Las alternativas de que dispone un país para financiar sus déficit de cuenta corriente son, básicamente, cuatro: emisión de bonos, préstamos de origen bancario, créditos de organismos multilaterales o gobiernos, y el ingreso de capitales de inversores externos destinados a nuevos emprendimientos o a la adquisición (o ampliación) de participaciones en la propiedad de empresas locales, es decir: inversión extranjera directa (IED).
El resultado de la política oficial en esta década en materia de atracción de capitales externos, y particularmente en la forma de inversión directa, es rotundo: entre 1992 y 1998 la IED financió alrededor de 57% de los déficit acumulados de cuenta corriente.
Los más de US$ 36.000 millones que ingresaron en esos siete años no llegaron atraídos por circunstanciales oportunidades de corto plazo. La alta volatilidad en los flujos de inversiones de cartera, comparada con la relativa estabilidad (y crecimiento) de la IED da cuenta de ello.
Entre los estímulos creados institucionalmente para favorecer la entrada de estos recursos tuvo particular peso la ley de reforma del Estado de 1989, que fijó el marco en el que se autorizó el ingreso de capital extranjero para los programas de privatizaciones, y la liberalización de las condiciones para la radicación de compañías extranjeras y la remisión de sus dividendos al exterior.
No todo lo que reluce…
Sin embargo, aunque para el Banco Interamericano de Desarrollo “los principales objetivos que guiaron la política sobre IED fueron la superación de la estrechez del mercado de capitales doméstico , el aumento del ahorro externo y de la oferta de divisas”, el economista norteamericano Paul Krugman advierte que “la existencia de empresas multinacionales no refleja necesariamente un flujo neto de capital de un país a otro”.
En la Argentina de la década del ´90, la afirmación de Krugman adquiere particular relevancia. “La IED en el país se orientó fundamentalmente a la adquisición de empresas públicas y del sector de servicios, que por tratarse de productores de bienes no transables, son utilizadores netos de divisas”, señala el economista y consultor de empresas Miguel Bein.
En el mismo sentido, Mario Damill, director del Centro de Estudios de Estado y Sociedad (Cedes), explica que, para analizar el impacto sobre las cuentas externas de la radicación de empresas multinacionales, no basta con el análisis estático y de corto plazo que consiste en medir el flujo anual de IED y compararlo con el déficit de cuenta corriente. “Es necesario observar la balanza comercial de cada empresa, y también las mejoras en su eficiencia que puedan elevar la competitividad de sectores que sí sean transables”, argumenta.
A esto se refirió el economista de la Universidad de Quilmes, Fernando Porta, en la edición de MERCADO de julio: “Si bien es cierto que la IED ha contribuido principalmente al mejoramiento de la calidad de productos y servicios en el mercado interno, debe señalarse que resulta relativamente escasa y muy heterogénea su contribución a la formación de capital, a la atenuación de la restricción externa y, muy particularmente, a la generación de encadenamientos productivos y capacidades tecnológicas”.
Impacto en el défict
La inversión extranjera directa puede tener, además, un efecto negativo (raramente mencionado) sobre las cuentas externas a través de la remisión de utilidades y dividendos.
En 1992, por cada peso ganado, las empresas extranjeras que operaban entonces en la Argentina remitieron 28 centavos a sus respectivos países. En 1998 la suma se elevó a 73 centavos.
En términos agregados, estas cifras adquieren mayor relevancia. Si en 1992 el envío de dividendos al exterior representaba 6% del rojo de la cuenta corriente, en 1998 ya daba cuenta de casi 13% del saldo negativo, que para entonces había crecido 2,7 veces.
La cuenta corriente está compuesta fundamentalmente por la balanza comercial (exportaciones e importaciones de bienes y servicios), y por una partida denominada rentas, integrada por los pagos y cobros de intereses, y por utilidades y dividendos ganados y pagados.
Mientras los saldos de la balanza comercial se mueven al compás de
los precios internacionales, del nivel de actividad interno, y de la situación
de los principales socios comerciales de la Argentina, los otros componentes
de la cuenta corriente parecen tener un comportamiento menos dependiente de
las circunstancias externas, excepto por las oscilaciones en las tasas de interés
internacionales. El aumento en el pago de intereses, que se triplicó
en esos siete años, es fácilmente explicable: a mayor nivel de
endeudamiento naturalmente aumenta el pago de sus servicios. No resulta tan
sencillo, en cambio, encontrar los motivos por los que la remisión de
utilidades casi se multiplicó por seis en ese mismo período.
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Una cifra interesante En 1998
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Las cifras de la discordia
La explicación más obvia es que hay en el país más empresas extranjeras, que giran ganancias a su casa matriz. Esta hipótesis parece verificarse si se considera la escasa variación interanual de la remisión de utilidades como porcentaje del patrimonio de no residentes.
Sin embargo, como el determinante del monto de las remesas son las utilidades generadas en el país, y no el valor patrimonial de las empresas, la hipótesis se resiente: en 1998 los inversores directos extranjeros obtuvieron 2,26 veces más utilidades que en 1992, pero enviaron al exterior 5,85 veces más recursos.
Por definición contable de la balanza de pagos, las utilidades generadas por empresas de propiedad de no residentes (más precisamente las correspondientes a su participación accionaria) tienen dos destinos posibles: se reinvierten en las compañías, o se giran al extranjero.
Pero la reinversión no sólo no creció, sino que se contrajo
durante el período 1992-98. Así, mientras en 1992 aportó
algo más de 18% de la IED de ese año, en 1998 apenas representó
12%. Y como proporción del stock invertido por no residentes cayó
de 5,5% a 1,74%. (Es preciso tener en cuenta que parte de estos montos se aplican
sobre la inevitable depreciación del capital).
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Los motivos
MERCADO consultó sobre este fenómeno a economistas de diferentes orientaciones, y las respuestas fueron notablemente divergentes.
Un destacado ex funcionario de la actual administración optó por poner en duda la validez de la información oficial, y ensayó el siguiente argumento: “El dato de remisión es tramposo, pues en los casos en los que se adquiere una compañía, naturalmente sus utilidades futuras serán registradas en cada uno de los períodos en el balance de pagos, pero también es cierto que estas rentas futuras deben haber sido incluidas en el precio de venta, de modo tal que, en términos netos, el movimiento de utilidades es nulo”.
Desde el Ministerio de Economía se explica esta situación “por el comportamiento de las empresas privatizadas con políticas de distribución acordes a la apertura del capital de las empresas”.
Para el economista de la Fundación Capital, Hernán Lacunza, “aunque esta conducta empresarial no sea óptima socialmente, es eficiente desde la perspectiva privada. En tanto la reinversión de utilidades no asegure la rentabilidad del negocio, resulta lógico sacar el dinero de la empresa. Y mientras la rentabilidad de largo plazo esté afectada por la inestabilidad de las expectativas, y a su vez ésta se explique principalmente por el riesgo cambiario, el destino de los recursos será el exterior”.
Bein, por su parte, encuentra la explicación en el efecto desalentador que ejercen los períodos recesivos sobre las inversiones, tanto de compañías nacionales como extranjeras. “Además, el componente que prima en la acumulación de capital de las empresas con participación de no residentes es el de equipo durable de producción, justamente el más afectado cuando se enfría la economía”.
Del análisis de la composición interanual de la IED surge una hipótesis alternativa. Por definición, la IED está compuesta por aportes de capital, reinversión de utilidades y transferencias accionarias entre un residente y un no residente.
En 1992 la reinversión de utilidades contribuyó con 18% de la IED de ese año; en 1998, la cifra ya había caído a 12%. Es decir que en el flujo anual de IED de este período la gravitación de sus otros componentes (aportes de capital y transferencia de propiedad) fue creciente.
Con la excepción de los casos de YPF y del Banco Hipotecario, el agotamiento del proceso de ventas de activos públicos se hizo sentir crecientemente durante este período, de modo que, necesariamente, adquirieron mayor relevancia los aportes de capital. En 1992 había ingresado por esta vía alrededor de 11% de la IED, mientras en 1998 ya alcanzaba a más de 51%.
Ahora bien, ¿por qué crecen los aportes de capital y cae la reinversión de utilidades? Las respuestas ensayadas por los especialistas apuntan a motivos fiscales. La reinversión de utilidades está sujeta a gravámenes más onerosos que el endeudamiento, lo que induce a optar por esta última forma de financiamiento. Prueba de ello sería el impuesto sobre la tasa de interés surgido de la última reforma tributaria que busca, precisamente, revertir este estímulo negativo.
