El monopolio más poderoso del que nunca oyó hablar
Una empresa holandesa de la que casi nadie ha oído hablar concentra el poder de fabricar los chips que mueven la inteligencia artificial. Esa posición única la convierte en el campo de batalla más silencioso —y más decisivo— de la nueva guerra fría tecnológica.

Hay una imagen que ayuda a entender lo que ocurre. En Veldhoven, una ciudad sin glamour del sur de los Países Bajos, una fábrica produce máquinas que pesan 180 toneladas, cuestan hasta 400 millones de dólares por unidad y requieren piezas de más de 800 proveedores distribuidos en cinco continentes. Cada máquina tarda años en construirse. Y sin ella —literalmente, sin ella— no existe ningún chip avanzado en el mundo. Ninguno. El teléfono que está en el bolsillo del lector, los servidores donde corren los modelos de inteligencia artificial, los sistemas de guía de los misiles modernos: todos dependen de lo que fabrica ASML.
La sigla corresponde a Advanced Semiconductor Materials Lithography. El proceso que domina se llama litografía ultravioleta extrema, EUV por sus siglas en inglés. ASML tiene un monopolio del 100% en ese mercado. Ninguna otra empresa en el mundo puede fabricar estas máquinas.  No es una ventaja competitiva en el sentido usual del término. Es algo cualitativamente diferente: una singularidad tecnológica con consecuencias geopolíticas que recién comenzamos a comprender.
El arte de grabar lo invisible
Para entender por qué ASML importa, conviene entender qué hace. Dentro de una fábrica de semiconductores, máquinas de 200 toneladas disparan láseres 50.000 veces por segundo, convirtiendo gotitas de estaño fundido en destellos de luz más calientes que la superficie del Sol. De esas explosiones fugaces surge una forma de luz ultravioleta que no existe en ningún otro lugar de la Tierra.  Esa luz —con una longitud de onda de apenas 13,5 nanómetros, una fracción del diámetro de un átomo— graba los patrones de los transistores sobre obleas de silicio. Cada línea tiene un grosor equivalente a 1/6.000 del cabello humano. 
ASML es el único proveedor y habilitador crítico de los semiconductores avanzados y de la inteligencia artificial, una posición alcanzada tras 30 años de investigación y desarrollo y una inversión acumulada de 9.000 millones de dólares.  La comparación que suelen hacer los analistas resulta elocuente: la participación de la OPEP en la producción mundial de petróleo, del 40%, parece modesta frente a la de ASML en litografía EUV. 
La empresa nació en 1984 como una spin-off de Philips, el gigante electrónico holandés. Durante años fue una apuesta de alto riesgo en una industria donde los competidores estadounidenses y japoneses —Canon, Nikon— parecían consolidados. Mientras los competidores americanos y japoneses se concentraban en mejoras incrementales a la tecnología existente, ASML apostó, durante años de fracasos, a la litografía ultravioleta extrema.  Esa diferencia de visión, sostenida con una paciencia que pocas empresas pueden permitirse, es la que explica el monopolio de hoy.
Una pieza en el tablero de las potencias
Pero la historia de ASML deja de ser puramente tecnológica en el momento en que Washington decide que los chips son un asunto de seguridad nacional. ASML no fabrica simplemente equipos de semiconductores: fabrica las únicas máquinas en la Tierra capaces de producir los chips más avanzados del mundo. Esa posición la convierte en la pieza más crítica del ajedrez tecnológico global. 
La licencia original de su tecnología EUV proviene de una subsidiaria estadounidense, y aproximadamente el 10% de su base tecnológica es de origen americano.  Eso le da a Washington una palanca extraordinaria. Y la ha usado. ASML no ha podido vender sus máquinas EUV de última generación a China desde 2020, y sus equipos DUV más avanzados desde 2024. 
La historia tiene un capítulo revelador. En 2023, ASML violó un “acuerdo de caballeros” con Estados Unidos sobre cuántas máquinas podía vender a China, lo que generó enojo en Washington y vergüenza en el gobierno holandés. La empresa entonces ofreció convertirse en los “ojos y oídos” de Estados Unidos en China para evitar restricciones adicionales.  Es un episodio que ilustra con crudeza la naturaleza de la relación: una empresa privada neerlandesa atrapada en la tensión entre sus mayores mercados, obligada a navegar entre la soberanía nominal holandesa y la gravitación real de Washington.
En el segundo trimestre de 2024, China llegó a representar el 49% de las ventas de ASML.  Ese número, extraordinario en su magnitud, refleja la carrera de los fabricantes chinos de chips por acumular equipos antes de que las restricciones se volvieran totales. Ahora ese ciclo se cierra. Los compradores chinos se estaban abasteciendo de equipos antes de que esas ventas quedaran eventualmente prohibidas. 
Los números de la hegemonía
Los balances de ASML cuentan una historia de expansión sostenida que la geopolítica complica pero no detiene. En 2024, la compañía reportó ventas netas totales de 28.300 millones de euros y una utilidad neta de 7.600 millones de euros, con un margen bruto del 51,3%.  El cuarto trimestre fue el más alto de su historia: ventas de 9.300 millones de euros con un margen bruto del 51,7%. 
Para ponerlo en perspectiva: en 2022, la utilidad neta había sido de 5.624 millones de euros. En 2023 alcanzó 7.800 millones de euros.  La curva es consistente. Y los últimos datos confirman que la trayectoria se mantiene: el primer trimestre de 2026 cerró con ventas de 8.800 millones de euros y una utilidad neta de 2.800 millones, con un margen bruto del 53%, en el extremo superior de las proyecciones. 
La compañía elevó su previsión de ventas para el año completo 2026 a un rango de entre 36.000 y 40.000 millones de euros,  una corrección al alza respecto del rango anterior de 34.000 a 39.000 millones. El motor es conocido: la industria de semiconductores sigue siendo impulsada por la adopción de la inteligencia artificial en un espacio de aplicaciones en expansión.  La demanda de chips supera a la oferta. Los clientes —TSMC, Samsung, Intel— aceleran sus planes de expansión.
En el horizonte más lejano, la compañía proyecta ventas anuales de entre 44.000 y 60.000 millones de euros para 2030, cuando la industria global de semiconductores podría superar el billón de dólares anuales.
La paradoja del monopolio indispensable
La caída del 6% en el precio de la acción de ASML el día posterior a la publicación de sus resultados del primer trimestre de 2026 no refleja debilidad operativa —los números superaron al consenso de analistas— sino la presión creciente de las restricciones de exportación hacia China. Un grupo bipartidista de legisladores estadounidenses impulsa ahora restricciones sobre las máquinas DUV, la categoría de equipos de menor generación que hasta ahora ASML todavía podía vender a clientes chinos. 
La paradoja es estructural. ASML es demasiado valiosa para prescindir de ella, demasiado singular para regularla como una empresa ordinaria, y demasiado expuesta a las tensiones entre las potencias para actuar con total autonomía. Las restricciones imponen costos comerciales reales a empresas aliadas como ASML, pero la primacía tecnológica estadounidense frente a China se presenta como un imperativo estratégico que requiere que esas empresas acepten costos de corto plazo. 
Lo que está en juego, en definitiva, no es solo el destino de una empresa holandesa. Es la pregunta de quién podrá fabricar los chips que corren los modelos de inteligencia artificial del futuro. Quien controle esa cadena —quién pueda comprar las máquinas de Veldhoven y quién no— estará definiendo, en términos muy concretos, la cartografía del poder en las próximas décadas.
¿Puede una sola empresa privada, fundada hace cuarenta años en una ciudad sin glamour de los Países Bajos, cargar con el peso de semejante decisión?

