La encuesta que inquieta al oficialismo
La política suele ofrecer paradojas. La de este abril es una de ellas: el Gobierno enfrenta su peor registro de desaprobación desde que Javier Milei llegó a la Casa Rosada, pero ese deterioro no convive todavía con una transferencia automática de confianza hacia otro espacio. El oficialismo pierde r

La política suele ofrecer paradojas. La de este abril es una de ellas: el Gobierno enfrenta su peor registro de desaprobación desde que Javier Milei llegó a la Casa Rosada, pero ese deterioro no convive todavía con una transferencia automática de confianza hacia otro espacio. El oficialismo pierde respaldo; el sistema político, en cambio, no recupera autoridad.
El último informe nacional de Zuban Córdoba muestra que el 65% desaprueba la gestión presidencial y que apenas el 33,9% la aprueba. La serie exhibe un deterioro sostenido desde diciembre de 2025, cuando la desaprobación había descendido al 49,6%. Desde entonces volvió a subir: 52,3% en febrero, 56,4% en la primera medición de marzo, 58,7% en la segunda y 65% en abril.
Ese movimiento no parece un sobresalto pasajero. La percepción sobre el rumbo general del país acompaña el mismo recorrido: 63,6% considera que la Argentina va en una dirección incorrecta, frente a 28,3% que juzga acertado el camino actual. En términos políticos, eso significa algo más que una baja en la imagen presidencial. Sugiere un comienzo de agotamiento en la promesa que había sostenido al oficialismo: la idea de que el sacrificio presente abriría, más adelante, una mejora visible.
El voto no es un cheque en blanco
La economía explica buena parte de ese cambio de clima. El 55,2% de los consultados afirmó que su situación económica personal empeoró en los últimos doce meses y solo 7,6% dijo haber mejorado. Cuando se pregunta por el principal problema del país, la respuesta tampoco deja margen para interpretaciones rebuscadas: “llegar a fin de mes” y las deudas encabezan las preocupaciones con 22%; luego aparecen la inflación, con 16,9%, y el deterioro del salario, con 16,3%.
Ese dato merece una lectura más detenida. El Gobierno puso el acento, desde el inicio, en la estabilización macroeconómica. Orden fiscal, desaceleración inflacionaria y disciplina monetaria fueron sus banderas. Pero la opinión pública no evalúa la macroeconomía del mismo modo que un informe técnico. La sociedad juzga, antes que nada, la relación entre ingresos y gastos. Allí se decide la legitimidad cotidiana de un programa económico.
Por eso el sondeo revela también una dificultad más profunda: la corrección de desequilibrios puede ser celebrada por los mercados y, al mismo tiempo, no traducirse en alivio doméstico. Cuando eso ocurre, la política entra en zona de riesgo. El respaldo al rumbo deja de depender de la narrativa del ajuste y pasa a depender de resultados tangibles en el bolsillo.
Reelección en duda
El informe de abril agrega un dato todavía más delicado para la Casa Rosada. Ante la pregunta sobre una eventual reelección presidencial, 60,7% respondió que no votaría hoy por Milei; 29,4% dijo que sí y 9,9% se mostró indeciso. En la misma línea, 60,6% rechazó la idea de que el Presidente deba gobernar un segundo mandato.
El oficialismo conserva un núcleo de adhesión. Entre quienes todavía votarían por Milei, la confianza en su liderazgo aparece como el principal motivo. Pero incluso allí asoma una señal relevante: la honestidad, atributo decisivo en el discurso inaugural del mileísmo, apenas ocupa un lugar secundario entre las razones de apoyo. Del otro lado, entre quienes lo rechazan, la mala gestión económica concentra 47% de las respuestas; le siguen las promesas incumplidas, con 24,7%, y los casos de corrupción, con 21,5%.
Conviene detenerse en ese último punto. La corrupción no lidera todavía la agenda social, dominada por urgencias materiales. Pero su sola irrupción entre las principales razones de rechazo altera un activo que el oficialismo había considerado propio. En política, los liderazgos no se erosionan solo cuando fallan en la gestión; también se resienten cuando pierden superioridad moral ante sus votantes.
Un sistema político sin reemplazo claro
Sin embargo, el desgaste del Gobierno no resuelve el problema mayor de la Argentina: la ausencia de una alternativa nítida. El mismo relevamiento indica que 62,4% reclama un candidato presidencial que no pertenezca a los partidos actuales, mientras 60,3% percibe una marcada desorganización en el frente opositor. Es decir: crece la decepción con el oficialismo, pero no aparece todavía una fuerza capaz de ordenar el descontento.
Esa es, acaso, la clave central del momento. La crisis de apoyo a Milei no debe leerse solo como un problema del Gobierno. También es una expresión de la crisis de representación que recorre a todo el sistema. El Presidente llegó al poder como impugnación del orden político previo. Si ahora una mayoría pide dirigentes ajenos a los partidos actuales, lo que se advierte no es una vuelta al equilibrio anterior, sino la persistencia del vacío.
En ese contexto, el oficialismo enfrenta un doble desafío. Debe recomponer su vínculo con sectores sociales golpeados por la economía y, al mismo tiempo, evitar que el desgaste cristalice en rechazo estructural. La oposición, por su parte, enfrenta otro: demostrar que puede ofrecer algo más que el aprovechamiento del malestar ajeno.
La encuesta de abril no anuncia por sí sola un cambio de ciclo. Pero sí registra algo que en política suele anticiparlo: la pérdida de la paciencia social. Cuando la esperanza se vuelve espera, y la espera se vuelve fatiga, los gobiernos empiezan a descubrir que la estabilización no alcanza si no trae, además, una mejora reconocible en la vida cotidiana.
