miércoles, 14 de enero de 2026

De la tensión al diferencial competitivo

Hoy no hablamos solo de tres generaciones, sino de cinco conviviendo en el trabajo: desde los boomers que alargaron su vida laboral gracias a la mayor expectativa de vida, hasta centennials recién llegados y una generación Alpha que empieza a asomarse en prácticas o proyectos experimentales.

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Por Ximena Díaz Alarcón (*)

Las tensiones aparecen en las formas de comunicación (mails extensos versus chats instantáneos), en la relación con el tiempo (profundidad y linealidad versus inmediatez y multitarea) y en la expectativa de carrera (trayectorias largas versus proyectos múltiples).
La clave no es negar las fricciones, sino ponerlas en el centro de la estrategia: explicitar acuerdos de funcionamiento, generar espacios de transferencia de saberes y usar el reverse mentorship como herramienta estructural. Que un senior enseñe criterio y contexto, mientras un centennial le devuelva agilidad digital o dominio de nuevas plataformas, convierte la tensión en combustible para la innovación.
El dilema no es elegir entre tradición y disrupción, sino diseñar un ecosistema en el que ambos sean necesarios. La experiencia de las generaciones mayores aporta memoria institucional, capacidad de anticipar riesgos y lectura profunda del negocio; mientras que millennials y centennials traen un empuje innovador, sensibilidad cultural y fluidez con la tecnología y la IA. Para integrarlos, funcionan muy bien los programas formales de reverse mentoring, en los que el intercambio no es voluntarista, sino con objetivos claros (por ejemplo, usar inteligencia artificial para reducir tiempos de aprobación, o introducir métricas ágiles en procesos históricos). También es clave diseñar comunidades de práctica mixtas y roles bisagra que traduzcan la intuición senior en hipótesis testables que los jóvenes puedan prototipar. Ahí se genera un círculo virtuoso que combina experiencia, frescura y capacidad de aprendizaje continuo.

Pensar en capas

La convivencia de cinco generaciones obliga a entender que no se trata de personalizar por edad, sino por momento de vida. Un profesional de 25 y otro de 50 pueden compartir las mismas tensiones si ambos cuidan hijos pequeños o están transitando un posgrado. La propuesta de valor debe estructurarse como un menú flexible de beneficios y recorridos de carrera, sin romper los principios comunes que definen la cultura. Así se sostiene la unidad con símbolos, rituales y valores compartidos (ética, aprendizaje, foco en el cliente), mientras cada generación accede a lo que necesita: desde formación continua hasta esquemas híbridos o planes de retiro gradual. La diversidad implica pensarlo en capas; flexibilidad pero también coherencia con la cultura organizacional.
En relación con la inteligencia artificial existe disparidad generacional muy marcada. Las generaciones mayores suelen ver en la IA una amenaza a la artesanía y al criterio profesional, aunque también valoran su capacidad de control y eficiencia. Los millennials la asumen como palanca de productividad y carrera, y los centennials se mueven con naturalidad experimental, pero son sensibles a los riesgos de vigilancia y sesgos. A esa diversidad de miradas se suma un dato clave: la IA ya no es promesa futura, sino una realidad concreta en muchas empresas de la región, que la aplican en procesos de atención al cliente, análisis de datos, marketing automatizado y hasta en la gestión del talento. Gestionar esta disparidad implica diseñar una carta de IA que delimite usos, responsables y niveles de autonomía, además de entrenamientos segmentados por rol y seniority.

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Liderazgo habilitador

Más allá de la edad, hay algo nuevo en juego. Hoy existen expectativas transversales respecto de los líderes que muchas veces son impuestas por las generaciones más jóvenes, con demandas de coherencia, empatía, transparencia, propósito y sostenibilidad. Estas expectativas se extienden al resto y redefinen el estándar del liderazgo en general. El liderazgo que prospera es el que diseña contextos compartidos, responde a esas demandas culturales y deja espacio para que cada grupo aporte su singularidad. Así, lo generacional deja de ser un obstáculo y se transforma en un diferencial competitivo cuando el liderazgo habilita la mezcla y se muestra permeable a estas nuevas exigencias. Por eso, ya no alcanza con ser mentor o estratega; se espera un líder empático, coherente y transparente, capaz de habilitar autonomía, propósito y aprendizaje continuo. Toda una gran exigencia, a cualquier edad.

(*) Co-Fundadora & CEO de Youniversal, consultora líder en investigación y tendencias

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