Distinguir entre lo grande y lo pequeño

La devastación precedió al Covid y el desierto crece

Ya mucho antes del virus se habían aniquilado los vínculos auténticos, las identidades, la justicia social, la conciencia humana, la relación con la propia alma, el ecosistema... Pero para la verdadera espiritualidad, todo lo que ocurre es un signo, un llamado al despertar.

7 septiembre, 2020

Por: Leandro Prinkler (*)

Desventurado quien alberga desiertos.” Esta frase de Así habló Zaratustra de Nietzsche anuncia la devastación, la desertización. A este desierto se refiere T. S. Eliot en La tierra baldía como imagen del Occidente desacralizado, una expresión de la literatura artúrica: se ha extraviado el Grial, y el suelo se vuelve yermo al perder contacto con la Gracia de Dios. The Vaste Land es la metáfora para el mundo contemporáneo.

La devastación es el avance del nihilismo; diferente de la destrucción, que puede dar lugar a un nuevo comienzo. Si en el momento actual nos encaminamos por un proceso de renovación o de aniquilación no resulta posible saberlo. Toda situación crítica reclama con urgencia la movilización de fuerzas especiales.

¿Pero qué fuerzas surgirán? ¿cuándo pesimismo y optimismo son dos caras de la misma estupidez? La Pandemia (en su sentido etimológico de “toda la población” en una escala mundial) es un fenómeno único en la historia y exige una conciencia profunda, no una reacción inmediatista.

Porque más allá de la solución práctica – y muy deseable – de la curación del virus, la devastación se ha instalado mucho antes del Covid. Ha aniquilado los vínculos auténticos, las identidades, la justicia social, la conciencia humana, la relación con la propia alma, el ecosistema, y más…

Ante la falta de un sentido trascendente de la existencia, las sociedades más “avanzadas” se han dedicado a vivir la vida de la manera más anodina posible, en la satisfacción de una voracidad consumista, del hedonismo mezquino de un voyeur de imágenes virtuales.

Tal situación – ya prevista por Guénon, Heidegger, Jung y otros pensadores auténticos – desembocó en lo que Michel Foucault denominó “la victoria de los discursos corrosivos”, de los que él mismo fue el principal representante.

La patria, la familia y la religión aparecen como “dispositivos de poder” necesarios para disciplinar a los individuos hasta el siglo XIX, pero que devinieron en instituciones molestas para la expansión del control de la población mundial del llamado neoliberalismo, que necesita seres aislados, consumistas perfectos, sin identidad ni convicciones.

Esta descripción – que se puede encontrar en la obra de Byung Chul Han – no llega a dar cuenta de cómo lo que se interpreta como una liberación de instituciones perimidas es una esclavitud de hipnotizados. Pues el Nihilismo en su sentido radical implica la pérdida de toda jerarquía. Y jerarquía significa etimológicamente el poder (arkhé) de lo sagrado (hierós). Y cuando no hay una justa jerarquía en una cultura, se atrofia el sentido para distinguir entre lo grande y lo pequeño en una nivelación hacia abajo de todas las cosas.

La fuente de la vida

En todas las épocas y latitudes se ha reconocido con agradecimiento el poder de la fuente de vida que impregna la existencia en el mundo. Este principio divino fue llamado con distintos nombres: Tao, Brahma, Ahura Mazda, Wakantanka, Quetzatcoatl, Viracocha. En el monoteísmo (hebreo, cristiano, islámico) están los signos imborrables de que todo lo existente proviene de una misma realidad, cuyo misterio ha sido inscripto en el corazón humano.

De los tiempos de la Ilustración y la sana razón de la que se jactó Voltaire se ha heredado la interpretación reductiva de la mente moderna, que ideó el problema de la Teodicea: ¿cómo es posible que Dios, benevolente y todopoderoso, permita la existencia del mal en el mundo?

Voltaire afirma que Dios se preocupa tanto de los seres humanos, como el capitán de un barco de las ratas del sótano, ante la desgracia del célebre terremoto de Lisboa (1755).

La actitud racionalista – el ¿cómo puede Dios permitir eso? – tiene su origen en una concepción vulgar e infantil de lo que Dios significa, una idea en la que está ausente el misterio esencial. Desde entonces la profanación resulta obscena; y la fe ha sido reemplazada por un proyecto tecnológico- plutocrático de autómatas orgullosos de su propia “libertad”. Mientras tanto la vitalidad del Islam crece – inmersa en problemáticas geopolíticas – y se proyecta como una poderosa sombra de la cultura europea.

Ante tanta mecanicidad surgió entonces en la Tierra Baldía la espiritualidad como “una reacción pacífica contra la esclerosis de las religiones” – expresión de R. Panikkar-.

En esta atmósfera compleja proliferan supuestas sabidurías y ejercicios de todo tipo que en su mayor parte no se apoyan en ninguna cadena auténtica de transmisión y se entregan cómodamente a la comercialización.

Pero para la verdadera espiritualidad todo lo que ocurre en el mundo es un signo, un llamado al despertar. Y mientras no se lo acepta, el desierto sigue creciendo.

(*) Profesor de Lengua y Cultura Griegas de la UBA y en Malba Literatura

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