Por Fabiana Culshaw

Convocados por Mercado en el marco de su informe sobre “Inserción de la Argentina en el mundo”, Jorge Vasconcelos, director del Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana de Fundación Mediterránea, y Jorge Rodríguez Aparicio, director de la Cámara de Comercio Argentino-Brasilero, aportaron sus consideraciones y explican las perspectivas del sector externo argentino.
“Hace poco hicimos un estudio para 15 productos de la Pampa húmeda y productos de economías regionales (desde la soja hasta el vino, pasando por las peras, manzanas, té y otros), y 12 de ellos habían perdido market-share en las exportaciones mundiales. Eso incluye a nuestro principal socio comercial, Brasil”, señaló Jorge Vasconcelos.
El Gobierno de Macri ha tomado medidas orientadas a estimular el intercambio externo, entre estas, la unificación del mercado de cambio a fines del año 2015, la eliminación de los impuestos de exportación del maíz y del trigo, y de los productos industriales sobre los cuales pesaba una retención de 5%.
Sin embargo, no se ha alcanzado la competitividad de algunos otros países de la región, ni mejoras sustantivas en el costo del transporte. “Tampoco se han tomado decisiones acordes a los avances que han tenido las cadenas globales de valor”, agregó Vasconcelos.
Se refiere a que el comercio exterior en el mundo ha pasado a ser esencialmente el reflejo o consecuencia de decisiones previas de inversión de fábricas en varios países, dado que las multinacionales prefieren diversificar sus riesgos geográficos con ese tipo de esquemas productivos.
“En este contexto, cuando en la Argentina se instalaron los cepos al comercio exterior y al cambio, el país quedó al margen de las decisiones asociadas a cadenas globales de valor, porque significaba muchas trabas para los inversionistas”, explicó.
Otro factor que incide negativamente en el comercio exterior es el impuesto de ingresos brutos que cobran las provincias, con alícuotas muy altas y que, a diferencia del IVA, opera en cascada. “De esa forma se penaliza el funcionamiento en red de las producciones industriales, sobre todo de bienes. Ese impuesto en Chile, por ejemplo, no existe, por lo que ese país se ha convertido en una alternativa de inversión más fácil para las empresas”, agregó.
Mercosur, Unión Europea, China
La diplomacia y el comercio son un juego de ajedrez en simultáneo. “El objetivo es no descuidar el Pacífico, que es salida a todo el Oriente (China es especialmente atractivo, con tasas de crecimiento muy altas), ni el Atlántico, que es nada menos que la salida a Europa. No se debe perder el foco en ninguna de las alternativas, con el eje siempre en nuestra familia del Mercosur y en Brasil, porque es nuestro principal socio comercial”, comentó Jorge Rodríguez Aparicio, de CAMBRAS.
Bien es sabido que los avances del Mercosur podrían ser mayores, considerando que el bloque tiene más de 30 años de fundado y aún hay que unificar los procesos para que los alimentos, medicinas o productos veterinarios que se consumen en un país miembro sigan el mismo proceso en los otros socios.
En cuanto a las relaciones comerciales con Brasil, hay mucha tela que cortar, ya que siguen siendo deficitarias para la Argentina. Últimamente, también han influido negativamente los casos de corrupción del Gobierno de ese país, comenzando por el del presidente Temer.
Rodríguez Aparicio piensa que los logros que Mercosur (Argentina incluida) ha alcanzado con la Unión Europea están algo sobrevalorados. “Es cierto que es muy probable que se firme este año un acuerdo con la Unión Europea, pero no será definitivo, sino un papel de trabajo político, lleno de temas entre paréntesis para discutir más adelante”, señaló.
“Dentro de la Unión Europea, Francia, Irlanda, Polonia y Alemania son los más difíciles para negociar. La propia canciller Angela Merkel reconoció que no es fácil negociar con Alemania en productos agroindustriales. Además, el acuerdo tiene que ser ratificado por los países del parlamento europeo y del Mercosur. Para que entre en vigencia en forma concreta pasará bastante tiempo”, reafirmó.
En la esfera internacional, también se maneja la idea de que si la Argentina, dentro del Mercosur, lograra un ambicioso acuerdo de bajar barreras al comercio con la Unión Europea, se podría empezar un proceso de triangulación utilizando una base ampliada (Mercosur más Alianza del Pacífico) en lo que a las cláusulas de origen se refiere.
“Por ejemplo, un producto que tenga insumos de Perú y Chile y que completa su producción en la Argentina podría ingresar a la Unión Europea aprovechando las preferencias arancelarias y permitiendo que las empresas desarrollen proyectos de inversión basados en una red productiva del Mercosur y la Alianza del Pacífico. Ampliar la red es la clave”, consideró Vasconcelos.
Sobre China, hace unos cinco o 10 años este destino no existía para muchos empresarios argentinos, en especial las pymes. Esto se ha ido revirtiendo. Asimismo, existen otras regiones en las que la Argentina podría estar más presente, como India e Indonesia, que son mercados muy dinámicos.
El imponderable Estados Unidos
Los analistas concuerdan en que Estados Unidos es una “caja de sorpresas”, porque el liderazgo actual está continuamente cambiando de opinión, y que la estrategia de inserción internacional de la Argentina tiene que estar, más que nunca, por encima y a más largo plazo que el período presidencial de Donald Trump, aunque este renueve su mandato.
“La Argentina no debiera adherirse demasiado al Gobierno estadounidense, sino simplemente mantener la relación estratégica, sin esperar demasiado”, resumió Rodríguez Aparicio.
Tiempos y voluntad política
“Cuando una economía está mucho tiempo cerrada o aislada en lo comercial o real, los procesos de reapertura tienen una ingeniería que requiere una articulación cuidadosa, y eso es lo que estamos viendo ahora”, señaló Alfredo Gutiérrez Girault, Consejero del CARI (Consejo Argentino de Relaciones Internacionales) y economista jefe del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas (IAEF).
“La reinserción financiera es más rápida que la comercial o real, y la Argentina da los pasos en ese sentido con liberaciones de cepos y arreglos con los holdouts, lo que se ha transformado en la posibilidad de colocar deuda durante el año 2017 y 2018”, comentó.
Gutiérrez Girault destaca la voluntad del Gobierno actual de participar activamente en los grandes eventos del mundo globalizado, especialmente las reuniones del G20, las recientes negociaciones del Mercosur con la Unión Europea y los acercamientos a China, viaje a China del presidente Macri incluido.
“Puertas adentro, el Gobierno ha manifestado su intención de impulsar una serie de reformas impositivas y laborales para el año próximo, que va ser importante en la medida en que Brasil implemente sus propias reformas. Si Brasil emprende una reforma profunda de ese tipo y la Argentina no lo hace, se plantearía una asimetría en Mercosur”, concluyó.
Apuesta local
Más investigación para el desarrollo
Cuando se habla de comercio exterior y la inserción de la Argentina en el mundo, es común asociarlo a industrias que producen bienes y servicios. Sin embargo, existe otro tipo de producción estratégica para el crecimiento económico del país: la industria del conocimiento.
Por Rosana Felice*

La Argentina tiene gran potencial para insertarse en las economías del conocimiento, a través de la producción y exportación de investigación científica, cuyos resultados sean aplicables en industrias como la farmacéutica.
Las condiciones para emprender este camino están dadas, debido al excelente nivel académico de los científicos argentinos y gracias al compromiso de los ámbitos público y privado, que permiten un trabajo de colaboración para generar alianzas científicas.
Por lo tanto, si se combinan el talento, la participación público–privada y el capital, se obtiene la fórmula que hace posible que un país pueda convertirse en un polo económico a través de la producción de conocimiento científico. En ese sentido, en nuestro país existen alternativas muy interesantes orientadas a este tipo de desarrollos.
Desde hace más de 14 años, GSK lleva a cabo actividades de investigación con profesionales de distintas especialidades de la Argentina. En 2016, fuimos seleccionados como centro regional para llevar a cabo Investigación y Desarrollo de nuevos fármacos en el país, realizando una inversión de $1.000 millones en un período de cinco años para generar estudios clínicos en patologías como asma, EPOC, VIH, enfermedades cardiovasculares, diabetes, lupus eritematoso sistémico, enfermedades raras y artritis, entre otras.
En 2011, el laboratorio GSK, con el apoyo del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (MinCyT), anunció el programa Trust in Science, un modelo de colaboración público–privado, con el fin de identificar y dar soporte a investigaciones de alta calidad en la Argentina para el estudio y potencial tratamiento de enfermedades consideradas de alta prioridad social.
Alrededor de 109 investigadores han trabajado en más de 25 proyectos para este programa, y el laboratorio realizó una inversión de US$ 5 millones hasta la fecha.
Este año, GSK incrementa su apoyo a la ciencia argentina a través de la firma de un acuerdo de cooperación tripartito entre GSK, el MinCyT y The Francis Crick Institute (centro de investigación británico de alta calidad).
Las partes promoverán la cooperación mutua con el objetivo de fomentar la innovación científica y tecnológica en áreas de investigación de interés común, a través de la realización por proyectos en áreas terapéuticas de alta relevancia: inmunología, oncología e inflamación.
Para ello, durante tres años, unos tres o cuatro científicos argentinos de Conicet viajarán al Reino Unido y desarrollarán proyectos de investigación en el Crick Institute. A través de éste, se realizará una inversión adicional a los US$ 750.000 que se invierten por año para los proyectos que GSK tiene actualmente en desarrollo con el MinCyT.
La firma de este nuevo acuerdo representa un fortalecimiento del compromiso que GSK estableció con el desarrollo de la ciencia en nuestro país. Es una muestra más de la confianza en el profesionalismo y capacidad de los investigadores argentinos, quienes a través de este acuerdo de intercambio científico con el Reino Unido, podrán acceder al más alto nivel de investigación científica.
Es clave comprender la importancia del conocimiento para generar productividad y, en este sentido, se puede tomar como parámetro a los países con altas tasas de inversión en investigación científica y vínculos estrechos con la industria.
Esta puede ser una vía hacia el crecimiento, no solo por la innovación, sino por la posibilidad de exportar el conocimiento producido. En este camino, estamos comprometidos a seguir trabajando, asumiendo los desafíos que tenemos por delante, tanto los gobiernos como las empresas farmacéuticas, para establecer agendas científicas comunes que permitan el desarrollo y el crecimiento del país.
*Directora Médica GSK Argentina & ConoSur
Inserción internacional
Un desafío pendiente
La competitividad internacional es un concepto amplio que debe ser especificado si se desea acotar el objeto de estudio. Es corriente en la literatura teórica y en el lenguaje coloquial de negocios identificar competitividad a nivel país con su desempeño exportador y, de un modo más general, con la capacidad de inserción externa.
Por Eduardo Luis Fracchia*

La competitividad se manifiesta en la inserción internacional de los diversos sectores en particular de bienes transables, pero cada vez más este razonamiento debe incluir a los servicios (por ejemplo, el turismo).
En este debate, es de destacar el esfuerzo de países que crecieron desde la posguerra en base a una contribución muy importante de las exportaciones en el PIB. En general, fueron procesos impulsados en parte por la acción agresiva del Estado, a la que se sumó un fuerte dinamismo empresarial. Los referentes más estudiados en los últimos 20 años son naciones del sudeste asiático, China y en menor medida países como Chile, México e Irlanda.
El crecimiento liderado por exportaciones es una aspiración natural de economías emergentes, en particular para aquellas con mercados internos reducidos, como ocurre con nuestro país.
En el caso argentino, la política tendiente a una mayor competitividad a través del fortalecimiento de las exportaciones ha sido errática. La inserción externa del país se viene concretando lentamente gracias a un conjunto de esfuerzos de naturaleza privada, donde son claros los ejemplos de grupos domésticos que han avanzado en la internacionalización como Techint, Arcor o Bagó. La coordinación público–privada todavía tiene mucho para crecer en este desafío de una mayor inserción externa.
No cabe duda de que la competitividad del país depende, en gran medida, del dinamismo de sus exportaciones. También esto es cierto para cada uno de los sectores de bienes transables y para las empresas que aspiran a internacionalizarse, cualquiera sea su tamaño.
La Argentina es un país de muy baja internacionalización en su industria. Solo exporta 10% del producto industrial. Las empresas tienen poca proyección internacional, entre otros motivos porque buena parte de los grupos domésticos está centrada en servicios o ha tenido, salvo contadas excepciones, una inserción internacional modesta a través de exportaciones.
La inversión externa directa en el exterior es un fenómeno básicamente regional que, resumido, significa un conjunto de activos productivos del orden de US$ 15.000 millones. Recordemos que el stock de dinero en el exterior de argentinos se estima entre US$ 250 y 300.000 millones.
La Argentina debe preparase para superar la meta cuantitativa de los US$ 100.000 millones de exportación anual. Es una meta poco ambiciosa si la comparamos con el salto que dio México entre 1994 y 1996, Brasil entre 2004 y 2005, y Chile en los primeros años 90.
La competitividad de las exportaciones argentinas es, en última instancia, la resultante del desempeño de una quincena de complejos exportadores que tienen la función de liderar las ventas al exterior y de 300 compañías que representan la mayor proporción del total.
Después de años de virtual estancamiento, se ha propuesto nuevamente un relanzamiento del Mercosur. Lo deseable es que el bloque sea una plataforma genuina que ayude a proyectar de modo global a los países, que siguen teniendo una lógica provinciana en sus modelos nacionales de negocio. En la diversificación de mercados y de productos está el secreto de una mayor competitividad de las exportaciones de la Argentina.
Este país tiene una ventana natural de oportunidad de expansión económica, que es aprovechar la dinámica de crecimiento de Asia. El crecimiento de China es espectacular y puede ser complementario con el comercio de la Argentina, a diferencia de una estrategia más orientada a Estados Unidos, donde la complementariedad es bastante menor. En definitiva, se trata de un desafío estratégico ambicioso que puede incrementar el desarrollo sustentable de país.
*Profesor de Economía Instituto Argentina de la Empresa (IAE)
Inversión externa
La necesidad de un proyecto
Existe una percepción en muchos ámbitos de que la Argentina ha venido practicando desde la posguerra una suerte de aislamiento del contexto mundial; esto habría tenido consecuencias negativas para nuestro desarrollo, al punto que –para algunos– esta es la causa principal del frustrante desempeño económico de las últimas décadas. Hay más de un error en esta apreciación.
Por Alberto Müller*

Por ejemplo, la presencia del capital extranjero es hoy en día muy elevada: dos tercios de las primeras 500 empresas del país es extranjero, una participación seguramente superior a la de Brasil o México. El intercambio cultural y turístico del país con el mundo es más que intenso; de hecho, la penetración de internet en la Argentina es comparativamente muy alta.
Decididamente, la Argentina no es un país cerrado al mundo. Es más: desde la segunda mitad de los años 70 –hace 40 años– se intentaron aperturas económicas unilaterales, lo que se tradujo en la liberalización de los flujos comerciales y financieros (durante el ciclo kirchnerista se adoptaron medidas de protección solo a partir de 2011, cuando arreció la restricción externa).
Los dos ensayos más importantes de apertura fueron los de 1976-1981 y 1990-2001. Ambos concluyeron en crisis estrepitosas, en parte por razones exógenas (la fuerte elevación de las tasas de interés internacional en 1980–81), pero también porque la propia dinámica instaurada fue inconducente.
Deberíamos aprender de estas experiencias: las aperturas económicas unilaterales no son por sí mismas beneficiosas. Esperar que de ellas brote una sostenida radicación de capitales y crecientes flujos de exportación externos es ingenuo. Esto demanda políticas activas e inteligentes, como las que implementan los Estados en los países que hoy consideramos exitosos en el sudeste asiático. Y estas políticas demandan un proyecto, un horizonte eficaz de largo plazo.
Las liberalizaciones unilaterales simplemente se traducen en déficits comerciales, sobre todo cuando se dan en contextos de retraso cambiario, con frecuencia producto de la entrada de capitales especulativos; esto es lo que ocurrió en los años 90.
Pero no es solo una cuestión de políticas macroeconómicas. Los primeros años de la post–convertibilidad mostraron un tipo de cambio extraordinariamente alto y solidez fiscal; pero poco y nada se revirtió la de–sustitución de importaciones ocurrida en la década anterior.
Tampoco las políticas específicas aseguran el éxito, como muestra la experiencia con el remanido sector automotor en la Argentina. Antes de los 90, una industria automotriz volcada casi exclusivamente al mercado interno y con protección, ocasionaba un déficit de cerca de US$ 1.000 por vehículo vendido al mercado interno.
La apertura de la década siguiente fue controlada, para crítica y (horror) de muchos; pero esto no impidió que un sector más abierto y supuestamente competitivo ocasionara un déficit de US$ 5.000 por vehículo. Este resultado mejoró en la década siguiente, gracias a la mayor exportación de unidades terminadas, en parte producto de cierto voluntarismo gubernamental.
Se demanda entonces un proyecto y políticas consistentes. La Argentina no es un país pobre; no demanda masivamente financiamiento externo para los niveles de inversión que requiere un proceso sostenido de crecimiento.
Hablamos de un país con una economía razonablemente compleja y diversificada, que debe sí identificar un patrón sostenible de especialización; este patrón tiene que apoyarse indefectiblemente en un proceso de desarrollo, tanto de ventajas comparativas primarias como de ventajas competitivas industriales. No hay espacio para soluciones simplistas como las que surgen de aperturas económicas unilaterales.
* Centro de Estudios de la Situación y Perspectiva de la Argentina, Facultad de Economía Universidad de Buenos Aires.
Oportunidades en ciernes
Hacia nuevos escenarios
¿Cómo desarrollar estrategias para aprovechar oportunidades resultantes de profundos cambios en el mundo que nos rodea? Negar la profundidad de tales cambios o no entender su dirección y alcances sería negativo para nuestro país. Al menos tres factores explican nuevos escenarios internacionales con impactos en el valor relativo que un país tiene para otros.
Por Félix Peña*

Uno es la población mundial. No solo más gente, sino que el crecimiento demográfico y las pirámides de edades, generan un mapeo poblacional con marcadas diferencias a los del pasado. En términos relativos, países de Asia, Ãfrica y América Latina adquieren hoy un protagonismo creciente en las relaciones internacionales, sean políticas, económicas o culturales. Es una población en la que la distribución del ingreso da lugar a un fenómeno con incidencia en comportamientos sociales, expectativas de vida y niveles de consumo. Ese crecimiento de la clase media urbana, con capacidad de consumo, nivel de información sobre sus opciones y, por ende, empoderamiento relativo, son imposibles de ignorar en las estrategias de inserción en el mundo de cualquier país.
El otro factor es la conectividad de naciones y mercados. Conexión física, pero también económica y cultural. Por los cambios tecnológicos, el mundo está más conectado. Bienes y servicios, ideas y valores, costumbres y pautas de consumo tienden a asimilarse y a la vez diferenciarse, en buena medida por factores culturales.
Este es un mundo que, al estar más conectado, es más similar en muchos aspectos y más diferenciado en prioridades y expectativas. Entenderlo es una necesidad creciente para quienes intenten competir con éxito por los mercados mundiales.
Y el tercer factor es que todos los protagonistas –naciones o regiones, consumidores o productores, empresas o ciudadanos– perciben múltiples opciones para lograr sus objetivos. Entender la dinámica de tales opciones será en adelante condición necesaria para competir y negociar.
Lo dicho señaliza la entrada en un mundo dinámico, complejo e impredecible. Requerirá conciliar visiones e intereses de corto plazo con los del muy largo plazo. Requerirá identificar y valorar todas las opciones factibles; y también capacidad de prever y captar a tiempo continuos desplazamientos de ventajas competitivas entre naciones, originados en cambios tecnológicos, en variaciones del poder relativo de los protagonistas, o en transformaciones culturales que incidan en valores y prioridades en distintas naciones.
Tres consecuencias pueden extraerse para la estrategia internacional de la Argentina. Una es la necesidad de tener diagnósticos de calidad sobre los cambios que operan en todas las regiones y países, pero con incidencia potencial en la capacidad de la oferta del país para competir en sus mercados. Implica esfuerzos organizativos para aprovechar la capacidad instalada en el plano académico en todos sus niveles.
Otra consecuencia es el desarrollo de capacidades de negociar en todo el mundo a la vez. Implica no privilegiar uno u otro. Para un país con las ventajas que tiene la Argentina, todo país es valioso. No es fácil. Implica superar tendencias a priorizar tal o cual protagonista por razones históricas, culturales o, peor aún, ideológicas.
Para un país lejano a las líneas de alta tensión internacional, no son recomendables las estrategias negociadoras que privilegien una nación o una región con respecto a otras. Además, por sus recursos naturales, su experiencia empresarial y laboral, su talento y creatividad, su diversidad cultural y étnica, la Argentina tiene lo necesario para ser valorada por un espectro amplio de naciones y mercados.
Para la Argentina, no es recomendable contraponer en la región el Atlántico y el Pacífico, Europa, EE.UU. o China, o tal o cual país desarrollado o en desarrollo.
La tercera consecuencia es la necesidad de articular esfuerzos sociales en torno a objetivos de inserción internacional, que reflejen una visión asertiva de lo que el país aspira a lograr.
*Director del Instituto de Comercio Internacional Fundación ICBC
Un debate necesario
El camino del Mercosur
El pasado mes de julio, la provincia de Mendoza albergó nuevamente la Cumbre del Mercosur, repitiendo así el escenario del año 2012. La cumbre llegó en un momento oportuno para analizar la situación actual del bloque, el cual se ha enfrentado en el último tiempo con diferencias políticas, institucionales y sobre todo comerciales.
Por Pablo Gopp*

Justamente en este último punto se ha podido observar un claro deterioro, cayendo las exportaciones de sus miembros fundadores (la Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) de casi US$ 350.000 millones en 2012, a apenas 260 en 2016.
Si bien esto en parte es debido al resultado de la baja general del comercio mundial, también es cierto que el boque se ha ido debilitando, tanto puertas adentro como hacia el exterior. Ha perdido participación en el mercado mundial; hoy el Mercosur representa 1,68% de las exportaciones mundiales, que significa un descenso de 12,5% en el período 2012–2016.
Escasa diversificación
Analizando particularmente el escenario argentino, el volumen de exportaciones desde la entrada en vigencia del Mercosur ha crecido en cifras cercanas a 250% en el período 1995-2015, debajo de la media mundial informada por el Banco Mundial, en un valor cercano a 330% para el mismo período.
De acuerdo al estudio publicado por el Centro de Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, la Argentina concentra casi 85% del grueso de sus exportaciones en productos animales y vegetales, alimentos, industria automotriz e industria química.
Esta escasa diversificación produce mayor dependencia con los altibajos que presenta el mercado, como ha sucedido con el valor de la soja si compramos su máximo histórico de 2012 en US$ 650 por tonelada a los actuales US$ 367 promedio, o el impacto en la industria automotriz local en los últimos años, producto de la crisis en Brasil que redujo las exportaciones en este segmento en el orden de 50%.
En este aspecto, el estudio demuestra que los países con mayor grado de complejidad en su matriz exportadora, es decir aquellos países que presentan mayor diversificación de bienes y servicios, y que a su vez generan la mayor parte del valor agregado de los bienes que producen, son los menos propensos a los vaivenes que presenta cada mercado.
En el índice de complejidad económica 2015 (ECI, 2015), Japón, Suiza y Alemania figuran al tope de la tabla; México figura en la posición número 21, el mejor posicionado de Latinoamérica, mientras que la Argentina en la 69°.
Integración a la vista
Si bien hoy se presenta un nuevo debate entre integración versus proteccionismo, con posturas como la de Estados Unidos retirándose del Acuerdo Trans-Pacífico (TPP) o la salida de Reino Unido de la Unión Europea (Brexit), la adhesión a tratados de libre comercio (TLC) para los países en vías de desarrollo ha significado, en líneas generales, la recomposición de la estructura exportadora (mayor incidencia de manufacturas), el aumento de la incidencia del comercio en el PBI y un mayor volumen de exportaciones.
En este escenario, es difícil imaginar un futuro dándole la espalda al mundo, donde las ventajas competitivas de nuestros productos queden cercenadas por aranceles y trabas que el resto de competidores al amparo de un TLC no deben contemplar.
En este aspecto, seguramente la definición más importante de la última cumbre ha sido la posible concreción en los próximos meses –tras casi 18 años de negociaciones– de un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea, que representa 20% del volumen del comercio exterior del Mercosur, de acuerdo a datos estadísticos de la misma Unión Europea.
La centralidad de los TCL
Por lo general, el primer beneficiado con la implementación de un Tratado de Libre Comercio son las empresas con alta actividad exportadora, las cuales logran acceder al mercado socio a un costo menor que antes de la implementación del tratado.
Asimismo, se verán beneficiadas las empresas que utilicen insumos y/o bienes de capital provenientes del nuevo socio, ya que los costos de importación de los mismos se reducirán. Además, se estimula el acercamiento empresarial entre ambos países, generando un flujo de nuevas oportunidades de comercio.
También hay que destacar que el escenario puede ser un poco más complejo para aquellas compañías que adquieren insumos de diferentes mercados alrededor del mundo, y que luego deben colocar estos productos terminados de la manera más competitiva. La trazabilidad y la determinación de origen suelen ser vitales en el uso de los TLC.
Algo que suena sencillo puede cambiar cuando la magnitud y el volumen de las operaciones son de escala mundial, y reducir apenas centavos en un insumo puede provocar ahorros millonarios en la producción, mejorando a su vez la competitividad del producto final.
En este sentido, es esencial buscar el proveedor tecnológico que cuente, no solo con la infraestructura necesaria, sino la capacidad de ofrecer soluciones alineadas a la competitividad del negocio.
*Especialista del área de negocios de Comercio Exterior Thomson Reuters para la región Latinoamérica

Claves del dinamismo
La importancia de la integración-público privada
Desde el inicio del actual Gobierno, una de las prioridades fue atraer la inversión, tanto de argentinos como de extranjeros. La gran expectativa generada en los inicios del año 2016 fue dando lugar a cierta decepción primero, y aceptación luego, entendiendo que no nos encontramos hasta el momento con un “boom de inversiones”, sino con un aumento gradual, desde un nivel que puede considerarse mínimo.
Por Claudio Doller*

Durante el último año y medio, en BDO hemos llevado a cabo tres mediciones, cada seis meses aproximadamente, respecto a la intención de inversión de los responsables financieros corporativos y de las entidades que ellos representan.
Podemos verificar los siguientes patrones: la intención de inversión inicial fue relativamente alta (88 % de los funcionarios planeaban invertir), y luego de seis meses bajó a 67%. Sin embargo, la intención de inversión se estabilizó, y en las mediciones posteriores, en todos los casos, casi siete de cada 10 funcionarios planean invertir. Este ratio es esperanzador para la tradición de inversión en la Argentina.
El éxito del blanqueo de capitales, sin duda, es una reconfirmación que el proceso de inversión demorado, más tarde o más temprano, en forma gradual, terminará dándose.
¿Qué factores consideran los inversores al tomar la decisión de invertir en la Argentina? En todas las mediciones, la disponibilidad de recursos naturales en primer lugar, y la disponibilidad de recursos humanos en segundo término son los factores de mayor peso. Pero estos factores también son los que se mantienen constantes, siempre en porcentajes altos.
¿Cuáles son los factores que “mueven el amperímetro”, que definen si se invierte o no? Podemos mencionar el contexto económico local y el marco jurídico como parte de las variables que los inversores analizan. La consolidación del proceso político actual, con el tiempo puede ser, en ese sentido, una muy buena oportunidad.
¿En qué áreas geográficas se planea invertir? La provincia de Buenos Aires y la región centro, principalmente Córdoba, siempre se mantienen en el tope de las áreas en las que la inversión vendrá (ambas llegando ligeramente por encima de 20 % de intención, en las distintas mediciones), seguidas por la región norte.
Sin embargo, es la Patagonia la región que viene mostrando mayor crecimiento porcentual (creció 10 %, de 7 a 17 %). No hay dudas de que Vaca Muerta y las exitosas licitaciones en energías renovables llevadas adelante por el Gobierno marcan tendencia.
¿En qué rubros vendrá la inversión? A la cabeza, agro-negocios y energía. Luego, tecnología, turismo y alimentos y bebidas.
Donde hay menos propensión a la inversión es la salud. Una luz de alerta, donde probablemente el Estado deba suplir la no inversión de los privados, o incentivarla con beneficios específicos.
¿Qué tendencias podemos verificar en los valores descriptos? La intención de inversión superior a la media se ha mantenido, aun en contextos políticos más complejos o adversos. Existe un “núcleo duro” en la intención de inversión.
La inversión no será pareja entre los distintos rubros de la economía. ¿El Gobierno debe compensar este efecto con beneficios específicos? Sin dudas. Pero primero es necesario verificar por dónde fluye la inversión, sin tener que facilitarla. Y este proceso ya se ha dado.
De los dos puntos anteriores, también se desprende que será necesario que la inversión pública compense las zonas donde la inversión quede rezagada. Hoy es claro cuáles serán esas zonas.
Para definir cómo integrase en el mundo, es necesario comprender primero cómo opera la inversión privada. Existe información clara para potenciar y también para compensar inequidades entre los distintos rubros de negocios y las regiones geográficas. El desafío es, definitivamente, la integración público–privada.
*Socio internacional, director de BDO Argentina
Impulso renovado
Avance en varios frentes
Históricamente, la Argentina ha mantenido una baja participación en el comercio mundial, ya que sus exportaciones representan apenas 0,4% del total mundial. En los últimos 15 años, creció la especialización en productos primarios y manufacturas de origen agropecuario, que alcanzan actualmente 67% de las exportaciones.
Gloria Sorensen y Adriana Haring*
En ese renglón, el país mantiene una ventaja comparativa significativa, ya que la participación de estas exportaciones en el total de la Argentina supera la participación de esos productos en el comercio mundial, pero en bienes manufacturados no básicos (que concentran 70% del comercio internacional), esta ventaja prácticamente no existe.
La evidencia empírica de los últimos 30 años muestra que las cantidades exportadas son sensibles a cambios regulatorios y políticas comerciales.
Durante la convertibilidad, con un tipo de cambio real relativamente apreciado, las cantidades exportadas crecieron a un promedio anual de 8,4%, favorecidas por la apertura del mercado petrolero, la creación del Mercosur y por el acuerdo automotor de intercambio compensado con Brasil.
Entre 2003 y 2011, las cantidades exportadas crecieron a un promedio anual de solo 3,5% para luego caer a una tasa anual de 2,5% a partir de la implementación del “cepo cambiario” en 2011. El congelamiento de tarifas energéticas también desincentivó las inversiones y redujo el saldo exportable de petróleo y gas.
Para que la Argentina pueda incrementar el valor de las exportaciones en el comercio mundial, es necesario mejorar la competitividad de aquellos bienes con mayor valor agregado, lo cual se ve complicado por los costos laborales unitarios en dólares relativamente altos.
Teniendo en cuenta las perspectivas de un tipo de cambio real relativamente apreciado en los próximos años, sería conveniente concentrarse en medidas tendientes a mejorar la competitividad “no cambiaria”.
Cabe avanzar simultáneamente en varios frentes para reducir los costos que inciden sobre el valor final al que se puede ofrecer un producto en un mercado externo, tales como los costos de transporte, de logística, los costos administrativos e impositivos.
Un primer paso para reducir la presión tributaria que enfrentan los exportadores del sector agropecuario fue la eliminación/reducción de las retenciones a las exportaciones y de los cupos y restricciones a la exportación en productos como carnes, maíz y trigo.
Sin embargo, aún está pendiente una reforma que reduzca la elevada presión tributaria para todos los sectores de la economía y que afecta la competitividad de los transables.
El Ãndice DTF del Doing Business del Banco Mundial (que mide la distancia a la frontera en términos de los tiempos y costos de exportación vinculados al transporte interno, trámites portuarios y cumplimentación de documentación) muestra escasos avances para la Argentina entre 2012 y 2016.
El deterioro de los ferrocarriles de carga, junto con la escasa inversión en la red de autopistas en las últimas décadas, hace que los costos de transporte al puerto sean elevados, y afectan especialmente a productos de escaso valor agregado.
El Plan del Ministerio de Transporte, que demandará unos US$ 21.700 millones de inversión en cuatro años, tiene como propósito mejorar la infraestructura de transporte interno de cargas (principalmente autopistas, carreteras y ferrocarriles), a la vez que se toman medidas para simplificar los procedimientos administrativos y reducir los costos en puerto.
El Gobierno ha puesto su foco en una política de integración con el resto del mundo muy activa, que busca maximizar acuerdos comerciales. Esto implica no solo reducir las barreras arancelarias, sino ampliar la participación de la Argentina en las cadenas de valor internacionales, para lo cual es crucial la definición de las reglas de origen de los insumos, la armonización de las normas de calidad y etiquetado.
*Sorensen es economista jefe y Haring es economista de BBVA Research Argentina
Menos restricciones
Retorno al mundo, una vez más
“La competitividad es, hoy más que nunca, el desafío central de las empresas y de las políticas públicas en nuestro país. Esto no sucedía en décadas anteriores, cuando el desafío de la producción no consistía en alcanzar grados crecientes de competitividad, sino en tratar de eludir el impuesto inflacionario, evitar la competencia y maximizar las ganancias especulativas”.
Por Belisario De Azevedo*

Estas palabras podrían perfectamente referirse a la actualidad. Sin embargo, fueron escritas a comienzos del año 2000 por Alieto Guadagni, ex secretario de Relaciones Económicas Internacionales. Pese a los 17 años transcurridos, nos encontramos en un lugar similar, apostando por la competitividad y tratando de dejar atrás un pasado reciente en el que las empresas debían hacer malabares para eludir las restricciones al comercio exterior.
La verdad es que nuestro país arrastra una larga historia de fracasos en la inserción externa de su economía, con un desempeño exportador decepcionante. Desde 1981 a la fecha, el volumen de exportaciones argentinas de bienes y servicios creció en promedio 4,3% por año, por debajo del crecimiento de las exportaciones globales (5,4% por año), e incluso con un dinamismo inferior al promedio regional (5,1%). El rezago exportador argentino se profundizó frente al desarrollo de las Cadenas Globales de Valor (CGV), un proceso del cual nuestro país se mantuvo prácticamente aislado.
La limitada inserción exportadora local pasó desapercibida durante gran parte de los últimos 15 años debido a las ganancias por términos del intercambio entre 2003 y 2012. Pero hoy, sin precios de commodities récord y sin ayuda del tipo de cambio, la competitividad vuelve al centro de la escena de la política pública.
La agenda de trabajo es clara. Por un lado, es necesario abordar los obstáculos estructurales para la competitividad de nuestras exportaciones: el costo logístico, la calidad de la infraestructura, la presión impositiva, la disponibilidad de financiamiento y el costo laboral, entre los más apremiantes.
Por otro lado, se debe trabajar en la inserción de nuestros productos en los mercados internacionales en base a una estrategia adaptada a un mundo crecientemente multipolar, apostando a los mercados dinámicos de Asia, con los cuales la Argentina tiene una elevada complementariedad económica, pero sin perder de vista los mercados tradicionales de Europa, América del Norte y Japón, donde aún tenemos mucho por ganar en términos de inserción de nuestros productos.
En lo que concierne a la región, fortalecer la cooperación con la Alianza del Pacífico resulta estratégico, teniendo en cuenta que el futuro del comercio pasará por el Pacífico, con dos tercios de la clase media ubicada en Asia para el año 2030. Estos aspectos deberán complementarse con esfuerzos de promoción de los productos argentinos en el mundo y con políticas activas para el desarrollo de bienes y servicios estratégicos.
Pero esta agenda de trabajo resulta incluso trillada luego de reiteradas formulaciones a lo largo de los últimos 40 años. En este sentido, el principal reto del Gobierno es convencer a los actores de la economía que esta vez será distinto, y que deben apostar por un escenario de mayor apertura económica pese a las frustraciones del pasado.
El Gobierno encara discusiones sectoriales para alinear las expectativas; el caso emblemático es el acuerdo de Vaca Muerta. Sin embargo, aunque bienvenidos, los acuerdos hasta el momento han sido acotados.
La respuesta a este desafío es una mayor institucionalización de los consensos, para lo cual existen casos exitosos muy cerca de casa. En Colombia, por ejemplo, el diseño y la implementación de los acuerdos de competitividad se realizan en el marco de un Sistema Nacional de Competitividad con amplia representatividad política, sectorial y regional.
En concreto, la agenda de trabajo es clara y no es necesario volver a inventar la rueda; la clave, como en tantos otros aspectos de la política económica, es lograr sostener el rumbo elegido.
*Analista Senior de Comercio Exterior de Abeceb.
Un nuevo ciclo
El imperativo de reinsertar a la Argentina
Luego de varios años de creciente aislamiento internacional, la actual administración adoptó un sendero que está devolviendo a la Argentina a un lugar de mayor relevancia a escala global. El giro no es solo una cuestión de principios, sino también una respuesta a necesidades muy concretas.
Por Sergio Galván*

El primer objetivo de las autoridades fue comenzar a normalizar la economía. La eliminación de las restricciones cambiarias (con la consiguiente devaluación del peso), la eliminación o reducción de impuestos a las exportaciones y la resolución de la situación judicial en torno a la deuda en los tribunales de Nueva York (holdouts), constituyeron pasos inevitables para rebalancear una situación macroeconómica hasta entonces comprometida. A ello se sumaron el inicio de un largo camino para disminuir los subsidios económicos y la implantación, luego de varios años, de una política monetaria destinada a reducir y controlar una inflación que, a todas luces, era muy elevada.
En paralelo, el Gobierno también comenzó a reconstruir puentes con la comunidad internacional. Este factor, que probablemente a veces quede un poco opacado por las medidas de corte económico, fue crucial para que estas resultaran exitosas. Es decir, deberíamos interpretar que ambos frentes (el económico y las relaciones exteriores) constituyen partes de una estrategia integral. De hecho, el gradualismo fiscal (una lenta reducción del déficit del Estado Nacional), que también resulta de una necesidad de preservar grandes sectores sociales que devinieron en una creciente dependencia de transferencias (sueldos, jubilaciones, subsidios), es sostenible gracias a que el mercado financiero internacional está dispuesto a demandar las emisiones de deuda realizadas para cubrir el rojo fiscal.
La lista de acciones del Gobierno para reinsertar a nuestro país en la comunidad internacional es extensa e incluye las visitas de los jefes de Estado de EE.UU., Alemania, Francia, Italia, Japón, Brasil, China y muchas otras geografías. La responsabilidad de la organización de la trigésima primera cumbre del G20 durante 2018, que recae en la Argentina, es un claro indicio de cómo ha cambiado la percepción de la comunidad internacional sobre nuestro país.
También, después de muchísimos años de marchas y contramarchas, el Gobierno argentino lidera actualmente la tarea de concluir un acuerdo comercial entre el Mercosur y la Unión Europea. A ello también contribuyen los realineamientos políticos en ambos bloques. La reciente elección de Emmanuel Macron como Presidente de Francia (la segunda economía de la UE), que disipó los fantasmas de un mayor aislamiento y una postura más nacionalista en Europa, dio un nuevo impulso a este proceso. Si bien este genera algunas resistencias, las ganancias de un comercio más libre entre ambos bloques serían muy importantes. Las economías sudamericanas podrían acceder a un mercado de más de 500 millones de habitantes, donde su producción de agroalimentos y bienes relacionados tendrían ventajas significativas.
La teoría económica demuestra la conveniencia de una mayor libertad comercial por sobre el proteccionismo. Menos barreras permiten a una economía especializarse en la producción de bienes para los cuales tiene ventajas comparativas, incrementando la eficiencia y por lo tanto, el nivel de producción y los estándares de vida de su población. En los últimos años, la Argentina ha perdido posiciones relativas en el ranking de ingreso per cápita.
Por supuesto que una apertura comercial implica tanto amenazas como oportunidades para diferentes sectores de la economía. Sin embargo, siguiendo la experiencia internacional de las últimas décadas, las ganancias de este proceso superan ampliamente los costos.
Continuar en este camino permitirá consolidar una forma de insertarse en la comunidad internacional y de administrar las variables económicas que nos dará mayores oportunidades para incrementar los niveles de vida de la población.
*Gerente de Comunicaciones Corporativas y Servicios Estudios Económicos de Santander Río
La recopilación de las columnas que componen este informe estuvo a cargo de Fabiana Culshaw.

