sábado, 14 de febrero de 2026

    La guerra que no fue


    Una negociación puso fin a tres meses de amenazas recíprocas que, de concretarse, podían sembrar el caos en el mundo entero. Luego de dos días de conversaciones en Washington, las dos partes optaron por dar marcha atrás y buscar acuerdos que eviten el daño de una guerra comercial. El Gobierno de Beijing instruyó a sus grandes empresas estatales que compren petróleo y granos estadounidenses.
    La escalada verbal entre Washington y Beijing que duró casi tres meses tuvo al mundo en vilo mientras las amenazas recíprocas de imponer aranceles punitorios hacían pensar que una guerra comercial era inevitable.
    Todo empezó el 8 de marzo pasado, cuando Donald Trump anunció que Estados Unidos aplicaría un arancel de 25% al acero importado y de 10% al aluminio. Días después excluyó de la medida a sus vecinos Canadá y México.
    Diez días más tade, el 18 de marzo, 45 asociaciones comerciales en representación de las más grandes compañías estadounidenses piden al presidente que no imponga a China el pago de aranceles porque eso sería “especialmente dañino para la economía y los consumidores de Estados Unidos”.
    El 1º de abril China contesta. Anuncia que aumentará hasta 25% los aranceles para 128 productos de Estados Unidos. Esos aranceles serían aplicados a partir del día siguiente.
    El 3 de abril Trump sube la apuesta proponiendo aranceles de 25% a 1.300 productos industriales, médicos y de transporte de su rival asiático. Es un intento de forzar cambios en las prácticas de propiedad intelectual de Beijing. Los productos representan unos US$ 50.000 millones en importaciones estimadas en 2018.
    El 4 de abril China anuncia que impondrá aranceles “adicionales” de 25% a 106 productos norteamericanos. Entre ellos, soja, maíz, autos, productos químicos y algunos tipos de aviones. Los productos arancelados significaron en 2017, US$ 50.000 millones.
    En Washington, la vocera de la Casa Blanca, Sarah Sanders, dice que los aranceles no se aplicarán inmediatamente y agrega que espera que China cambie sus “prácticas comerciales desleales” para evitar la necesidad de que la administración siga adelante con los anunciados aranceles.


    Trump y Xi Jinping

    Atisbo de negociación
    El 5 de abril la Organización Mundial de Comercio (OMC) anunció que China solicitó reuniones de consulta con Estados Unidos, siempre el primer paso a seguir en una disputa. Al presentar una notificación ante el comité de vigilancia de Ginebra, automáticamente se activa un plazo de 60 días para que ambas partes logren un acuerdo o decidan litigar ante la OMC con un panel neutral de árbitros.
    Se preparaba así el escenario para las inminentes negociaciones comerciales cuando, el 8 de mayo, Washington da a conocer el plan que presentaría a China en el marco de esa negociación: una lista detallada de exigencias con todo el aspecto de un ultimátum.
    Según ese borrador, China debía reducir su desequilibrio comercial con Estados Unidos en US$ 200.000 millones en los próximos dos años; debía aceptar someterse a las leyes norteamericanas de control de las exportaciones y recortar aranceles en determinados sectores para que sean equivalentes a los que aplica Estados Unidos. Además no podría adoptar medidas retaliatorias; debe eliminar subsidios distorsivos que generan exceso de capacidad; debe retirar los requisitos sobre tecnología para las joint ventures; debe abandonar el espionaje económico, la falsificación y la piratería; y debe retirar los pedidos hechos ante la Organización Mundial del Comercio para iniciar consultas sobre medidas arancelarias en propiedad intelectual.
    En opinión de Martin Wolf, columnista especializado de Financial Times, el documento representa una declaración de guerra comercial. Es impensable, dice, que China o cualquier otra nación soberana, acepte términos tan humillantes.
    Pedirle una reducción de US$ 200.000 millones es absurdo: exigiría que el estado chino asuma el control total de la economía, exactamente lo que, en otras circunstancias, Estados Unidos exige que no se haga. Igualmente loca es la idea de negarle a China su derecho a tomar represalias. Pero, más allá de las salvajadas, el espíritu de toda la propuesta viola los principios de no discriminación, de multilateralismo y de conformidad con el mercado que dan sustento al sistema comercial global que el propio Estados Unidos ha creado.

    Llega el impasse
    Después de dos días de tensas negociaciones, ambas partes anunciaron el 19 de mayo que han logrado un acuerdo preliminar y decidido no imponerse aranceles mutuos mientras continúen las conversaciones.
    En un comunicado conjunto dijeron que “China aumentará significativamente” sus compras de bienes y servicios de Estados Unidos para reducir el déficit comercial de ese país, que hoy asciende a US$ 335.000 millones. Esa era una de las principales exigencias de la administración Trump para las conversaciones en Washington con funcionarios chinos.
    “Dejamos en suspenso la guerra comercial,” declaró el secretario del Tesoro de Estados Unidos, Steven Mnuchin por televisión. “Hemos aceptado suspender los aranceles mientras tratamos de ejecutar el borrador”.
    Estas declaraciones coinciden con las del vice premier chino Liu He, principal asesor económico del presidente Xi Jinping. Dijo Liu que ambas partes han prometido evitar una guerra comercial.
    Mnuchin, por su parte, anunció que ambos países acordaron un borrador comercial, aunque no dio muchos detalles. En el acuerdo firmado China se compromete a comprar US$ 200.000 millones en bienes y servicios estadounidenses para así reducir el desequilibrio comercial.
    Mnuchin no dio cifras pero dijo que, si China no cumple con el acuerdo, Estados Unidos impondrá aranceles por US$ 150.000 millones. El vice premier chino se refirió al acuerdo como una opción en la que ambas partes ganan.

    Al borde de la guerra
    Estados Unidos tiene con Beijing un déficit comercial de US$ 335.000 millones anuales. Antes de ser elegido, Trump decía que China “violaba” a Estados Unidos y que manipulaba su moneda.
    Pero no fue sino hasta agosto del año pasado que dio orden de revisar el desequilibrio comercial. Descubrió entonces una serie de lo que llamó “prácticas desleales” que incluían restricciones a la propiedad extranjera que presionaban a las empresas norteamericanas a transferir tecnología. También descubrió la existencia de cíber ataques chinos.
    Se llegó así a marzo de 2018, cuando el Presidente estadounidense anuncia los ahora famosos aranceles a las importaciones chinas (principalmente acero ya aluminio) y Beijing amenaza con devolver la  misma moneda y aplicar aranceles a las importaciones norteamericanas.

    ¿Pasó el peligro?
    Parecería que sí pero no es seguro. Las conversaciones en Washington terminaron con la firma de un acuerdo marco, según el cual China comprará más productos norteamericanos para reducir sustancialmente el déficit comercial.
    Mnuchin dijo que se han acordado cifras concretas, pero no dijo si eso significa que China va a comprar US$ 200.000 millones a cambio de que Estados Unidos levante su amenaza. Anunció que pronto viajará a China el Secretario de Comercio, Wilbur Ross, para trabajar en los detalles.  “Pero si no se implementa el acuerdo, Estados Unidos aplicará los famosos aranceles”, aclaró Mnuchin.
    El vice premier chino Liu dijo que su visita a Estados Unidos había sido ” positiva, pragmática, constructiva y productiva”.  Habló de un “desarrollo saludable en las relaciones económicas y comerciales entre las dos naciones que resultará en más cooperación en energía, salud, finanzas, productos agrícolas y de alta tecnología”.
    Añadió que el acuerdo marco incluye cambios estructurales en la economía china para permitir que las compañías estadounidenses compitan en plano de igualdad, pero que eso llevará tiempo.

    Hay enojo en ambos países
    El acuerdo pospone la guerra comercial pero enoja a los partidarios de la línea dura en Estados Unidos y en China. Que la decisión de suspender las amenazas y encontrar una vía de negociación haya despertado furia en Estados Unidos y en China es una demostración de lo difícil que va a ser lograr la paz.
    En Estados Unidos los halcones acusan a Trump de ceder ante China y de estar desaprovechando la ventaja que creó al amenazar con aranceles a US$ 150.000 millones en importaciones. “Esto no es bueno. Es hora de quitarse los guantes”, tuiteó Dan DiMicco, ex CEO de Nucor Stel y asesor comercial de Trump durante la campaña. 
    Peter Navarro, asesor de comercio de la Casa Blanca, es una de las voces nacionalistas más fuertes en política comercial de la administración y un ferviente defensor de aplicar aranceles punitivos a los productos chinos para forzar a Beijing a cambiar sus prácticas comerciales. Participó de la primera ronda de negociaciones en Beijing en las que ambas partes presentaron sendas listas de exigencias. Durante la segunda ronda de negociaciones, en Washington, no tuvo el mismo rol de liderazgo, aparentemente por diferencias profundas con Mnuchin, quien propone metas más logrables para abrir la economía china a las firmas estadounidenses.
    Por su parte, Liu He, el emisario económico de Xi Jinping, volvió a su país para encontrarse también con una reacción adversa. A su regreso, ya se había viralizado en las redes una foto tomada durante las negociaciones entre Estados Unidos y China. Interpretada por muchos como símbolo del cambio de guardia global, la foto muestra que los negociadores estadounidenses son mucho más viejos que sus colegas chinos (foto que se ve en la siguiente página).
    Pero lo más importante es que los usuarios de Weibo (el Facebook chino) la compararon con otra foto muy antigua, de los funcionarios de la dinastía Qing negociando su rendición después de que las fuerzas norteamericanas y europeas aplastaran la rebelión Boxer en 1901. Aquel acuerdo es recordado como un episodio humillante que marcó el fin de la última dinastía china.
    Liu viajó a Estados Unidos para las negociaciones justo en el momento culminante del ataque a ZTE, la gran telefónica estatal cuyo futuro pendía de un hilo.
    Según tres personas allegadas a las negociaciones en Estados Unidos, la prioridad número uno de Liu era lograr alivio para ZTE y sus 70.000 empleados, quienes podrían perder sus puestos si el Departamento de Estado de EE.UU. mantiene la prohibición de que la compañía compre sus insumos en Estados Unidos.  La medida le fue impuesta en abril, cuando ZTE admitió haber violado los términos del acuerdo de 2017 con el Gobierno estadounidense que exigía respetar las sanciones impuestas a Irán y Norcorea. Liu, sobre este tema, volvió con las manos vacías.
    Cuando Trump tuiteó diciendo que “hay que buscar una forma para que ZTE vuelva a trabajar rápido”, republicanos y demócratas protestaron violentamente en Washington. Y cuando las promesas de Trump y Ross de actuar rápido para dar aire a ZTE no se materializaron con la celeridad esperada, Liu se quedó sin margen de maniobra.

    Metas, promesas y acciones
    Estados Unidos ha fijado un objetivo de reducción de US$ 200.000 millones como punto de referencia. Muchos economistas dicen que esa marca será difícil de cumplir, dado que todas las exportaciones de mercadería estadounidense a China totalizaron el año pasado apenas US$ 130.000 millones. La presión que ejerce Steven Mnuchin para lograr una meta que él define como “industria por industria” recuerda políticas comerciales pasadas que no dieron resultado. “Es un ‘déjà vu’”, dice Douglas Irwin, profesor de historia económica en el Dartmouth College. “Los intentos de la administración Trump se parecen mucho a las políticas de comercio administrado que proponía Estados Unidos a Japón en los años 80 y 90”, dice. “Hicieron muy poco para cambiar el excedente comercial japonés con Estados Unidos. Los compromisos que asume China para satisfacer las quejas estadounidenses sobre propiedad intelectual también se parecen mucho a las promesas que Beijing ha hecho en el pasado de cambiar leyes para luego ignorarlas en la práctica. Pero Liu He necesita mostrar algo internamente. No puede ser que solo China ceda cosas a Estados Unidos sin obtener nada a cambio”.
    “La dirección en que evolucione el acuerdo dependerá mucho del humor de Trump”, dice Eswar Prasad, catedrático de la universidad de Cornell. “Parecería que la próxima reunión del presidente con el norcoreano Kim Jong Un ha tenido algo que ver con sus últimas negociaciones con China”.

    Tendencia alcista

    Pronostican US$ 100 por barril de petróleo

    Habrá un déficit diario de suministro, este año, de 630.000 barriles diarios. Algo impensado hace apenas unos meses. Pero el precio del barril de petróleo crudo de referencia podría ascender a esos niveles a consecuencia de las renovadas sanciones a Irán, y por la enorme crisis de eficiencia de la industria petrolera venezolana.

    Hasta ahora el pronóstico consensuado era de US$ 70 para este año, y de US$ 75 para el año próximo. Hoy la apuesta es que subirá a US$ 100, pronto. En este momento los pecios han tocado los US$ 78 (el nivel más alto desde 2014), a consecuencia del retiro estadounidense del acuerdo nuclear con Irán, lo que conlleva menores ventas de este país, y mayor incertidumbre en el Medio Oriente.
    A principios de 2016, el barril valía US$ 35. En ese momento la OPEP y otros importantes productores (en especial Rusia) acordaron reducir la producción para disminuir inventarios internacionales y elevar precios. Ahora, los especialistas prevén que el balance entre demanda y producción se ajustará más en los próximos 18 meses.
    Una preocupación adicional es la caída productiva en Venezuela, inexplicable para muchos, excepto por la destrucción de la empresa estatal llevada a cabo por el Gobierno de Nicolás Maduro. Los mejores pronósticos indican que este año el déficit diario de este año será de 630.00 barriles. Para 2019, tras algunos ajustes que hagan la OPEP y Rusia, el déficit podría estar en el orden de 300.000 barriles diarios.

    Todo lo relevante de 2018
    Se espera que este año se consolide la tendencia alcista de los precios internacionales y se advierte que hasta que el mercado disponga de oferta de recursos no convencionales, todavía quedan por explotar importantes reservas de los convencionales.
    “En una industria donde la volatilidad externa conforma un determinante crucial del desempeño, 2018 inicia su camino como una extensión del proceso de recuperación que viven los precios de los principales commodities energéticos desde finales del 2016, especialmente en lo que se refiere a petróleo y gas”, afirma el informe especial de KPMG Argentina titulado “Industria del Petróleo y Gas: temas relevantes para 2018”, en el cual se analiza lo ocurrido en el sector durante los últimos años y se traza una perspectiva de los desafíos para el presente.
    “Luego de una abrumadora caída en el nivel de precios, que puede estimarse en una cifra mayor a 60% acumulado hasta 2016 tanto para uno (petróleo) como para el otro (gas) desde los máximos alcanzados en 2012 y 2008 respectivamente; en los dos últimos años ambos commodities vienen recuperándose coronando un crecimiento mayor a 20% en 2017, lo que permitió que pasaran de US$/bbl 43 (precio promedio de la canasta de petróleo WTI, Dubai y Brent) y US$/MMBTU 3,5 (precio promedio del gas producido en EE.UU. y la Unión Europea) en 2016, a cerrar en 2017 en US$/bbl 53 y US$/MMBTU 4,3, respectivamente.
    Asimismo, durante el primer mes de 2018 el precio medio del crudo se ubicó en torno a los US$/bbl 66 (el Brent superó los US$/bbl 68), lo que refuerza la tendencia del precio y permite prever, como algunos expertos advierten, que el mismo se mantendrá en torno a los US$/bbl 70 hacia fin de año (2018).
    El cambio de tendencia y la previsión que efectúan los analistas se encuentran apoyados en dos factores preponderantes que no solo interactúan sino que contribuyen de manera sustancial al reciente re-equilibrio entre las fuerzas de oferta y demanda de la industria del petróleo y gas (P&G), como así también a las perspectivas alcistas que se abonan sobre la demanda futura”, agrega.

    El triple temor

    Avance big tech sobre el negocio bancario

    Un campo que demanda mucha atención es “la nube”. Su uso ha crecido de modo exponencial. La pasión regulatoria que los Estados propician para los gigantes tecnológicos que han transformado el panorama empresarial en todo el mundo no cesa.

    El mes pasado entró en vigencia el esquema regulatorio de la Unión Europea sobre estas empresas. Además de seguir con atención cómo funciona, tanto organismos públicos como los propios actores tecnológicos están atentos al avance de muchas otras ideas y proyectos de códigos en este campo.
    Un ámbito que demanda mucha atención es “la nube”. Su uso ha crecido de modo exponencial durante el último año, muy especialmente en el campo financiero.
    La atención comienza a concentrarse en la proliferación de los enormes centros mega data que pueblan el espacio, en especial porque es el territorio de los grandes jugadores, como Amazon, Google y Microsoft.
    Grandes clientes de estos servicios son los bancos. Pero entre ellos está creciendo un triple temor, por estas razones. 1) qué pasa con toda la información albergada en la nube, si un banco quiebra; 2) cómo ponerse a salvo de los riesgos en el ciber mundo, especialmente del hackeo; y 3) el riesgo derivado de utilizar un pequeño mundo de proveedores no regulados del mismo modo en que lo son los bancos.
    Es un delicado equilibrio: la nube implica enormes beneficios, permitiendo mayor eficiencia de los bancos. Y en buena medida son sistemas más seguros, pues los bancos tienen sus propios sistemas, actualizados, pero originados hace unos cuantos años.
    De un lado, los servicios en la nube ofrecen diversas ventajas, como economías de escala, flexibilidad, eficiencia operativa y costos adecuados, pero al mismo tiempo presentan desafíos sobre protección de la información almacenada, temas de seguridad, y concentración del riesgo.
    Pero hay una nueva fuente de conflicto, que crece. Estos grandes prestadores de servicios tecnológicos se están alejando del rol de proveedores estratégicos de los bancos, y se convierten cada vez más en sus competidores directos.
    Tanto Apple, Google, Amazon como Facebook han iniciado nuevos servicios al público general en el campo de los pagos y también de los préstamos. Esto es lo que más inquieta a los bancos. Que los recién llegados terminen desplazándolos y quitándoles parte sustancial del negocio.