miércoles, 21 de enero de 2026

    La big data ética

    Seis meses después, el 31 de octubre pasado, Jack Dorsey, CEO de Twitter anunció que no publicará más anuncios políticos en su plataforma en todo el mundo para evitar “riesgos” que los algoritmos del big data suponen para el debate público.

    Si bien no podemos conectar en forma directa los dos eventos, es evidente que la decisión de Dorsey está motivada por las mismas preocupaciones que se apoderaron de Cadwalladr cuando develó las oscuras maquinaciones de Cambridge Analytica en el Brexit.

    La maniobra, hoy condenada mundialmente, consistió en aplicar inteligencia artificial alimentada por el acceso irrestricto a datos masivos de millones de usuarios de Facebook para direccionar (técnicamente “microtargeting”) avisos en favor del “Sí” a la permanencia del Reino Unido como miembro de la Unión Europea.

    De manera que hubo tres pasos necesarios para consumar el abuso. Uno, el robo de datos. Dos, la aplicación de big data. Tres, un tsunami de avisos engañosos de Facebook dirigidos a votantes vulnerables del Brexit, principalmente jubilados.

    Las revelaciones pusieron a prueba el prestigio de la plataforma primus interpares. Cuando antes Zuckerberg profetizaba que los diarios eran cosa del pasado porque todos se informarían en línea de las redes sociales, ahora cuando se expusieron los detalles del escándalo, tuvo que ordenar una masiva campaña de vía pública en las principales ciudades de EEUU.

    La charla TED titulada “El papel de Facebook en el Brexit y la amenaza a la democracia” es elocuente sobre la responsabilidad de Facebook. Cadwalladr estuvo un año para lograr que los testigos claves que trabajaron en Cambridge Analytica declararan en público cómo se utilizó una puerta trasera de la red social que Facebook no pudo, no supo, no quiso proteger, cuando tenía la responsabilidad de hacerlo.  Le preguntó a los asistentes a su charla TED: ¿las elecciones libres y justas son cosa del pasado?

     

    Cambio de espíritu

    Hoy sabemos que estamos frente a un cambio de espíritu de época (Zeitgeist) hacia una cyberdistopía. Primero el Referendum sobre el Brexit (23 de junio de 2016), segundo la elección de Trump  (8 noviembre de 2016) y por último la elección de Bolsonaro en Brasil (28 de octubre de 2018). Fueron seis meses en los que se cayó la cortina en la utopía de las tecnologías liberadoras (ejemplo: la primavera árabe) y la cultura abierta.

    Muchos se preguntan si la decisión de Dorsey realmente comparte las mismas preocupaciones que Cadwalladr. Es verdad que la decisión va en el sentido contrario de lo que pregona Zuckerberg, CEO de Facebook, que como buen alumno del capitalismo informacional, ha declarado en semanas recientes que piensa poner sus herramientas al servicio de cualquier campaña sin hacerse responsable de la desinformación.

    A la vez, que pide a reguladores que hagan lo propio con las plataformas sociales, asignando al estado la responsabilidad. Por el contrario la plataforma del pajarito se “hace cargo” y se autolimita. Pero muchos sospechan si en realidad no se trata más que de la autopreservación de una plataforma que vive de la política.

    El tuit de Dorsey decía “el alcance de un mensaje político debería ser algo que se gana, no que se compra”. Un mensaje extremo para satisfacer el deseo de los accionistas de la red social que cambió las reglas de la política en todo el mundo en la última década. Una enorme dosis de ibupirac directo al dolor de cabeza de la democracia.

    Quizá la clave sea reconocer que no todo es blanco o negro como plantea Cadwalladr. En los negocios abundan los grises, algunos más brillantes que otros. Ante la disrupción tecnológica que transforma la gestión de la empresa, e incluso la propia esencia del negocio, hay al menos tres posiciones bien distintas.

    La de Zuckerberg nos recuerda que no hacer nada cuando sube la marea puede ser riesgoso. Luego está la posición principista de la periodista de Cadwalladr. Y la de Dorsey, una posición ética, y a la vez, pragmática.

    A medida que las aplicaciones de Big Data son cada vez más cotidianas, crece el debate ético sobre el uso de los datos y los algoritmos. La tecnología de por sí no es ni buena, ni mala, pero tampoco es neutral. Big Data, Data Analytics, Inteligencia Artificial no devuelve a un dejá vu nuclear, ya que nos preguntamos cuan “radiactiva” es esta tecnología que promete maravillas que pueden destruir el sistema (democrático) si no se establecen las prácticas y las regulaciones aceptables. M

     

    (*) Director de I+D CIP de la Universidad de San Andrés.