Cómo los misiles occidentales salvaron al régimen iraní
La guerra que, según Trump y Netanyahu, debía precipitar la caída de la república islámica terminó haciendo lo contrario: prolongar su existencia. Mientras tanto, en las calles, el eco de Mujer, Vida, Libertad sigue resonando como una promesa interrumpida.

Hay imágenes que no se borran. Una mujer sin velo en una calle de Teherán, cortándose el cabello en señal de duelo y desafío. Una multitud que avanza coreando tres palabras —Mujer, Vida, Libertad— como si fueran a la vez consigna y mandato. Una generación entera que entendió, antes que nadie, que el cuerpo de las mujeres es el territorio donde se libran las batallas decisivas del siglo XXI. Tres años después de la muerte de Mahsa Amini bajo custodia de la policía moral iraní, aquellas imágenes ya no ocupan las primeras planas. Pero el movimiento que inauguraron no se ha extinguido. Sigue allí, debajo de la superficie, como una brasa esperando viento.
El viento, sin embargo, llegó desde otro lado. Y trajo consigo la paradoja más cruel.
El efecto bumerán de la guerra
Donald Trump y Benjamin Netanyahu sostuvieron, con la convicción retórica que los caracteriza, que la ofensiva militar contra Irán precipitaría el derrumbe del régimen de los ayatolás. Era la vieja tesis del cambio de régimen por vía externa: bombardear lo suficiente, debilitar la cúpula, y esperar que la sociedad civil hiciera el resto. La historia ya había escrito ese guion en Bagdad, en Trípoli, en Kabul. Lo notable es que vuelva a ensayarse con la misma fe ciega en sus resultados.
Lo que ocurrió fue exactamente lo contrario. La guerra que debía hacer caer a la república islámica terminó garantizando su supervivencia. Cuando un Estado se siente atacado en su existencia misma, los disensos internos se postergan, las facciones cierran filas, y el régimen recupera aquello que había empezado a perder: la legitimidad defensiva, el monopolio del relato patriótico, la capacidad de presentarse como única barrera frente al enemigo exterior. Samuel Huntington advirtió hace décadas que las amenazas externas son el cemento más eficaz para autocracias en crisis. Teherán acaba de confirmarlo.
La sociología del cansancio
La pregunta incómoda no es por qué el régimen no cayó. Es por qué la protesta se enfrió. Y allí conviene recurrir a un marco menos geopolítico y más íntimo. Daniel Kahneman describió en Pensar rápido, pensar despacio el modo en que las sociedades, igual que los individuos, alternan entre estados de movilización emocional intensa y largos períodos de fatiga deliberativa. Las revoluciones, sostenía, no se sostienen sobre la indignación permanente —imposible de mantener— sino sobre la construcción de horizontes de sentido que sobrevivan a la indignación.
El movimiento iraní de 2022 tuvo lo primero en abundancia. Lo segundo, mucho menos. La represión sistemática, los miles de detenidos, las ejecuciones públicas, el aislamiento internacional impuesto por el propio régimen, todo conspiró para erosionar la posibilidad de organización política sostenida. Y luego llegaron los misiles. Una ciudadana entrevistada por la prensa internacional lo resumió con la lucidez exhausta de quien ya no espera nada: Estados Unidos y el régimen, dijo, transformaron todo en una farsa, destruyeron sus vidas y siguen sin decirles hacia dónde se dirige todo esto.
El doble fracaso
Hay aquí un doble fracaso que la conversación pública occidental se resiste a nombrar. El primero es evidente: el régimen iraní no se democratizó, no se ablandó, no respondió a la presión militar con concesiones políticas. Sigue allí, ejecutando opositores, persiguiendo mujeres, controlando el espacio público con la misma vocación totalitaria de siempre. El segundo es más sutil y, por eso mismo, más inquietante: el bloque occidental que decía actuar en nombre de los derechos humanos terminó funcionando como argumento involuntario del régimen. Cada bombardeo fue una coartada. Cada misil, una excusa para postergar la rendición de cuentas interna.
Guillermo O’Donnell describió en sus trabajos sobre transiciones democráticas un fenómeno que llamó la zona oscura: ese intervalo en el que un régimen autoritario ya ha perdido legitimidad doméstica pero todavía conserva los recursos coercitivos para sostenerse. Irán habita esa zona desde hace al menos una década. La guerra no la acortó. La extendió.
La brasa que no se apaga
Y sin embargo. Como un símbolo, o como un manual de instrucciones para lo que vendrá —sea lo que sea—, el movimiento Mujer, Vida, Libertad continúa resonando. Las generaciones jóvenes que lo protagonizaron no han desaparecido: están allí, esperando. Saben que las transformaciones profundas raramente se producen en el clímax de la crisis, sino en sus repliegues. Saben también que la legitimidad del régimen, aunque haya recuperado el envoltorio defensivo, está corroída en sus fundamentos. Ningún orden político sobrevive demasiado tiempo cuando se ha vaciado de consentimiento; lo que lo prolonga, en esos casos, no es la fuerza intrínseca del régimen sino la debilidad circunstancial de sus alternativas.
¿Cuánto tiempo puede sostenerse una república islámica sin la fe de su propia juventud, sin el consentimiento de la mitad de su población, sin más cohesión que la que provee la amenaza externa? La pregunta queda abierta. Como la pregunta, también, sobre qué dirá Occidente cuando esa farsa termine, y cómo explicará entonces que sus misiles y su retórica fueron parte del problema, no de la solución.
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