lunes, 20 de abril de 2026

    ¿Qué es lo que debería preocuparnos? – parte 3

     

    Visiones superadoras
    Pensamiento irracional

    Diego Andrés Golombek (*)

    Somos naturalmente proclives a diversos errores que vienen impresos en nuestro cerebro, con sus filtros y sus sesgos para comprender el mundo. Nos resulta natural confundir causas con correlaciones, señales con ruido, conocimiento con principio de autoridad. Lejos de señalar estos errores, la educación formal tiende a exagerarlos, a barrer debajo de la mesa las preguntas por temor a su eventual destino de disparate, de verdadero cuestionamiento.
    Cuando seguimos ciegamente a líderes, cuando confiamos en soluciones mágicas, cuando vemos con simpatía los horóscopos o cuando improvisamos sobre la marcha o a las corridas, alimentamos el pensamiento irracional.
    Una de las principales vacunas es, sin duda, la educación científica, entendida como un bastión del cuestionamiento, de las preguntas, de la mirada inquisidora sobre el mundo. Esta es una educación permanente, tanto en el ámbito formal como el no formal, y que debe echar mano a diversos recursos, formatos y medios de comunicación para lograr su objetivo.
    En lo profesional, debe preocuparnos que aún no hemos logrado darle la jerarquía necesaria a la educación técnica, fundamental para la inserción laboral en un país en desarrollo. Se ha avanzando enormemente en este rubro en años recientes, pero aun es mucho lo que se necesita hacer para jerarquizar a la ciencia, la técnica y la tecnología como los ámbitos más propicios para el desarrollo personal y social.
    Finalmente, fomentar el pensamiento racional no debe estar reñido, de ninguna manera, con promover miradas creativas o innovadoras. Por el contrario, basados firmemente en la racionalidad que brinden la enseñanza y su rol en el entramado social, es que habrá espacio para visiones superadoras y eventualmente transformadoras de nuestra realidad. No se trata de apoyar “a” la ciencia y al pensamiento racional sino de apoyarse “en” estos pilares, un pequeño cambio de preposición que representa un cambio gigante en nuestra sociedad.

    (*) Es biólogo, profesor titular de la UNQ e investigador principal de Conicet.

    Boom demográfico con fragilidad ambiental
    Carencia de instituciones

    Fabio Quetglas (*)

    Tengo un sentimiento ambivalente respecto de la pregunta; por un lado creo que las preocupaciones existenciales del hombre son idénticas en el tiempo, y ninguna circunstancia puede alterar la preocupación permanente por la justicia o la paz, por una vida plena y por cuestiones que traspasan la frontera de lo público y privado.
    Por otro lado creo que en el último tercio del pasado siglo 20 y los años que corren hemos abierto un agenda de temas preocupantes que no pueden ser soslayados: la convivencia del boom demográfico con la fragilidad ambiental, las tensiones entre tecnologías que nos ayudan a vivir pero que generan dinámica de inclusión y exclusión con similar intensidad y sus consecuencias en materia de desigualdad, la globalización de fenómenos indeseables como las redes criminales y su asedio creciente sobre territorios vulnerables, etc.
    Si estos últimos ítems son la traducción de aquellas preocupaciones permanentes a estos tiempos, el mayor de los problemas sin duda es la carencia de instituciones adecuadas para la gestión de las conflictividades emergentes. Sin gobierno, todo problema puede devenir en catastrófico.
    La falta de instituciones adecuadas no es un problema atribuible a cuestiones puntuales; sino la resultante de la existencia de instituciones actuales construidas en base a un mundo que ya dejó de existir y a elementos de legitimidad erosionados. Instituciones que por lo demás obturan todo cambio.
    Así las cosas, las crisis serán recurrentes, porque en ningún caso se opera sobre las causas que las generan, y la distancia existente entre respuestas repetitivas y desafíos nuevos es cada vez mayor.
    La tasa de innovación social derivada de la tremenda transformación tecnológica de los últimos 40 años, no tiene el reflejo político que debería corresponderse. Además aún no ocupa un lugar central en la vanguardia académica el debate sobre nuevos modos de construir legitimidad, edificar instituciones y por tanto obtener capacidad de intervención pública positiva.
    Si lo que no puede pensarse no puede construirse, la ausencia de reflexión es grave; porque sin capacidad de gobierno los temas seguirán agolpándose irresueltos, y la paz y la justicia quedará confiada a la casualidad.

    (*) Máster de Gestión de Ciudades en la Universidad de Barcelona y especializado en Desarrollo Local en Boloña, Italia

    Pilar de la ciudadanía
    Educación, la otra mirada

    Andrea Avila (*)

    Cómo hacer para conservar la bondad natural propia del ser humano, que debe insertarse y desarrollar su vida en un entorno corrupto como es la sociedad fue la pregunta que motivó a Rousseau a escribir Emilio, libro que es considerado el primer tratado sobre filosofía de la educación en el mundo occidental. Tres siglos después, formar buenos ciudadanos, continúa siendo una de las principales preocupaciones y desafíos que encara la sociedad. Una sociedad que aspira evitar que se corrompa lo que muchas veces intenta corromper, sin duda, es una dialéctica compleja.
    La educación, aclaro por si hace falta que no me refiero solo a la educación académica sino que incluyo a la educación en valores, es el pilar de la ciudadanía, así como los ciudadanos son la parte indisociable de un país. Entonces: no hay país si no hay ciudadanos y no hay ciudadanos si no somos educados como tales.
    ¿Recuerdan lo que significaba para nuestros abuelos ser educado? No era tener un título universitario ni hablar idiomas era respetar al prójimo. Quisiera que cuando reflexionemos sobre educación no abandonemos esa otra mirada, la que nos recuerda que somos seres sociales, ciudadanos que tenemos derechos y obligaciones y que entre nuestras obligaciones está respetar al Otro.
    Todavía tengo la esperanza que la educación forme ciudadanos íntegros que se de­sem­peñen como dirigentes intachables, empresarios socialmente responsables, profesionales íntegros y jóvenes comprometidos, por eso estoy convencida que la educación es el asunto que debería preocuparnos a los argentinos.
    Sin educación no podremos crecer como país, porque mientras prevalezca el egoísmo por sobre nuestra bondad natural, no podremos hacer más justa la distribución de la riqueza, ni podremos dejar atrás muchos de los “grandes males” que han caracterizado desde tiempos inmemoriales a nuestra querida Argentina.

    (*) CEO y presidente Randstad Argentina.

    Integración de la investigación científica
    Una nueva ventana, un cambio cultural

    Roberto Salvarezza (*)

    En la definición del modelo de país que queremos está implícito el papel que jugará la ciencia y la tecnología (CyT) en los próximos años. Si la Argentina pretende seguir a los países más desarrollados deberá transitar por un camino donde el conocimiento es la clave para una economía competitiva y una sociedad más justa e inclusiva. Los cambios en el mundo ocurren rápidamente: se pasa de la economía del capital a la economía del conocimiento. Esto requiere un sistema cien­tífico-tecnológico capaz de afrontar los desafíos que presenta el país que van desde la soberanía energética a la medicina traslacional.
    La reconstrucción del sistema de CyT, luego de años de abandono, fue una tarea que emprendió el Gobierno nacional en el año 2003 retomando un objetivo claro: el desarrollo de políticas que sustenten y fortalezcan el desarrollo científico del país, dado que existe una relación directa entre la creación de conocimiento y el bienestar de la población.
    Este proceso implicó cambios profundos a las políticas que se venían realizando. Desde lo simbólico con la valorización de la CyT como actividad destacable y reconocida en la sociedad, y desde lo económico al incrementarse considerablemente el aporte del Estado Nacional al sector de CyT. Hoy contamos con un sistema científico consolidado con los mejores parámetros de producción de conocimiento y de recursos humanos por habitante de Latinoamérica.
    Debemos ahora plantearnos los desafíos que nos aguardan. En tal sentido podemos preguntarnos qué tipo de conocimiento hemos generado desde la academia. Tradicionalmente los temas de investigación estuvieron determinados por la curiosidad. El investigador formulaba la pregunta y el Estado financiaba los proyectos de investigación para que pudiera responderla. Sin embargo, está claro que para poder cumplir con el objetivo de emplear la ciencia y la tecnología para el desarrollo del país se requiere una nueva ventana donde la pregunta sea formulada desde el Estado. Esto implica un cambio cultural. No solo se debe apoyar y financiar la ciencia básica sino también aquella que responde a las necesidades presentes en la sociedad.
    Estamos en el comienzo de un proceso de integración de la investigación científica con la sociedad y sabemos que para lograr un impacto visible se requiere, al menos, una década más de esfuerzo continuo. Es necesario entonces que las políticas de Estado en CyT cuenten con el consenso de todos los sectores de la sociedad. Esto será así, sin duda, si es que coincidimos en el modelo de Argentina que anhelamos.  

    (*) Presidente del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet).

    Romper la inercia del silencio
    Amenaza del poder narco

    Sergio Berenstein (*)

    Mi principal preocupación es el notable avance del poder narco en la Argentina. Hasta ahora, no hemos podido reaccionar frente a lo que sin duda constituye la amenaza de gobernabilidad y de seguridad más significativa que enfrentó el país en muchísimo tiempo. Si este flagelo continúa avanzando como ha ocurrido en los últimos años, la Argentina puede convertirse en un narco-estado, afectando muy negativamente nuestras formas de vida, nuestras familias, nuestras empresas y nuestro futuro.
    Gracias a la valentía de la Iglesia Católica y de la Corte Suprema de Justicia pudimos recientemente romper la peligrosa inercia de silencio y desidia que nos venía caracterizando. Los medios de comunicación dan cuenta a diario del impactante avance del poder narco, con su inevitable estela de violencia, muerte y destrucción. Y al margen del compromiso y sacrificio de muchas mujeres y hombres que hacen los que pueden desde sus puestos de batalla (miembros de las fuerzas de seguridad, de la justicia, de organizaciones de la sociedad civil y familiares de las víctimas), todavía no contamos con un plan integral y sistemático proporcional a la amenaza que efectivamente enfrentamos como sociedad.
    ¿Qué hacemos entonces frente a este inédito problema? La clave consiste en aprender críticamente de la experiencia internacional; contar con un diagnóstico objetivo, desapasionado y preciso de la situación; descartar las recetas mágicas, facilistas e improvisadas; y disponer de los recursos económicos, humanos e institucionales para desarrollar un plan serio, profesional y consistente que dé cuenta de las múltiples dimensiones involucradas en este crucial desafío. Esto es imposible sin una clara decisión política por parte del conjunto de nuestro liderazgo.
    No podremos construir una sociedad más justa, democrática, desarrollada y segura si no controlamos y revertimos el avance del poder del narcotráfico.

    (*) Profesor e investigador del Dpto. de Ciencia Política y Estudios Internacionales, Universidad Torcuato Di Tella. Editor de focoeconomico.org . Ex director de Poliarquía.

    La degradación de la sociedad
    La educación con foco en los valores

    Javier J. Diez (*)

    El buen nivel educativo de una sociedad permite aplicar los recursos humanos a las funciones de negocio y liderazgo, y obtener así una gestión exitosa de sus organizaciones. En los países desarrollados, en la medida que ese conocimiento técnico va acompañado de valores esenciales compartidos por las personas, sus organizaciones y así la sociedad toda, funcionan armónicamente y pueden crecer en forma sostenida a largo plazo.
    Sin intención de minimizar la importancia de la educación formal técnica, primordial para el desarrollo profesional y económico, la preocupación que deseo compartir apunta a la necesidad de proveer una educación integral a nuestros niños y jóvenes, que incluya valores básicos a compartir, tales como la honestidad, la humildad, el agradecimiento, la ayuda, el esfuerzo y el trabajo en equipo.
    Por no haber mantenido una educación basada en valores y por haber alentado el populismo y el facilismo, la Argentina se ha visto sacudida en forma intermitente por breves ciclos de éxito económico (basado en la abundancia de riquezas naturales y en el gran talento individual de nuestra gente), pero atravesando un continuo y penoso proceso de pérdida de principios, resultando en una degradación de la sociedad en su conjunto, en la pérdida de un marco institucional serio y la visión a largo plazo, y en un cada vez más bajo nivel socio económico, de convivencia y de calidad de vida.
    Los líderes que necesitamos para revertir este proceso deben contar, no solo con una gran capacitación técnica, sino poseer ese conjunto de valores fuertemente arraigados para poder pensar en el desarrollo sustentable de una sociedad democrática, justa y progresista.
    ¿Es la escuela la que debe brindar esos principios? La respuesta obvia (y cómoda) es que sí, ya que los padres delegan esa responsabilidad asumiendo que cuentan con maestros preparados para brindar esa capacitación integral. Y afortunadamente contamos en el país con muchas instituciones educativas serias y con un alto nivel profesional, y muy comprometidas en brindar una educación completa basada en valores. Pero, ¿alcanzan para cambiar la tendencia actual?
    Aquí hay que destacar la importancia de la tarea de los padres para con la educación integral de sus hijos. Si éstos no son criados bajo esos principios desde pequeños y dentro del ambiente familiar, las dificultades para hacerlo luego son mucho mayores en la medida que crecen y se desarrollan interactuando en una sociedad “no educada”. Reclamarle luego al sistema educativo puede ser infructuoso y/o tardío. El rol de la escuela debe ser en este sentido complementario, y funcionar como un refuerzo de lo recibido por los niños en el hogar.
    Los padres de familia que aspiran a que sus hijos crezcan sanos e íntegros para convertirse en valiosas personas, deben asumir su responsabilidad y accionar en pos de una educación basada en valores. Prepararse para educar con la palabra y el ejemplo, y eventualmente adquirir también las herramientas adecuadas. Disponer el tiempo y el esfuerzo necesarios para proveer a sus hijos de una educación completa, que será la base para recuperar el camino hacia una sociedad mejor.

    (*) Es ingeniero, CEO de Capgemini Argentina.

    Construir futuros compartidos
    Una educación que logre inspirarnos

    Melina Furman (*)

    No es novedad para nadie que la educación en nuestro país necesita una transformación profunda. Si hay algo que debería preocuparnos como sociedad es, justamente, eso. Hemos avanzado en incluir a más estudiantes en el sistema educativo, sin duda, pero todavía tenemos una enorme deuda pendiente: esa que los educadores llamamos la calidad educativa o, dicho de otro modo, lograr que nuestros jóvenes salgan de la escuela con los saberes y capacidades necesarias para ejercer una ciudadanía plena.
    Una serie de estudios recientes del investigador Hanushek mostró de modo contundente algo que todos intuitivamente sabemos desde hace mucho: el capital humano que genera la escuela está directamente relacionado con el nivel de desarrollo de los países. Mejorar la educación tiene consecuencias profundas en la posibilidad de construir el país que queremos tener.
    Pero necesitamos algo más. Nos hace falta con urgencia una educación que vuelva a inspirarnos. Necesitamos más que nunca una educación que mantenga viva la llama del aprendizaje de los chicos y que los ayude a construir herramientas para imaginar y hacer realidad sueños propios y colectivos.
    Cambiar las cosas no es sencillo, claro que no. Parte importante de la solución tiene que ver con generar contextos de trabajo en las escuelas que ayuden a los docentes a reencontrarse con esa vocación que los llevó a elegir la enseñanza como modo de transformar la realidad. Parte, también, tiene que ver con reorientar la enseñanza hacia las grandes ideas y maneras de pensar de cada disciplina que las hacen fascinantes como lentes para ver el mundo.
    En una escuela primaria de la provincia de Buenos Aires, Nicolás escribía en su cuaderno de clase: “Hoy aprendí que es bueno aprender cosas”. Cada vez que un chico empieza su trayecto educativo tenemos una enorme oportunidad entre manos. Para Nicolás, como para tantos otros, la escuela sigue siendo un espacio privilegiado de construcción de futuros posibles.

    (*) Profesora de la Escuela de Educación de la Universidad de San Andrés e Investigadora del Conicet

    Amenaza para la democracia
    Menos poder a los empresarios

    Ezequiel Adamovsky (*)

    Mi principal preocupación es que los empresarios sigan teniendo el nivel de poder que tienen actualmente o incluso que lo incrementen. La gravitación indebida de la gente de negocios es una verdadera amenaza para la democracia y para la sustentabilidad de la vida humana.
    Visto en el largo plazo, el mercado viene adquiriendo un poder cada vez mayor para moldear la vida social. Cada vez más, los esquemas de premios y castigos económicos que plantea orientan las decisiones de las personas, lo que redunda en toda clase de conductas antisociales. La competencia de unos contra otros debilita todo lazo social que no sea aquél que se anuda a través del dinero. Esto ya es suficientemente preocupante, pero debe sumársele el hecho de que, dentro del mercado, son los actores más poderosos –las corporaciones nacionales y trans­nacionales– los que mayores cuotas de poder acumulan. La capacidad que han adquirido de mover sus capitales globalmente sin restricciones viene empujando a los Estados a aceptar (o incluso promover) toda clase de prácticas depredadoras, bajo el pretexto de que son indispensables para el crecimiento. Sus consecuencias incluyen la pérdida de derechos, la expoliación de los recursos naturales, la creación de monopolios que impiden la libre circulación de las ideas, la evasión fiscal tolerada a gran escala, la corrupción endémica de las autoridades políticas, etc.  
    La Argentina es un ejemplo bien claro. El saqueo de la riqueza nacional a través de mecanismos financieros es una constante. A eso habría que agregar la expansión de los agro-negocios –que nos llevan al monocultivo, violentan a los pequeños productores y nos envenenan– y del fracking y la megaminería, que amenazan con dejar un escenario de devastación ambiental duradera a cambio de algunas migajas de corto plazo. Mi mayor preocupación, en fin, es que la sociedad no encuentre el modo de restaurar mecanismos democráticos sustantivos, hoy vaciados de contenido por el poder del capital.

    (*) Autor de Historia de la clase media argentina. Doctor en Historia por la Universidad de Londres. Licenciado en Filosofía y Letras de la UBA.

    Soberbia y exitismo
    Degradación institucional

    Por Fernando Laborda (*)

    A los argentinos debería preocuparnos nuestra creciente dificultad para ser vistos en el mundo como un país serio. Continuamos siendo el mismo país que ha hecho de su soberbia y de su exitismo valores que nos han hecho tristemente famosos y han llevado a afirmar que la infidelidad para un argentino es dejar de mirarse en el espejo.
    La mala imagen argentina en el mundo es directamente proporcional a nuestra degradación de las instituciones. Principios fundamentales de una República, como la división de poderes, han sido vistos por mucho tiempo como una manera de ponerle piedras en el camino al Presidente. Ese curioso estado de ánimo les ha permitido a los titulares del Poder Ejecutivo avanzar sobre el Congreso, la Justicia y los organismos de control con la sensación de que algunos procedimientos republicanos son meros mecanismos burocráticos molestos, que impiden el buen gobierno.
    Recientemente, se ha llegado a sugerir desde la Casa Rosada que ninguna sentencia judicial puede ser contraria a la voluntad popular. Tal afirmación se basa en una lógica que lleva al absurdo de que, por haber sido el Presidente avalado en elecciones con un significativo porcentaje de votos, cualquiera de sus actos o proyectos debería ser convalidado, sin más trámite, por el Congreso y por los jueces, sea constitucional o no.
    La manía de manipular al Congreso, como si fuese un derecho adquirido del Poder Ejecutivo, y de presionar o sacar jueces o fiscales de acuerdo con conveniencias políticas coyunturales, únicamente dejarán de avanzar cuando incorporemos a nuestra cultura política el criterio perdido de que las instituciones importan mucho más que los hombres. Claro que para esto debemos comportarnos como ciudadanos y no como espectadores. De una u otra cosa dependerá que construyamos una República en serio o que no pasemos de una pobre democracia delegativa.

    (*) Jefe de Editoriales del Diario La Nación. Director de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Belgrano.