El costo económico de una democracia de baja calidad

Hay una pregunta que el mundo empresarial suele evitar con incomodidad y que, sin embargo, los datos obligan a formular: ¿tiene la calidad democrática de un país alguna relación con su capacidad de generar riqueza sostenida en el tiempo? La respuesta, cuando se la busca con rigor y sin ideología, es tan simple como inconveniente para los que prefieren mantener separados esos dos mundos: sí, la tiene. Y la tiene de manera profunda, estructural y cuantificable.

Por Gonzalo Berra para Revista Mercado

spot_img

No se trata de una tesis normativa —“la democracia es buena, por lo tanto debería favorecer el crecimiento”—. Se trata de una observación empírica que los economistas del desarrollo llevan décadas documentando y que los dos mapas que encabezan esta serie ilustran con elocuencia visual. El mapa del Democracy Index de la EIU para 2024 y el mapa del PBI per cápita del Banco Mundial muestran, superpuestos, una correlación que no requiere econometría sofisticada para ser percibida: los países más azules en uno son, con notoria frecuencia, los más azules en el otro. Los países más rojos en el mapa democrático tienden a ser los más claros —los más pobres— en el mapa económico. Las excepciones existen, son interesantes y merecen análisis. Pero el patrón es demasiado consistente como para ignorarlo.

El contrato implícito que hace posible invertir

Detrás de cada decisión de inversión —pequeña o grande, doméstica o extranjera, productiva o financiera— hay una apuesta sobre el futuro. El inversor que construye una planta, el empresario que contrata personal, el ahorrista que inmoviliza capital en un activo de largo plazo: todos están haciendo la misma pregunta, aunque rara vez en esos términos. La pregunta es: ¿puedo confiar en que las reglas del juego que rigen hoy seguirán vigentes mañana? ¿Si tengo razón en una disputa, un juez independiente me dará la razón? ¿Si el gobierno cambia, mis contratos se respetan? ¿Si una regulación me afecta, tengo canales legítimos para cuestionarla?

Esas preguntas no tienen respuesta satisfactoria en un Estado donde el Poder Judicial es una extensión del Ejecutivo, donde la prensa no puede fiscalizar sin pagar costos, donde la oposición carece de herramientas reales para controlar al poder y donde las reglas cambian según la conveniencia del turno político. En ese entorno, el cálculo del inversor no desaparece: se transforma. Y lo que produce esa transformación es lo que los economistas llaman “prima de riesgo institucional”: un sobrecosto que se paga en tasas más altas, en plazos más cortos, en horizontes de planificación más acotados, en menor disposición a comprometer capital de largo plazo.

Publicidad

Douglass North, el economista que recibió el Nobel en 1993 precisamente por su trabajo sobre instituciones y desarrollo económico, lo formuló con una claridad que no ha envejecido: “Las instituciones son las reglas del juego en una sociedad. Determinan los incentivos de los actores económicos”. Una democracia de calidad, en ese marco, no es solo un sistema político: es una infraestructura de incentivos. Es el andamiaje que permite que los contratos se cumplan, que la propiedad privada esté protegida, que los conflictos se resuelvan por procedimientos predecibles y que el horizonte temporal de los actores económicos se extienda más allá del próximo ciclo electoral.

La trampa de confundir estabilidad con autoritarismo

En el mundo empresarial circula, con cierta persistencia, una intuición que los datos refutan sistemáticamente: la idea de que los regímenes autoritarios pueden generar mayor estabilidad económica que las democracias, porque concentran las decisiones y eliminan el “ruido” de la deliberación. El ejemplo más citado es China. Los más incómodos son Venezuela, Argentina de distintas épocas, o cualquier dictadura latinoamericana del siglo XX que prometió orden y produjo colapso.

Lo que ese razonamiento ignora es la diferencia entre estabilidad de corto plazo y previsibilidad de largo plazo. Un régimen que concentra el poder puede ser eficiente en la ejecución de decisiones, pero es estructuralmente frágil en la sustentabilidad de esas decisiones: sin contrapesos, sin oposición efectiva, sin prensa libre, sin justicia independiente, las decisiones no son revisadas cuando se equivocan. Y los errores de política económica en un régimen sin controles tienden a acumularse hasta que se vuelven inmanejables.

La democracia liberal, con toda su lentitud, su negociación y su ruido, tiene una ventaja sistémica que los regímenes concentrados no pueden replicar: autocorrección. Los errores se detectan antes porque hay actores con incentivos para señalarlos. Las políticas fallidas se revierten porque hay actores con poder para revertirlas. Los gobiernos incompetentes o corruptos son reemplazados sin que el sistema colapse. Esa capacidad de autocorrección no es un lujo político: es un seguro económico de primer orden.

Lo que muestran los mapas cuando se los superpone

Los dos mapas que se muestran en este texto hablan, cada uno, de una dimensión diferente de la realidad de los países. Pero leídos juntos cuentan una historia coherente. Europa Occidental aparece en el mapa democrático con los azules más profundos —democracias plenas con puntajes de 8 a 10 en el EIU— y en el mapa económico con los colores que corresponden a los mayores ingresos por habitante. Escandinavia, en particular, ocupa esa posición de elite en ambos tableros de manera simultánea y persistente desde hace décadas: no es coincidencia estacional sino resultado acumulado de décadas de inversión en instituciones.

América Latina, en cambio, aparece en tonos intermedios en el mapa democrático —con excepciones notables como Uruguay y Chile, que se distinguen del promedio regional en ambas dimensiones— y en los rangos medios-bajos del mapa económico. La región es más democrática que África subsahariana y que buena parte de Asia Central, pero sus democracias tienen fallas estructurales —débil Estado de derecho, baja independencia judicial, alta corrupción percibida— que coinciden, no casualmente, con sus limitaciones de desarrollo económico.

El caso argentino en esa superposición es particularmente revelador. Argentina aparece en ambos mapas en una posición intermedia: mejor que la mayoría de la región en desarrollo humano y en calidad democrática formal, pero con una brecha persistente respecto de los países que combinan alta prosperidad con alta calidad institucional. Chile y Uruguay, sus vecinos más prósperos por habitante, están también por encima de Argentina en todos los índices democráticos que esta serie analiza. Brasil, la economía más grande de la región, aparece debajo de Argentina en ambas dimensiones. México, la segunda economía regional, muestra un deterioro democrático que los índices registran con creciente alarma, y que coincide con décadas de dificultades para sostener el crecimiento de manera inclusiva.

La calidad democrática como ventaja competitiva

Hay una manera de reformular todo lo anterior que resulta especialmente útil para el debate empresarial y de política económica: la calidad democrática es una ventaja competitiva de los países, no solo un mérito cívico. Los países que invierten en instituciones democráticas de calidad —justicia independiente, controles al poder, libertad de expresión, transparencia, reglas estables— están construyendo una plataforma que reduce costos de transacción, aumenta la confianza de los inversores, extiende los horizontes de planificación y hace posible políticas de Estado que sobreviven a los cambios de gobierno.

El economista Daron Acemoglu —Premio Nobel de Economía 2024, junto a James Robinson— dedicó décadas a documentar precisamente esa relación. Su trabajo central, sistematizado en ¿Por qué fracasan los países?, concluye que la diferencia entre las naciones prósperas y las que no lo son no está principalmente en su geografía, su cultura ni sus recursos naturales: está en la calidad de sus instituciones. Las instituciones “inclusivas” —las que distribuyen el poder, protegen la propiedad y hacen cumplir los contratos de manera efectiva— generan crecimiento sostenido. Las instituciones “extractivas” —las que concentran el poder y lo usan para beneficiar a una minoría— producen estancamiento o colapso.

Esa distinción —inclusiva versus extractiva— es, en términos prácticos, una descripción de la diferencia entre una democracia de alta calidad y una de baja calidad. No toda democracia produce instituciones inclusivas, pero ningún régimen autoritario sostenido lo hace de manera duradera. La calidad democrática es la condición necesaria, aunque no suficiente, para que las instituciones devengan inclusivas.

El costo oculto de la baja calidad institucional

Argentina tiene una relación particular con ese costo. Es un país que reúne condiciones excepcionales para el desarrollo —recursos naturales, capital humano educado, posición geográfica, escala económica— y que, sin embargo, lleva décadas sin poder convertir esas condiciones en prosperidad sostenida. Las explicaciones habituales rotan entre la política fiscal, la política monetaria, el tipo de cambio, la deuda. Todas son parcialmente correctas. Pero todas ellas son, en última instancia, síntomas. El diagnóstico más profundo apunta a la calidad institucional: a la incapacidad persistente del sistema político de generar reglas estables, contratos respetados y horizontes de planificación que vayan más allá del próximo ciclo de crisis.

Ese diagnóstico tiene nombre en la literatura económica: “trampa institucional”. Un país que no puede mejorar la calidad de sus instituciones porque los actores con poder tienen incentivos para mantenerlas deficientes —porque las reglas inestables les dan ventajas que las reglas estables les quitarían— tiende a reproducir su bajo desempeño independientemente de las políticas de corto plazo que se implementen. Salir de esa trampa requiere, precisamente, lo que la calidad democrática puede ofrecer: reglas del juego que ningún actor pueda reescribir a su conveniencia.

La paradoja argentina es que el país tiene los recursos para ser mucho más próspero de lo que es, y tiene la historia democrática suficiente como para construir instituciones de calidad superior. Lo que falta no es capacidad: es la decisión de preservar y fortalecer el andamiaje institucional que convierte el potencial en realidad.

 

spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img
spot_img

CONTENIDO RELACIONADO