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¿Tu empresa tiene una filosofía de IA, o simplemente hereda la de sus proveedores?

En 1950, el matemático Alan Turing publicó en la revista *Mind* un paper que cambiaría para siempre la historia de la computación. No era un paper técnico en el sentido convencional. Era una pregunta filosófica: ¿pueden las máquinas pensar? El “Turing test”, el experimento mental que propuso para responderla, es hasta hoy la referencia más citada en toda la literatura sobre inteligencia artificial. La gran ironía de ese origen es que la ciencia que Turing fundó terminó olvidando, durante décadas, la pregunta filosófica que la originó. Los ingenieros construyeron sistemas cada vez más poderosos sin preguntarse, con demasiada frecuencia, para qué deberían usarse, qué deberían considerar conocimiento válido, y cómo deberían representar la realidad en la que operan.

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