miércoles, 3 de junio de 2026

    Paz, amor y nostalgia

    “El hippismo fue la expresión de una crisis social muy fuerte (como la de hoy), y planteó una forma de vida diferente, en comunidades donde no existía la propiedad privada y se experimentaba la posibilidad de amarnos y compartirlo todo a partir del respeto mutuo. Yo participé de tres comunidades, algunas de hasta cuarenta personas, en las que cada cual contribuía con lo que sabía, y todo se repartía. Pero después empezaron los reproches, porque uno trabajaba más que otro, no aportaba todo lo que los demás esperaban, y hubo que replantearse algunas cosas… Por eso ahora es tiempo de volver a hablar de los valores que inspiraron este movimiento. La utopía todavía está lejos, pero no tanto”, asegura Daniel Domínguez (alias Peluca).


    Domínguez es uno de los personajes históricos del movimiento hippie que sobrevivió a las décadas de 1960 y 1970, cuando las primeras comunidades se establecieron en El Bolsón y en San Marcos Sierras, en busca de “la tierra prometida”, franja territorial llamada Comarca Andina del paralelo 42.


    Para quienes se sientan intrigados por conocer más detalles sobre aquella época, a sólo un kilómetro del pueblo de San Marcos Sierras ­noroeste de la provincia de Córdoba­, un cartelito de madera anuncia con un símbolo de la paz la cercanía del Museo Hippie, único en su género en toda Latinoamérica, que da testimonio de la presencia de este movimiento en la Argentina.


    A partir de allí hay que seguir una galería de álamos, aguaribayes y algarrobos hasta atravesar una acequia. Recién entonces puede advertirse la pequeña construcción en espiral, rústica sede del museo inaugurado el 8 de enero de este año por Domínguez.


    Chiste de sobremesa


    Para anunciarse, hay que hacer sonar una campanilla de caña tacuara, y esperar apenas unos minutos. Enseguida, Peluca saldrá de su precaria vivienda, dispuesto a contar su propia historia, su experiencia de vida junto a otros tantos que buscaron apartarse de las exigencias de la sociedad de consumo y de un sistema de vida urbana demasiado hostil.


    “La idea del museo surgió como un chiste en una sobremesa. Como todos nos encontramos más grandes, alguien dijo, en broma, que ya estábamos para el museo, y a partir de ahí se me ocurrió que valía la pena rescatar la historia y la cultura de este lugar, que tanto nos influenció en la manera de encarar la vida.”


    “Al comienzo, el museo se armó con mis pertenencias, a las que luego se sumaron contribuciones espontáneas de los vecinos y los mil visitantes que ya han pasado por aquí.”


    En la recorrida, los visitantes descubrirán algunos libros que circulaban entonces, autores de gran predicamento, como Carlos Castaneda, Merton, Lao-Tsé, volúmenes de hatha yoga, viejas ediciones de la revista Evolución (1943), y algunos discos de vinilo que se oían a todo volumen, con las canciones de los Beatles, Bob Marley, Pink Floyd, David Bowie, Dire Straits, Queen, Spinetta y Vox Dei.


    Entre sus tesoros, los muros del museo también albergan obras de Marta Minujín, Marcia Schvartz, Martín Kovensky, una guitarra criolla de Tanguito (José Alberto Iglesias) y hasta un manuscrito de Alfonsina Storni de 1925, en el que puede leerse, de su puño y letra: “La mejor de las vidas es ésta, la del estudio y la esperanza”.


    “Aunque para muchos el hippismo fue sólo una escala transitoria, otros permanecemos y seguimos luchando por los valores de una época que anheló el amor y la libertad”, concluye Peluca.


    Para este verano, además de la colección de objetos y el testimonio de aquellos que, como Domínguez, aún permanecen en comunión con la tierra, la defensa del medio ambiente y la no violencia, el museo ofrecerá un paseo de artesanos, un espacio para realizar eventos, espectáculos en vivo, tomar té de yerbas locales y depositar los mejores deseos en un símbolo de la paz construido con botellas de vidrio.