Argentina vuelve a ceder en el mapa democrático regional
Hay enfermedades que se diagnostican tarde porque los síntomas son tardíos. Y hay enfermedades que se diagnostican tarde porque los instrumentos de medición no están calibrados para detectar las señales tempranas. La erosión democrática pertenece, en general, a la segunda categoría: los termómetros convencionales muestran temperatura normal mientras los tejidos institucionales ya empezaron a debilitarse.

El proyecto Varieties of Democracy —V-Dem— fue construido, en buena medida, para resolver ese problema. Su Informe sobre la Democracia 2025, con datos hasta 2024, representa el análisis más granular disponible sobre la trayectoria comparada de los países latinoamericanos, y sus conclusiones merecen una lectura cuidadosa precisamente porque distribuyen elogios y señales de alerta donde el debate político regional menos lo espera.
Una arquitectura diseñada para la complejidad
V-Dem no produce un número: produce una constelación de números. Su base de datos cubre más de 500 indicadores, organizados en componentes que miden dimensiones específicas de la calidad democrática. El Electoral Democracy Index (EDI) mide la calidad del proceso electoral. El Liberal Democracy Index (LDI) agrega la dimensión institucional: independencia judicial, rendición de cuentas horizontal, protección efectiva de derechos. La diferencia entre ambos es diagnósticamente crucial: un país puede mantener elecciones competitivas mientras sus contrapesos institucionales se debilitan. Cuando eso ocurre, el LDI cae antes que el EDI. Y el LDI que cae es el termómetro que advierte antes.
La clasificación que reorganiza el mapa regional
El informe V-Dem 2025 introduce una geografía democrática latinoamericana que contradice varios supuestos del debate político convencional. Solo tres países de la región son clasificados como “democracias liberales” plenas: Chile, Costa Rica y Uruguay. Estos son los únicos países donde las instituciones de control, la independencia judicial y las libertades civiles funcionan con la consistencia suficiente como para alcanzar ese estatus de elite democrática.
El resto de la región está distribuido entre “democracias electorales” y situaciones más preocupantes. Y aquí aparece el dato que más debería interpelar al debate político argentino: V-Dem identifica siete países de la región como “actualmente en regresión democrática”. Esos países son Argentina, El Salvador, Guyana, Haití, México, Nicaragua y Perú.
Argentina y México comparten, en esa lista, una categoría que ninguno de los dos ocupa con comodidad. Pero los mecanismos de su deterioro son distintos: México fue explícitamente reclasificado como “democracia electoral en zona gris”, lo que significa que su estatus como democracia es incierto al cierre de 2024, erosionado por la reforma judicial que eliminó la independencia de los tribunales y por el rol creciente de las Fuerzas Armadas bajo López Obrador. Argentina, en cambio, mantiene por ahora el estatus de democracia electoral, pero con señales de desgaste en los contrapesos al Ejecutivo y en la autonomía de la oposición.
El caso Brasil: la sorpresa democratizadora
El contraste más inesperado lo ofrece Brasil. V-Dem 2025 lo clasifica entre los países “democratizando”, junto a Bolivia, Ecuador, República Dominicana y Honduras, como países que están revirtiendo procesos de autocratización anteriores. Después del ciclo Bolsonaro —que erosionó instituciones, amenazó al Poder Electoral y culminó en el intento de golpe del 8 de enero de 2023—, Brasil inició bajo Lula da Silva un proceso de reconstrucción institucional que V-Dem registra como mejora efectiva.
Que Brasil esté democratizando mientras Argentina está retrocediendo no es un dato menor. Es una inversión de posiciones que pocos analistas habrían anticipado hace una década, y que plantea preguntas incómodas sobre el rumbo relativo de las dos economías más grandes de América Latina.
El patrón de erosión gradual y sus señales tempranas
Lo que hace singularmente valiosa la contribución de V-Dem al debate institucional argentino es que sus series temporales permiten identificar el patrón de deterioro antes de que produzca rupturas visibles. La secuencia típica que documentan sus investigadores para casos de democratic backsliding en América Latina es reconocible: primero se debilita la independencia de los organismos de control; después, la libertad de expresión acumula presiones informales; después, la oposición pierde capacidad de incidencia efectiva. En Argentina, el informe 2025 señala que el deterioro se vuelve especialmente evidente desde 2023 y se intensifica hacia 2024, asociado específicamente al debilitamiento de la rendición de cuentas horizontal y a la reducción de la autonomía de los partidos opositores.
Guillermo O’Donnell, el politólogo argentino que acuñó el concepto de “democracia delegativa”, advirtió hace décadas que el peligro no siempre viene de fuera del sistema: viene de adentro, cuando el Ejecutivo acumula poder y los organismos de control pierden músculo para resistir esa acumulación. V-Dem mide esas claudicaciones con una precisión que los índices de titular no pueden alcanzar.
¿Puede una economía con el peso de la Argentina —la tercera de la región en tamaño, entre las primeras tres en desarrollo humano— permitirse estar en la misma lista de regresión democrática que Nicaragua y Haití, mientras Brasil avanza y Chile consolida su liderazgo institucional?
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