No se trata solo de una transacción financiera, sino de la cristalización de un proceso que Revista Mercado viene siguiendo desde hace más de un año y que redefine las reglas de la conectividad. En septiembre de 2025, EchoStar cedió a Elon Musk —a través de Starlink— su portafolio de licencias AWS-4 y H-block, junto con un acuerdo para que los clientes de Boost Mobile puedan usar el servicio Direct to Cell. El comunicado oficial de la empresa señaló que la operación permitirá “acelerar la visión de la conectividad directa a dispositivos en una forma más innovadora, económica y rápida”. En paralelo, Gwynne Shotwell, presidenta de SpaceX, confirmó que la adquisición le dará a Starlink “el espectro exclusivo necesario para desarrollar su nueva generación de satélites con servicio directo a celulares”.
Este desenlace es la culminación de una saga que combina innovación tecnológica, geopolítica y disputas corporativas. Desde 2024, Mercado advirtió que la conectividad satelital directa no era un experimento futurista, sino la “última frontera de la conectividad” (nota). En ese informe especial se anticipaba que tecnologías Direct to Device (D2D) e IoT satelital transformarían no solo la cobertura en zonas rurales, sino la noción misma de infraestructura crítica. Se señalaba que América Latina, con su baja densidad poblacional en vastos territorios, enfrentaba un punto de inflexión histórico: por primera vez, el acceso universal a la comunicación podía concretarse sin depender de torres ni fibra óptica.
Los meses siguientes confirmaron esa predicción. En mayo de 2025, esta revista publicó que el Departamento de Estado de Estados Unidos impulsaba el “impulso diplomático de Starlink” para acelerar su expansión global (nota). No era un gesto inocente: Washington entendía que la red de Musk podía convertirse en una herramienta estratégica frente a China y su constelación Spacesail. Pocos días después, se anunció que Starlink había obtenido licencia en India, el mercado emergente más codiciado, con planes de hardware a 380 dólares y abonos de 35 dólares mensuales (nota).
En paralelo, América Latina se convirtió en campo de batalla. Brasil firmó un acuerdo con Spacesail, buscando diversificar proveedores en plena disputa judicial con Starlink. Argentina autorizó a Starlink, Kuiper y OneWeb mediante un régimen simplificado, lo que abrió un dilema sobre soberanía digital y control del espectro. Mercado documentó cómo, en el país, Starlink desplegaba su “curva schumpeteriana” con un modelo inicial de tarifa plana que luego viró a planes por volumen, un cambio que reflejaba tanto la rápida adopción como la congestión de la red (nota).
La disrupción no se limitó a usuarios civiles. En julio de 2025, un apagón global de más de una hora reveló las vulnerabilidades de depender de una sola constelación. El tráfico cayó al 16 % del volumen habitual, afectando servicios militares y de defensa. La revista lo registró bajo el título “La caída global de Starlink expone vulnerabilidades geopolíticas” (nota), y días después publicó que en Argentina crecía la necesidad de pensar en esquemas de respaldo satelital mediante Telespazio y Orbith (nota).
La venta de espectro de EchoStar a SpaceX debe leerse a la luz de esta secuencia. EchoStar, debilitada por pérdidas financieras —registró un déficit de 202,7 millones de dólares en el primer trimestre de 2025, pese al crecimiento de suscriptores 5G (nota)—, buscaba oxígeno en medio de investigaciones de la FCC y negociaciones fallidas con el gobierno de Donald Trump (nota). Sus resultados de 2024 habían superado expectativas, con ingresos de 15.830 millones de dólares y reducción de pérdidas netas, pero la deuda seguía siendo pesada (nota). Incluso intentó recomponer caja mediante ventas parciales, como la operación con AT&T para reconfigurar el 5G en Estados Unidos (nota). Nada alcanzó. La cesión total de sus licencias a Musk fue la salida inevitable.
El trasfondo revela algo más profundo: la convergencia entre infraestructura satelital y redes móviles. Con las licencias AWS-4 y H-block en manos de SpaceX, Starlink podrá ofrecer cobertura directa a celulares con espectro exclusivo, eliminando la necesidad de alianzas circunstanciales. Se trata de la consolidación de un modelo vertical: satélites propios, espectro propio, y clientes que acceden al servicio sin intermediarios terrestres.
Las implicancias para América Latina son múltiples. Por un lado, promete ampliar cobertura en zonas remotas donde las telcos nunca invirtieron. Por otro, erosiona el poder de operadores históricos. No es casual que Claro, uno de los gigantes de la región, haya protagonizado una disputa abierta con Starlink en Argentina. El conflicto giró en torno a la comercialización de servicios empresariales en áreas donde la compañía mexicana reclamaba derechos prioritarios. Starlink avanzó con ofertas de internet satelital corporativo, lo que llevó a América Móvil a denunciar competencia desleal y a presionar ante reguladores. La pelea expuso la tensión entre un modelo satelital global y un sistema regulatorio nacional que aún no define con claridad cómo se articula el acceso al espectro.
A este tablero se suma la política argentina. El presidente Javier Milei, cercano a Elon Musk, ve en Starlink no solo una solución tecnológica sino una alianza estratégica. Su gobierno promovió la autorización exprés de licencias y facilitó trámites para la expansión del servicio. Pero en paralelo mantiene un enfrentamiento con Telecom, controlada por el grupo Fintech de David Martínez, en torno a la compra de Telefónica. La disputa combina intereses empresariales y rivalidades políticas. Milei cuestiona a la empresa por lo que considera trabas a la competencia, mientras avala a Musk como símbolo de innovación. Así, la conectividad satelital se entrelaza con el mapa político local, donde cada decisión regulatoria adquiere valor geopolítico.
El caso argentino ilustra una tensión más amplia. Como mostró la guerra en Ucrania, depender de un actor privado para sostener comunicaciones críticas puede ser riesgoso. Starlink resultó decisivo para Kiev, pero también mostró que un CEO puede condicionar la seguridad nacional de un país. China aprendió la lección y aceleró el despliegue de Spacesail, negándose a abrir su territorio a redes extranjeras. Europa, a su vez, lanzó el proyecto IRIS² para reducir su dependencia de Starlink. América Latina, en cambio, opta por una apertura pragmática: permite la entrada de múltiples actores sin un plan regional coordinado.
La pregunta de fondo es quién controla el nuevo cielo. La infraestructura crítica ya no se asienta solo en torres y cables, sino en constelaciones orbitales. El control del espectro, de los datos y de las alianzas comerciales se convierte en un asunto de soberanía. Los Estados de la región enfrentan un dilema: aprovechar la oportunidad de cerrar la brecha digital o quedar sujetos a intereses ajenos. La clave estará en articular políticas que garanticen continuidad del servicio, protección de datos y diversidad de proveedores.
EchoStar cedió su lugar porque no pudo sostenerlo. Starlink lo ocupa porque posee capital, tecnología y ambición global. Pero la historia no termina allí. Kuiper, Spacesail, OneWeb e Iridium disputan espacio en un mercado que, según ABI Research, superará los 100.000 millones de dólares en ingresos globales hacia 2033. La próxima década definirá si la conectividad directa será un factor de inclusión o un nuevo campo de dependencia.
América Latina, con su geografía vasta y su historia de desigualdad en el acceso a servicios, es el escenario donde esta tensión se hará más visible. Como en cada revolución tecnológica, la región debe decidir si será receptora pasiva o protagonista activa. La venta de EchoStar a SpaceX, la pelea de Claro con Starlink y la alianza política de Milei con Musk son capítulos de un mismo relato: el nacimiento de un nuevo contrato digital, en el que la infraestructura no está bajo tierra, sino en órbita, y en el que se juega no solo la velocidad de conexión, sino la autonomía de las naciones.












