viernes, 3 de abril de 2026

    La siderurgia en terapia intensiva

    En 1975, el consumo de acero por habitante fue de 180 kilos, bajó a 73 en 1985 y el año pasado descendió a 50 kilos. Sin embargo, la caída por la pendiente seguirá en 1991: los expertos estiman que el consumo sólo será un poco superior a 40 kilos por habitante. Esto significa que en menos de 20 años cayó 75%.

    Mientras que en 1975 los 25,8 millones de habitantes de ese año consumieron 4,7 millones de toneladas, en 1991 los 33 millones de habitantes gastarán 1,3 millón.

    No es extraño. Los clientes de esta industria compran menos todos los años por el prolongado y feroz ciclo recesivo que se inició al comienzo de la década de 1980.

    En tanto que la industria de la construcción casi no existe, la obra pública desapareció del país y la privada se ejecuta con cuentagotas. La producción de automotores podría llegar este año a 120.000 unidades (en 1990 rozó los 100.000 vehículos), o sea la tercera parte de las ventas de 1980.

    Los astilleros están en la lona. La fabricación de electrodomésticos apenas si subsiste, mientras que el agro sólo reinvierte, en el mejor de los casos, en reposición de tractores y cosechadoras y compra algo de alambre y chapas para silos.

    Dicho con otras palabras, la siderurgia se está quedando sin mercado interno.

    En los países industrializados el consumo es de 400 a 500 kilos por habitante.

    INVERTIR PARA EXPORTAR.

    Aunque parezca increíble, la producción, que fue de 2,25 millones de toneladas en 1975, alcanzó el récord de 3,90 millones en 1989, y se estima que para este año bajará a 3,11 millones.

    Pero si cayó tan profundamente el consumo, ¿cómo es posible que haya aumentado la producción?

    La explicación es sencilla. Ante la erosión del mercado interno, las empresas decidieron incursionar violentamente en el exterior.

    Las exportaciones de laminados (productos terminados de acero que se pueden usar en diversas aplicaciones), que al comienzo de la década de 1980 fueron de 200.000 toneladas, llegaron a 2.000.000 de toneladas, tanto en 1989 como en 1990. Esto significa que en diez años las exportaciones se multiplicaron por 10, con la increíble tasa (a la japonesa) de crecimiento interanual de 29%.

    Entre 1988 y 1990, las exportaciones tuvieron como promedio anual un valor de US$ 800 millones, frente al ingreso de US$ 350 millones como promedio anual entre 1985 y 1987. El despegue fue muy violento a partir de 1985, inclusive.

    Las exportaciones siderúrgicas representan 25% de las exportaciones industriales y aportan 8% de los envíos totales de productos argentinos al exterior.

    Para incrementar las ventas externas las empresas tuvieron que mejorar la calidad, aumentar la producción, elaborar nuevos productos y diseñar un complicado sistema de comercialización en el exterior. Y para ello hubo que invertir cientos de millones de dólares. De acuerdo con una investigación que hizo el Centro de Industriales Siderúrgicos entre 1985 y 1989 (un quinquenio) la inversión del sector fue de US$ 922 millones.

    Concretamente, Siderca invirtió US$ 646 millones y SOMISA US$ 188 millones, mientras que Acindar destinó US$ 69 millones.

    Otras firmas del sector también apostaron al país con inversiones por US$ 19 millones.

    En los próximos días, Acindar terminará un nuevo programa de inversiones por US$ 38 millones, en la Planta Nº 1 (ex Santa Rosa). El objetivo es mejorar la calidad del acero y de esa manera estar en condiciones de cumplir con los severos requisitos de calidad que exige Autolatina para su planta de Transax, que a partir del año próximo comenzará a fabricar una nueva generación de cajas de cambio (300.000 unidades por año).

    LA GRAN PULSEADA.

    El Presidente dio la orden de privatizar, cuanto antes, todas las empresas del Estado, entre ellas SOMISA. Eso está por verse.

    Las dificultades son cada vez mayores desde el punto de vista económico y político. La deuda financiera, según los especialistas del Ministerio de Defensa -que es el organismo encargado de conducir el proceso de privatización de la empresa-, supera los US$ 750 millones. Los analistas privados estiman que está por encima de US$ 800 millones.

    Los intereses se acumulan sobre intereses de deudas impagas. Un reciente chequeo hecho por el nuevo equipo del interventor Jorge Triaca encontró una deuda mínima de US$ 655 millones, en concepto de obligaciones externas, y US$ 135 millones por compromisos domésticos, o sea un total de US$ 790 millones.

    En lo que respecta a la deuda interna, se estimó que se debe a los proveedores entre US$ 55 millones y US$ 60 millones, y que el “rojo” o descubierto en bancos se aproxima a US$ 15 millones.

    Funcionarios de alta jerarquía de Defensa, como los de la intervención, temen que a esta altura del proceso el “cash-flow”, o flujo de fondos, no alcance a cubrir los compromisos cotidianos y los saldos devengados. La desesperación hizo que los recién llegados a SOMISA (es el tercer directorio en dos años) comiencen a “hacer caja” tirando los precios abajo. O, dicho con más claridad, malvendiendo existencias.

    Una muy alta porción de la deuda financiera en moneda externa forma parte de la deuda externa estatal, razón por la cual la solución propuesta, como es la privatización, debe contar con el visto bueno del club de bancos acreedores.

    SOMISA es el mayor productor de acero de la Argentina, con 2 millones de toneladas por año, pero es un gigante con pies de barro. Y no sólo desde un punto de vista financiero. Uno de sus grandes problemas es que prácticamente todo su equipamiento corresponde a una tecnología de la década de los años ´60. Desde esa fecha hasta ahora, los adelantos productivos de la siderurgia mundial han sido muy profundos.

    Otro serio problema es la gran variedad de productos que fabrica la empresa, con poco valor agregado y bajos precios internacionales, sin una especialización tendiente a lograr nichos de alta rentabilidad.

    EL PODER SE LLAMA UOM.

    Con una dotación de 12.100 personas, uno de los cursos de acción imprescindible para sanear en parte la compañía y facilitar la privatización es achicar la nómina. Nada menos que 4.000 personas, a través del esquema de retiros voluntarios. Pero nadie ignora que ese recurso dará resultados muy parciales. Y que tarde o temprano se arribará al conflictivo momento de los despidos masivos.

    Habrá que luchar contra el mayor “santuario” que queda del sindicalismo argentino, como lo es la Unión Obrera Metalúrgica, un gremio que ha enfrentado a ministros y a presidentes. Los hombres de Triaca susurran que el poder de la UOM es tan grande que 2.100 personas contratadas tienen que recibir el visto bueno del gremio.

    Las primeras reacciones ante el anuncio de la apertura de los registros voluntarios fue la organización de una manifestación o “marcha del silencio” en la ciudad de San Nicolás, que puede ser calificada de exitosa teniendo en cuenta la concurrencia y las dimensiones de la población de la zona. Otra fue una concentración frente al edificio central de la empresa, en la ciudad de Buenos Aires.

    La planta de SOMISA está ubicada en San Nicolás, provincia de Buenos Aires, cuya gobernación disputará el actual vicepresidente, Duhalde, en sólo dos meses. Se puede pensar que un lujo que no puede darse el actual gobierno es ceder banderas a la oposición, como sería en este caso el sensible tema de despidos masivos. Pero en este caso todo indica que la especulación política fue dejada de lado.

    Por otra parte, el taxímetro de las deudas financieras sigue funcionando.

    A principios de julio hubo una definición concreta, por parte del presidente, acerca de esta situación. Menem dijo “La única manera de salvar a SOMISA será pagando indemnizaciones o retiros voluntarios hasta que de 12.000 empleados queden 8.000 como máximo. De lo contrario, nos vamos a quedar sin el pan y sin la torta”.

    Según el Presidente, y la información suministrada por el interventor, este año SOMISA perderá US$ 300 millones. No será la única, ya que Siderca perdió US$ 110 millones sobre una facturación de US$ 445 millones, mientras que Acindar registra un quebranto de US$ 120 millones frente a ventas por US$ 238 millones.

    LA PRESION COMPETITIVA.

    La gran diferencia entre la estatal SOMISA y las privadas es la velocidad de reacción que tienen ante el inexorable aumento de la presión competitiva, tanto en el mercado interno, más abierto ahora a la importación por la rebaja de los aranceles, como en el externo a través de las exportaciones.

    “La lucha por los mercados es feroz”, afirmó Javier Tizado, vicepresidente ejecutivo de Siderca y Propulsora Siderúrgica. “No se puede dejar de lado la necesidad de ganar en competitividad”, señaló Carlos Leone, vicepresidente ejecutivo de Acindar. Para los hombres del sector privado, como para los funcionarios, la única salida que existe es el ajuste. De acuerdo con

    estudios del Centro de Industriales Siderúrgicos, la Argentina mejoró su productividad en los últimos años. En 1985 eran necesarias 25 horas-hombre por tonelada de producto terminado derivado del acero, mientras que ahora se emplean 15 horas-hombre. Se trata de una mejoría de 70%. Pero no alcanza.

    El promedio de la siderurgia de los Estados Unidos es menos de la mitad. Sólo 6 horas-hombre. Pero los japoneses llenan de envidia a cualquiera. La líder mundial en producción, Nippon Steel Corporation, sólo emplea 3,3 horas-hombre por tonelada. Por si fuera poco, los últimos registros indican que ahora los coreanos son los más efectivos. Pohang Iron & Steel está por debajo del piso japonés, con 3,2 horas-hombre por tonelada.

    Lo que suceda con SOMISA es el test, no sólo de su propia supervivencia, sino de lo que se podrá hacer en otras empresas de la siderurgia e inclusive en otros sectores de la actividad económica.

    SOMISA es el “leading case”.

    A pesar del actual mal momento por que atraviesan Siderca y Acindar, los directivos de ambas empresas confiesan que ven la luz al final del túnel. Invirtieron cientos de millones de dólares en modernizar sus instalaciones, mejoraron la calidad de sus productos, capacitaron al personal y redimensionaron sus estructuras.

    Una decisión de gran trascendencia, que tomaron a mediados de la década de 1970, fue diseñar sus plantas con equipos de reducción directa para la fabricación de hierro esponja o material prerreducido, en lugar del arrabio del alto horno. El proceso de inversión fue muchísimo menor por tonelada de producción (casi 70% menos) y el volumen es más flexible según la demanda del mercado.

    La reducción directa de Siderca, en Campana, y de Acindar, en Villa Constitución, fue complementada con hornos eléctricos de ultra alta potencia y máquinas de colada continua. SOMISA seguía usando los antiguos hornos Siemens-Martin, que recién fueron discontinuados en marzo del año pasado.

    El reciente conflicto laboral en la planta de Villa Constitución de Acindar fue consecuencia de la necesidad de ganar en eficiencia para competir. La meta es que el plantel de esa usina disminuya de 3.000 a 1.000 personas y la definición deberá ser tomada en noviembre. El conflicto está latente: quedó en “stand by”.

    El ingeniero Leone explicó que, luego de que Acindar produjera 1.100.000 toneladas al año, la caída del mercado interno y las dificultades competitivas para exportar obligan a bajar la producción a un ritmo de 750.000 toneladas anuales. De ese total, 550.000 toneladas se fabricarán en Villa Constitución y 200.000 en la Planta I.

    LA VORACIDAD FISCAL.

    Leone puntualiza: “No todos los problemas derivan del exceso de personal. La voracidad fiscal hace que los impuestos sean muy altos en la Argentina, como por ejemplo 2% sobre los activos. También aumentaron mucho la energía eléctrica, el gas natural y el costo salarial de las empresas. La carga impositiva también es muy alta en las operaciones de exportación”.

    Tizado informó que la exportación de los tubos sin costura por parte de Siderca tiene una carga impositiva de 37,7%, lo que resulta increíble frente a los otros países que no gravan sus exportaciones e inclusive las subsidian. El total de impuestos indirectos (once tributos) y sobre la energía (electricidad, gas y fuel-oil) suman 19,4% del valor FOB. Pero si a ello se agregan los impuestos directos y los de la mano de obra, el porcentual sube a 37,7.

    En el caso de Acindar, la incidencia fiscal sobre la exportación oscila entre 29% para los alambres galvanizados y 36% para los laminados para forja. “Acindar se vio obligada a dejar de exportar unas 150.000 toneladas por año de productos de alto valor agregado, como laminados para forja, alambres y caños, por la gran voracidad fiscal. Por la caída de las exportaciones, no ingresarán al país US$ 65 millones en divisas y se cobrarán US$ 20 millones de impuestos menos”.

    RECORD, A PESAR DE TODO.

    A pesar de todo, este año Siderca alcanzará el nuevo récord histórico de producción, con 650.000 toneladas de tubos de acero sin costura para pozos de petróleo, o sea 20% más que las 540.000 toneladas de 1990, un ejercicio en que enfrentó una huelga de 26 días y que tiró abajo el programa productivo. La exportación alcanzará a 82% de la producción -517.000 toneladas- y de esta forma conquistará 12% del mercado internacional de su rubro específico y se convertirá en un molesto rival para las otras firmas siderúrgicas internacionales.

    Desde un recodo del río Paraná, en la localidad de Campana, provincia de Buenos Aires, esta compañía exporta a 45 países y para ello debió montar oficinas en Houston (Estados Unidos); Beijing (China); Milán (Italia); Dubai (Emiratos Arabes) y Singapur. En medio de una despiadada guerra comercial con firmas japonesas, que son líderes en el comercio mundial de este tipo de producto, Siderca vende a la Unión Soviética, China, Estados Unidos,Venezuela, Perú, Colombia, Arabia Saudita, Indonesia, Kuwait y aspira a reanudar las operaciones con Irak.

    Hace una década producía 250.000 toneladas por año, de las cuales casi 70% lo vendía a las compañías petroleras que perforaban en la Argentina, y exportaba el 30% restante. Fue en los primeros años de la década de los años ´80 cuando tomó la decisión estratégica de diseñar sus operaciones con la mira puesta en las exportaciones.

    La iniciativa fue respaldada por la mayor inversión que se hizo en el país en los últimos años. Entre 1985 y 1989 se invirtieron US$ 610 millones, que permitieron elevar la capacidad de producción a un ritmo de 65.000 toneladas mensuales, o su equivalente de 700.000 toneladas al año.

    La remodelación de las instalaciones de Campana implicó discontinuar dos antiguos hornos eléctricos de 50 toneladas cada uno y reemplazarlos por otro de ultra alta potencia de toneladas. Y si bien éste tiene una menor capacidad nominal de los que salieron de servicio, su velocidad operativa permitió aumentar la producción. También se instaló una nueva máquina de colada continua, también más veloz, pero que además permitió mejorar la calidad del proceso.

    En el área de laminación, se reemplazó un viejo tren de “paso peregrino”, con 30 años de antiguedad, por otro más veloz y preciso. Como “la sangre llama a la sangre”, no es extraño que fuera provisto por Innocenti Sant´ Estacchio, mientras que el conjunto de la parte eléctrica estuvo a cargo de Ansaldo Sistemi. Eso sí, las principales tareas de la acería fueron hechas por Mannesman Demag, de Alemania y Brasil. El programa central de inversiones finalizó hace 24 meses.

    “Con las reformas que hemos introducido -explicó Javier Tizado-, estamos entre las 10 empresas productoras más importantes del mundo, tanto en calidad como en volumen de producción y exportación en lo que hace a tubos de acero sin costura, que es uno de los productos siderúrgicos de mayor valor agregado y de buenos precios en el mercado internacional. Luego de la gran inversión contamos con una mayor variedad de tubos para entubación (Casing), para bombeo (Tubing), para la conducción de petróleo (Line pipe); barras de sondeo (Drill pipe) y trefilado (Cold drawn)”.

    La nueva planta demandó 2,5 millones de horas-hombre de ingeniería; 12 millones de horas-hombre de obras civiles y montaje; 50.000 metros cúbicos de hormigón y 20.000 toneladas de equipos. Las instalaciones se encuentran en Campana, a 80 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires, y está clasificada de “ciclo completo”, es decir que fabrica los tubos con su propio acero. Emplea a 4.950 personas.

    Edgardo Alberto Silveti.

    1. En 1975 los 26 millones de habitantes consumieron 4,7 millones de toneladas de acero. El consumo por habitante fue de 180 kilogramos. En 1991 los 33 millones de habitantes consumirían 1,39 millón de toneladas de acero. El consumo por habitante sería de sólo 42 kilogramos.

    2. En los diez años que transcurrieron entre 1980 y 1989 las exportaciones de productos laminados de acero pasaron de 200.000 a 2.000.000 de toneladas.

    La tasa de crecimiento interanual fue de 29%.

    3. Para competir con la importación y exportar, la siderurgia debe mejorar su eficiencia. Mientras que en la Argentina se necesitan 15 horas-hombre por tonelada de acero, en el Japón se emplean 3 horas-hombre por tonelada de acero producido.