Por Carlos Scavo

En teoría, parece suponer el “banco central de bancos centrales”, ese tipo de coberturas reduce los costos de endeudamiento para empresas y otras entidades. En realidad, como señalan economistas y analistas sistémicos, es una gigantesca burbuja de aire caliente, capaz de pincharse en cualquier momento.
Así, el valor nominal de derivados basados en bonos privados, monedas, tasas de interés, acciones y productos primarios, saltó 24% en enero-junio y totalizó US$ 370 billones (millones de millones): treinta veces el producto bruto interno de Estados Unidos y veinte veces el de la Eurozona. En verdad, es el máximo incremento semestral desde que el BAI lleva estadísticas (1998).
Por supuesto, la intermediación siempre gana. Su campo favorito, pases sobre insolvencia crediticia, les produjo utilidades sin precedentes a Morgan Stanley, Goldman Sachs o Barclay’s Capital (en éste, 60% de las ganancias provienen de derivados). Se trata, claro, de cifras hasta cierto punto tan imaginarias como los derivativos mismos.
Este ritmo de aumento, según estiman algunos consultores en Nueva York y Londres, seguía durante el corriente semestre. Por ende, la masa de derivados bien podría alcanzar los US$ 460 billones. Estos montos son tan altos que pierden sentido en términos de economía real o, en el caso de materias primas, sus activos de sostén.
Volviendo a la franja de pases, su magnitud ascendió de US$ 13,9 billones en diciembre a 20,3 billones en junio; vale decir, la friolera de 46% de incremento. Este segmento representa instrumentos financieros respaldados en bonos y préstamos, que se emplean para apostar por o contra incrementos ulteriores del endeudamiento. Como se ve, más aire caliente.
El inversor o especulador que compra esos contratos recibe el valor nominal del activo subyacente, a cambio de los valores en cese de pagos, si la compañía se declara insolvente. Una baja en el costo de los contratos indica una mejora en la calificación crediticia. Un alza trasunta deterioro del mismo parámetro. En síntesis, una ruleta donde sólo la banca se siente relativamente segura.
Bancos y fondos de cobertura sostienen que es más barato y fácil usar contratos derivados que comprar o vender los títulos subyacentes, algo técnicamente cierto. Tanto que los derivativos apoyados en la deuda de más de 3.000 empresas protagonizan este segmento, según cálculos de la consultoría londinense Markit. Pero los signos de volatilidad son claros: por ejemplo, los derivados crediticios basados en meros índices –no en papeles– crecieron 86% durante el primer semestre.
Este negocio tiene un campeón, el hoy jubilado Alan Greenspan, ex presidente del Sistema de Reserva Federal. Desde 2002, en efecto, viene diciendo que los derivados reducen riesgos y mejoran la flexibilidad de los mercados en situaciones difíciles (algo que aún no ha sido demostrado). Así lo reiteraba en mayo, ante una audiencia interesada, la Bond Market Association: “es el cambio más significativo operado en Wall Street durante decenios”. Por entonces, comenzaba a hacer crisis un juego de derivados montado por Amaranth Advisors sobre gas natural.
Por de pronto, varias instancias reguladoras, a ambos lados del Atlántico norte, empiezan a preocuparse por el peligro de abusos estilo insider trading (aprovechamiento ilícito de datos reservados) o compras apalancadas. Justamente esta operativa vive su propia burbuja en EE.UU. y es ya objeto de una demanda colectiva contra fondos que la practican para sacar grandes empresas del panel bursátil, esto es fuera de la órbita de la SEC y otras entidades supervisoras.
Opciones que pueden ser riesgosas
Hace pocas semanas, en Chicago, la Bolsa comercial (CBoT) se vendió por US$ 8.000 millones a su rival, la Bolsa mercantil (CME). Culminaba así una ola de fusiones. Dos factores fueron decisivos: el enorme aumento en el uso de futuros, opciones y derivativos, para especular minimizando riesgos, y la necesidad de competir con quienes se habían expandido vía F&A.
Desde hace década y media, esos negocios vienen siendo magnificados por computadoras ultrarrápidas que excluyen el factor humano. El 31 de octubre, la bolsa de Nueva York (tiene 214 años) anunció que planea cerrar 20% del piso donde opera gente. Mercados como Fráncfort o San Pablo ya lo han eliminado.
Este proceso de F&A continuará, como sucede en muchos otros sectores. Una razón básica es la norma, dictada en abril por la Securities & Exchange Commission (SEC, comisión de valores), referida al sistema nacional de mercados, que requiere nexos más eficientes entre bolsas estadounidenses.
La segunda razón hace a procesos que desdibujan distingos operativos. Las bolsas especializadas en derivados quieren operar en acciones y viceversa. Un inversor que desee diversificar cartera, por ejemplo, ya no tiene que comprar una selección de acciones. En su lugar, puede tomar cuotas partes del índice Standard&Poor’s 500, colocarse en un fondo que maneje esos papeles o tomar un contrato a término sobre el S&P 500. Finalmente, este especulador puede preferir opciones call o put, que le confieren el derecho –no la obligación– de comprar o vender a determinado precio y en determinado lapso.
Los grandes operadores suelen apostar sobre acciones mediante derivados, no ya compras o ventas directas, para no ponerse en evidencia. Por ende, los derivados son un gran negocio, aunque peligroso. Tras la fusión, Chicago suma US$ 26.000 millones en valor subyacente y negocia unos nueve millones de contratos diarios por US$ 4 billones. O sea, casi 154 dólares de aire por cada uno de sostén.
El gato de Cheshire
Las empresas que quieran menos riesgos y los especuladores ávidos de emociones fuertes acabarán en Chicago. Cuando estas dos bolsas surgieron, en el siglo XIX, se dedicaban a productos primarios. Hoy, éstos representan apenas una pequeña parte de los negocios, cuya mayoría se centra en tasas de interés, acciones, monedas y –vía el CBoT– derivados sobre bonos de Tesorería.
En rigor, si Estados Unidos no fuese tan adicto a endeudarse en el exterior, buena parte del negocio del CboT no existiría. Eso explica la proliferación de trabajos donde se busca demostrar que esa deuda externa no es tan negativa como se supone.
Como indica el nombre, aquellos contratos derivan sus valores de activos subyacentes. Un futuro accionario, por ejemplo, determina que una parte venderá a la otra papeles a cierto precio en una fecha prefijada. Si el precio real baja, el contrato costará más y su tenedor podrá comprar acciones para revenderlas al precio superior que determina ese contrato.
Usando derivados, un operador aprovechará cambios en los precios sin atarse al activo subyacente. “Los futuros –dicen en Wharton– son como el gato de Cheshire, cuya sonrisa sigue viéndose cuando el felino ya no está”. A veces, como acaba de pasarle a Amaranth Advisors (gas natural), esa sonrisa deja un tendal de US$ 6.600 millones.
Estos contractos abarcan una alucinante gama de activos e instrumentos subyacentes. Entre ellos, paridades cambiarias, acciones, índices bursátiles, tasas de interés, hipotecas, calificaciones crediticias (riesgos soberanos, si se trata de países), hidrocarburos, granos, carnes, etcétera.
Pero, si el recurso es tan bueno y barato ¿por qué expertos, legisladores y reguladores se preocupan? La culpa la tienen ciertas ecuaciones. Los derivativos existen desde siempre, pero remontaron vuelo hace quince años, debido al modelo matemático Black-Scholes para justipreciar opciones. Después, computadoras cada vez más veloces (1.200 ecuaciones por minuto, en ciertos casos) llevaron a la entropía actual. M

