Por Carina Martínez
En las organizaciones, la experiencia parece indicar que la transformación digital no es un destino, ni un proyecto puntual con fecha de finalización. Es un proceso continuo, que se despliega día a día, y que las obliga a revisar su estrategia, su cultura interna, su forma de tomar decisiones y su relación con el entorno. Exige visión, liderazgo y compromiso desde la cúpula y a largo plazo. También, una alta tolerancia al error y la disposición a cambiar sobre la marcha. Y, por supuesto, alineación con el negocio.
En ese camino, la tecnología es una herramienta, no un fin, y lo que está en juego es la capacidad de una organización para adaptarse, aprender, anticiparse y evolucionar a la velocidad de los cambios que imponen el mercado y las sociedades. Transformarse digitalmente es, en primera instancia, transformarse culturalmente.
Replanteo estratégico
Uno de los ejes, y punto de partida, es la revisión de procesos. La digitalización no se limita a reemplazar sistemas analógicos por soluciones digitales. Requiere cuestionar cada etapa del proceso operativo; preguntarse ¿este paso agrega valor?, ¿puede resolverse de forma más eficiente?, ¿está alineado con las necesidades actuales? Muchas veces, esto lleva a rediseñar procesos completos o a crear nuevos modelos de negocio.
Ahora bien, tal como sucede en todo proceso de transformación, el éxito requerirá del entendimiento e involucramiento de cada uno de los miembros y, en este sentido, el cambio cultural es central. Claro que, también, esto es lo más difícil de lograr, porque las personas suelen repetir sus formas de hacer las cosas y no siempre son propensas a cambiarlas.
El talento en el centro de la estrategia
En la era digital, las organizaciones necesitan perfiles capaces de surfear la complejidad, aprender de manera continua, colaborar en equipos diversos y manejar herramientas que hace apenas unos años ni existían. Pero también requieren una cultura organizacional que fomente la innovación, legitime el error como parte del aprendizaje y aliente la experimentación constante. Sin una base cultural sólida, incluso las tecnologías más sofisticadas pueden fracasar.
La gestión del cambio se vuelve entonces un factor crítico. No basta con definir una estrategia y desplegar herramientas de vanguardia; un proceso exitoso requiere del compromiso de todas las personas que forman parte de la organización. Por lo tanto, deberá contemplar la capacitación continua (y upskilling o reskilling, de ser necesario), difusión de los objetivos y estrategias a todos los miembros, y la toma de conciencia de que las acciones de cada persona tienen un impacto en la generación de valor de la organización.
Así las cosas, la transformación digital, como proceso continuo, no debería quedar librada a esfuerzos aislados o a iniciativas dispersas. Requiere, en cambio, de un marco de trabajo claro, con objetivos definidos, indicadores de avance y espacios de revisión periódica. Implica generar estructuras ágiles que permitan tomar decisiones con rapidez y ajustar la hoja de ruta según los aprendizajes. También, de un cambio de mentalidad que permita pasar del control a la confianza, de la planificación lineal a la iteración constante. Esta evolución no se da de un día para el otro, pero se torna indispensable para sostener la competitividad a largo plazo.
En mayor o menor medida, hoy gran parte de las organizaciones ya ha comenzado su proceso de digitalización. Sin embargo, resulta clave que la transformación digital no se entienda como una simple táctica operativa, sino como una necesidad estratégica, que desafía a ir más allá de la tecnología; a desarrollar nuevas formas de pensar, de trabajar y de liderar. En tiempos de disrupción perma nente, quienes logren integrar la visión digital en el corazón de su cultura serán quienes estén mejor preparados para lo que viene.
Tema candente en la agenda empresarial, este informe de Mercado recorre las principales tendencias, vicisitudes y estrategias que las compañías despliegan para avanzar en sus procesos de digitalización, a través de la mirada de profesionales de distintos sectores de la economía.
Las notas del informe estuvieron a cargo de Viviana Lupi, Juan Pablo Martínez y Carina Martínez.
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