El escenario asiático es el centro de tres grandes
acontecimientos históricos. El primero es que el
Atlántico ha dejado de ser el centro del comercio global y del
desarrollo económico, que se ha trasladado al Pacífico.
¿Seguirá siendo así una vez que Asia se haya
recuperado de su actual crisis?
El segundo tiene que ver con el destino de la democracia fuera de
Occidente. ¿El levantamiento popular que recientemente pudo
verse en Indonesia es la primera muestra de la expansión de la
política al estilo occidental? ¿O apunta, en cambio, a
una democracia no liberal?
La respuesta a cada una de estas preguntas dará forma al
mundo que nos tocará disfrutar (o soportar) a principios del
siglo XXI.
Pero existe un tercer punto que ha pasado virtualmente
inadvertido, aunque sus consecuencias también moldearán
el futuro.
El colapso de las economías del sudeste asiático, y
especialmente de Malasia e Indonesia, podría tener un impacto
poderoso y de largo plazo sobre el Islam y su adaptación a las
realidades del mundo en el que vivimos. Para muchos no musulmanes de
Occidente, la palabra Islam es sinónimo de árabes y
Medio Oriente. Sin embargo, más de dos tercios de los mil
millones de musulmanes del mundo viven en Asia: hay más
musulmanes en Indonesia que en todos los países árabes
en conjunto. A pesar de que tuvo sus orígenes en la
Península Arábica, el Islam es cada vez más
asiático que árabe.
El futuro, más que el pasado
En los países de raíz malaya, que están en el
centro mismo de la crisis económica, la influencia del
hinduismo y el budismo, sumada a que el Islam llegó a la
región pacíficamente, con los comerciantes
árabes y no a través de la guerra y la conquista como
ocurrió en Medio Oriente y Europa, le han dado a la
religión un carácter menos feroz y fanático que
en el resto del mundo.
Anwar Ibrahim, vice primer ministro de Malasia, ha definido la
situación con estas palabras: “Los musulmanes asiáticos
prefieren dedicarse a la tarea de asegurar el crecimiento
económico y erradicar la pobreza en lugar de cortarles las
manos a los ladrones. No creen que alguien sea menos musulmán
porque domine la revolución de la información y exija
justicia para las mujeres”.
En la lucha por conquistar el corazón y la mente de los
musulmanes del mundo, Malasia ha tratado de reorientar al Islam hacia
el futuro y no hacia el pasado.
Al adoptar la política tecnológica de la “tercera
ola”, en sólo unas décadas Malasia dejó de ser
un país exportador de materias primas como caucho, madera y
estaño, para convertirse en principal exportador mundial de
chips para semiconductores.
El gobierno malayo se propuso como objetivo la creación de
un supercorredor de multimedia. Aunque frenado en parte por el
colapso financiero, el proyecto apunta a aplicaciones tales como una
administración central electrónica, telemedicina,
centros de investigación y “escuelas inteligentes”.
Antes de la crisis, las principales empresas de alta
tecnología de Estados Unidos, Japón y el resto del
mundo estaban interesadas en invertir en el proyecto. Desde entonces,
los economistas occidentales y los medios no han ahorrado
críticas al proyecto.
Pero para Malasia todo esto es algo más que una simple
cuestión económica y tecnológica. Por su
naturaleza misma constituye un mensaje para los intelectuales y
líderes islámicos del mundo entero de que el Islam
podía adaptarse a la ciencia, la tecnología y las
realidades del mundo actual.
Una nueva generación
En la vecina Indonesia, con sus 200 millones de musulmanes, ha
tenido lugar una historia similar. Desde su sangrienta llegada al
poder en 1965, el ex presidente Suharto mantuvo un estado secular.
Con la asistencia de un grupo de economistas y tecnócratas
educados en Estados Unidos y conocidos como la Mafia de Berkeley,
promovió un impresionante crecimiento económico
acompañado por una ola de corrupción y nepotismo
aún más impresionante.
En un primer momento, Suharto reprimió a la diminuta
minoría étnica china por temor a que simpatizara con
Pekín. Luego, y a pesar de su condición de
musulmán, formó una estrecha alianza con ellos y con el
puñado de católicos y protestantes de Indonesia.
Combinando la ayuda de estos grupos con la de los militares, Suharto
neutralizó las ambiciones políticas del Islam.
Hacia fines de la década de los ´70 y mediados de los ´80,
las relaciones entre Suharto y los militares entraron en un clima de
tensión y, en una de nuestras visitas a Yakarta, nos invitaron
al primer festival islámico nacional que Suharto había
inaugurado el día anterior y que contaba con su
bendición oficial. Para nosotros, estaba jugando la carta
islámica para contrarrestar a los militares.
Esta idea se vio confirmada en 1990, cuando Suharto apoyó
la formación de la Asociación de Intelectuales
Islámicos y el lanzamiento del primer periódico
nacional islámico del país, el Republika. Para dirigir
la asociación y el periódico eligió a su
protegido y ministro de Ciencia y Tecnología, B. J. Habibie,
quien luego habría de ocupar el lugar de Suharto como
presidente.
Habibie, un musulmán devoto y practicante, recibido de
ingeniero aeronáutico, ejerció una enorme y solitaria
presión en Indonesia a favor de la ciencia y la
tecnología. Quería crear una industria
aeronáutica y destinó más de US$ 400 millones a
este esfuerzo que culminó en 1995 con el primer vuelo del
N-250, un avión de 50 pasajeros destinado a viajes de corta
distancia. Inmediatamente anunció sus planes de construir un
jet, el N-2130, que estaría terminado para el año 2004.
Este proyecto no sólo habría de generar nuevas
fuentes de trabajo en Indonesia sino que capacitaría a una
generación de ingenieros y técnicos para sentar las
bases de un mayor avance tecnológico. Para cuando llegó
la crisis en 1997, Indonesia tenía ya una clase media y un
buen mercado para las videocaseteras, los teléfonos celulares
y las computadoras. En realidad, las protestas estudiantiles se
organizaban vía Internet entre las diferentes universidades.
Días de furia
Glodok, un barrio de Yakarta, se había convertido en una
versión reducida del distrito de Akihabara, en Tokio, el lugar
donde se compran productos electrónicos, computadoras y
software. De este modo se estaba arraigando un pequeño sector
de la “tercera ola”.
Glodok fue virtualmente destruida cuando los musulmanes
antichinos, furiosos porque Suharto había aumentado el precio
de los alimentos y el combustible ante la presión del FMI,
saquearon y quemaron todo el distrito. Y fue el presidente Habibie,
el sucesor elegido por Suharto, quien visitó los restos de lo
que el diario Los Angeles Times había descripto como “el
centro neurálgico de alta tecnología del país”.
Allí acometió contra la intolerancia racial y religiosa
e instó a comenzar de inmediato la reconstrucción.
Podemos dejar de lado el simbolismo de los musulmanes destruyendo
la tecnología y la urgente pregunta sobre el futuro de Habibie
y las reformas políticas que debe realizar. Lo que no podemos
hacer es ignorar al Islam y su futura relación con la ciencia
y la tecnología.
