A principios de los años setenta, los medios en la Argentina eran empresas individuales, aunque existiesen propiedades cruzadas: algunas editoriales eran propietarias de radios y canales de televisión. Fue el presidente Carlos Menem el primer impulsor de los multimedios, por medio de la privatización de los canales que permanecían en manos del Estado y de la eliminación de las normas que impedían a los diarios poseer radios y canales, aunque los mantuvo bajo el control de capitales locales. Por el momento.
La convertibilidad, poco después, fue el gran motor. El proceso de privatizaciones, la apertura económica y el libre flujo de capitales se tradujeron en un incremento de la inversión publicitaria que en su mayor porción fue absorbida por los multimedios. Para mediados de la década, ellos concentraban diarios, radios, canales de televisión abierta y ya exploraban el terreno del cable.
La inversión publicitaria pasó de algo más de 600 millones de dólares en 1990 a 3.837 millones en 1999, según datos de la Asociación Argentina de Agencias de Publicidad (AAAP), lo que representó un acumulado de 24.453,7 millones durante la década.
Ese flujo publicitario fue uno de los factores que facilitó la concentración. Por lógica benefició más a los medios grandes y de mayor penetración, les permitió mejorar su producción de contenidos y también los dotó de una parte del dinero con que se adquirieron los menores, poco bendecidos por la audiencia o de escasa venta de ejemplares, que recibían bajas cuotas publicitarias.
Como el resto de la economía, los multimedios se expandieron al ritmo del endeudamiento externo, que durante los noventa sonrió a lo que se dio en llamar mercados emergentes. Los de mayor envergadura desarrollaron sus propias operadoras de TV por cable y se lanzaron a comprar pequeñas y medianas empresas del Gran Buenos Aires y del Interior. Al final de la década sólo dos empresas agrupan casi cuatro de los 5,5 millones de abonados de la Argentina.
En 1994 las cosas cambiaron, cuando el 20 de septiembre la Argentina y Estados Unidos suscribieron el Tratado de Promoción y Protección Recíproca de Inversiones. Allí Buenos Aires habilitó la participación de capitales norteamericanos en los medios de comunicación, sin restricciones porcentuales. Con una rapidez sorprendente, en diciembre se anunció el ingreso de dos grandes estadounidenses: Telecommunications Inc (TCI) en CableVisión y Continental en VCC. El nombre del juego había cambiado, y lo que era local pasó a ser continental.
Para 1998 los multimedios habían alcanzado un alto grado de diversificación, y los más importantes tenían intereses en diarios, revistas, radios, TV abierta y paga, telefonía, transmisión de datos, accesos a Internet, producción de contenidos audiovisuales, producción cinematográfica y de espectáculos artísticos y deportivos, entre otros.
Durante años la Argentina financió sus ciclos de crecimiento con endeudamiento. La sucesión de debacles financieras en México, el sudeste asiático, Rusia y Brasil pusieron en crisis el sistema, y las unidades económicas que se desarrollaron bajo su amparo también crujieron. La inversión publicitaria se ralentizó y el endeudamiento se hizo escaso y caro. Más temprano que tarde los grupos locales que aún sobrevivían debieron o bien buscar socios externos o bien profundizar su desnacionalización, si la habían iniciado.
En el ranking de empresas de más venta, el grupo Clarín (entonces Agea) ocupaba el puesto 63º en 1991, siete años después el 9º, y retrocedió al 13º en el siguiente. Editorial Atlántida, que ocupaba el puesto 100º en 1991, saltó al 78º como integrante del CEI en 1998, para caer al 92º en 1999.
Como resultado de este proceso, cuatro empresas de comunicación concentran hoy la producción de mensajes en la Argentina. Una de ellas, el grupo Clarín, es la que mejor logró aprovechar la sinergia del multimedio para convertirse en un grupo de comunicación, capaz de producir y distribuir articuladamente contenidos simbólicos mediante distintos soportes. Algo más, se entiende, que el mero conjunto de propiedades de una misma empresa. Otras dos, Telefónica y las empresas del fondo texano de inversiones Hicks, Muse, Tate and Furst (HMT&F), se encuentran en etapa de estructuración. El cuarto, el mendocino Grupo Uno, atraviesa una profunda crisis como producto de un endeudamiento difícilmente remontable.
En el medio de este proceso hubo grupos que se formaron y se desmembraron con velocidad asombrosa, otros que cayeron a poco de comenzar y muchos que permanecen congelados en la etapa del multimedio. Los hubo también que intentaron jugar en Primera A, pero sucumbieron al no tener espaldas para soportar la pelea.
Son pocos los que siguen en carrera, con la vista puesta en lo que se ha dado en llamar la “convergencia tecnológica”, un universo de hipercomunicación todavía difuso que entraña la indiferenciación de los medios de comunicación. Un universo en el que la radio, la TV, los diarios, las revistas y el teléfono ya no serán lo que fueron, en el que perderán la individualidad para ser otra cosa, que llega a todos lados todo el tiempo.
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