miércoles, 29 de abril de 2026

    “Lo peor que puede hacer un país es aislarse”

    -En los últimos años la globalización parece haberse convertido en el mal que explica buena parte de los problemas de la economía argentina. ¿Qué puede o debe hacer un país periférico para afrontarla?


    -Por lo que he escuchado en estos días con gente de aquí, me parece que no todos entienden el significado de la globalización. Muchos piensan que se trata sólo de un mercado global o de políticas de liberalización económica. Y es algo mucho más profundo: un cambio estructural en la sociedad mundial que está trastocando todo, desde la soberanía del Estado y las actividades económicas, hasta la familia y las relaciones entre géneros. La globalización plantea un cambio fundamental y creo que ni en el mundo de los negocios ni en el gobierno se puede tener una perspectiva y un plan apropiados si no se comprende de qué estamos hablando.


    -Sin embargo, lo primero que surge cuando se habla de globalización es un nuevo modelo de organización económica.


    -Puede ser, pero es mucho más que eso. No se trata de una moda o de una corriente, como el neoliberalismo en los ´80. La globalización llegó para quedarse y en muchos aspectos es irreversible, porque no hay decisión voluntarista capaz de desmantelarla. El neoliberalismo, en cambio, es esencialmente una filosofía política que está muerta porque, si bien demostró que es capaz de generar prosperidad económica, no da respuestas a cuestiones claves, como la inseguridad, la desigualdad y la destrucción de los lazos sociales. Por eso es equívoca la perspectiva que iguala globalización y neoliberalismo. Hay que salir de esta definición estrecha; si no nos esforzamos por ver todas sus dimensiones, no seremos capaces de dar respuesta a los problemas que le son propios ni, mucho menos, de aprovechar las oportunidades que ofrece.


    La economía del conocimiento, por ejemplo, ya es una realidad. En los países europeos, la proporción de gente ocupada en el sector industrial cayó de 40 a 15% en los últimos 25 años, y seguramente descenderá a 5% como consecuencia de la incorporación de la tecnología informática en los sistemas productivos. Pero esto no quiere decir simplemente que la industria cae, sino que hay creación de empleos en otra parte. No debemos reducir la globalización a sus efectos negativos; se trata de un fenómeno que ofrece muchas posibilidades si se sabe aprovecharlo. El peligro, de todos modos, es real: el país que no se ajuste a esta nueva economía no conocerá la prosperidad en el siglo XXI.


    -¿Existen alternativas a la globalización?


    -Hay distintas maneras de incorporarse al proceso, cada país deberá buscar el camino más acorde con sus capacidades y necesidades. Pero, sin duda, lo más riesgoso es no emprender este proceso: los países que se aíslan, ya sea porque descreen de la globalización o por otros motivos, tienen los mismos problemas que los demás, pero exacerbados. Sólo hay que contemplar el caso de Corea del Norte para ver la criminalidad, el atraso y la violencia que resultan de desengancharse del mundo. Lo peor que puede hacer un país es aislarse.


    -Suele decirse que la globalización requiere ­y genera­ menos participación de los gobiernos. ¿Cuál es la posición de la Tercera Vía acerca de la relación entre el sector privado y el Estado?


    -No se trata, como han entendido algunos, de encontrar una alternativa entre neoliberalismo y socialismo, sino de responder a un mundo que, nos guste o no, se está moviendo y que tornó obsoletas tanto las propuestas de libre mercado como las de la vieja izquierda. Entonces, lo primero que hay que hacer es crear una sociedad que no es ni la tradicional de la izquierda ni la neoliberal de la derecha; debemos gestar una sociedad en la que exista un equilibrio entre el gobierno, los mercados y el tercer sector. Vivimos en un mundo en el que los gobiernos son más importantes que antes, a pesar de lo que digan los neoliberales y a pesar de lo que pudiera sugerir cierta visión superficial de la globalización. Entonces, necesitamos un gobierno activo, pero también necesitamos que no haya demasiada intervención del gobierno, porque se vuelve burocrático y corrupto.


    -¿Cómo sería ese gobierno activo pero pequeño?


    -El primer paso es la reconstrucción del gobierno mismo, algo en lo que muchos países ya están trabajando con éxito. La manera de saldar el déficit político ­esa falta de legitimidad y credibilidad que vemos en prácticamente todo el mundo­ es reestructurar el gobierno para alcanzar lo que yo llamo una segunda ola de democracia, o la democratización de las democracias. La Argentina probablemente esté aún en la primera ola, pero ya deberíamos empezar a pensar en la segunda, que incluye transparencia institucional, reforma constitucional y reconstrucción del federalismo, para poder alcanzar así una democracia local efectiva.


    -¿Dónde quedan los límites a la acción estatal?


    -Los gobiernos no deberían ceder a la tentación de repetir las intervenciones económicas del pasado. La vieja izquierda dice siempre “regulemos, regulemos”, sin discernir cuándo es necesario regular y cuándo desregular es el camino para estimular la innovación y la creación de empleo. Un país que no aliente la cultura empresaria no va a generar la energía económica que viene de la innovación, del riesgo, de la búsqueda de nuevos caminos. La izquierda ha visto siempre a los empresarios como gente egoísta que sólo se preocupa por maximizar su ganancia. Creo que ya es hora de revalorizarlos y reconocer que también hacen falta entrepreneurs sociales y políticos, porque el mismo impulso y la misma creatividad que hace avanzar a la economía son necesarios en el Estado y en el tercer sector.


    -Otra de sus críticas a la vieja izquierda apunta al modo en que la socialdemocracia concibió históricamente a la política impositiva.


    -El sistema fiscal debe reestructurarse. El desafío que tenemos ahora en Europa es definir un grado de presión fiscal adecuado a la eficiencia económica. Porque tenemos suficientes pruebas en nuestros países de que no hace falta aplicar tasas progresivas muy altas para lograr políticas redistributivas. Esto depende de una recaudación efectiva ­algo que no siempre se alcanza en contextos de alta presión fiscal­, de cómo se gasta ese dinero y de la eficiencia del gobierno en sus mecanismos redistributivos. En última instancia, creo que lo que se requiere es un sistema fiscal que reconozca el vínculo entre la economía y las políticas sociales. Ninguna medida impositiva orientada a fines sociales puede pensarse aisladamente de sus consecuencias económicas, sobre todo en lo que concierne a la creación de empleo. Y no se pueden concebir herramientas fiscales en términos netamente económicos, es decir, sin considerar sus consecuencias sociales.


    -¿Cómo se redistribuye en el esquema propuesto por la Tercera Vía?


    -En primer lugar, se requiere una visión dinámica de los mecanismos de exclusión, porque también esto ha cambiado. Hay que ver cómo la gente entra y sale (o entra, sale y vuelve) a situaciones de pobreza. Porque la globalización no es el principal responsable de la desigualdad, como he escuchado decir por aquí. Los nuevos patrones de inequidad pueden estar influidos por el ingreso a los mercados globales, pero son, ante todo, consecuencia del cambio tecnológico, de modificaciones en la estructura de las familias e incluso de la acción pública. Frente a esto, la transferencia pasiva de ingresos no es suficiente, se requiere una redistribución activa. No tiene sentido una transferencia pasiva a una persona que no puede leer las instrucciones que vienen en el frasco de un medicamento; hace falta adoptar una noción de inequidad como la propuesta por el economista indio Amartya Sen, en la que no se contempla sólo la desigualdad en los ingresos sino en la alfabetización, la emancipación de las mujeres o el acceso a los derechos de ciudadanía. Lo que se requiere es aprender, junto al tercer sector, a movilizar las propias capacidades de los ciudadanos.


    -¿Cómo se conjuga esta noción de equidad con la flexibilización de los mercados de trabajo, que muchas veces es un factor clave en la generación de desigualdad?


    -Pienso que lo que se necesita es la clase de flexibilidad y protección que países como Portugal o Dinamarca tienen o están adquiriendo. Tenemos que aceptar la necesidad de mercados de trabajo flexibles, la necesidad de mucha inversión de capital, pero a la vez insistir en la protección flexible, en lo que algunos llaman flexicurity. Creo que por aquí, por una versión reestructurada del modelo social europeo, pasa la clave del futuro. No creo que vaya a durar el modelo estadounidense.