El superávit comercial crece, pero deja una señal sobre actividad y dólar

El informe INDEC de intercambio comercial de febrero mostró un saldo positivo de US$ 788 millones. La mejora no surgió de un salto exportador, sino de una contracción más profunda de las importaciones, en un contexto de PBI en recuperación desigual y de apreciación cambiaria. 

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El comercio exterior argentino volvió a cerrar febrero con superávit, pero la composición del resultado obliga a una lectura menos complaciente. Según el Indec, las exportaciones sumaron US$ 5.962 millones y las importaciones US$ 5.174 millones, con un saldo positivo de US$ 788 millones. El dato extendió a 27 meses consecutivos la racha superavitaria. Sin embargo, el rasgo central del mes no fue una expansión de las ventas externas, sino una caída simultánea de exportaciones e importaciones, con mayor intensidad del lado de las compras al exterior. 

Ese detalle cambia la interpretación. Las exportaciones retrocedieron 2,9% interanual y las importaciones 11,8%. El intercambio total se redujo 7,2%. En otras palabras: el superávit mejoró, pero lo hizo en una economía que comerció menos. 

La relación con la evolución reciente del PBI es directa. Cuando la actividad se expande de manera homogénea, las importaciones suelen crecer por demanda de insumos, piezas, bienes de capital y consumo. Aquí ocurrió algo distinto. El primer bimestre mostró exportaciones por US$ 13.208 millones, 9,6% por encima de igual período de 2025, mientras las importaciones cayeron 11,9%, a US$ 10.231 millones. El saldo acumulado fue de US$ 2.977 millones. 

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Un superávit que no nace del vigor

La foto de febrero confirma que el saldo externo no se está fortaleciendo por una aceleración robusta del aparato productivo. En las exportaciones, el retroceso mensual respondió a una baja de 7,1% en cantidades, parcialmente compensada por una suba de 4,4% en precios. En las importaciones ocurrió algo semejante: las cantidades cayeron 14,9%, mientras los precios subieron 3,7%. El saldo mejoró porque la contracción importadora fue más pronunciada que la exportadora. 

Eso sugiere una recuperación del PBI todavía incompleta. Hay sectores que vuelven a moverse, pero no con la densidad suficiente como para traccionar una recomposición pareja de las compras externas. El dato de bienes de capital resulta ilustrativo: las importaciones de ese rubro cayeron 17,6% interanual; las de piezas y accesorios para bienes de capital, 24,9%; y las de combustibles y lubricantes, 36,8%. También retrocedieron los bienes intermedios, 4,1%. 

Ese patrón importa porque bienes de capital, insumos y partes suelen funcionar como termómetro de inversión y producción. Si la economía creciera con mayor amplitud, sería esperable ver otra dinámica en esos componentes. El dato desestacionalizado de febrero refuerza esa cautela: las exportaciones bajaron 16,2% respecto de enero y las importaciones subieron 8,2%, aunque la tendencia-ciclo siguió prácticamente estancada, con -1,0% para exportaciones y -0,1% para importaciones. 

La señal es conocida: el PBI puede mostrar mejora frente al pozo de comparación del año anterior y, aun así, no traducirse en una demanda importadora consistente. Eso ocurre cuando la recuperación se apoya en pocos sectores, cuando el consumo sigue fragmentado o cuando el tipo de cambio desalienta parte de la producción transable.

El tipo de cambio como telón de fondo

El segundo eje de lectura es el dólar. El esquema cambiario reciente viene reforzando un proceso de apreciación real. No hace falta encontrar esa definición escrita en el informe del Indec para advertir su huella en los datos. La combinación de importaciones más accesibles en términos relativos, deterioro de cantidades exportadas en varios rubros y caída de compras externas que no se explica por precio sino por menor volumen describe una economía que funciona con un tipo de cambio menos estimulante para producir y exportar, y más favorable para importar cuando la demanda aparece.

En febrero, los términos del intercambio mejoraron 0,7%, ya que los precios de exportación subieron 4,4% y los de importación 3,7%. Esa mejora generó una ganancia estimada de US$ 39 millones. En el acumulado del bimestre, la mejora también fue de 0,7%, con una ganancia de US$ 92 millones. 

Pero esa mejora de precios relativos externos no alcanza para alterar la lógica principal. Las manufacturas de origen agropecuario cayeron 10,1% y los combustibles y energía, 27,6%, mientras las manufacturas de origen industrial subieron 8,6% y los productos primarios 8,2%. En el bimestre, las MOA quedaron prácticamente estancadas, con -0,1%, mientras los productos primarios crecieron 22,4% y las MOI 22,2%. 

El mapa exportador, por lo tanto, no muestra un salto generalizado de competitividad. Muestra nichos. China explicó una parte importante de esa mejora, con exportaciones argentinas que crecieron 67,6% interanual en febrero, mientras Brasil siguió siendo el principal destino individual pero con una baja de 12,5% en las ventas. El Mercosur continuó siendo la zona de mayor intercambio, aunque con déficit de US$ 469 millones en febrero y de US$ 588 millones en el primer bimestre. China, por su parte, dejó el rojo bilateral más grande: US$ 640 millones en febrero y US$ 1.636 millones en el acumulado. 

Actividad, importaciones y restricción externa

La economía argentina suele moverse entre dos tensiones. Necesita dólares para crecer y necesita crecer para generar dólares. Por eso, un superávit comercial siempre merece atención, pero nunca debe leerse de manera aislada. Si proviene de un dinamismo exportador genuino, amplía márgenes. Si surge de importaciones contenidas por debilidad de la actividad o por decisiones defensivas de las empresas, su calidad es otra.

Los datos de febrero se acercan más al segundo caso. El propio informe muestra que la baja de importaciones fue generalizada: cayeron bienes de capital, bienes intermedios, combustibles, piezas y accesorios, bienes de consumo y vehículos de pasajeros. Solo subió el rubro resto, de escasa incidencia. 

La señal no es menor para el PBI de los próximos meses. Si el crecimiento quiere consolidarse, en algún momento deberá reaparecer una mayor demanda de importaciones productivas. Esa reaparición, sin embargo, volverá a poner en discusión el equilibrio externo y la sustentabilidad del actual esquema cambiario. Allí está la tensión de fondo: el tipo de cambio apreciado ayuda a contener precios y abarata importaciones, pero también comprime incentivos exportadores y puede limitar la expansión de sectores transables.

En el corto plazo, el Gobierno puede exhibir el dato que más le conviene: un saldo comercial positivo de US$ 788 millones en febrero y de US$ 2.977 millones en el bimestre.  Pero la pregunta relevante no es cuántos dólares sobraron en una economía que todavía importa poco. La pregunta es qué ocurrirá cuando el PBI intente crecer con más intensidad y esa demanda vuelva a aparecer.

Porque el superávit de febrero deja una evidencia y una advertencia. La evidencia es que el frente externo sigue ordenado. La advertencia es que ese orden, por ahora, descansa más en la debilidad de las importaciones que en una expansión sostenida de la capacidad exportadora. Y esa diferencia, en la Argentina, nunca es menor.

 

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