domingo, 19 de abril de 2026

    Desde el margen

    En los comienzos del nuevo milenio, la poesía parece llegar a un nuevo puesto de privilegio. Después de más de medio siglo de haber sido desplazada del centro de la literatura por la narrativa (incluido el famoso boom de los años sesenta, con nombres como los de Gabriel García Márquez y Julio Cortázar), la poesía aparece como un nuevo centro de energía estética.


    Repentinamente, vuelve a adquirir visibilidad para los medios nacionales e internacionales (notas dedicadas a ella en las revistas dominicales de los diarios, en suplementos culturales como el de la Repubblica de Roma, que se asombran de la vigencia del fenómeno poético en la Argentina y Latinoamérica). Repentinamente, vuelve a ser audible en recitales poéticos que jalonan toda la semana de Buenos Aires y se realizan en sitios que van desde los centros culturales hasta las plazas públicas o las disco; ocupa sitios especiales de Internet; vuelve a ocupar ítems en los programas de la Facultad de Filosofía y Letras (que, increíblemente, la menospreció durante casi 20 años); posee un lugar institucional como “La casa de la poesía” (que depende de la Secretaría de Cultura de la Nación) y vuelve a ser publicada con insistencia.


    Las editoriales mayores se aseguran la venta con reediciones de obras completas de poetas reconocidos, las editoriales pequeñas se aventuran a publicar a jóvenes inéditos que empiezan a hacerse oír en el circuito poético. A lo largo de los últimos cinco años del siglo XX, por ejemplo, importantes editoriales como Losada, Sudamericana o Corregidor, publicaron una larga lista de obras completas que llenaron un espacio que había quedado vacío durante mucho tiempo: algunas fueron reediciones de aquellas ya agotadas, otras cumplieron con la recopilación de la obra de poetas injustamente olvidados. Están entre ellas las que llevan las firmas de Juan L. Ortiz, Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, Alfonsina Storni, Joaquín Gianuzzi, Néstor Perlongher, Marosa Di Giorgio, Oliverio Girondo. La poesía argentina, por otra parte, también fue distinguida internacionalmente, como lo acredita el premio Juan Rulfo de México, que en el año 2000 recayó en la figura de Juan Gelman.


    Esta lista de alguna manera apunta a reconocer los nombres y movimientos que fueron fundantes en las últimas décadas del siglo. Si en los ´70 Gelman y Pizarnik convivieron, ambos fueron el punto de partida de estéticas diferenciadas a partir de los ´80: el primero abriría las puertas de la poesía social o realista, que secundarían luego Joaquín Gianuzzi o Leónidas Lamborghini, con un desvío hacia la poesía objetivista, que tendría su voz en jóvenes como Martín Prieto y Daniel García Helder; mientras que la joven poeta Pizarnik siguiendo la huella de Alfonsina y Orozco, haría de la poesía de las mujeres un nuevo e indiscutido espacio, que se abre a múltiples nombres como Diana Bellessi, Mirta Rosenberg, Susana Villalba, o María del Carmen Colombo. Como tercera vía, Néstor Perlongher, con su muerte prematura, sellaría el halo de la poesía llamada neobarroca, que siguiendo la estela de Girondo, Ortiz y Lezama Lima, se afirma también en los ´80 con firmas brillantes dentro del espacio poético argentino: Arturo Carrera, Tamara Kamenzsain y el precursor Osvaldo Lamborghini.


    Más allá de los grandes nombres, un número importante de editoriales pequeñas se dedica a publicar poesía de consagrados y, especialmente, de jóvenes inéditos: desde los ´70, Ultimo Reino, Libros de Tierra Firme y Botella al Mar; desde fines de los ´80, Bajo la Luna Nueva; desde los ´90, Nusud, Siesta, Vox, La Marca, Ediciones del Diego, Belleza y Felicidad. En las publicaciones periódicas, un fenómeno energético similar. La revista dominical de La Nación dedica una doble página a la poesía, a cargo de los poetas Mirta Rosenberg y Daniel Samoilovich. Un fenómeno que no se veía desde las revistas miscelánicas como El Hogar o Mundo Argentino, que en los años ´20 publicaban junto a las noticias de la semana y recetas de cocina, los poemas de Jorge Luis Borges, Alfonsina Storni o Leopoldo Lugones. En cuanto a las publicaciones específicas, las revistas se multiplican. Desde los ´80 son estables Xul, Ultimo Reino, Diario de Poesía. Se agregan ahora las emprendidas por los jóvenes, que definen a su vez una amplia gama de estéticas heterogéneas: La novia de Tyson y Vox, con reminiscencias de la poesía social y el realismo brutal norteamericano, Nunca Nunca Quisiera Irme a Casa, que reestablece una viva conexión con el modernismo, reciclado por supuesto, de Rubén Darío y Delmira Agustini, Belleza y Felicidad, que apuesta a una nueva modernidad naive, No Quiero ser tu Beto y Zapatos Rojos, que sin una estética definida, están atentas al mismo tiempo a la poesía que experimenta y a la consagrada.


    Liberada de estar en el centro de atención (un erizo arrojado al margen de la autopista, como la definió Jacques Derrida), la poesía fue durante las últimas décadas del siglo el lugar de experimentación para el lenguaje, los modos de ver, y la capacidad de cristalizar las nuevas experiencias que la vida moderna pone vertiginosamente frente a los sentidos. Así como la poesía de Baudelaire hacia 1850, según el famoso estudio de Walter Benjamin, hizo visible para la sociedad la experiencia de la ciudad moderna cosmopolita, hoy podría decirse que la poesía como género pone en funcionamiento los datos de la nueva sociedad cibernética: velocidad, intensidad, fragmentación y, al mismo tiempo, simultaneidad de espacios y de lenguas, traducción. Por algo los jóvenes se acercan cada vez más a ella y se reconocen allí, con sus parámetros y su extrañeza. Paradojalmente, la poesía aparece a la vez como un lugar de reconocimiento de experiencias nuevas y como un lugar de resistencia frente a la voracidad de dichas experiencias, que permite al viejo arte encarnarse en las nuevas técnicas, utilizándolas y dándoles una función estética. Una función que por estos tiempos, como reconocen los filósofos, se anuda a una experiencia del cuerpo y el dolor: a la vez que reconoce las experiencias de un cuerpo desaparecido, perforado o manipulado, la poesía permite su única salvación, al restituirle, con el ingreso de nuevas formas de la antigua catarsis, su vínculo con lo que puede llamarse alma, hálito, o sensibilitas. Esto conduce así a nuevas formas de subjetividad; el viejo yo poético aparece con nuevas fuerzas, modalidades y transformaciones que llevan al punto de partida: la mutación cibernética.


    El desafío que se abre para la poesía en este nuevo milenio radica precisamente en cómo mantener este nivel de alta experimentación, que le ha dado un sello distintivo en las últimas décadas. Ubicada en los márgenes de la literatura, la poesía ha resistido libremente los embates de la superficialidad y de la banalidad que los best sellers suelen acarrear a la literatura. ¿Podrá la poesía del 2001 mantener esa radicalidad, ahora que se ha convertido en un fenómeno claramente visible para la cultura mediática? Serán otros los caminos, quizá, para conservar el discurso que de-lira, una vez más en palabras de Derrida: un discurso que se sale del surco de la convención, para abrir en lo cotidiano una ventana al infinito.