El espejo roto del crédito

Hay una metáfora que los economistas evitan pero que los datos imponen: el crédito fue, durante 2025, el oxígeno artificial de una economía que respiraba con dificultad. Y como todo oxígeno administrado a presión, dejó quemaduras.

spot_img

El Banco Central de la República Argentina cerró el año con un dato que no admite eufemismos: el ratio de irregularidad de las familias trepó al 9,3% en diciembre de 2025, más del triple del 2,5% registrado en el mismo mes de 2024. No es un número abstracto. Detrás de ese porcentaje hay millones de hogares que tomaron deuda para sostener el consumo cotidiano y no pudieron devolverla. El fenómeno tiene nombre técnico —mora— pero su naturaleza es esencialmente social.

La paradoja del crecimiento

La Argentina vivió en los últimos dos años una expansión crediticia sin precedentes recientes. El financiamiento a empresas y familias registró un salto del 36,9% en términos reales durante 2025, combinando préstamos en pesos y en dólares. Por primera vez en décadas, los bancos dejaron de financiar al Estado para financiar a la sociedad: el crédito al sector privado representó el 43,9% del activo total del sistema financiero a diciembre de 2025, desplazando al financiamiento público que había sido la principal fuente de rentabilidad durante años. 

Pero ese giro estructural tuvo un costo. Cuando el crédito llega a quienes nunca lo habían tenido, en un contexto de salarios reales deprimidos y tasas elevadas, la probabilidad de impago no es una anomalía: es una consecuencia lógica. El ratio de crédito sobre salario medio escaló de 1,5 a fines de 2024 a 2,5 al cierre de 2025, lo que implica que los hogares argentinos acumularon deudas equivalentes a dos salarios y medio mensuales. El crédito operó, en palabras del Banco Provincia, como un “puente intertemporal” que amortiguó el ajuste. Un puente que ahora muestra sus primeras fisuras.

Publicidad

La anatomía de la mora

La mora no golpea de manera uniforme. En los préstamos personales el índice trepó al 12,0% en diciembre de 2025, un nivel 3,6 veces superior al de diciembre de 2024. En los créditos con garantía prendaria llegó al 3,6%. Las líneas de consumo —las que financian electrodomésticos, vacaciones, emergencias médicas— son las más castigadas. El 20% de los créditos por montos inferiores a un millón de pesos presenta irregularidades, y esos créditos constituyen casi la mitad del total de préstamos otorgados. Es decir: la mora se concentra en los préstamos chicos, los del ciudadano común, no en las grandes operaciones corporativas.

El mundo empresarial, por contraste, resiste mejor. La irregularidad en el segmento corporativo se ubicó en el 2,5% al cierre de 2025, frente al 0,8% de diciembre de 2024: un incremento significativo pero contenido. La asimetría entre empresas y familias no es casual. Las primeras tienen acceso a refinanciación, asesoramiento financiero y economías de escala para negociar condiciones. Las segundas, frecuentemente, solo tienen la app del celular.

La tijera que nadie nombra: lo que el banco paga y lo que cobra

Para entender por qué el sistema bancario prosperó mientras sus clientes se hundían, conviene mirar un número que rara vez aparece en los titulares: el spread. La diferencia entre lo que una entidad paga por captar dinero y lo que cobra por prestarlo es, en la Argentina actual, un abismo que haría sonrojar a cualquier manual de economía convencional.

Las tasas nominales anuales para plazos fijos online a 30 días se ubican, entre los bancos líderes del sistema, entre el 21% y el 25% anual.  Banco Nación paga el 25% por canales digitales; Santander, Galicia y BBVA ofrecen el 23%. Son los precios que el sistema reconoce al ahorrista por prestarle su dinero durante un mes. Del otro lado del mostrador, la ecuación es radicalmente distinta. La tasa nominal anual para la refinanciación de tarjetas bancarias se ubica en el 43%, lo que se traduce en un Costo Financiero Total del 65% cuando se incorporan comisiones, cargos e IVA. Para las tarjetas no bancarias —el territorio de las fintech y las emisoras independientes— el salto es aún más pronunciado: Naranja X cobra una TNA del 87,80% en refinanciaciones a 12 meses, con un Costo Financiero Total que, sumados todos los cargos, supera el 176%. 

La aritmética es brutal. Un ahorrista que deposita $1.000.000 a 30 días en un banco obtiene, al vencimiento, algo más de $20.500 de interés. Un deudor que refinancia esa misma suma con su tarjeta bancaria pagará, en el transcurso de un año, entre $430.000 y $650.000 solo en concepto de intereses y gastos. La diferencia no es accidental: es el modelo de negocio.

Este diferencial explica con precisión quirúrgica por qué los bancos cerraron 2025 con resultados positivos pese al deterioro de carteras. El retorno sobre activos del sistema financiero fue del 1% y el retorno sobre patrimonio neto del 4,4%. Rentabilidades que, en contextos de mora récord, solo son posibles cuando el margen de intermediación absorbe holgadamente las pérdidas por incobrabilidad. El problema es que ese margen lo financia el eslabón más débil de la cadena: el deudor de consumo, que refinancia porque no puede pagar, y al refinanciar profundiza su incapacidad de pago.

Las fintech y el territorio sin red

Aquí el análisis se vuelve más incómodo. El sistema financiero argentino tiene dos capas: la bancaria, regulada, con seguros de depósito y mecanismos de resolución establecidos; y la no bancaria, habitada por fintechs, billeteras virtuales, mutuales y emisoras de tarjetas independientes. En las entidades no bancarias, la irregularidad de las carteras alcanza el 21,4%, más de cuatro veces el promedio del sistema financiero. 

La diferencia no es solo de escala: es estructural. A diferencia de los bancos, las fintech no realizan intermediación financiera tradicional y operan mayormente con fondeo propio, lo que las lleva a aplicar tasas más altas para compensar el riesgo asumido.  Además, carecen de la palanca del débito automático sobre sueldos que otorga a la banca tradicional una ventaja decisiva en la recuperación de cartera. Las tasas que cobran por refinanciación —con CFTs que en algunos casos superan el 170%— no son resultado de codicia empresarial sino del costo real de financiar a perfiles que el sistema bancario rechazó durante décadas. Pero esa lógica tiene un límite: cuando los ingresos del deudor no crecen al mismo ritmo que las tasas, el crédito deja de ser inclusión financiera y se convierte en trampa.

El caso de Ualá concentró la atención pública esta semana. Su CEO Pierpaolo Barbieri reconoció que la volatilidad de tasas en Argentina durante la segunda mitad de 2025 golpeó a todo el sistema, y advirtió que “ningún sistema financiero del mundo puede sostenerse con una tasa real post-inflación tan alta”.  La empresa argumenta que sus números de morosidad no son directamente comparables con los del sistema bancario por razones contables vinculadas a su transición de fintech a banco: aún no aplica la práctica de write-off —eliminación de incobrables del balance pasado cierto plazo— que usan los bancos tradicionales, lo que infla artificialmente sus indicadores.  Homologando criterios, la mora activa rondaría el 17%. Pero incluso ese número es elevado para un sistema que necesita construir confianza.

El dilema regulatorio

La respuesta del BCRA al problema no tardó en llegar. A través de la Comunicación A 8406, la entidad monetaria oficializó el sistema de “Cobro con Transferencia”, que reemplaza al DEBIN programado y busca dar a bancos y billeteras una herramienta más ágil para recuperar préstamos en cuotas, con plena vigencia a partir del 31 de agosto de 2026.  La medida es técnicamente razonable. Pero abre una tensión que el regulador deberá administrar con cuidado: mientras los depositantes bancarios tienen asegurado el recupero de sus fondos hasta 50 millones de pesos ante eventuales dificultades de la entidad, los usuarios de billeteras virtuales carecen de un seguro similar. 

El proceso actual refleja una etapa de transición del sistema financiero argentino: los bancos comenzaron a reorientar su negocio desde el financiamiento al sector público hacia el crédito privado, lo que los expone más al riesgo crediticio.  Las fintech, por su parte, colonizaron el segmento que la banca tradicional nunca quiso atender: el de los informales, los no bancarizados, los que pagan con QR porque nunca tuvieron cuenta corriente. Esa conquista territorial tiene un precio que ahora se está facturando.

La pregunta que los números no responden

La mora récord en quince años no es únicamente un problema financiero. Es el síntoma de una contradicción más profunda: un modelo de estabilización macroeconómica que comprimió ingresos reales mientras expandía el acceso al crédito. Las familias argentinas tomaron prestado para sostener un nivel de vida que sus salarios ya no podían financiar. Los bancos y las fintech les prestaron con entusiasmo, porque el negocio era rentable mientras la cadena de pagos aguantara.

Ahora la cadena cedió. Y la pregunta que los datos del BCRA no responden es si el deterioro de la cartera es, como sugiere el consenso del mercado, un fenómeno transitorio de ajuste —el precio inevitable del crowding in crediticio—, o si anuncia algo más persistente: el límite estructural de un modelo que pide a los hogares que financien con deuda lo que el crecimiento aún no pudo darles con ingresos.​​​​​​​​​​​​​​​​

spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img

CONTENIDO RELACIONADO