miércoles, 22 de abril de 2026

    El chiste nuestro de cada día

    Muchas virtudes perdió la sociedad argentina en estas últimas tres décadas. Algunas, sin embargo, pudo salvar. Entre las que el carácter nacional conservó en medio de tantos naufragios está el sentido del humor. Es cierto que no se trata de una cualidad exclusiva de los habitantes de estas latitudes. Infinidad de pueblos, incluso aquellos que atravesaron las peores calamidades, lograron hacer sobrevivir el humor como rasgo de su personalidad. La coincidencia, sin embargo, no resta valor a ese acto de preservación, aunque permita tal vez explicarlo mejor, porque parece indudable que el humor ayuda a tolerar los momentos duros de la vida. Roberto Fontanarrosa lo sintetiza así: “El humor es el sabor a frutilla o limón que se les pone a los remedios para digerirlos mejor”.


    Pero más allá de su condición de supérstite, ¿ha cambiado el humor argentino en estos 30 años? Si se toma como punto de partida aproximado el inicio de ese ciclo y se hace referencia al humor gráfico, Fontanarrosa responde que sí. Y explica por qué: “Pienso que, en general, el humor se hizo más editorialista. Actualmente, acompaña más a la noticia del día, y es posiblemente menos reflexivo y más inmediato. Si bien la Argentina ha tenido siempre una tradición de humor satírico-social, a partir de 1973, cuando Clarín cambia su página de humor, reemplazando las tiras extranjeras por tiras locales, es que se agudiza esta tendencia. Hoy casi han desaparecido las revistas exclusivamente de humor, pero todas las publicaciones de información general incluyen esta modalidad en una sección”.


    El creador de Inodoro Pereyra supone que fue por ese tiempo que comenzó a registrarse una declinación del humor costumbrista: “Ocurrió porque los humoristas que publicábamos en los diarios comprendimos que debíamos leer esos mismos diarios para aprovisionarnos de material. Y que, además, debíamos publicar un chiste cada día. Esto no quita que, de vez en cuando, reflejemos aspectos de las modas o las costumbres, pero es más complicado, diariamente, reflexionar sobre rasgos sociales más abarcativos como aquellas maravillosas pinturas de Calé en Buenos Aires en camiseta. El barrio, incluso, fue perdiendo identidad ante la globalización y no es tan fácil encontrar esas costumbres distintivas”.


    Hace casi 30 años ocurrieron también otros fenómenos recordables en el humor gráfico del país. Dejó de aparecer Mafalda, el personaje humorístico argentino más conocido en el mundo, creación de Joaquín Lavado, Quino, que por su parte sigue destilando su genial humor negro en la revista Viva. Aparecieron, en cambio, otros personajes memorables, como Boggie el Aceitoso, Inodoro Pereyra y Clemente. Nadie olvida las polémicas del muñeco sin brazos de Caloi con el gordo José María Muñoz durante el Campeonato Mundial de Fútbol del ´78 ni sus comentarios sobre la guerra de Malvinas, que expresaban con picardía el punto de vista popular frente a las consignas oficiales.


    A comienzos de los ´70 también vieron la luz dos revistas fundamentales en la historia de la comicidad gráfica: la cordobesa Hortensia y Satiricón. Tiempo después, Humor, que desde 1978 realizó ácidas ridiculizaciones de la dictadura militar. En Hortensia comenzaron Crist y Fontanarrosa.


    En distintos momentos de la década del ´80 alcanzaron notoriedad definitiva artistas del calibre de Fernando Sendra, Daniel Paz, Rudy, Sergio Langer o Rep. Y en los años ´90 se consolidó Maitena, que después de dedicarse varios años al comic erótico se destacó con sus tiras de humor, primero en Para Ti y luego en La Nación. Actualmente sus chistes de mujeres alteradas se publican también en España e Italia. Los chistes de Maitena, como los talentosos delirios de Rep, marcan en los finales del siglo los dos puntos más altos en materia de innovaciones. Ella, por la vuelta a un costumbrismo genuino inspirado en el universo femenino; él, por la mezcla imaginativa de temáticas que aborda, y por la osadía del dibujo. Se puede registrar también como un interesante experimento el espacio abierto en 1998 por el diario Perfil (allí trabajaron Max Cachimba, Langer, José Cúneo y otros), pero duró sólo tres meses. Cerró ese mismo año, algunos meses antes de que lo hiciera también la mítica revista Humor, desde cuyas páginas deslumbraron Maitena, Petisuí, Grondona White, Tabaré, Raúl Fortín y Eduardo Maicas.


    A la hora del recuento, Fontanarrosa forma su propia selección. Para él, Juan Perón, Carlos Menem, las revistas Humor y Hortensia, la contratapa de Clarín, el chiste de Rudy y Paz en la tapa de Página/12, las caricaturas de Menchi Sábat y las del Tano Cascioli son los personajes, los humoristas y las publicaciones con mayor vitalidad en el humor gráfico argentino de las tres últimas décadas.


    Siempre se ha dicho que el humor vale por su inspiración y agudeza, más allá de que su carácter sea político, social, costumbrista, o sexual. La calidad puede colarse en cualquier registro. Y el humor argentino reflejó esa rica pluralidad. Tal vez por eso, cuando se le pregunta qué lo hacía reír hace 30 años y qué lo hace reír hoy, Fontanarrosa cita una lista de ejemplos cuya amplitud de onda no deja lugar a dudas: “Me deleitaba con el Telecataplum, de los uruguayos. Con aquella Polémica en el Bar de Olmedo, Porcel y Fidel Pintos. Hoy me gustan los clásicos: Gasalla y Pinti. Sumo también al Gordo Casero y a los muchachos de Todo por Dos Pesos. Admiro mucho a Woody Allen. Y ahora como hace 30 años, me río con Les Luthiers”.


    Pero, además de hacer reír, ¿sirve el humor para cambiar el mundo? Todos los humoristas responderán al unísono que no. “La prueba es que siguen vigentes los mismos problemas a los que se refería Mafalda hace 30 años, las mismas injusticias ­decía Quino hace algún tiempo­. Nunca un dibujo, una sátira teatral o un epigrama derribó un gobierno, aunque hayan salido de la pluma de genios como Oski, Aristófanes o Quevedo. Siempre, al tratar este tema, aparece el ejemplo de Illia y la tortuga, o de Onganía y la morsa, pero no creo que aquella caricatura del presidente radical haya influido en su derrocamiento”.


    ¿Para qué sirve entonces? Tal vez para sobrevivir y nada más. “Somos ratas de laboratorio a prueba de todo ­dice Maitena respecto de los argentinos­. Es posible que si no pudiéramos reírnos no nos quedaría más que suicidarnos”.


    Con la aproximación cada vez mayor de la política a la farándula, los políticos se acostumbraron a tolerar cada vez más los chistes, y descubrieron que la simpatía que provocaba ese mecanismo hacía perder efecto crítico a la broma. Carlos Menem fue uno de los que mostró más cintura en ese aspecto. El humor en esa línea se parece bastante a la apología de la truhanería pícara, sobre todo de la que procede de los más fuertes. Tal vez ése sea el costado más siniestro del humor argentino: una cosa es soportar mejor un problema riéndose de él, y otra es que los ladrones y corruptos les caigan a todo el mundo en gracia. De todos modos, como se sabe, hasta el más negro de los humores implica una esperanza latente, la ilusión de un cambio.