martes, 28 de abril de 2026

    Crecimiento económico*

    En la versión moderna de una vieja leyenda, un banquero inversor pide que le paguen colocando un penique en el primer casillero de un tablero de ajedrez, dos peniques en el segundo casillero, cuatro en el tercero, etc. Si el banquero hubiera pedido que sólo se usaran los casilleros blancos, el penique inicial habría duplicado su valor treinta y una veces, dejando como resultado final US$ 21,5 millones en el último casillero. Al usar los casilleros blancos y los negros el proceso hace que el penique crezca hasta convertirse en US$ 92.000 billones (billón es millón de millones).


    La gente es razonablemente buena para hacer cálculos basados en sumas, pero para operaciones que implican potenciación, o sea resultados que dependen de multiplicaciones repetidas, por lo general tiende sistemáticamente a subestimar la rapidez con que crecen las cantidades. Por ende, solemos perder de vista lo importante que es la tasa promedio de crecimiento para una economía.


    Para un banquero inversor la elección entre un pago que se duplica con cada casillero del tablero de ajedrez y otro que se duplica casillero por medio. es la parte más importante del contrato.


    ¿A quién le importa si el pago es en peniques, libras o pesos? Para una nación las opciones que deciden si su ingreso se va duplicar con cada generación, o si lo va a hacer generación por medio, le restan importancia a todas las demás preocupaciones de la política.

    Crecimiento del ingreso per cápita


    Partiendo de un nivel que era la tercera parte del de Estados Unidos, el ingreso per cápita de Japón creció a una tasa de 5,8% anual desde 1960 a 1985. Partiendo de un nivel que era la quinceava parte del de Estados Unidos, el ingreso per cápita de la India creció a una tasa de 1,5% por año.


    Como el ingreso por persona creció en Estados Unidos a una tasa anual de 2,1%, Japón se le iba acercando y la India se iba quedando cada vez más atrás.


    Se puede calcular cuánto tiempo se necesita para que el ingreso se duplique dividiendo el número 72 por la tasa de crecimiento. Si el crecimiento en Estados Unidos se mantiene a la tasa anual de 2,1%, el ingreso per cápita se duplicará cada 34 años (72/2,1 =34). En 102 años, el ingreso aumentará ocho veces. Este aumento es grande. Pero nada que no se haya visto antes. En Estados Unidos, el ingreso por persona ha crecido por un factor de este tipo durante los últimos 100 años.


    A la tasa japonesa de 5,8 %, el ingreso se duplicará cada 12 años. Si este crecimiento se sostuviera durante 96 años, el ingreso promedio en Japón aumentaría por un factor de 256.


    Una de las razones por las cuales Japón creció tan velozmente es que comenzó desde tan atrás. El crecimiento rápido pudo lograrse en gran medida copiando prácticas industriales en los principales países del mundo.


    Lo interesante es preguntarse por qué la India no logró el mismo efecto.


    A medida que Japón se va poniendo a la par de los países líderes , el crecimiento inevitablemente perderá velocidad. Durante el transcurso del próximo siglo, un aumento por un factor de 8 en el ingreso per cápita es creíble, pero un aumento por un factor de 256 no lo es.


    Después de hacer las correcciones por costo de vida, América del Norte sigue siendo la región más próspera del mundo, pero podría no serlo por mucho tiempo más. Aun cuando el crecimiento en Japón sufriera una desaceleración notable, ese país podría llegar a tomar la delantera, de la misma manera que Estados Unidos aventajó a Inglaterra a comienzos de este siglo.


    Supongamos que la tasa de aumento en Japón es 2,6 %, medio punto porcentual más alto que la tasa reciente en Estados Unidos, y supongamos que la tasa en América del Norte cae medio punto porcentual a 1,6 %. En cien años el ingreso por persona en Japón habría crecido más del doble que el de Estados Unidos.

    Crecimiento y recetas


    Hay crecimiento económico cada vez que la gente toma recursos y los reacomoda de formas que son más valiosas. Una metáfora útil para la producción en una economía proviene de la cocina. Para crear productos finales valiosos, mezclamos ingredientes baratos según una receta. Los platos que podemos hacer están limitados por la cantidad y variedad de ingredientes con que contamos, y la mayor parte de lo que cocinamos en la economía produce efectos colaterales no deseados.


    Si el crecimiento económico pudiera lograrse sólo haciendo más y más del mismo tipo de platos, terminaríamos agotando las materias primas y sufriríamos niveles inaceptables de polución e inconvenientes.


    La historia humana nos enseña, sin embargo, que el crecimiento económico surge de la ejecución de mejores recetas, no sólo de más horas en la cocina. Las recetas nuevas generalmente producen menos efectos secundarios desagradables y generan más valor económico por unidad de materia prima.


    Cada generación entendió que la limitada existencia de recursos y los efectos indeseados pondrían límites al crecimiento si no se descubrieran nuevas recetas o ideas. Y cada generación ha subestimado el potencial para encontrarlas. No logramos nunca darnos cuenta de cuántas ideas sigue habiendo para descubrir. La dificultad es la misma que tenemos con las operaciones de matemáticas combinatorias. Las posibilidades no se suman. Se multiplican.


    En una rama de la química física conocida como síntesis exploratoria, los químicos hacen pruebas mezclando determinados elementos a diferentes temperaturas y presiones para ver lo que obtienen. Hace algunos años, uno de los cientos compuestos descubiertos de esta forma resultó ser un superconductor a temperaturas mucho más altas de lo que nadie antes había creído posible. Ese descubrimiento podría llegar a tener consecuencias económicas de tanto alcance como el descubrimiento del transistor.


    Para dar una idea de cuánto margen hay para muchos más descubrimientos de ese tipo, podemos hacer el siguiente cálculo. La tabla periódica ( de Mendeleiev) contiene unos cien tipos diferentes de átomos, de manera que el número de combinaciones con cuatro tipos de elementos diferentes es 100 x 99 x 98 x 97, o sea algo más de 94 millones. Una lista de números como 1, 2, 3, 7 puede representar las proporciones para usar los cuatro elementos en una receta.


    Para hacerlo simple, supongamos que los números en la lista deben ser de 1 a 10, que no se permiten fracciones, y que el número más pequeño debe ser siempre 1. Entonces hay alrededor de 3.500 conjuntos diferentes de proporciones por cada elección de cuatro elementos, y 3.500 x 94 millones (o 330.000 millones) recetas diferentes en total. Si los laboratorios del mundo evaluaran 1.000 recetas por día, les llevaría casi un millón de años analizarlas a todas. (En realidad, este cálculo subestima ampliamente la cantidad de exploración que queda por hacer porque se pueden hacer mezclas de más de cuatro elementos, se pueden elegir proporciones fraccionadas, y variar las presiones y temperaturas durante el proceso de la mezcla.)


    Aun después de corregir esos factores adicionales, este tipo de cálculo apenas comienza a dar una idea del enorme abanico de posibilidades. En lugar de mezclar elementos en forma desorganizada, podemos usar reacciones químicas para combinar elementos como hidrógeno y carbono en estructuras ordenadas como polímeros o proteínas.


    Para ver hasta dónde nos puede llevar este tipo de proceso, imaginemos la refinería química ideal. Convertiría recursos abundantes, renovables en un producto que los humanos valoren. Sería más pequeño que un auto, tendría movilidad, para poder ir en busca de sus propios insumos, capaz de mantener la temperatura necesaria para sus reacciones dentro de límites estrechos, y tambien de subsanar automáticamente la mayoría de las fallas del sistema. Construiría réplicas de sí misma para que la remplace cuando se gaste, y haría todo esto espontáneamente con poca supervisión humana. Todo lo que tendríamos que hacer es detenerla periódicamente para poder enganchar unas cañerías y extraer el producto final.


    Esa refinería ya existe. Es la vaca lechera. Y si la naturaleza puede producir esta colección estructurada de hidrógeno, carbono y una serie de otros átomos deambulando por un determinado sendero evolutivo de ensayo y error ( aunque sea uno que llevó cientos de millones de años) debe haber una inimaginable cantidad de estructuras y recetas valiosas para combinar átomos que todavía tenemos por descubrir.

    Objetos e ideas


    El pensar en ideas y recetas cambia la forma en que pensamos sobre política económica ( y sobre vacas). Una explicación tradicional para la persistente pobreza de muchos de los países poco desarrollados es que carecen de objetos, tales como recursos naturales o bienes de capital.


    Pero Japón tenía muy poco de ambas cosas en 1950 y todavía tiene pocos recursos naturales, de modo que tiene que haber algo más. Cada vez se está poniendo más énfasis en que aquello que los países pobres no tienen es ideas, no objetos.


    El conocimiento necesario para dar a los ciudadanos de los países más pobres un nivel de vida mucho mejor ya existe en los países avanzados. Si un país pobre invierte en educación y no destruye los incentivos para que sus ciudadanos tomen ideas del resto del mundo, puede rápidamente aprovechar la parte del caudal mundial de conocimiento a disposición pública. Si, además, ofrece incentivos para que ideas privadas sean aplicadas dentro de sus fronteras ( por ejemplo, protegiendo patentes extranjeras, derechos de autoría y licencias, y permitiendo la inversión directa de firmas extranjeras), sus ciudadanos pueden en poco tiempo trabajar en actividades productivas de última generación.


    Algunas ideas del mundo desarrollado son adoptadas rápidamente por los países menos desarrollados. Por ejemplo, el tratamiento de rehidratación oral ahora salva la vida de cientos de miles de niños que antes habrían muerto de diarrea. Sin embargo, los gobiernos en los países pobres siguen impidiendo la circulación de muchas otras ideas, especialmente las que tienen valor comercial.


    Hasta los fabricantes de autos en América del Norte reconocen que pueden aprender de las ideas desarrolladas en el resto del mundo. Pero las empresas automotrices en la India operan en una especie de ámbito protegido y suspendido en el tiempo que le crean los gobiernos. Los autos Hillman y Austin que se fabricaban en Inglaterra en los años ´50, en la India siguen saliendo de las líneas e producción. La decisión de India de cerrarse y de luchar por el autoabastecimiento ha sido tan fuerte como la decisión de Japón de incorporar ideas foráneas y participar de lleno en los mercados mundiales. Los resultados ­pobreza en la India y opulencia en Japón ­no podrían ser más dispares.


    Para un país en desarrollo como India, se podrían lograr enormes aumentos en el nivel de vida si dejaran entrar las ideas de las empresas de las naciones industrializadas. Pero los países líderes como Estados Unidos y Canadá, y los nuevos líderes como Japón, no pueden mantener el liderazgo simplemente adoptando ideas desarrolladas en otra parte. Deben además ofrecer incentivos para el descubrimiento de nuevas ideas en su propio país, y esto no es algo fácil de hacer. La misma característica que hace que una idea sea tan valiosa ­que todos puedan usarla a la vez­ también significa que es difícil conseguir una adecuada tasa de retorno sobre la inversión en ideas. Las numerosas personas que se benefician con una nueva idea pueden muy fácilmente cabalgar sobre los esfuerzos de otros.


    Hace apenas algunos años, yo pagaba mil dólares por millón de transistores para la memoria de mi computadora. Ahora pago menos de cien por millón, y sin embargo no he hecho nada para merecer ni ayudar a pagar ese maná caído del cielo.


    Si el gobierno confiscara la mayoría del petróleo de los principales descubrimientos y lo diera a los consumidores, las petroleras harían mucha menos exploración. Parte del petróleo se seguiría descubriendo por accidente, pero muchas oportunidades prometedoras de exploración se dejarían pasar. Las petroleras y los consumidores estarían peor. La pérdida de beneficios como los que se obtienen con mejoras en el transistor actúan exactamente como ese tipo de impuesto confiscatorio y tiene el mismo efecto sobre los incentivos para la exploración.


    Por este motivo la mayoría de los economistas apoyan tres políticas gubernamentales destinadas a fomentar la producción, transmisión e implementación de ideas: subsidios universales para educación, subvenciones competitivas para la investigación básica y patentes y derechos de autoría, que ofrecen el monopolio temporario sobre las ganancias que generan las ideas.


    Los economistas también reconocen, sin embargo, que tales políticas pueden no dar adecuados incentivos para descubrir las muchas pequeñas ideas aplicadas que se necesitan para convertir una idea básica como la del transistor en un producto como la memoria de una computadora, o para convertir un nuevo producto como una video-grabadora (que fue producida por primera vea en Estados Unidos) en un bien de consumo barato.


    Estimulados en parte por el dramático y continuado éxito de los japoneses en cuanto a alcanzar y luego superar a las empresas norteamericanas en muchas áreas de la manufactura, los políticos en Estados Unidos están estudiando otras formas de estimular la producción de ideas.


    Los cambios que proponen van desde mayor financiamiento para la ciencia pura hasta las exenciones antimonopólicas para los consorcios de investigación, desde recortes en los impuestos a las ganancias hasta una política industrial explícita por medio de la cual un organismo oficial subsidia directamente a determinadas industrias. No deberíamos intentar transplantar instituciones de Japón al ambiente social y político tan diferente de América del Norte, pero deberíamos aprender de la experiencia japonesa.


    Mediante una complicada y mal entendida combinación de prácticas que no querríamos imitar ­que parecen incluir connivencia delictiva entre empresas, manipulación de licitaciones y exclusión sistemática de extranjeros, presiones del gobierno, gerentes que actúan por su cuenta sin someterse al efectivo control de los accionistas, y la búsqueda de crecimiento de las empresa­ todo eso parece ser más prioritario que las ganancias de los accionistas.


    Los japoneses han logrado un nivel mucho más alto de inversión y desarrollo en sus empresas del que existe en Estados Unidos. En la industria de la construcción, por ejemplo, las empresas japonesas gastan más de cinco veces en investigación que sus equivalentes en Estados Unidos. Las seis primeras empresas de construcción en Japón mantienen importantes laboratorios con instalaciones, presupuestos y cobertura de disciplinas que superan a los más grandes laboratorios para la construcción, ya sea mantenidos por el gobierno o por las universidades. Ninguna de las principales empresas norteamericanas mantiene un instituto similar.


    En otro contraste con Estados Unidos, muy poca de la investigación que hacen las empresas en Japón es financiada directa o indirectamente por el gobierno o realizada en universidades. Nada más que como una señal del éxito de su sistema, la participación de los japoneses en el mercado mundial de la construcción está aumentando y la norteamericana cayendo.


    Ante este tipo de comparaciones la respuesta usual es que las universidades en Japón son instituciones débiles y que la cantidad y calidad de la investigación básica es mucho más alta en Estados Unidos.


    Desde la perspectiva de nuestro interés nacional, esta respuesta de doblemente engañosa. Los beneficios de la ciencia básica pura en Estados Unidos pueden ser capturados por cualquier país en el mundo. Por el precio de una suscripción a una publicación científica especializada, las empresas japonesas pueden aprender la última “receta” (o fórmula, o método) para fabricar superconductores de alta temperatura. Además, como la construcción (en el sentido de construir objetos) es una fracción muy grande del PBI ­ 9 % en Estados Unidos y 18 % en Japón ­ hasta las más pequeñas mejoras en las técnicas de construcción pueden tener efectos en el ingreso nacional que son grandes comparados con interesantes descubrimientos científicos en ciencia pura.


    La lección a extraer de la experiencia japonesa es clara: formas banales de investigación aplicada, como trabajo de diseño o ingeniería de productos y procesos, pueden tener grandes beneficios acumulativos para la empresa que los incorpora y beneficios aun más grandes para la sociedad en su conjunto.


    Además, las ganancias que se derivan de la investigación aplicada son más grandes no cuando responden a las prioridades de los organismos estatales o los intereses académicos, sino cuando están íntimamente integradas a las operaciones de una empresa y motivadas por los problemas y oportunidades que afronta esa firma.

    Meta-ideas


    Tal vez las ideas más importantes de todas sean las meta-ideas. Éstas son ideas sobre cómo sostener la producción y transmisión de otras ideas. Los británicos inventaron las patentes y los derechos de autor en el siglo diecisiete. Los norteamericanos inventamos la agricultura extensiva en el siglo diecinueve y las subvenciones a la investigación pura en el siglo veinte.


    La política económica japonesa ha sido excepcionalmente exitosa en los últimos treinta años, pero una enorme cantidad de escándalos que involucran a políticos sobornables nos advierten que no imitemos ciegamente a sus instituciones. Los japoneses están aprendiendo la misma lección que nosotros deberíamos haber aprendido cuando los miembros del Congreso intervinieron en la supervisión de los ahorros y préstamos: si el gobierno tiene un fuerte poder discrecional sobre los asuntos económicos, los miembros del gobierno pueden con toda facilidad desviar ese poder del proyectado objetivo público hacia usos privados.


    El desafío que enfrentan todos los países industrializados, inclusive Japón, es, por lo tanto, inventar nuevas instituciones que sostengan un alto nivel de investigación aplicada y comercialmente relevante en el sector privado. Esas instituciones no deben imponer altos costos de eficiencia y, muy importante, no deben ser vulnerables a intereses estrechos.


    No sabemos cuál será la mejor idea sobre cómo fomentar el desarrollo de ideas. No sabemos dónde va a aparecer. Hay, sin embargo, dos pronósticos seguros. El primero, el país que tome la delantera en el siglo veintiuno será aquel que implemente una innovación que sostenga la producción de ideas comercialmente relevantes en el sector privado. Segundo, se encontrarán nuevas meta-ideas de este tipo.


    Sólo la falta de imaginación, esa que lleva al hombre de la calle a suponer que ya todo ha sido inventado, nos hace creer que todas las instituciones relevantes ya se han creado y que se han encontrado todas las herramientas para implementar políticas. Para los científicos sociales, de idéntica forma que para los científicos físicos, hay todavía vastas regiones por explorar y maravillosas sorpresas por descubrir.


    Paul M. Romer es Profesor de Economía en la Graduate School of Business, Stanford University y miembro del Consejo Directivo de la Hoover Institution.


    Toda su obra sobre la “nueva teoría del crecimiento” se origina en su tesis doctoral, presentada en 1983 ante la Universidad de Chicago. Allí presentaba una nueva dinámica de creación de riqueza. Todos sus trabajos giran en torno a una de las más antiguas preguntas en economía: ¿qué es lo que sostiene el crecimiento económico en un mundo físico caracterizado por escasez y ganancias cada vez menores?


    * El presente artículo está tomado de The Fortune Encyclopedia of Economics, David R. Henderson (editor), Time-Warner. El ensayo fue publicado en 1993, lo que explica las frecuentes referencias a Japón y ninguna a China.