Ya no basta con tener territorio, población y gobierno. Cualquier nación que hoy reclame el reconocimiento internacional, afirman los sociólogos, debe disponer también de un seleccionado nacional de fútbol, afiliarse a la Fifa y, si se puede, clasificarse para una Copa Mundial. Los mundiales de fútbol son la vidriera más multitudinaria de la historia, como pudo comprobarse durante el último campeonato, jugado en Francia en 1998, que tuvo una teleaudiencia acumulada de 40.000 millones de personas, siete veces la población de la Tierra. El espectáculo favorito en el negocio del entretenimiento, una pasión convertida en industria.
En el 2001, el fútbol es cada vez más veloz, más millonario y más escandaloso. Revisar viejas crónicas, sin embargo, sirve a veces para confirmar aquello de que no todo tiempo pasado fue mejor, y que el Apocalipsis que hoy vaticinan muchos especialistas, en realidad, amenaza desde hace tiempo.
La crónica registra, por ejemplo, un dictamen judicial que ya en 1967 despotricaba contra el fútbol-espectáculo, en relación con el asesinato de un hincha de Huracán, por entonces la cuarta víctima de la violencia en el fútbol (los muertos en las canchas superan ya los 180).
Hoy, el fútbol, está definitivamente incorporado al mundo de los negocios. En Europa hay clubes que cotizan en bolsa y pertenecen a corporaciones dueñas de cadenas de TV que tratan a sus cracks como artistas de Hollywood y, muchas veces, buscan incluso el éxito deportivo para aventuras económicas o políticas, conscientes de la repercusión mediática del fútbol. Mauricio Macri ganó con Boca la misma fama que conquistó con el Milan el magnate Silvio Berlusconi, que este año podría convertirse otra vez en primer ministro de Italia.
El de las trasferencias de jugadores, por cierto, parece ser el negocio más rentable dentro del negocio, como bien podría atestiguarlo el ex agente bursátil Gustavo Mascardi, representante de los principales cracks del fútbol sudamericano. El mundo entero del fútbol se conmovió hace unos meses, precisamente, cuando el atacante portugués Luis Figo fue comprado por Real Madrid, a cambio de casi US$ 60 millones, una cifra impensable ya no 30 años atrás, sino también en 1990.
Es que el fútbol explotó justamente en la última década. Vayan dos ejemplos, uno internacional y otro local: en el ´90, el Manchester United valía US$ 10 millones. En el ´99, el magnate de prensa Rupert Murdoch quiso comprarlo por US$ 1.000 millones. En la Argentina, hace diez años, River cobraba US$ 40.000 por lucir publicidad en su camiseta. Por un espacio similar, que agrega apenas algunos centímetros, percibe hoy casi US$ 3 millones.
Curiosamente, el fútbol argentino registra una asistencia a los estadios cada vez menor: casi 40% menos de público que en 1971, por ejemplo. El boom, pues, lo produjo la televisión. Sus imágenes, más aún en tiempos de globalización, sirvieron para inflar los precios no sólo de la publicidad en las camisetas, sino especialmente de los jugadores. Hoy obtienen rápida fama y boleto a Europa jugadores que en apenas unos meses ganan carné de goleadores. Y hay clubes como el Milan de Berlusconi que compran chicos de apenas 12 años, como el santafesino Leandro Depetris, a quien los italianos sueñan como un Maradona del siglo XXI.
La venta de jugadores, justamente, se ha convertido en los últimos años en el principal ingreso de los clubes argentinos, como lo reveló un informe reciente de la filial argentina de la consultora Deloitte & Touche. Pero mientras en Europa el fútbol es cada vez más un asunto de representantes de bancos, consultoras y fondos de inversión, aquí los clubes se resisten al cambio, a pesar de que sus deudas superan hoy los US$ 300 millones. Los dirigentes locales, muchos de ellos sospechados de enriquecerse con la compra y venta de jugadores, creen que los nuevos inversores privados, además de jaquear su lucrativo negocio, terminarán despojando a los clubes de toda identidad cultural, de cualquier signo de pertenencia, para incorporarlos como un activo más en los balances del grupo transnacional y directamente liquidarlos cuando dejen de ser negocio.
¿Pasarán los equipos argentinos a convertirse en elencos estables de la TV por cable, activos de holdings o especulaciones bursátiles de los Fondos de Inversión? Al menos es improbable que puedan desaparecer, más allá de lo que decidan los nuevos inversores, en la medida que se mantenga su notable producción de cracks. Diego Maradona, Norberto Alonso, Daniel Passarella, Ubaldo Fillol, Ricardo Bochini o Mario Kempes, son apenas algunos de los que más brillaron en estos últimos 30 años. Pero el fútbol argentino exhibe hoy también con orgullo el éxito europeo de otros como Gabriel Batistuta o Juan Verón y renueva sus esperanzas con los más nuevos como Juan Riquelme, Pablo Aimar o Javier Saviola, jóvenes sobresalientes por su calidad técnica. Se trata de auténticas excepciones en un fútbol dominado por atletas veloces y fuertes, entrenados como astronautas, más preparados para la lucha que para el juego, aptos para soportar los torneos Apertura, Clausura, Libertadores, Mercosur y cuanto nuevo certamen haga nacer la televisión, mecenas principal del espectáculo, ama y señora de los reglamentos.
En sus inicios de cuna inglesa, el fútbol fue llamado people´s game, el juego del pueblo. Hoy es un negocio que factura unos US$ 300.000 millones al año, según estimaciones de la Fifa y, por lo tanto, las reglas de juego son otras. Los derechos de televisación del Mundial del 2002, que se jugará en Corea del Sur y Japón, costaron US$ 1.700 millones. Se trata de cifras imposibles para la TV abierta, por lo que ya es un hecho que varios partidos del máximo torneo del people´s game serán transmitidos solamente por señales de cable, y algunos de ellos, incluso, por el sistema codificado por primera vez en la historia de los mundiales. Si ello no ocurre, será inevitable un cisma, provocado por los propios dueños de la TV y sus clubes asociados, que amenazarán con formar ligas paralelas en la medida en que las autoridades deportivas no acepten sus exigencias.
Algunos estadios japoneses incorporarán su césped natural apenas cinco horas antes de los partidos del próximo Mundial, por medio de estructuras giratorias transportables, que permitirán su reemplazo por el césped sintético. Por allí correrán los astronautas con sus nuevos botines con tapones piramidales que los harán más veloces, y sus camisetas que evitarán el paso de los rayos ultravioletas para reducir el gasto de energía.
¿Ordenará la tele, como ya lo hizo en todos los demás deportes, cambios reglamentarios que favorezcan al espectáculo, aun cuando afecten la tradición deportiva? “Mientras la pelota siga siendo redonda escribió una vez Jorge Valdano cualquier cambio es una mala idea”. Las malas ideas, sin embargo, parecen inevitables.
