Larry Ellison y la nube que redefine el poder de la IA
Oracle pasó de ser un actor rezagado en la nube a convertirse en una pieza central de la infraestructura de OpenAI. El giro reposiciona a Larry Ellison en la disputa por la inteligencia artificial, pero también expone a la compañía a una apuesta financiera y política de escala inédita.

A los 81 años, Lawrence Joseph Ellison ya había sido todo lo que un magnate de Silicon Valley podía aspirar a ser. Cofundador de Oracle en 1977 con un contrato de la CIA llamado, literalmente, “Oracle”. CEO durante 37 años. Hombre más rico del mundo en 2014. Dueño del 98% de la isla hawaiana de Lānaʻi. Treinta y siete años atrás, su biografía ya estaba cerrada.
Y sin embargo, en 2025, Ellison hizo algo que pocos empresarios octogenarios consiguen: protagonizar el negocio de la década. En septiembre, su patrimonio creció USD 89.000 millones en un solo día —el mayor salto individual jamás registrado por el índice Bloomberg— y por unas horas pasó a ser, otra vez, el hombre más rico del planeta.
La razón fue un contrato. El más grande de la historia de la nube: USD 300.000 millones que OpenAI se compromete a pagar a Oracle a lo largo de cinco años para alquilar capacidad de cómputo. La cifra es del orden de magnitud del PBI de un país europeo mediano. La acción de Oracle saltó casi un 36% en una sola jornada bursátil, su mayor rally desde la salida a Bolsa en 1986. Pocas semanas antes, casi nadie consideraba a Oracle una empresa “de IA”. Hoy es la columna vertebral física del laboratorio de inteligencia artificial más caro del mundo.
La maniobra de Ellison es típica de su estilo: paciencia, contratos plurianuales y posiciones de cuello de botella. Cuando llegó la nube, en 2010, la despachó como “palabrería absoluta”. Cuando llegó la IA generativa, hizo lo contrario: identificó la infraestructura que todos iban a necesitar y se posicionó antes que nadie. En enero de 2025, dos días después de la asunción de Donald Trump, Ellison estaba parado en el atril de la Casa Blanca junto a Sam Altman y Masayoshi Son anunciando Stargate, el plan privado para invertir USD 500.000 millones en data centers durante los próximos cuatro años. El proyecto se compara con el Manhattan: nunca antes se había anunciado una concentración semejante de capital privado en una sola industria.
“Casi nadie consideraba a Oracle una empresa ‘de IA’. Hoy es la columna vertebral física del laboratorio más caro del mundo.”
El precio de la apuesta es enorme. Para sostener Stargate y el contrato con OpenAI, Oracle entró en flujo de caja negativo por primera vez desde principios de los 90. Ellison se comprometió personalmente a garantizar USD 40.400 millones de financiamiento ligado al contrato con OpenAI, una cifra que muchos analistas consideran que ni siquiera él tendría líquida. Detrás del optimismo bursátil, un coro creciente de inversores se pregunta si Oracle no estará financiando, con deuda, una sola apuesta que vale más que la propia compañía. OpenAI factura unos USD 12.000 millones anuales; el contrato a cinco años con Oracle es 25 veces ese número. Si el alumno pierde, el profesor también.
La política juega su parte. Ellison es un republicano fiel: financió campañas, integró el directorio de Tesla entre 2018 y 2022, y cultivó una relación estrecha con Trump que ya da frutos concretos. A través de su hijo David Ellison, Oracle entró además en Hollywood: Skydance Media adquirió Paramount Global por USD 8.400 millones en 2025 e intentó —sin éxito— quedarse con Warner Bros. Discovery, donde el padre se ofreció a respaldar personalmente USD 40.400 millones del paquete de financiamiento. CBS News, parte del nuevo grupo, creó una figura de defensor del lector encargado de auditar “sesgos” editoriales y recortó programas de diversidad e inclusión: la huella ideológica del nuevo dueño se notó en cuestión de meses.
Ellison también es un hombre con causa. En 2017 donó USD 16,6 millones a Friends of the IDF —la donación más grande recibida por la organización en su historia— y financió excavaciones arqueológicas en Jerusalén Este que fueron criticadas por activistas israelíes por la paz, palestinos y arqueólogos. En 2019 fue demandado, junto con otros donantes, en un proceso que pedía mil millones de dólares por presunta participación en una conspiración para desplazar a palestinos de territorios ocupados. La causa nunca prosperó pero pintó el contorno político del personaje: un magnate que combina libertarianismo californiano, halcón pro-Israel y entusiasmo trumpista.
La biotecnología como vanidad
Su otra obsesión es la biotecnología. Hace pocos meses, Ellison anunció que enmendará su Giving Pledge —la promesa firmada en 2010 de donar el 95% de su fortuna a causas filantrópicas— para canalizar el dinero a través del Ellison Institute of Technology, una entidad “for-profit philanthropy” en la Universidad de Oxford donde ya prometió USD 1.300 millones para construir un campus. El instituto, sin embargo, atraviesa renuncias de alto perfil y tensiones internas sobre si la investigación científica debe comercializarse o liberarse al mundo. Para sus críticos, EIT es la enésima encarnación de un patrón que se repite en Silicon Valley: el mecenas que se compra una universidad como otros se compran un yate.
Lo decisivo, sin embargo, no es la filantropía: es el rol de Oracle como infraestructura del Estado norteamericano. Tras los planes para hacerse cargo de TikTok en EE.UU. junto a Silver Lake y MGX, Oracle es hoy candidato a operador de la cloud federal, a custodio de los datos sensibles de la administración Trump y a sede de los modelos de IA que entrenará el Pentágono. Larry Ellison, el hombre que en 2008 llamaba “palabrería” a la nube, es hoy el mayor arquitecto privado de la nube soberana norteamericana. Y, paradójicamente, también el más expuesto: si el ciclo de la IA pincha como pinchó el de las puntocom en 2001, Oracle será uno de los primeros nombres que el mercado castigará.
Pero si la apuesta funciona —si OpenAI cumple, si los chips de Nvidia siguen mandando, si Stargate construye lo que dice—, Ellison habrá conseguido lo más raro de todo en la historia empresarial: reinventarse a los 80 años y salir, otra vez, primero.
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