De “súper año para la biodiversidad” a pandemia

El riesgo país y la inflación constituyen un obstáculo real para transitar de esta economía no sostenible a una baja en carbono, o verde, como es tendencia en el mundo.

Es que en el planeta, la sustentabilidad es negocio y los inversores ponderan a las empresas responsables con el ambiente, la sociedad y los empleados.

Que el venado de las pampas, el huemul, el yaguareté, la ballena azul, el pecarí, el murciélago común de orejas largas y el tatú carreta, entre otros, estén en riesgo de extinción y que el cambio de uso del suelo y la deforestación degraden el hábitat y hagan perder biodiversidad, no figuran en el cuadro de resultados de ningún balance empresario, pero lentamente empiezan a interferir en el sueño de los accionistas.

No les resulta indiferente a cada vez más consumidores comprar un producto en el que se refleje un daño al medio ambiente, contaminación, destrucción de bosques, los incendios en el Amazonas, la explotación infantil, el trabajo esclavo, y la inquietud está siendo recogida en el Acuerdo de París, en la Agenda 20/30 de las Naciones Unidas, para ir bajando a las relaciones económicas cotidianas por las arterias fiscales (por las regulaciones) y bancarias (al ser integrada al riesgo crediticio).

La Fundación Vida Silvestre lleva 42 años comprometida con la defensa de la Naturaleza y con el sostenimiento de la vida en la Tierra, administra desde 1988 fondos de la WWF (Organización Mundial de Conservación) y aportes de grandes compañías con fines conservacionistas que canaliza en distintos programas, hasta que se acopló a comienzos del milenio a una incipiente corriente financiera que fluía hacia los canales verdes de inversión y crédito.

En torno de los organismos multilaterales se tendió una red entre los principales actores del mercado de capitales (bancos, inversores, calificadoras de riesgo, agentes fiduciarios, reguladores, asesores legales, empresas), y Vida Silvestre se subió al tren incorporando a un coordinador de Negocios y Ambiente proveniente del comité de inversiones del cuarto mayor fondo de pensiones de Argentina (US$ 5000 millones).

El año pasado firmó un protocolo de las finanzas sostenibles en Argentina con 19 bancos y se selló así en el país, a través de una ONG conservacionista, el matrimonio entre sustentabilidad y finanzas.

De este modo, las grandes compañías disponían de una herramienta que les daría la oportunidad de abordar 2020 como el “súper año para la biodiversidad” pero apareció la pandemia del Covid-19 y trastrocó el escenario.

Pablo Cortínez, coordinador de Negocios y Ambiente de Fundación Vida Silvestre, responde a los interrogantes sobre estos escenarios.

 

Ambientalistas

 

-¿Qué hacen los empresarios –de verdad- por el ambiente y el clima?

-Todo lo relacionado con el clima, el comportamiento entre la sociedad y el sector empresarial, ha ido cambiando con el paso del tiempo. Aquellos reclamos que en su momento hacían solamente grupos ambientalistas y la comunidad científica, de repente en 2015 culminaron en el Acuerdo de París, en la Agenda 20/30 de las Naciones Unidas.

Ha sido todo un proceso en el cual ha habido prácticamente una demanda para que, a través de estos organismos y de esta negociación internacional entre países, fueran incorporados aspectos ambientales, pero también temas sociales, claramente reclamados también por los consumidores.

 

-¿Cómo se hacen sentir las voces de los consumidores en esos foros?

 

-En encuestas que Nielsen hizo en 60 países aparece que en 4 años se incrementó más de 40 % la demanda de consumidores individuales que quieren comprar productos que provengan de empresas socialmente responsables.

Las empresas están leyendo este mensaje, algunas desde hace bastante tiempo, otras más recientemente. Pero acompañan, dependiendo de cuál sea el país y la región de donde provengan. Se incorporan algunos principios y requisitos interesantes, como la trazabilidad, de donde vienen los productos, que no sea de un área de deforestación, que no haya trabajo infantil, condiciones laborales inhumanas, etcétera, etcétera. Los principios de sostenibilidad no solamente son adoptados por esas compañías, sino por toda su cadena de valor.

 

-¿Por qué aparece la banca comercial para financiar proyectos que privilegian una rentabilidad que no es precisamente económica?

 

-Desde hace más de 20 años, la banca, a escala internacional, empezó a alinearse con las nuevas reglas del mercado. Incorpora criterios ESG (Ambiental, Social y de Gobernanza, por sus siglas en inglés) y de esta manera acota riesgos. Pero, a su vez, descubre nuevas oportunidades de negocios, dentro de las cuales (y esto es una generalidad en el mundo, pero en el caso de Argentina se da mucho más) si se lo ve en el caso del sector energía renovable resulta bastante claro.

 

-¿Qué parámetros fehacientes permiten al financista identificar a un productor “verde”?

 

-Siempre puede haber lugar a la desconfianza, pero existen las certificaciones de sustentabilidad, sobre todo de commodities, que conforman procesos interesantes, multi stakeholders, que tienen en cuenta tanto los productores como los traders; hay veces que van bancos, están los retailers y las ONG, producto de una serie de negociaciones que llevan muchísimo tiempo.

Se llega a ciertos protocolos, que son estas certificaciones de sustentabilidad, que también constituyen una manera de estandarizar la sustentabilidad en determinados productos, que son súper interesantes.

Está todo lo que es FSC en el área de todo lo que tiene que ver con base forestal. AMC, con lo relacionado con productos del sector pesquero. También por ahí hay algunos otros menos conocidos como RTES con la soja, hecho por un grupo de stakeholders de Argentina, con el que trabajamos en un esquema de sustentabilidad para lo que sería el proceso de la carne.

 

¿Existe una vinculación real entre las finanzas y la sostenibilidad en general?

 

-Si uno considera que desde fines de los ´60 a principios de los ´70, el planeta tierra está en default y que hoy estamos consumiendo 1.7 planetas por cada año, evidentemente tenemos problemas. ¿Cómo se llega desde una situación no sostenible a una de sostenibilidad?

Argentina es uno de los casos más raros del mundo, pero básicamente se hace financiando. El tema es cómo hace una economía que no es sostenible para pasar a ser baja en carbono. El promedio mundial entre el ratio del crédito y el PBI es del 130 %. Estamos en el puesto 150 sobre 176 países, con un ratio que debe estar en torno de 13 %. Históricamente estuvo en 15 %. Y tenemos países como Chile, que está arriba de 100 %, Brasil por sobre 70 %, Colombia, Bolivia, Paraguay, entre 40 y 50 %. Esto significa que podría ser más difícil para Argentina, sólo que a nivel global, básicamente, esto se tiene que financiar.

 

¿Se interesan los bancos por daños ambientales, tales como el aumento y pérdida de la cobertura forestal?

 

-Es un tema que adquiere cada vez más sensibilidad, así como lo hace el resto del sector corporativo. En línea con algunas demandas de ciertos consumidores, fundamentalmente del exterior, que tienen en cuenta no sólo de dónde provienen los productos sino cuál ha sido la cadena de valor.

Para poder hacer ese tipo de trazabilidad, cuando los bancos ven que aquellos colaterales que ellos mismos pueden tener como garantía para préstamos que han otorgado en su momento, también pudieron tener un deterioro en la valorización pasible de derivar en un problema de riesgo crediticio, entonces cada vez se extiende más esta preocupación.

Lo mismo sucede con la pérdida de forestación. En general, fue muy clara la reacción del sistema financiero con el incendio en el Amazonas. Un grupo de 230 inversores institucionales, grandes fondos del exterior que administran centenares de millones de dólares, hizo una declaración pública en la que pidió que el gobierno de Brasil tuviera en cuenta todo lo inherente a la deforestación, tratar de cubrir esas cuestiones porque afectaban los intereses de largo plazo.

Y acá es donde empieza a jugar el deber fiduciario de parte de los administradores de fondos de terceros. Fue una de las tantas demostraciones de que el sector financiero está cada vez más interesado en esto. En el caso de Argentina, el foco debería ser puesto en toda la región de nuestro principal bosque nativo, el chaqueño, y que sea para Brasil y el resto del mundo como el Amazonas. Lo que nos piden los bancos son herramientas para enfrentar este tipo de cosas.

 

La ganancia de perder carbono

 

-¿Cuál sería el negocio de los bancos para financiar una transición hacia la economía baja en carbono?

 

-Hay tendencias globales, países que tienen que hacer sus contribuciones, inclusive en muchos ya existe un lobby relacionado con las energías verdes y la producción más sustentable. Pero están las cuestiones vinculadas a las pérdidas por cuestiones climáticas adversas, tormentas, inundaciones, sequías, y juzgar de qué se tratan ahí donde estén, también implica un negocio adicional para las compañías de seguros.

Después están los fondos verdes, los debentures capital y otros instrumentos vinculados con esto. En cuanto a los bancos, uno de los negocios más desarrollados entre 2016 y 2018, cuando empezaron las crisis, tiene que ver con las energías renovables.

La Patagonia tiene condiciones excepcionales para la eólica, el NOA con la energía solar y se encuentra la biomasa debido a la extensión agrícola y ganadera en el territorio. De hecho, La Rioja fue el primer emisor de un bono verde en la Argentina que se colocó en el exterior, por 2017, y Jujuy también lo hizo en el mismo año con la energía solar. Es el más conocido porque concentra 90 % de los fondos recibidos por emisores argentinos vinculados con estos bonos temáticos.

 

-¿Estrategia, reputación o filantropía mueven a la banca a entrar en el negocio verde?

 

-Es una combinación. Si tomo las encuestas que hicimos en 2014/2017, 80 % de los bancos mencionó apostar al riesgo reputacional como la principal motivación a la hora de gestionar estas cuestiones ambientales y sociales, y mantuvo el mismo porcentaje en ambos años. Un poco por debajo de eso manifestaron interés en recibir el reconocimiento de clientes y de la sociedad civil, pero otra de las cuestiones importantes fue mejorar las condiciones de acceso al fondeo.

 

-¿Qué implica que en los bancos haya cambiado la ventanilla de esta clase de negocios y que la atención como RSE pasara a las áreas de riesgos y de finanzas e internacionales?       

 

-Este es un proceso, puesto en el tiempo. Muchas veces RSE estaba incorporado en áreas de marketing o de relaciones institucionales en los bancos. Esto hizo que el proceso cambiara y que se pasara de la filantropía a otras cuestiones. En los bancos internacionales desde mucho voluntariado, pero la realidad es que este es un tema que estaba muy bien, era una etapa, pero si los bancos no veían un negocio como el que ven últimamente, iba a ser de corto alcance.

Con el tiempo, la evolución incluyó la investigación de los riesgos ambientales y sociales, que antes no se veían, lo cual requiere capacitación del lado de los bancos, incluye el área de finanzas por el lado del fondeo, emisión de bonos y préstamos verdes, lo cual se relaciona con el área internacional de los bancos, porque muchas veces son líneas del exterior, bilaterales o multilaterales de crédito, el área de gestión integral de riesgo, que los bancos lo incluirán porque entró en la órbita de regulación del Banco Central a partir del 2012.

Y hoy se debate a nivel internacional si el riesgo ambiental o climático también tendrá que ser reportado. Comprende asimismo el área comercial y a recursos humanos.

 

-¿Qué potencial asigna a los bonos verdes en América latina? 

 

-Se podría decir que en realidad los bonos verdes empezaron allá por 2007 a través del Banco Europeo de Inversión. Se desarrollaron muchísimo en Europa, también con fuerza en Estados Unidos, países nórdicos europeos, después aparece China, pero la emergencia de la región fue un tanto tardía.

El primero fue emitido en el 2014 por una empresa peruana; hace todo el recorrido desde el 2014 hasta el 2019.

Claramente Brasil se ha posicionado con 41 % como el principal emisor, seguido de Chile con 25 %, que ahora volvió a subir porque emitieron más bonos; después le sigue México con 14 % y recién más atrás vienen Perú y Argentina. En términos de volumen, Colombia es uno de los que más injerencia ha tenido, a través de Bancolom y de las otras entidades financieras, Ecuador acaba de sumarse, algo hizo Costa Rica y también es el caso de Uruguay.

 

 

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