La década de los ´90 marcó un antes y un después con respecto a la historia del empleo en la Argentina. Un país que tradicionalmente había sido receptor de mano de obra del resto del mundo, vivió en pocos años un marcado incremento de la tasa de desocupación, que pasó de lo que técnicamente se considera pleno empleo (5% de desempleo promedio en los años ´80) a una estabilidad en torno de 13% o 14% para los últimos años de la década, con un pico de 18,4% en mayo de 1995.
A la vez, el problema del empleo no se agota en la imposibilidad de dos millones de personas de conseguir trabajo, sino que además creció notablemente el empleo en negro y la precariedad laboral, con lo cual las consecuencias del funcionamiento del mercado de trabajo se trasladaron a los principales indicadores sociales y se tradujeron en evasión del sistema previsional y de salud, y carencias en la cobertura social de una gran parte de la población.
Esos cambios no tuvieron un efecto neutro en términos regionales: más bien se verifica que hubo zonas menos afectadas por el desempleo (como Posadas o Río Gallegos) y otras, en especial los grandes conglomerados urbanos (como el Gran Buenos Aires o el Gran Rosario) y algunas ciudades más pequeñas (como Catamarca o Jujuy), cuyas tasas se mantuvieron por encima de 16%.
Esta realidad, no obstante, no es exclusiva de la Argentina. A partir de los años ´80 este fenómeno se diseminó en todo el mundo a partir de la emergencia de dinámicas estructurales intensivas en el uso de nuevas tecnologías y ahorradoras de trabajo.
Sin embargo, otro rasgo estructural fue que no todos los tipos de trabajo tuvieron las mismas consecuencias. En particular, las tendencias más generales apuntaron a una nueva división del trabajo, con una clara separación entre trabajo calificado y no calificado, y una nueva gama de remuneraciones asociada a esa clasificación.
Esas tendencias reflejan un nuevo tipo de incertidumbre, vinculada con el nuevo paradigma tecnoeconómico, que modifica la tradicional percepción acerca de la relación entre crecimiento del producto y crecimiento del empleo. Tal como lo demuestra la experiencia argentina de los años 1991-94, el crecimiento no necesariamente resuelve los problemas de empleo, e incluso puede profundizarlos.
Como ejemplo vale destacar el caso de América latina, que durante los años ´90 vivió un proceso aunque con matices de apertura del comercio exterior, desregulación de la actividad económica y privatización de las empresas públicas, que redundó en una recuperación de las tasas de crecimiento con respecto a la década anterior. Sin embargo, entre 1991 y 1999, el promedio de desempleo urbano para la región pasó de 5,8% a 8,7%, con marcadas diferencias entre países como México (2,6%) y Bolivia (4,5%), y otros como Colombia (19,8%), Venezuela (15,4%) y la Argentina (14,3%).
En la Argentina, esas transformaciones estructurales, en un contexto de notable ausencia de políticas activas para revertir sus efectos más destructivos, generaron no sólo un aumento de la tasa de desempleo, sino también un incremento del trabajo en negro y una marcada precariedad de las relaciones laborales. En la actualidad, los principales indicadores reflejan esta situación:
- hay dos millones de desocupados (13,8% de la población económicamente
activa); - algo más de 40% de trabajo en negro;
- del total de los ocupados, 40% está sobreocupado. En total, hay
3,4 millones de personas que trabajan más de las 48 semanales que prevé
la legislación laboral; - entre los sobreocupados hay 1,2 millón de personas que trabajan
más de 61 horas semanales; - la mayoría de los sobreocupados no cobra horas extras;
- el promedio de horas trabajadas en el país es de 55 por semana.
Un promedio muy superior al de países como Venezuela (42), Estados
Unidos y Gran Bretaña (38), y Francia (35).
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