Cuando todos saben usar IA, ¿qué te hace diferente?
En un mercado donde la inteligencia artificial democratiza herramientas y conocimientos, el verdadero diferencial profesional empieza a estar en el criterio, la mirada y la capacidad de construir una identidad propia. Lic. Herno Gómez - Mentor en identidad laboral - Consultor de talento

Frente al miedo de quedar obsoletos, muchos profesionales reaccionan acumulando: más cursos, más certificaciones, más plataformas, más tendencias, más habilidades.
Durante años, el desarrollo profesional se organizó alrededor de una advertencia: saber un poco de todo sin profundizar en nada podía convertirnos en perfiles difíciles de definir. En el ámbito del coaching ejecutivo esto tenía nombre propio: “el síndrome del océano sin profundidad”: mucha superficie abarcativa, poco conocimiento profundo en un área puntual.
La recomendación parecía evidente: elegir un nicho, concentrarse, volverse experto.
Hoy esa escena empieza a cambiar. Y no es solo una intuición. Los datos muestran que la inteligencia artificial está modificando rápidamente qué habilidades tienen valor en el mercado laboral.
El Barómetro global de IA y empleo de PwC, que analizó más de mil millones de avisos laborales en 27 países y territorios, identifica una transformación particularmente interesante: la IA está creando un mercado laboral de dos velocidades. Por un lado, aparecen empleos que se “democratizan”, porque las herramientas permiten que personas sin una especialización profunda puedan realizar determinadas tareas. Por otro, están los empleos que se “profesionalizan”: aquellos en los que la tecnología absorbe parte del trabajo rutinario, pero aumenta la importancia del criterio, la experiencia y la capacidad de decisión humana.
La diferencia no es menor. Según PwC, los puestos que se profesionalizan están creciendo al doble de velocidad que los que se democratizan y registran un crecimiento salarial 42% mayor. Además, las habilidades requeridas en los trabajos más expuestos a la IA están cambiando más del doble de rápido que en los menos expuestos.
Llevado al terreno cotidiano, el mensaje es claro: usar la herramienta ya no distingue a nadie. Lo que distingue es el criterio con el que se la utiliza.
Y esto cambia una pregunta que durante años estuvo en el centro del desarrollo profesional. Ya no alcanza con preguntarnos cuánto sabemos o qué nuevas habilidades deberíamos incorporar. También tenemos que preguntarnos qué hacemos con todo eso que sabemos y qué parte de nuestro trabajo resulta difícil de reemplazar, copiar o estandarizar.
El Future of Jobs Report 2025 del Foro Económico Mundial estima que hacia 2030 se crearán 170 millones de puestos de trabajo y se desplazarán 92 millones, con un saldo neto positivo de 78 millones. Pero el dato más interesante para pensar una carrera no está solamente en la cantidad de empleos, sino en las habilidades que van a ganar relevancia. El informe señala que, junto con las competencias tecnológicas, seguirán siendo críticas capacidades como el pensamiento analítico, la creatividad, la resiliencia, la flexibilidad, el liderazgo y la colaboración.
Es justamente ahí donde aparece el verdadero desafío.
A eso llamo el síndrome del océano sin corriente: profesionales con muchas capacidades, pero sin una dirección que les permita convertirlas en una identidad profesional reconocible.
El profesional que hace de todo, se capacita en todo, quiere estar en todos lados y abordar todos los temas posibles puede terminar frente a una pregunta incómoda: ¿hacia dónde está construyendo su carrera?
El problema es que, del otro lado —el reclutador, el cliente, quien tiene que elegir—, el efecto puede ser exactamente el contrario al buscado. Si todos se actualizan de manera similar, mencionan las mismas herramientas y utilizan el mismo vocabulario, los perfiles empiezan a sonar iguales. La actualización, que alguna vez funcionó como diferencial, puede convertirse en el gran nivelador.
Lo paradójico es que nunca fue tan fácil acceder al conocimiento y, al mismo tiempo, tan difícil destacarse solamente por él. Cuando las herramientas se masifican, el valor deja de estar únicamente en poseerlas y pasa a estar en la forma en que cada profesional las interpreta y las convierte en resultados.
Una corriente conecta distintos puntos del océano, les da movimiento y sentido. En una carrera profesional sucede algo parecido.
No importa solamente cuántas cosas sabemos, sino qué hilo conecta todo lo que sabemos: qué problema comprendemos especialmente bien, qué mirada aportamos, qué transformación generamos y por qué alguien debería elegirnos frente a otro profesional con herramientas similares.
Cuando esas preguntas no tienen respuesta, las capacidades dejan de construir identidad y empiezan a convertirse en inventario.
El profesional puede estar actualizado, saber mucho y hacer de todo, pero volverse difícil de comprender. Puede sumar cada nueva habilidad para seguir vigente y, al mismo tiempo, perder perspectiva sobre hacia dónde quiere llevar su carrera.
En un mercado donde cada vez más personas tienen acceso a las mismas herramientas, saber utilizarlas no alcanza. La diferencia está en saber para qué las utilizamos nosotros, específicamente, y qué hacemos con ellas que otro profesional no haría de la misma manera.
Ese diferencial no consiste simplemente en “ser auténtico” o “tener criterio”, como tantas veces se repite en LinkedIn. Es desarrollar una forma reconocible de pensar, decidir, interpretar, resolver y crear valor.
Es aquello que permanece cuando otra persona puede estudiar los mismos contenidos, utilizar las mismas herramientas y acceder a la misma inteligencia artificial que nosotros.
Por eso, el desafío profesional de esta etapa no consiste únicamente en aprender más ni en obsesionarnos con profundizar en una sola cosa. Consiste en descubrir qué une todo lo que sabemos y qué parte de nuestra manera de hacerlo lleva una huella propia.
¿Cómo se sale?
No necesariamente con un curso más, sino con cuatro movimientos.
Primero, reconocerlo. Si hace tiempo acumulamos conocimientos y habilidades, pero no podemos explicar en una frase qué nos hace diferentes, quizás no tengamos un problema de formación, sino de dirección profesional. Nombrarlo ya ayuda a ordenar.
Segundo, bucear en el diferencial propio. No se trata de inventar una habilidad nueva, sino de releer las que ya tenemos. ¿Qué problema entendemos mejor que la mayoría? ¿Qué mirada aparece una y otra vez en nuestro trabajo? ¿Qué nos consultan a nosotros y no a otros? Ahí puede estar la corriente: no hay que inventarla, hay que encontrarla.
Tercero, ponerle nombre a la meta. Sin un horizonte concreto —qué carrera queremos construir, para quién y resolviendo qué problema—, cualquier capacidad nueva puede convertirse en ruido. Con una meta, cada curso, cada herramienta y cada proyecto empieza a tener un sentido dentro de una misma dirección.
Cuarto, ejecutarlo por etapas. No todo junto ni de una vez. Elegir en qué terreno queremos volvernos especialmente valiosos este semestre, no necesariamente durante los próximos diez años. Medir, ajustar y avanzar. La corriente no se decreta: se construye caminando.
En la era de la inteligencia artificial, el diferencial humano puede convertirse en la nueva ventaja competitiva.
El océano sin profundidad ya no es necesariamente el problema. El verdadero riesgo es tener un océano inmenso, lleno de recursos, pero sin una corriente que indique hacia dónde va.
Porque cuando falta una mirada propia, el conocimiento crece, pero la carrera pierde dirección.
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