miércoles, 11 de febrero de 2026

    ¿El mundo está peor o mejor que en el pasado?


    Y sin embargo mucha gente tiene cálidos recuerdos de los años pasados y se pregunta si los registros de las calamidades no serán exagerados. Otros admiten que la vida solía ser peor en algunos aspectos, pero se preguntan si no era mejor en otros. Si no era más simple, más previsible, más espiritual.
    Evaluar el estado en que está el mundo no es fácil. En casi toda la reciente liberatura que analiza el mundo en que vivimos se repite la constante de una caída con respecto al pasado. Pero para todos los que piensan que el mundo se cae a pedazos, Steve Pinker aspira a volverlos a la realidad recordando, en un libro de reciente aparición, que la gente ahora vive más, tiene más salud, más libertad y vive vidas más felices. Sin bien los problemas son inmensos, las soluciones están en el ideal de usar la razón y la ciencia.
    Es bastante común apreciar la modernidad mientras simultáneamente se teme su potencial destructivo. (La expectativa de vida es más alta hoy, pero será más corta luego de un apocalipsis nuclear, climático o generado por armas biológicas.). Si estar vivos no se siente especialmente bien, tal vez vivir en el pasado podría no haber sido especialmente malo. Tal vez la existencia en la mayoría de los lugares y momentos sea algo así como una canasta con diversas cosas dentro.
    En su libro Enlightenment Now: The Case for Reason, Science, Humanism and Progress el científico cognitivo Steven Pinker analiza estudios recientes y descubre que las grandes mayorías en 14 países –Australia, Dinamarca, Finlandia, Francia, Alemania, Gran Bretaña, Hong Kong, Malasia, Noruega, Singapur, Suecia, Tailandia, la Unión de Emiratos Ãrabes y Estados Unidos– creen que el mundo va cada vez peor y no mejor. China es el único país grande en el que la mayoría expresa optimismo. “Esta sombría evaluación del estado del mundo está equivocada,” escribe Pinker, y no algo equivocada sino muy equivocada”.

    Consecuencias del debate

    Como nuestras ideas sobre progreso humano son tan vagas, es tentador pensar que no importan. Pero la cuestión de si la vida está mejorando o empeorando podría ser un debate con consecuencias. Ha afectado la política, dice Pinker, alentando a los votantes a elegir líderes inexpertos “con una visión oscura del momento actual”. Cita el discurso inaugural de Donald Trump, donde el presidente habla de “madres y niños atrapados en la pobreza… un sistema educativo que deja a nuestros jóvenes y hermosos estudiantes privados de todo conocimiento… y el crimen, y las bandas y las drogas”.
    En realidad, la pobreza, el crimen y el abuso de drogas están declinando en Estados Unidos, y el sistema educativo, aunque con fallas, es uno de los mejores del mundo. El pesimismo podría ser la profecía que se cumple a sí misma. Creer que el mundo está cada vez peor, dice Pinker, puede realmente volverlo peor.
    También es posible llevar ese razonamiento hasta el extremo y ser radicalmente pesimistas sobre las consecuencias del pesimismo. En Suicide of the West el intelectual conservador Jonah Goldberg dice que los activistas progresistas –convencidos de que la civilización occidental ha llevado a un mundo peor– están desmantelando sistemáticamente las instituciones fundamentales para una sociedad liberal, como son el individualismo, el capitalismo y la libertad de expresión.
    En la izquierda, se observa una actitud paralela. Los progresistas temen al estereotipo del conservador paranoico, un defensor de los nativos, amante de las armas cuya visión del mundo fue formada por Fox News y la Asociación Americana de Rifles. Los progresistas militantes y los conservadores pre-apocalípticos tienen una presencia agrandada en nuestra imaginación. Son los fantasmas en los relatos sobre el creciente nihilismo. Hemos llegado a tenerle miedo al miedo de los demás.
    Con Enlightenment Now, Pinker aspira a volvernos a la realidad. En el transcurso de las 500 páginas presenta estadísticas y cuadros que muestran que, a pesar de nuestras más oscuras imaginaciones, la vida ha venido mejorando bastante en casi todos los aspectos.
    En todo el mundo el mejoramiento del cuidado de la salud ha reducido notablemente la mortalidad infantil y maternal; los niños están ahora mejor alimentados, mejor educados y menos abusados. Los trabajadores ganan más dinero, se accidentan menos, se jubilan antes. En Estados Unidos hay menos pobres, mientras en el resto del mundo, y especialmente en Asia, muchos millones menos de personas viven en la extrema pobreza, definida como un ingreso de menos de un dólar con noventa centavos por día.
    Las estadísticas muestran que el mundo está reduciendo la polución y que tiene más parques y zonas protegidas. “La intensidad de carbono” –o sea, la cantidad de carbono liberado por dólar de PBI– también viene cayendo en casi todas partes, una señal de que podríamos estar en condiciones de hacer frente a los dos problemas más grandes de la humanidad: la pobreza y el cambio climático.
    Pinker cita estadísticas que muestran que, globalmente, hay ahora menos víctimas de asesinato, guerras, violaciones y genocidio.

    Se vive más tiempo

    La expectativa de vida viene subiendo y, gracias a las regulaciones y mejoras en el diseño de las máquinas, las muertes accidentales (choques de autos, rayos) también han caído mucho.
    A pesar de lo que suelen decirnos, los estudiantes de hoy manifiestan que se sienten menos solos que en el pasado. Y hay estudios que muestran que hombres y mujeres tienen más tiempo libre que sus padres.
    Lo que Pinker llama “valores emancipadores” –tolerancia, feminismo y demás– se están haciendo más comunes aun en las sociedades más tradicionales.
    El mensaje de Pinker, entonces, es que el progreso es real, tiene mucho sentido y se observa en muchas partes del mundo. El misterio es por qué tenemos tanto problema para reconocerlo. Pinker menciona dos fuentes de pesimismo: la “progresofobia” de los académicos de las artes liberales y los medios de comunicación, a los que asigna gran parte de la responsabilidad pues, dicen, se enfocan casi totalmente en las crisis y sistemáticamente se olvidan de señalar las tendencias positivas del largo plazo.
    Citando el trabajo de Kalev Leetaru, un científico de datos que analiza el pulso de las noticias, Pinker dice que el periodismo se ha vuelto notablemente más negativo.
    Magnifica el poder de las malas noticias, sostiene, por el hábito mental que los psicólogos llaman la “disponibilidad heurística”: porque la gente tiende a estimar la probabilidad de un acontecimiento por medio de “la facilidad con que los ejemplos vienen a la mente”. Así tienen la impresión de que los tiroteos masivos son más frecuentes que los avances médicos. También pecamos de “ingratitud”. Nos gusta quejarnos y no sabemos mucho sobre los heroicos esfuerzos del pasado por resolver los problemas del momento. ¿Quién recuerda que Karl Landsteiner salvó millones de vidas con su descubrimiento de los grupos sanguíneos?
    Tal vez hemos llegado a ver a la historia misma como un ciclo tras otro de malas noticias. La palabra “historia” antes evocaba “tradiciones que debían respetarse, legados que debían transmitirse, conocimiento que había que elaborar o muertes para ser conmemoradas”, señala el historiógrafo francés Henry Rousso en The latest Catastrophe: History, the Preent, the Contemporary.
    Pero después de los traumas del siglo 20 comenzamos a definir nuestra era histórica por “los momentos más letales del pasado reciente”: los conflictos, guerras y atrocidades que no hemos logrado enterrar. Delimitamos la era contemporánea refiriéndonos a “los finales de las guerras o a veces los comienzos de las guerras: el final de la Primera guerra Mundial, el final de la Segunda Guerra Mundial, el final de la Guerra Fría”.

    Responsabilidad social

    El pesimismo no va a satisfacer nunca nuestras necesidades espirituales. El filósofo Charles Taylor, en su libro A Secular Age de 2007, decía que la vida moderna se caracteriza por una sensación de obligación espiritual individual. En la Europa anterior a la Reforma, se sostenía que la gente común tenía estándares espirituales más bajos que los monjes, curas y monjas y que un miembro del pueblo laico podía vivir una vida mundana imperfecta y a pesar de eso podía ser salvado siempre que sostuviera, a través de las plegaria o las limosnas, el trabajo de los “virtuosos”.
    Ese sistema, dice Taylor, “implicaba aceptar que las masas no iban a cumplimentar las demandas de perfección.” Finalmente intervino el Protestantismo para hacer al ser humano responsable de su propia salvación. En la nueva manera de vivir que surgió, la religión se democratizó y a cada persona se la cargó con su propia formación espiritual. Parte de este cambio implicó un credo político: todos somos responsables de cada uno y de la sociedad en su conjunto”
    Hoy tendemos a concebir el credo de la responsabilidad social como una idea ética, justificable en base secular. Y sin embargo, ese credo sigue atado a un imperativo más interno y devocional. Sabemos que logramos poco leyendo las noticias y sentimos que esa sucesión infinita de noticias trágicas distorsionan nuestra imagen de la realidad. Y sin embargo, parece que está mal dejar el trabajo de la salvación a Bill y Melinda Gates, y presuntuoso confiar demasiado en el poder de las obras de bien. El pesimismo puede ser una forma que nos invita a superar esas tendencias culturales, psicológicas, políticas y espirituales y a buscar una visión más objetiva del mundo. Pero los seres humanos no son criaturas objetivas.
    Hay investigadores que dicen que corremos en “caminadoras hedonísticas”: corremos detrás de nuevas fuentes de felicidad a medida que expiran las viejas, y que nuestros puntos fijos son en gran medida inmóviles y determinados por disposición. Algunos cambios fundamentales pueden afectar nuestra felicidad de un modo duradero: casarse, migrar a un país rico, desarrollar una adicción a las drogas, pero muchos mejoramientos de la vida tienen un carácter no permanente.
    Aunque la calidad de los alimentos haya sido peor en 1967, el placer de las mejores comidas de hoy es intrínsecamente efímero. Más personas sobreviven un ataque cardíaco que antes, pero el alivio de sobrevivir se borra cuando uno regresa a los problemas cotidianos.
    La teoría de los puntos fijos de la felicidad sugiere que nuestro nivel de bienestar subjetivo está determinado primeramente por la herencia y por rasgos de la personalidad que están dentro de nosotros desde muy temprano en la vida, y que se mantiene relativamente constante a lo largo de nuestras existencias.
    Esta teoría es desalentadora porque implica límites a la felicidad que podemos extraer del progreso y también porque sugiere que ese progreso es más generalizado de lo que creemos. Esta última conclusión, sin embargo, tiene sentido solo si definimos “progreso” de una determinada manera.

    ¿Qué es progreso?

    El progreso es objetivo e impersonal, al menos en parte y puede manifestarse sin hacernos más felices. “El objetivo del progreso”, concluye Pinker, “no puede ser aumentar indefinidamente la felicidad, para que cada vez más personas se vuelvan más y más eufóricas”. La vida es mucho más que el bienestar subjetivo.
    En un libro titulado The Optimism Gap: The I’m OK – They’re Not Syndrome and the Myth of American Decline, de 1998, el periodista especializado en políticas públicas David Whitman citaba estadísticas que mostraban que, en casi todos los aspectos de la vida –crimen, polución, salud, ingresos, felicidad– los estadounidenses eran optimismas sobre sí mismos y pesimistas sobre la sociedad en su conjunto.
    Mientras pensaban que aumentaba el crimen en general, se felicitaban por vivir en vecindarios donde prácticamente no había crimen; convencidos de que la economía estaba peor, permanecían confiados en su propio potencial para ganar dinero.
    También Pinker descubre que la gente tiene miedo por la civilización pero tiene esperanzas personales. Convencidos de que los que los rodean están viviendo una vida de silenciosa desesperación, siguen prediciendo aumentos en su propia satisfacción de vida. Pero parece que esa brecha de optimismo no solo es inexacta sino bastante retrógrada. El mundo, como un todo objetivo, ha venido mejorando. Son nuestras experiencias individuales de vida las que probablemente no mejoren. Deberíamos ser optimistas sobre la civilización pero neutrales sobre nuestra propia felicidad futura.