domingo, 19 de abril de 2026

    Los cuatro grandes

    A principios de los años setenta, los medios en la Argentina eran empresas individuales, aunque existiesen propiedades cruzadas: algunas editoriales eran propietarias de radios y canales de televisión. Fue el presidente Carlos Menem el primer impulsor de los multimedios, por medio de la privatización de los canales que permanecían en manos del Estado y de la eliminación de las normas que impedían a los diarios poseer radios y canales, aunque los mantuvo bajo el control de capitales locales. Por el momento.


    La convertibilidad, poco después, fue el gran motor. El proceso de privatizaciones, la apertura económica y el libre flujo de capitales se tradujeron en un incremento de la inversión publicitaria que en su mayor porción fue absorbida por los multimedios. Para mediados de la década, ellos concentraban diarios, radios, canales de televisión abierta y ya exploraban el terreno del cable.


    La inversión publicitaria pasó de algo más de 600 millones de dólares en 1990 a 3.837 millones en 1999, según datos de la Asociación Argentina de Agencias de Publicidad (AAAP), lo que representó un acumulado de 24.453,7 millones durante la década.


    Ese flujo publicitario fue uno de los factores que facilitó la concentración. Por lógica benefició más a los medios grandes y de mayor penetración, les permitió mejorar su producción de contenidos y también los dotó de una parte del dinero con que se adquirieron los menores, poco bendecidos por la audiencia o de escasa venta de ejemplares, que recibían bajas cuotas publicitarias.


    Como el resto de la economía, los multimedios se expandieron al ritmo del endeudamiento externo, que durante los noventa sonrió a lo que se dio en llamar mercados emergentes. Los de mayor envergadura desarrollaron sus propias operadoras de TV por cable y se lanzaron a comprar pequeñas y medianas empresas del Gran Buenos Aires y del Interior. Al final de la década sólo dos empresas agrupan casi cuatro de los 5,5 millones de abonados de la Argentina.


    En 1994 las cosas cambiaron, cuando el 20 de septiembre la Argentina y Estados Unidos suscribieron el Tratado de Promoción y Protección Recíproca de Inversiones. Allí Buenos Aires habilitó la participación de capitales norteamericanos en los medios de comunicación, sin restricciones porcentuales. Con una rapidez sorprendente, en diciembre se anunció el ingreso de dos grandes estadounidenses: Telecommunications Inc (TCI) en CableVisión y Continental en VCC. El nombre del juego había cambiado, y lo que era local pasó a ser continental.


    Para 1998 los multimedios habían alcanzado un alto grado de diversificación, y los más importantes tenían intereses en diarios, revistas, radios, TV abierta y paga, telefonía, transmisión de datos, accesos a Internet, producción de contenidos audiovisuales, producción cinematográfica y de espectáculos artísticos y deportivos, entre otros.


    Durante años la Argentina financió sus ciclos de crecimiento con endeudamiento. La sucesión de debacles financieras en México, el sudeste asiático, Rusia y Brasil pusieron en crisis el sistema, y las unidades económicas que se desarrollaron bajo su amparo también crujieron. La inversión publicitaria se ralentizó y el endeudamiento se hizo escaso y caro. Más temprano que tarde los grupos locales que aún sobrevivían debieron o bien buscar socios externos o bien profundizar su desnacionalización, si la habían iniciado.


    En el ranking de empresas de más venta, el grupo Clarín (entonces Agea) ocupaba el puesto 63º en 1991, siete años después el 9º, y retrocedió al 13º en el siguiente. Editorial Atlántida, que ocupaba el puesto 100º en 1991, saltó al 78º como integrante del CEI en 1998, para caer al 92º en 1999.


    Como resultado de este proceso, cuatro empresas de comunicación concentran hoy la producción de mensajes en la Argentina. Una de ellas, el grupo Clarín, es la que mejor logró aprovechar la sinergia del multimedio para convertirse en un grupo de comunicación, capaz de producir y distribuir articuladamente contenidos simbólicos mediante distintos soportes. Algo más, se entiende, que el mero conjunto de propiedades de una misma empresa. Otras dos, Telefónica y las empresas del fondo texano de inversiones Hicks, Muse, Tate and Furst (HMT&F), se encuentran en etapa de estructuración. El cuarto, el mendocino Grupo Uno, atraviesa una profunda crisis como producto de un endeudamiento difícilmente remontable.


    En el medio de este proceso hubo grupos que se formaron y se desmembraron con velocidad asombrosa, otros que cayeron a poco de comenzar y muchos que permanecen congelados en la etapa del multimedio. Los hubo también que intentaron jugar en Primera A, pero sucumbieron al no tener espaldas para soportar la pelea.


    Son pocos los que siguen en carrera, con la vista puesta en lo que se ha dado en llamar la “convergencia tecnológica”, un universo de hipercomunicación todavía difuso que entraña la indiferenciación de los medios de comunicación. Un universo en el que la radio, la TV, los diarios, las revistas y el teléfono ya no serán lo que fueron, en el que perderán la individualidad para ser otra cosa, que llega a todos lados todo el tiempo.

    Formato

    Diseño
    y más diseño fueron las palabras clave de las transformaciones
    experimentadas durante los últimos años por los medios,
    en lo que hace a su formato y su contenido. Hacia los años setenta
    fueron las revistas las primeras que hallaron el valor del diseño,
    un proceso al que los diarios se sumaron entrados los años noventa.
    Y cuando se habla de diseño, se dice paulatina preeminencia de
    la imagen sobre el texto.

    En la interacción
    de los soportes mediáticos se impuso la televisión. Pero,
    a su tiempo, también el cable e Internet. Siempre se supuso que,
    después de los libros, los diarios eran el templo de las palabras,
    de la reflexión y la opinión indeleble. Pero también
    esto quedó relativizado, y los diarios se sometieron a un proceso
    de reelaboración de contenidos.

    La segmentación
    de los públicos por gustos, edades, profesiones y otros intereses
    temáticos pone a los suplementos de los diarios, muchos y variados,
    en sintonía con la TV por cable. Su proliferación representa
    una ampliación de los espacios publicitarios, pero también
    busca generar lectores desapegados de la necesidad de consumir información
    escrita.

    Estos, en
    su mayoría, se trasladaron hacia el consumo de la volátil
    información televisiva, dominada, a su vez, por el criterio de
    la imagen. Cuanto mejor es la imagen capturada, más segundos gana
    en un noticiero. Es su factor determinante.

    El criterio
    impregnó los diarios, que además de abandonar los formatos
    cartesianos por los multiformes ­por necesidades de imagen­
    redujeron en su mayoría los espacios de texto y agilizan su lectura
    con ayudas que permiten al lector tener ante sí los datos fundamentales
    con una mirada.

    La “comida
    rápida no es comida”, solían decir las abuelas. Y su afirmación
    es trasladable a la nueva modalidad de diarios gratuitos, transportadores
    de muchas pero brevísimas noticias para leer en media hora, que
    crean la ilusión de estar informado.

    Clarín

    Afectado
    por la ruptura del ciclo expansivo ­debió vender en 500 millones
    de dólares el 18 por ciento del grupo a la banca de inversión
    Goldman Sachs­ , Clarín presenta dos características
    diferenciales de las demás empresas.

    Por un lado,
    se desarrolló en la mayoría de los negocios sin socios estratégicos,
    situación que ahora parece comenzar a revertir, según se
    observa en sus últimos movimientos. Para la telefonía se
    asoció con la estadounidense GTE, vendió el 18 por ciento
    de su área digital al grupo Banco Provincia y canjeó la
    mayoría local por una minoría regional en la televisión
    Satelital DirecTV.

    Además
    del endeudamiento, su debilidad radica, paradójicamente, en su
    fortaleza local. Es grande para la Argentina pero pequeña en el
    terreno regional y global. Y, cada día más, el negocio de
    la comunicación se escribe en el lenguaje global por lo que, además
    de transnacionalizar algunas de sus empresas (Multicanal, Ciudad Internet,
    Cimecos), deberá enfrentar el desafío de una sociedad con
    alguno de los grandes jugadores mundiales.

    Eurnekian

    Eduardo
    Eurnekian, que a mediados de los ochenta era un próspero comerciante
    textil, fue uno de los primeros en advertir la trascendencia del negocio
    del cable. Y CableVisión fue la columna vertebral de un grupo que
    llegó a agrupar al diario El Cronista, las radios América
    y Del Plata (AM), Aspen, Metropolitana y San Isidro Labrador (FM), Canal
    2 de TV abierta, la mayor productora de señales para cable Pramer,
    las revistas Target, Apertura e Information Technology,
    entre otras.

    Fue el primero
    en conformar un multimedio y uno de los pioneros en la asociación
    con holdings estadounidenses al entregar el control de CableVisión
    a Telecommunications Inc (TCI), que después se sumaría al
    Citicorp Equity Investment (CEI).

    Ya en el
    2000 vendió las radios al mexicano Grupo CIE (Corporación
    Interamericana de Entretenimientos), el diario y las revistas al español
    Grupo Recoletos (del británico Pearsons) y el canal de aire América
    TV a Carlos Avila, fundador de Torneos y Competencias (TyC).

    Grupo Uno

    El holding
    de 24 empresas que constituye el mendocino Grupo Uno, cuyo diseño
    financiero fue obra de José Luis Manzano, tiene su principal activo
    en la operadora de cable Supercanal, la tercera del país con 500
    mil abonados, en sociedad con Mastec, del cubano anticastrista de Miami
    Jorge Mas Canosa, y el grupo Clarín. Edita cinco diarios, provee
    accesos a Internet, controla más de una docena de radios, opera
    televisión satelital (TDH) y dispone de licencias para telefonía
    básica y celular. El grupo, que soporta un endeudamiento de 500
    millones de dólares, enfrenta la posibilidad de un desmembramiento.

    La Nación

    La empresa
    editora del diario La Nación también intentó,
    aunque sin suerte, convertirse en un multimedio durante los años
    noventa, pero tras una incursión en cable y radios se retrajo y
    emprendió una expansión basada en el negocio de la gráfica.
    Había iniciado el camino de los multimedios en lo que se llamó
    Buenos Aires Cable (BAC), de la mano de Alejandro Romay. Y pese a haber
    adquirido también Radio Del Plata y su FM, no pasó de ser
    una propiedad de empresas que también alcanzaba la tecnología
    satelital, Papel Prensa y la agencia noticiosa Diarios y Noticias (DyN).

    La senda
    emprendida por La Nación no produjo resultados. Ahora la
    empresa busca consolidarse en el área de la gráfica, en
    la que además del diario tiene los derechos de Rolling Stone,
    y de dos mensuarios de decoración y turismo.

    También
    participa de la Compañía Inversora en Medios de Comunicación
    (Cimecos), que en partes iguales con el grupo Clarín y el español
    Grupo Correo, de Bilbao, compraron los diarios La Voz del Interior,
    de Córdoba, y Los Andes, de Mendoza.