El turismo ingresó en 2026 con un cambio de lógica: el viaje ya no se define primero por el lugar, sino por el motivo. Conciertos, festivales, experiencias gastronómicas y citas culturales o deportivas pasan a estructurar el itinerario, la anticipación con la que se planifica y la disposición a gastar. En esa dinámica, el desplazamiento se justifica por una experiencia concreta y por el relato que habilita.
Ese giro convive con un mercado en expansión. El World Tourism Barometer de ONU Turismo registró en 2025 un total de 1,52 mil millones de llegadas internacionales, un 4% más que en 2024, con un nuevo récord en la etapa posterior a la pandemia. El informe también señaló que, en muchos destinos, los ingresos turísticos crecieron más rápido que las llegadas, una señal de que el aumento no se explica solo por volumen, sino por mayor gasto cuando existen razones claras para viajar.
El cambio se apoya en una reorganización del consumo. El World Economic Forum (WEF) observó que dos tercios de las personas entre 18 y 35 años consideran más satisfactorias las experiencias en vivo que comprar un objeto del mismo valor, y que 62% planea gastar más en experiencias que en posesiones durante los próximos 12 meses. Carolina Trasviña, Client Services Director – Travel & Hospitality en another, lo sintetizó: “Estamos viendo que el viaje deja de ser una pausa y se convierte en una extensión de la identidad”.
En ese marco, los eventos aparecen como motores de demanda. La Copa Mundial de la FIFA 2026 se perfila como catalizador del turismo global, mientras que la cultura pop amplía el fenómeno. Las giras internacionales de artistas como Bad Bunny o el regreso de bandas como Oasis reordenan flujos turísticos, con fans que cruzan fronteras y ciudades que alcanzan ocupaciones máximas durante días o semanas. En la misma lógica se ubican eventos culturales como el Oktoberfest en Alemania y tradiciones como el Día de Muertos en México, donde la experiencia cultural se convierte en el eje del viaje.
El patrón se repite: el evento deja de ser una actividad dentro del itinerario y pasa a ser la razón del desplazamiento. “Los eventos hoy funcionan como detonadores de movimiento económico y cultural al mismo tiempo”, dijo Trasviña, quien también vinculó ese efecto con la atención global que pueden concentrar ciertos encuentros.
Para la industria, el impacto es operativo y estratégico. Cuando existe un propósito definido, el comportamiento cambia: se reserva antes, se toleran tickets más altos, se extienden estadías y se consumen más experiencias complementarias. Para la conducción empresaria y los operadores turísticos, el desafío pasa por identificar qué propuestas son lo suficientemente potentes como para activar desplazamiento y gasto adicional.
El WEF aportó un indicador sobre el potencial de arrastre: 84% de los turistas internacionales que viajan motivados por eventos aprovecha para explorar nuevos lugares y 30% afirma que planea regresar, lo que convierte a la experiencia inicial en una posible puerta de entrada a una relación futura con el destino.












