miércoles, 1 de abril de 2026

    El surgimiento del Islam asiático

    El escenario asiático es el centro de tres grandes
    acontecimientos históricos. El primero es que el
    Atlántico ha dejado de ser el centro del comercio global y del
    desarrollo económico, que se ha trasladado al Pacífico.
    ¿Seguirá siendo así una vez que Asia se haya
    recuperado de su actual crisis?

    El segundo tiene que ver con el destino de la democracia fuera de
    Occidente. ¿El levantamiento popular que recientemente pudo
    verse en Indonesia es la primera muestra de la expansión de la
    política al estilo occidental? ¿O apunta, en cambio, a
    una democracia no liberal?

    La respuesta a cada una de estas preguntas dará forma al
    mundo que nos tocará disfrutar (o soportar) a principios del
    siglo XXI.

    Pero existe un tercer punto que ha pasado virtualmente
    inadvertido, aunque sus consecuencias también moldearán
    el futuro.

    El colapso de las economías del sudeste asiático, y
    especialmente de Malasia e Indonesia, podría tener un impacto
    poderoso y de largo plazo sobre el Islam y su adaptación a las
    realidades del mundo en el que vivimos. Para muchos no musulmanes de
    Occidente, la palabra Islam es sinónimo de árabes y
    Medio Oriente. Sin embargo, más de dos tercios de los mil
    millones de musulmanes del mundo viven en Asia: hay más
    musulmanes en Indonesia que en todos los países árabes
    en conjunto. A pesar de que tuvo sus orígenes en la
    Península Arábica, el Islam es cada vez más
    asiático que árabe.

     

    El futuro, más que el pasado

    En los países de raíz malaya, que están en el
    centro mismo de la crisis económica, la influencia del
    hinduismo y el budismo, sumada a que el Islam llegó a la
    región pacíficamente, con los comerciantes
    árabes y no a través de la guerra y la conquista como
    ocurrió en Medio Oriente y Europa, le han dado a la
    religión un carácter menos feroz y fanático que
    en el resto del mundo.

    Anwar Ibrahim, vice primer ministro de Malasia, ha definido la
    situación con estas palabras: “Los musulmanes asiáticos
    prefieren dedicarse a la tarea de asegurar el crecimiento
    económico y erradicar la pobreza en lugar de cortarles las
    manos a los ladrones. No creen que alguien sea menos musulmán
    porque domine la revolución de la información y exija
    justicia para las mujeres”.

    En la lucha por conquistar el corazón y la mente de los
    musulmanes del mundo, Malasia ha tratado de reorientar al Islam hacia
    el futuro y no hacia el pasado.

    Al adoptar la política tecnológica de la “tercera
    ola”, en sólo unas décadas Malasia dejó de ser
    un país exportador de materias primas como caucho, madera y
    estaño, para convertirse en principal exportador mundial de
    chips para semiconductores.

    El gobierno malayo se propuso como objetivo la creación de
    un supercorredor de multimedia. Aunque frenado en parte por el
    colapso financiero, el proyecto apunta a aplicaciones tales como una
    administración central electrónica, telemedicina,
    centros de investigación y “escuelas inteligentes”.

    Antes de la crisis, las principales empresas de alta
    tecnología de Estados Unidos, Japón y el resto del
    mundo estaban interesadas en invertir en el proyecto. Desde entonces,
    los economistas occidentales y los medios no han ahorrado
    críticas al proyecto.

    Pero para Malasia todo esto es algo más que una simple
    cuestión económica y tecnológica. Por su
    naturaleza misma constituye un mensaje para los intelectuales y
    líderes islámicos del mundo entero de que el Islam
    podía adaptarse a la ciencia, la tecnología y las
    realidades del mundo actual.

     

    Una nueva generación

    En la vecina Indonesia, con sus 200 millones de musulmanes, ha
    tenido lugar una historia similar. Desde su sangrienta llegada al
    poder en 1965, el ex presidente Suharto mantuvo un estado secular.
    Con la asistencia de un grupo de economistas y tecnócratas
    educados en Estados Unidos y conocidos como la Mafia de Berkeley,
    promovió un impresionante crecimiento económico
    acompañado por una ola de corrupción y nepotismo
    aún más impresionante.

    En un primer momento, Suharto reprimió a la diminuta
    minoría étnica china por temor a que simpatizara con
    Pekín. Luego, y a pesar de su condición de
    musulmán, formó una estrecha alianza con ellos y con el
    puñado de católicos y protestantes de Indonesia.
    Combinando la ayuda de estos grupos con la de los militares, Suharto
    neutralizó las ambiciones políticas del Islam.

    Hacia fines de la década de los ´70 y mediados de los ´80,
    las relaciones entre Suharto y los militares entraron en un clima de
    tensión y, en una de nuestras visitas a Yakarta, nos invitaron
    al primer festival islámico nacional que Suharto había
    inaugurado el día anterior y que contaba con su
    bendición oficial. Para nosotros, estaba jugando la carta
    islámica para contrarrestar a los militares.

    Esta idea se vio confirmada en 1990, cuando Suharto apoyó
    la formación de la Asociación de Intelectuales
    Islámicos y el lanzamiento del primer periódico
    nacional islámico del país, el Republika. Para dirigir
    la asociación y el periódico eligió a su
    protegido y ministro de Ciencia y Tecnología, B. J. Habibie,
    quien luego habría de ocupar el lugar de Suharto como
    presidente.

    Habibie, un musulmán devoto y practicante, recibido de
    ingeniero aeronáutico, ejerció una enorme y solitaria
    presión en Indonesia a favor de la ciencia y la
    tecnología. Quería crear una industria
    aeronáutica y destinó más de US$ 400 millones a
    este esfuerzo que culminó en 1995 con el primer vuelo del
    N-250, un avión de 50 pasajeros destinado a viajes de corta
    distancia. Inmediatamente anunció sus planes de construir un
    jet, el N-2130, que estaría terminado para el año 2004.

    Este proyecto no sólo habría de generar nuevas
    fuentes de trabajo en Indonesia sino que capacitaría a una
    generación de ingenieros y técnicos para sentar las
    bases de un mayor avance tecnológico. Para cuando llegó
    la crisis en 1997, Indonesia tenía ya una clase media y un
    buen mercado para las videocaseteras, los teléfonos celulares
    y las computadoras. En realidad, las protestas estudiantiles se
    organizaban vía Internet entre las diferentes universidades.

     

    Días de furia

    Glodok, un barrio de Yakarta, se había convertido en una
    versión reducida del distrito de Akihabara, en Tokio, el lugar
    donde se compran productos electrónicos, computadoras y
    software. De este modo se estaba arraigando un pequeño sector
    de la “tercera ola”.

    Glodok fue virtualmente destruida cuando los musulmanes
    antichinos, furiosos porque Suharto había aumentado el precio
    de los alimentos y el combustible ante la presión del FMI,
    saquearon y quemaron todo el distrito. Y fue el presidente Habibie,
    el sucesor elegido por Suharto, quien visitó los restos de lo
    que el diario Los Angeles Times había descripto como “el
    centro neurálgico de alta tecnología del país”.
    Allí acometió contra la intolerancia racial y religiosa
    e instó a comenzar de inmediato la reconstrucción.

    Podemos dejar de lado el simbolismo de los musulmanes destruyendo
    la tecnología y la urgente pregunta sobre el futuro de Habibie
    y las reformas políticas que debe realizar. Lo que no podemos
    hacer es ignorar al Islam y su futura relación con la ciencia
    y la tecnología.