” contra el terrorismo plantea dilemas propios, aumenta el déficit fiscal y el proteccionismo (con ellos, resquemores inflacionarios), el dólar flaquea, los inversores abandonan Estados Unidos y la bolsa se pasa de moda.
“La actitud de los inversores está cambiando. Por ende -apunta un informe del Wall Street Journal-, intermediarios, operadores y otros agentes del mercado deben preparar a los clientes para rindes de un dígito anual. Esto puede prolongarse toda la década”. Lo curioso es que esta coyuntura coincida con las tasas referenciales más bajas en 40 años: 1,25% anual para redescuento, 1,75% sobre fondos federales para bancos. “Océanos de liquidez creada desde la Reserva Federal no alcanzaron para licuar la ola de desconfianza originada en escándalos financieros y contables ni las nuevas tendencias del dinero a abandonar Estados Unidos”, consigna el londinense Financial Times.
