Flybondi desde adentro: “No vuelo desde julio y todavía espero dos sueldos y el aguinaldo”
El relato recrea la experiencia de una tripulante de cabina que ingresó en 2018, cuando volar barato en la Argentina era una promesa, y que hoy espera dos sueldos, un aguinaldo y una definición judicial. El personaje es ficticio y no corresponde a una persona real identificable: se trata de una voz compuesta, construida a partir de hechos verificados y testimonios públicos de trabajadores de la compañía.

La última vez que volé fue en julio. Era un Aeroparque–Córdoba de la tarde, con el avión a media capacidad y un pasajero que me preguntó, mientras le acomodaba el bolso, si era cierto lo que decían las noticias. Le contesté lo que veníamos contestando hacía meses: que la operación seguía. Ese día no sabía que era mi último vuelo. Después empezaron las cancelaciones y ya no paramos de no volar.
Entré en 2018. Éramos la novedad. Nos habían explicado en la inducción que estábamos por hacer algo que en la Argentina no existía: que subiera al avión gente que nunca se había subido a un avión. Y pasó. Los primeros años vi a familias enteras sacar fotos del ala desde la ventanilla, vi a señores mayores aplaudir en el aterrizaje, vi a chicos de veinte años que iban a Bariloche por primera vez porque el pasaje les había salido lo mismo que el micro. Ganábamos poco, laburábamos mucho y estábamos convencidos de que eso era el precio de entrada a algo que después iba a mejorar.
No mejoró. La degradación fue lenta y después, de golpe, muy rápida. Primero fueron demoras. Después cancelaciones sueltas. Después cancelaciones que ya no eran sueltas: entre junio del año pasado y mayo de este año la empresa canceló más de dos mil quinientos vuelos. En julio directamente cumplimos una fracción mínima de lo programado.
Lo que nadie explica de esto es cómo se vive del lado del uniforme. El pasajero no le grita a la empresa. Le grita a quien tiene enfrente, y quien tiene enfrente soy yo, o la chica del mostrador, o el pibe de rampa. Yo aprendí a pararme en un pasillo de Aeroparque a explicar una cancelación que me habían avisado veinte minutos antes que al pasajero, sin información, sin voucher, sin nada para ofrecer. Aprendí a que me digan chorra. Aprendí a sacarme el pañuelo antes de salir del aeropuerto para volver en el colectivo sin que nadie me identificara.
El sueldo de junio no llegó. El de julio tampoco. El medio aguinaldo tampoco. Es una frase corta y tarda meses en volverse realidad, porque uno primero cree que es un problema administrativo, después que es un tema de caja de un par de semanas, después empieza a vender cosas.
Los que se habían ido antes están peor. Más de setecientos compañeros firmaron retiros voluntarios o fueron despedidos entre fin del año pasado y principios de este, muchos con acuerdos homologados en el SECLO —o sea, con la firma del Estado abajo— y todavía no cobraron un peso de indemnización. Tres meses esperando. Algunos hipotecaron esa plata: se anotaron en un curso, adelantaron un alquiler, arreglaron el auto para hacer viajes. La homologación resultó ser un papel.
El 6 de agosto pasó lo que a mí me terminó de romper. La empresa dejó de pagar los aportes y de un día para el otro nos quedamos sin obra social. No es una abstracción: es una compañera con un tratamiento en curso que llegó a la farmacia y le rechazaron la credencial. Es un padre que suspendió los controles de un hijo. Nosotros ya sabíamos que la empresa no tenía plata. Lo que no sabíamos es que se podía dejar de pagar eso.
Los aviones están en Brasil. Buena parte de la flota quedó estacionada en São José dos Campos, sin mantenimiento, y las fotos circulan en los grupos de WhatsApp como circulan las fotos de un velorio. Una estructura pensada para quince aviones terminó con cinco en el país, de los cuales volaban dos. Cinco compañías de leasing pidieron que no se los siguiera operando hasta que se regularizaran las deudas, y ahí se terminó la discusión: sin aviones no hay aerolínea, por más certificado que tengas colgado en la pared.
Y sin embargo la página seguía vendiendo pasajes. Eso es lo que menos nos entra en la cabeza. Nosotros sin cobrar desde junio, los pasajeros de enero sin que les devuelvan la plata, y la ventanilla abierta vendiendo vuelos de septiembre. Cuando en Brasil directamente prohibieron que se vendieran pasajes a Río, a Florianópolis, a Maceió y a Salvador, alguno en el grupo escribió: “Al final nos cuidó más la ANAC de ellos que la de acá”. Nadie se rió.
El nombre nuevo lo vimos primero en una pantalla. OCA Air. Apareció en sistemas internos antes que en cualquier comunicado, y nos enteramos como se entera uno de las cosas importantes en esta empresa: de casualidad, mirando de reojo. Los que saben dicen que lo único que vale de nosotros son las rutas y el certificado de explotador, y que eso sirve para llevar paquetes. Es raro procesarlo. Yo no me formé ocho semanas en evacuación y primeros auxilios para que lo único rescatable de todo esto sea un papel que habilita a poner cajas donde iban personas.
Ahora aprendimos palabras nuevas. Concurso preventivo. Conjunto económico. Artículo 65. Prevención. Nos las explicamos entre nosotros en un grupo de doscientas personas donde hay una sola abogada y todos le preguntamos lo mismo. Entendí, más o menos, que si la empresa se presenta, nuestros créditos tienen privilegio: cobramos antes que otros. También entendí que cobrar antes que otros, cuando no hay plata, no significa cobrar. Y entendí que se está discutiendo en qué juzgado tramita todo esto, que es una discusión importantísima para los abogados y absolutamente irrelevante para mi alquiler.
Hay una parte que ni siquiera va a estar en el expediente: los pasajeros. Miles de personas compraron un pasaje que nunca voló. Para reclamar tienen que presentarse en un juicio, pagar un arancel y verificar un crédito de un monto chico. Casi ninguno lo va a hacer. Esa plata no se pierde: se queda. Yo estuve del otro lado del mostrador cuando esa gente pagaba. Sé exactamente cuánto le costó a cada uno.
No quiero que esto se lea como una posición política. A mí no me importa si la culpa es de la desregulación, del gobierno anterior, de este, del dueño nuevo o del dueño viejo. Cada vez que la empresa se convirtió en bandera de algo —de la revolución de los aviones, de la apertura, del mercado— a nosotros nos fue peor, porque la discusión se llenó de ideología y se vació de sueldos.
Yo no fui parte de una revolución. Fui parte de una empresa. Trabajé nueve años, hice miles de horas de vuelo, atendí a cientos de miles de pasajeros y hoy debo dos meses de expensas. Lo único que quiero saber es una fecha. No un plan estratégico regional, no una marca nueva, no un juzgado: una fecha.
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