miércoles, 29 de abril de 2026

    López Murphy, flamante candidato presidencial

    Dijo Ricardo López Murphy:


    “Para entender qué falló en la Argentina, lo primero que tenemos que hacer es comprender porqué en el ´91 entramos en un régimen de convertibilidad. Recordemos que para aquel momento nuestro régimen monetario había colapsado, como lo prueba que entre 1970 y 1991 quitáramos trece ceros a la moneda. Cada cero equivale a 1.000% de devaluación. Como consecuencia de esa situación, adoptamos un régimen monetario que nos devolviera la previsibilidad, que nos devolviera una unidad de cuenta.”


    “La caja de conversión tiene ventajas y desventajas. No hay cosas sin costo. La flotación también tiene ventajas y desventajas. ¿Cuál es la ventaja de flotar? Que el tipo de cambio se ocupa de hacer los ajustes. La desventaja es que hay incertidumbre. Si se está en un país imprevisible, la flotación amplifica enormemente esa imprevisibilidad.”


    “¿Cuáles eran las ventajas de la convertibilidad? La principal era que permitía reconstruir rápidamente el sistema financiero, el sistema monetario y los contratos. Pero sabíamos desde el comienzo que ese sistema tenía un problema muy serio de ajuste si había un shock real, esto es, que bajen los precios en el resto del mundo. Si hay flotación, cuando tal cosa sucede sube el tipo de cambio y no se necesita deflacionar. Con convertibilidad, si bajaban los precios en el resto del mundo, nosotros también teníamos que bajar. Y eso trae consecuencias dolorosísimas, tales como el incremento del desempleo.”


    “¿Qué había que hacer desde abril del ´91 para evitar los problemas de la convertibilidad? La respuesta es simple. Los regímenes de conversión tienen cuatro requerimientos:

    1. Solvencia: no hay margen para aguantar desvíos en la política
      fiscal, que tiene que convertirse en el elemento de amortiguación del
      régimen. Cuando las cosas van bien, se ahorra para los días
      malos. Es una regla casi bíblica: durante las vacas gordas, se ahorra
      para cuando lleguen las vacas flacas. Todos los años buenos hay que
      tener superávit. Nosotros, en cambio, durante los años buenos
      gastamos a cuenta de los mejores que iban a venir. No podíamos tener
      déficit y, en la década de la convertibilidad, tuvimos uno de
      US$ 120.000 millones.
    2. Flexibilidad: es una cuestión de sentido común. Si
      se tiene un tipo de cambio inflexible, se necesita flexibilidad en el resto.
      No todo puede ser inflexible porque si no se rompe. Casi todos los países
      optan por tener flexibilidad en el tipo de cambio. Es lo razonable, porque
      es más fácil mover un solo precio que mover todos los demás
      valores para adaptarlos a ese precio fijo. Esto parte de la idea de que es
      posible tener una moneda flotante. Pero para que tal cosa sea viable hay respaldarla
      con una historia. Si la moneda perdió 13 ceros, es difícil lograrlo.
      Hay dos áreas en las que la flexibilidad es particularmente importante.
      Por un lado, debe haber flexibilidad en las empresas, es decir, que los activos
      estén a cargo de sus verdaderos dueños. En cualquier país,
      hay empresas que se funden y otras que progresan, pero las que se funden no
      quedan en manos de los fundidos. Desgraciadamente, en nuestro sistema los
      fundidos conservan el control de las empresas. Es muy difícil conseguir
      depositantes para financiar a los fundidos, a menos que se congelen los depósitos.
      Por otro lado, hace falta flexibilidad laboral para adaptarse a los cambios.
      Donde carecimos totalmente de flexibilidad fue en el gasto público.
      No sólo el endeudamiento, sino también el gasto. Entre 1991
      y el 2000, la economía creció 40% y no hubo inflación,
      pero el gasto aumentó 150%. Con esas cifras, no hay demasiada sorpresas
      cuando vemos que todo termina tan mal.
    3. Alto grado de apertura: cuanto más abierta es una economía,
      más posibilidades tiene un régimen como el de conversión.
      Porque en una economía muy abierta, siempre se puede disminuir las
      importaciones, aumentar las exportaciones y llevar la crisis al resto del
      mundo. Si se tiene una economía cerrada, la crisis se queda adentro
      y resulta doblemente destructiva. Nosotros no tuvimos una economía
      suficientemente abierta y la crisis se quedó adentro.
    4. Fortaleza financiera: de las cuatro tareas, ésta fue la que
      mejor hicimos. Durante años, nuestros bancos fueron muy fuertes, en
      términos de que fueron capaces de soportar terribles crisis. Nuestro
      sistema financiero fue capaz de tolerar retiros de fondos colosales, pero
      siempre hay un limite. Los retiros de recursos del último año
      pasaron de 25%. Ningún sistema financiero en el mundo hubiera tolerado
      algo así.


    ¿Por qué fracasamos? Con este diagnóstico de lo que hicimos, frente a lo que había que hacer, la historia del fracaso se aclara. Es una combinación de varios factores.”


    “El primero es la inconsistencia entre la política fiscal y la política cambiaria, entre deuda y gasto. Más que la deuda, en nuestro caso el problema fue el gasto, que le puso un costo enorme a nuestra economía y fue lo que estuvo detrás de nuestras dificultades de competitividad, de generar empleo y de lograr inversión.”


    “El segundo factor fue una serie de shocks externos desfavorables que en cualquier circunstancia habrían sido muy problemáticos. Una caída de precios en las commodities como se dio desde el ´96, la devaluación de Brasil, el cierre de los mercados de capitales para los países emergentes después de la crisis rusa y la revaluación del dólar frente al euro y al yen hubieran provocado enormes problemas de todos modos. En nuestro contexto, la crisis iba a ser sin precedentes, tal como sucedió.


    El tercer factor de nuestro fracaso fue que, en el medio de la crisis, destruimos nuestras instituciones. Fuimos mellando la convertibilidad, usamos las reservas del Banco Central para financiarnos, forzamos la colocación de títulos en los fondos de inversión, dejamos de tener presupuesto y, finalmente, congelamos los depósitos.


    Para entender por qué se produjo la crisis de confianza que llevó al corralito no hace falta más que repasar lecciones elementales de contabilidad. En sus pasivos, los bancos tienen los depósitos de la gente. En sus activos, tienen reservas, préstamos a empresas o particulares y al Estado. En todos los países del mundo, el activo más seguro es este último. A nadie se le ocurre que el gobierno no va a pagar. En la Argentina, en cambio, todo el mundo hablaba de no pagar la deuda, sobre todo durante el año pasado. Si el gobierno dice a los bancos que no va a pagar los activos, la gente traduce: no me van a pagar mi depósito. No pagar la deuda quiere decir: ´No vamos a pagar a los depositantes´. Ese proceso generó pánico. Y si al pánico se contesta con déficit cero y no se lo cumple y se comienza a emitir monedas sucedáneas, el pánico se multiplica y arrasa con todo.


    Si hemos podido explicar qué anduvo mal, deberíamos poder aplicar nuestro diagnóstico a la política actual. Antes, hay que tener en cuenta cuatro factores: la deuda, la apertura, la flexibilidad y el grado de dolarización de la economía. Este último es el que menos analizamos. Al revés de todos los demás factores, la dolarización de la sociedad no es algo determinado por la política, sino que la gente lo decide. Es cierto que lo decide en función de la historia: economías que no le quitan ceros a su moneda son poco dolarizadas, economías que le quitan ceros son muy dolarizadas. Cuanto más dolarizada está una sociedad, más abierta, flexible y solvente tiene que ser su economía, sin que importe el régimen monetario que tenga. Si se está flotando, por ejemplo, y no se tiene flexibilidad, solvencia o apertura, la tarea que se le da al tipo de cambio es enorme, se lo obliga a arreglar todo. Y para arreglar todo tiene que ser elevadísimo.


    ¿Cuál fue la política que se adoptó en los últimos meses? Se decidió eliminar el régimen monetario que teníamos sin un programa. Hay dos formas de salir de la convertibilidad: la exitosa, la de graduación ­cuando la moneda que servía de ancla ya no sirve más, como sucedió con Alemania cuando superó su crisis de posguerra­ o la expulsión. Si uno es expulsado y no tiene un programa para enfrentar los problemas que se van a presentar, las consecuencias son tremendas. Actualmente no hay reglas precisas justamente en aquellos problemas que llevaron al fracaso a la Argentina: reglas precisas en lo fiscal, en lo monetario, en lo financiero y en la deuda. Por esto, la economía está paralizada. Definir la unidad de cuenta ha pasado a ser el problema central de la Argentina, el problema central para restablecer el crédito, siempre y cuando podamos persuadir a los depositantes a que vuelvan al sistema financiero.


    En el corto plazo, la Argentina necesita restablecer su credibilidad y sólo puede lograrlo a través de un acuerdo con los organismos multilaterales. Pero primero hay que resolver algunos problemas. Hemos firmado un acuerdo con las provincias que promete para el futuro la ley de coparticipación. Sin embargo, la Constitución Nacional dice que este problema estaba resuelto el 31 de diciembre de 1996. Si no cumplimos la Constitución, ¿cómo vamos a poder cumplir algún otro pacto?


    Otro problema es la emisión de monedas sucedáneas. En el pacto con las provincias no hay control de los bonos. No hay viabilidad para ningún programa monetario mientras esté abierta esa ventana. En este momento, hay que volver a los principios de la organización nacional. Desde el punto de vista económico, nuestra Constitución fue creada para dos cosas: eliminar las aduanas interiores y unificar la moneda. Esto último es fundamental para volver a tener credibilidad.


    Para acordar con el FMI vamos a necesitar cumplir el presupuesto. Sin embargo, considero que las previsiones expresadas en él son demasiado optimistas. No veo una caída del producto del 5%, sino una mucho mayor. Y vamos a tener más inflación que la admitida. La combinación de inflación y caída del producto probablemente cierre las cuentas fiscales, siempre que no indexemos a la tasa de inflación, porque aquí la inflación es correctiva.


    Luego hay que sanear el sistema financiero. Es decir, tener un sistema financiero que nos permita depositar y retirar. Si hacemos todo esto, podremos llegar a un acuerdo con el FMI. Y ahí comienza otra tarea gigantesca: la de volver a negociar nuestra deuda. Porque si no lo hacemos nunca sabremos cuál va a ser nuestro nivel tributario. Si alguien quiere invertir en nuestro país necesita saber cuánto va a tener que pagar de impuestos. Y éstos dependen de los compromisos asumidos por el Estado.


    En los próximos años, la Argentina no va a tener ahorro externo. El camino para salir de la crisis es a través de un crecimiento espectacular de las exportaciones. Hay que apoyarlas vigorosamente. Lo único que no hay que hacer es desalentarlas con impuestos. Las exportaciones tienen que reemplazar a los recursos que no van a venir por bonos ni por deuda. Además, necesitamos recuperar el empleo porque lo necesitamos para aumentar las exportaciones. ¿Qué es lo que no hay que hacer?: aumentar el impuesto sobre la mano de obra, que es exactamente lo que se está haciendo. Consecuencia: eso le exige al tipo de cambio un nivel más alto. Dado que estamos haciendo todo al revés, necesitaremos más tipo de cambio. Este es el sendero optimista. El sendero pesimista es que pensemos que la clave es aislarnos. Si creemos esto, todavía no hemos visto nada.”

    Cinco preguntas

    Estos son los interrogantes que no tuvimos
    oportunidad de formular.

    1. Usted elogió, durante la década
    de los ´90, el modelo económico. El mismo Cavallo decía
    que solamente usted lo entendía y que podía ser su sucesor.
    No había en aquel entonces voces críticas cuando se hablaba
    del “milagro argentino”. ¿Cuándo cambió usted de opinión?

    2. Para algunas escuelas de pensamiento
    económico, el déficit fiscal y el consecuente endeudamiento
    generan altas tasas de interés y estancamiento. Para otras, es
    la falta de competitividad la que genera estancamiento y aumenta la deuda.
    Usted participa de la primera opinión. ¿Cómo les replica
    a los que sostienen la otra posición, que también parecen
    tener un argumento sólido?

    3. Durante el año 2000, cuando
    usted formaba parte del gobierno, compartía que no había
    que salir de la convertibilidad. Poco antes de asumir Duhalde usted dijo
    que el sistema monetario y cambiario estaban terminados. ¿Qué
    lo hizo cambiar de idea? ¿Comparte la decisión de devaluar?

    4. Si usted llegara a ser presidente de
    la Argentina, tendría que elegir un ministro de Economía.
    ¿Cómo define a un buen ministro del ramo? Tómese usted
    mismo como ejemplo: quien plantea un programa inaceptable para la clase
    política, ¿es un buen ministro o alguien que solamente quiere
    dejar un testimonio?

    5. Muchos de sus colegas, y obviamente
    el FMI, creen que el centro del problema fiscal pasa por la relación
    con las provincias. ¿Qué haría usted como presidente
    para resolver este problema; qué les diría a los gobernadores?