Es el periodista más conocido, admirado, envidiado e imitado. Seguramente, también el más cuestionado. Ninguna de las mil leyendas y anécdotas que circulan sobre el personaje aparecen aquí.
Esta entrevista encierra una exaltación de la nostalgia, una autocrítica sentimental, y una visión de lo que Neustadt reclama del futuro.
En su intensa vida profesional, Bernardo Neustadt ha escrito o hablado sobre todo lo imaginable, más de una vez. Sin embargo, hay un tema con el que ha sido extremadamente económico: su vida personal, su intimidad, su concepción del amor y la amistad.
Pero un día estuvo distraído, o bajó la guardia. Fue justo cuando lo entrevistó Pinky. Lo que sigue es la esencia de un diálogo que ilumina vastas porciones de la vida del comunicador más exitoso -y más vilipendiado- del país, explica conducta y actitudes, y seguramente dará origen a nuevas leyendas.
¿Por qué naciste en Rumania?.
-Porque mi papá era ministro secretario en la embajada argentina en Rumania y se le ocurrió acostarse con mamá, que era rumana; pasaron una noche bárbara y ahí salí yo. Es todo lo que sé. Me contaron el silencio. No supe por qué nací ahí, ni, fundamentalmente, por qué me pusieron pupilo durante ocho años. A los seis meses me trajeron a Buenos Aires, y como diez meses después nació mi hermano… que murió.
-¿Cuáles son tus primeros recuerdos?
-De los cuatro o cinco años. Me encerraba en mi cuarto. Me gustaba simular que jugaba al basquet y tiraba papelitos en una ventanita para ver si embocaba. Soñaba que era periodista deportivo… relataba partidos de fútbol… De vez en cuando veía a una señora que decía que era mi mamá. Ella habitualmente salía mucho; ahora, si trabajaba o no, tampoco lo sé, durante el día no estaba en casa.
-¿Y tu papá?
-Trabajaba en una agencia automovilística, “Antonio Baudino”, en Palermo. Cuando llegaba a la noche… yo ya había comido y dormía. No sé por qué dejó la carrera diplomática.
A los seis años me llevaron a La Plata y me instalaron pupilo en un colegio. Estaba lleno de miedo, me parecía una cárcel. “¿Por qué tengo que venir acá, me ponen preso, qué hice?” Nos levantábamos más o menos a las seis de la mañana (esa costumbre que después heredé); yo antes, porque era monaguillo. Comíamos a las siete y media de la tarde… después rezábamos y cada uno iba a su dormitorio; a las nueve apagaban todas las luces. Podíamos leer media hora. Después en otro colegio dormí solo. Un terror. Ausencia de hermano, de padre, de madre que te dijera “buenas noches”.
-¿Eran todos chicos tristes?
-No, había un chico… Díaz, que era muy alegre, con mucha voluntad…vivía en La Plata…los padres lo veían con frecuencia…
LA PLATA, CIUDAD TRISTE.
-¿Qué hacías los fines de semana?
-Las pocas veces que venían, mis padres me llevaban a dar una vuelta por La Plata. Una ciudad triste, a mi juicio… Después me devolvían al colegio. La mayoría de las veces no venían… yo esperaba en la puerta disfrazado de chico dominguero: trajecito gris, el único que tenía… esperando inútilmente.
-¿Y tu hermano?
-Estuvo en ese colegio uno o dos años. Era un chico dulce. Fue un hombre dulce. Solo nos veíamos en algún recreo; dormíamos separados, no sé por qué. Yo soy de la aspereza, de la polémica, y me imagino que lo fui de chico porque mi padre dijo una vez: “Con tu comportamiento, ¿cómo no íbamos a ponerte pupilo?”. A los seis años… ¿qué comportamiento podía tener?
Mi hermano pidió que lo sacaran de allí y efectivamente a los dos años o menos lo sacaron. Yo jamás les dije nada. En ese sentido… a lo mejor la culpa… Yo jamás les dije nada. Me banqué. Me hubiera gustado ahora, desde la madurez, hablar con ella. Con él no pude, yo ya tenía 50 años cuando él agonizaba… quería hablar conmigo… dije: “¡Pero si no lo conozco!”. Pude hacerlo y no lo hice.
Cuando me dieron el premio al mejor alumno, una medallita de oro, yo buscaba entre la gente alguien a quien dedicársela… nadie… Este es un mal recuerdo, no puedo evitarlo. Los veranos no eran mejores. Me mandaban a Rosario, a casa de una tía, o a Diamante con unos amigos. Después me internaron en el Sagrado Corazón, un colegio muy importante de La Plata que dirigía el padre Silva.
La disciplina era de un rigor que no me la podía bancar. Teníamos celdas individuales. El día era cortísimo. Comíamos solos en ese cuartito… ya los fines de semana no me venían a buscar… Le dije al padre Silva: “Mire, no puedo aguantar este régimen, me siento triste, me siento cada vez peor, me voy a escapar”. El respondió: “¿Dónde vas a estar mejor que acá? Mirá que acá tenés una gran formación… la soledad se vence… la tristeza se apaga”.
Junté unas monedas porque tenía que venir de La Plata a Buenos Aires. Un día me puse el trajecito gris debajo del guardapolvo -que también era gris- y cuando llegó el recreo fui al baño, tiré el guardapolvo y salí como si fuera un externo. Tomé un tranvía hasta la estación y de allí un tren para Buenos Aires. Se me acabó el dinero, pero llegué. Tenía un papelito con la dirección que había guardado siempre.
-¿Cómo te recibieron?
-Ya habían llamado para avisarles que me escapé. Me trataron muy mal. Me dijeron de todo: que era una vergüenza, que ya mismo me llevaban de vuelta. Yo me negué y al final lo aceptaron… y siguió la vida. Al poco tiempo estaba en el Mariano Moreno. Una mañana mi madre me llamó. Estaba con un ataque de asma -era muy asmática-, tendría…33 años y yo 14, me dijo: “Cuando vuelvas del colegio vamos a hablar de por qué te puse pupilo, vamos a desentrañar todos los misterios”. Le contesté: “Sí señora”.
-¡¿Cómo señora?!
-¿Y cómo le iba a decir? Le molestaba, pero no lograba cambiarme. Me decía: “No me digas señora porque eso se le dice a alguien a quien no se conoce…”; “yo no la conozco, usted no me permitió conocerla”. Me fui al colegio y cuando promediaba la mañana entró un cadete y le dijo algo al profesor y éste me dijo: “Bernardo Neustadt, vaya a casa que su mamá no se siente bien”. Cuando llegué estaba muerta.
-¿Lloraste?
-No. Me quedé perplejo, me quedé serio, fundamentalmente no me asomó una lágrima. No sentí nada. No se siente nada por lo que no se conoce.
EL DIARIO, EL CABARET.
-¿Y tu papá? ¿No trató de comunicarse con vos, de respaldarse en el dolor?
-La continuidad de la vida te va a demostrar que no. No sé por qué era el castigo. Al poco tiempo me esperó una madrugada en mi cuarto -vivía con él y mi hermano- y me dijo: “Esta casa no es un cabaret. No se trabaja en un diario”. Yo había entrado en El Mundo. El profesor de Taquigrafía era presidente de la Asociación Argentina de Periodistas, Octavio Parasolo, escribía en La Prensa, y un día en que gané un certamen de rapidez me preguntó: “¿Qué te gustaría ser?”. “¿Yo? Periodista”.
Me recomendó a un señor González que hacía deportes en El Mundo. Fui y me tomaron. Me mandaron a un partido entre Lanús y Talleres en Remedios de Escalada. Pasé los goles por teléfono y al volver escribí seis renglones. Me dijo: “Esto es una porquería. Usted no va a llegar a nada”. Había puesto lo que había sido el partido, a mi gusto, a mi estilo.
-¿Cómo sabías tanto de fútbol como para hacer un análisis del partido?
-Porque soy de Racing. Lamentablemente sé de sufrimiento. Cuando estaba pupilo escuchaba los partidos por radio en el colegio… y lloraba… cuando le hacían un gol a Racing, lloraba. Quiero aclararte que el otro día cuando le hicieron un gol a Racing a 30 segundos de terminar el partido me puse a llorar igual… Lloro siempre con Racing.
-Entonces, te dijo: “Esto es una porquería”. ¿Qué pasó después?
-Me fui al segundo piso a buscar a un amigo de mi profesor, él intercedió y me dejaron en la guardia nocturna para hacer deportes. Tomaba resultados de partidos de voley, de bochas y los pasaba al taller. Entraba a las diez de la noche y me tenía que quedar hasta casi las tres de la mañana, cuando el diario ya había salido. Llegaba a casa a las tres.
Mi padre no creía que estaba allí todo ese tiempo. Lo cierto es que me dijo: “Esta casa no es un cabaret para que usted se presente a esta hora. O estudia y deja de trabajar o se va”. Yo estaba perplejo, cansado. Dije: “Pero no, señor, mire que a mí me gustan las dos cosas”. “En esta casa Ud. estudia, nada más”. Pregunté: “¿No puedo contestarle mañana?”. “No, ahora”, me insistió. “Bueno, yo quiero hacer periodismo…” “Entonces, prepárese las cosas y váyase…” Puse en una valijita un pantalón, una remera, una campera, y me fui al diario. Junté dos sillones y me quedé dormido.
Cuando desperté empecé a buscar un lugar para vivir. Un compañero del diario me aconsejó: “Andá al Barrio Norte, hay mujeres que se han venido a menos y alquilan cuartos”. Conseguí uno en Alvear y Rodríguez Peña. Una señora mayor. Me pedía 8 pesos y yo ganaba 15; la mitad era para comer y la mitad para pagar el cuarto. Al diario iba caminando y, como me ahorraba la moneda del viaje, podía comprar dos bolas de fraile. Pasé mucha hambre. Siempre tenía hambre.
LA RELACION CON EL PERONISMO
-¿Cómo empezás a insertarte en el verdadero periodismo?
-Por casualidad. Hacía deportes y vino Perón a la vida argentina. Me mandaron a hacer una nota sobre el 17 de octubre del ´45. Fui a Barracas, a Avellaneda y vi a la gente plena de libertad yendo al acto. Cuando volví hice la nota y el director me dijo: “¿Pero no viste cuando le pagaban a la gente para que subiera a los camiones? No, no, esta nota no va”. Como el peronismo empezó a avanzar, en el diario creyeron que era peronista y me nombraron en la sección política. Cuando Perón ganó, pasé al Congreso como periodista parlamentario. Los sábados y domingos los tenía libres, escribía sobre deportes. Cambió todo. Podía dar opinión en lugar de información. En esa época a los periodistas se les decía “perros de la canasta” porque sólo repetían. En cambio en teatro, cine o deporte se podía opinar.
-¿Qué pasó con tu relación con el gobierno peronista?
-No tenía gran relación. Era el movimiento que más me había interesado, no cabe duda. Después el presidente del Senado me ofreció una secretaría de relaciones con las organizaciones populares.
Acepté, pero a los dos meses, como no era afiliado al partido, me echaron. Nadie me lo había propuesto. Si lo hubieran hecho quizá me habría afiliado.
-¿Conociste a Perón, a Evita?
-A Eva no. A Perón lo conocí en el exilio en el año ´69, después de 15 años escribiéndole cartas para que me recibiera… Jorge Antonio intercedió.
-¿La muerte de Evita?
-El diario me mandó a hacer la nota. Me impresionó el dolor de la gente. Yo no le tenía simpatía, pero pensé: “Esta mujer debe haber sido importante; si no, la gente no la sentiría”. No tengo simpatía por el supuesto o cierto resentimiento de nadie, y en un momento dado me pareció que era demasiado resentida. Pude haber sido totalmente injusto.
-¿Influyó la muerte de Eva Perón en el peronismo?
-Para mi concepto, no. El peronismo era Perón y nada más que Perón. Pero esto es una conclusión muy particular.
