Las privatizaciones proporcionaron el instrumento al que apeló el gobierno
de Carlos Menem para captar capitales extranjeros y a la vez recomponer las
relaciones con los acreedores a través de la capitalización con
títulos de deuda.
Los traspasos de empresas estatales al sector privado comenzaron a principios de la década y le dejaron al país alrededor de US$ 19.000 millones hasta 1998 (aunque sólo US$ 12.500 millones fueron en efectivo).
La primera gran privatización fue la de Aerolíneas Argentinas, a fines de 1990. Después vinieron Entel, áreas centrales y secundarias de YPF, algunos ferrocarriles y rutas. La mayor parte de las ventas al sector privado, en especial de los servicios públicos, se registró a partir de 1992, con Agua y Energía, Gas del Estado, Segba y Somisa, entre otras.
Esta primera oleada de capitales extranjeros se interrumpió durante el quinto año de gobierno de Menem, con una abrupta caída del ingreso de fondos del exterior: mientras que en 1993 habían llegado inversiones externas por unos US$ 6.500 millones al país, al año siguiente sólo vinieron US$ 1.200 millones.
Sin embargo, en 1997 todavía había activos del Estado por vender o dar en concesión, que sumaban alrededor de US$ 7.000 millones. En este paquete se encontraban el Banco Hipotecario, el remanente de las acciones de YPF cuya primera parte se había colocado en 1993, el Correo y los aeropuertos, entre otros. Esas operaciones fueron concluidas en los últimos dos años.
Buena parte de las empresas estatales pasaron a manos de capitales locales, pero el plato fuerte fueron las inversiones estadounidenses, españolas, chilenas, italianas, francesas, canadienses y británicas. Ya no queda casi nada por vender, salvo algunas empresas provinciales, Yacyretá y las centrales nucleares.
El desembarco multinacional
Si el primer mandato de Carlos Menem se caracterizó por la llegada de
capitales extranjeros a través de la venta de activos públicos,
desde fines de 1994 los inversores empezaron a poner sus ojos en el sector privado.
Los argentinos presenciaron, así, la venta de dos verdaderos símbolos:
Terrabusi pasó a manos de Nabisco, y la francesa Danone se quedó
con Bagley, para después asociarse con Mastellone y, finalmente, adquirir
los principales negocios de La Serenísima.
Por nombrar sólo algunas operaciones, la italiana Parmalat puso un pie en la Argentina después de adquirir La Vascongada y, más recientemente, Lactona/Gándara; Cadbury sumó Stani; Grand Metropolitan, La Salteña; y Nestlé, Noel y Laponia. También llegaron Bimbo, Ferrero, McCain, Brahma, Isenbeck y CCU (Heineken) del grupo Luksic. Procter & Gamble vino a disputarle el negocio de limpieza a Unilever.
La concentración en el sector de los alimentos transitó por una vía paralela a la que recorrió el comercio minorista. Aunque en la década de 1980 ya se había producido el desembarco de la francesa Carrefour y de la chilena Jumbo, la llegada de Wal-Mart a fines de 1995 representó un punto de inflexión para el sector: se aceleró el proceso de concentración y la salida de los jugadores locales.
El éxodo fue encabezado por Alberto Guil, el fundador de Norte, que transfirió su empresa al Exxel Group en 1996. Hoy, las únicas grandes empresas de capitales nacionales que quedan en el sector son Coto y la patagónica La Anónima.
Hace diez años, las ventas conjuntas de las 15 principales cadenas no llegaban a sumar US$ 3.000 millones y controlaban 34% del mercado minorista de alimentos. Hoy, los almacenes aparecen en retirada: según un estudio de ACNielsen, los grandes centros de compras que representan menos de 1% del total de los comercios minoristas controlan 57% de las ventas y sólo las seis cadenas líderes tendrán este año ingresos por más de US$ 9.000 millones.
La década también se caracterizó por la consolidación de los grandes shopping centers, con la inauguración de Alto Palermo, Alto Avellaneda, El Abasto y Paseo Alcorta en Buenos Aires, y la aparición de los primeros malls en el interior del país. En el caso de los centros de compras, el proceso de concentración del negocio en unas pocas manos fue aún más extremo que en el de los supermercados. Con la única excepción del grupo chileno Cencosud (que controla Unicenter y otros centros comerciales más chicos en el Gran Buenos Aires), Irsa controla el sector, a través de ocho shoppings en Buenos Aires, Salta y Mendoza.
Los sectores de consumo masivo y retail fueron las estrellas de este período, pero las automotrices no se quedaron atrás. Volvieron General Motors y Chrysler. Fiat, Iveco, Peugeot y Renault desplazaron a los argentinos que habían estado hasta entonces al volante de los negocios. Ford y Volkswagen decidieron separarse y se instaló Toyota. Entre 1991 y el 2000, las inversiones del sector sumarán US$ 5.500 millones.
Los grandes que sobrevivieron
Para medir el grado de multinacionalización del sector privado local,
es más fácil contar cuántas empresas quedan aún
en manos de capitales argentinos. Durante la década de 1990 el traspaso
de firmas de origen nacional a inversores extranjeros superó los US$
30.000 millones (sin contar la última oferta de Repsol por YPF), y con
estas adquisiciones las compañías de origen foráneo ya
contribuyen con más de 30% del PBI y representan más de la mitad
de las ventas de las 1.000 empresas más grandes del país, incluidas
en el ranking de MERCADO.
La decisión de los empresarios locales de vender respondió, en la mayoría de los casos, a un doble motivo común: la imposibilidad de igualar el ritmo de inversiones de las multinacionales y las dificultades para encontrar financiación.
En esta línea se ubica la retirada de los grupos Macri, Garfunkel y Antelo del paquete accionario de Sevel, Iveco y Ciadea (hoy otra vez Renault), la salida de los Grüneisen de Astra y la venta por parte de los Bulgheroni de una porción de Bridas a Amoco.
Sin embargo, todavía quedan apellidos emblemáticos que intentan mantenerse en la lucha, a pesar de que las deudas ensombrecen su futuro. En esta lista están los Bakchellian tratando de levantar Gatic; los Gotelli, Clutterbuck y Lagos, con Alpargatas; y Soldati, con Sociedad Comercial del Plata.
Ni la venta de activos Eg3, Transener, Aguas Argentinas, Gas Natural BAN, Dock del Plata y parte de su constructora, entre otros ni los sucesivos créditos fueron suficientes para que el grupo Soldati lograra reunir los fondos que necesitaba para hacer frente a sus obligaciones que, sólo en este año, suman US$ 475 millones, y debió sentarse a renegociar con sus acreedores.
Otros, como Zorraquín y Macri, decidieron redimensionar sus negocios. El primero, con una fuerte apuesta a la agroindustria, y el segundo, con un giro que apunta a las telecomunicaciones, al campo y a los alimentos, con intereses en infraestructura y planes para salir a ganar mercados externos.
Loma Negra intentó sacar provecho de las privatizaciones pero no avanzó demasiado: 75% de sus ingresos proviene de la cementera, mientras que el resto lo agregan Ferroexpreso Pampeano, Recycom, las radios El Mundo y Horizonte que estarían en proceso de venta y la actividad ganadera. En la columna debe quedó su malogrado paso por el diario La Prensa.
Los Roggio también decidieron apostar fuerte a las privatizaciones, sin descuidar su core business que es la construcción. Con su empresa Cliba ingresaron al negocio de la recolección de residuos; tomaron a su cargo el mantenimiento de más de 2.500 kilómetros de rutas y autopistas y ganaron la concesión del ferrocarril Urquiza y la red de subterráneos de Buenos Aires.
Los líderes se transforman
En estos diez años se produjeron importantes cambios en el ranking
de los principales grupos económicos de la Argentina, pero en lo más
alto del podio siguen estando Perez Companc y la Organización Techint.
En el primer caso, la transformación del grupo fue tan radical como la
que vivió el país. Gregorio Goyo Perez Companc, el hombre
más rico de la Argentina, decidió concentrar sus operaciones en
la agroindustria con la compra de campos, bodegas, empresas lácteas
y Molinos, la mayor alimentaria del país y retirarse del negocio
telefónico, las finanzas y la construcción. La gran incógnita
que queda por resolver es cuál será su próximo paso en
el sector energético, donde el grupo mantiene importantes inversiones,
aunque los rumores sobre la venta de su petrolera están a la orden del
día.
En el caso de Techint, en cambio, el crecimiento del holding se canalizó por sus negocios tradicionales (siderurgia y construcción), no sólo en la Argentina, sino también con la compra de plantas en Italia, México y Venezuela.
Entre los ganadores de la década también se perfila el grupo Clarín que, a partir del diario más leído de la Argentina, se fue consolidando como el principal multimedios del país.
En estos diez años, Bunge & Born recorrió el camino inverso. Cuando en 1989 Menem llegaba a la presidencia, era el holding argentino con mayor presencia mundial y su grado de influencia quedó reflejado en la sucesiva designación de dos de sus directivos al frente del Ministerio de Economía. Diez años después, el grupo está en franca retirada: en el país sólo conserva operaciones en commodities y hasta decidió desprenderse de su principal empresa, Molinos Río de la Plata.
Mientras se producía la invasión de capitales extranjeros, un grupo selecto de empresas argentinas aprovechó la apertura de los mercados para probar suerte en el exterior y cumplir el sueño de convertirse en multinacionales, aunque en la mayoría de los casos con un radio de acción limitado a América latina.
Junto con Techint, que se consolidó como el principal fabricante de tubos sin costura en el mundo, YPF fue la que lideró este proceso de expansión internacional, sobre todo a partir de la compra de la petrolera estadounidense Maxus en 1995.
La lista de grupos locales que decidieron apostar a una expansión fronteras afuera también incluye a Macri, que decidió concentrar sus inversiones internacionales en Brasil, con la adquisición de varias empresas de alimentos, y la cordobesa Arcor que se convirtió en el primer productor mundial de caramelos y en el mayor fabricante de chocolate de América latina.
Pescarmona, por su parte, sumó un par de plantas en Colombia y Malasia, mientras que Cervecería Quilmes y Laboratorios Bagó se expandieron, a través de filiales, a prácticamente toda la región.
Los nuevos jugadores
Con la llegada de los capitales extranjeros, el lenguaje de los empresarios
locales se pobló de términos como joint-venture, o private
equity funds. La operatoria de los fondos de inversión se hizo conocida
a partir de las compras del Exxel y el CEI CitiCorp Holdings.
El primero, presidido por Juan Navarro, se alzó con Argencard, Supermercados Norte y Tía, Fargo, Havanna, Musimundo y las empresas atribuidas a Alfredo Yabrán (Oca, Ocasa, Villalonga Furlong, Edcadassa e Interbaires).
Después de incursionar en varios negocios, el CEI decidió entonces concentrarse en medios de comunicación, asociado con Telefónica Internacional.
Además de los equity funds, también empezaron a desarrollarse los primeros fondos de inversión directa, especialmente los agrícolas, los inmobiliarios y los forestales, y los bancos lanzaron sus fondos comunes de inversión para pequeños ahorristas, que ya manejan US$ 8.300 millones, con lo que se convirtieron en el segundo inversor institucional, detrás de las AFJP.
Punto para la banca
Así como, para gran parte de la economía, se puede hablar de
un antes y un después de la Convertibilidad, para el sector financiero
el punto de inflexión fue el efecto tequila en diciembre de 1994.
En esos días, el entonces secretario de Bancos, Finanzas y Seguros, Roque
Maccarone, declaró que en el sistema financiero argentino sobraban 100
entidades y su profecía parece cada vez más cerca de cumplirse.
A fines de 1994, había en el país 205 bancos. En poco más de cinco años cerca de 80 desaparecieron, como producto de quiebras o fusiones. La concentración fue alentada por el Banco Central y en la actualidad las 20 entidades líderes ya reúnen más de 80% de los depósitos, mientras que en 1989 sólo reunían 64%.
El proceso fue acompañado por una multinacionalización del sector y, entre los top ten, hoy sólo quedan dos bancos controlados por capitales nacionales: Credicoop y el Galicia, aunque en esta última entidad el español Central Hispano que en su país está en proceso de fusión con el Santander ya puso un pie a través de una participación minoritaria.
La concentración en manos extranjeras del sistema financiero fue impulsada principalmente por bancos españoles. El Bilbao Vizcaya (BBV) se quedó con el Francés y el Crédito Argentino, mientras que su principal competidor en España, el Santander, se alzó con el Río, de la familia Pérez Companc. El último gran banco local transferido a manos extranjeras fue el Roberts, adquirido por el HSBC en mayo de 1997.
Los hombres de la Bolsa
A partir de 1992, la Bolsa de Comercio de Buenos Aires registró un crecimiento
espectacular con el ingreso al recinto de las principales compañías
privatizadas del país. La euforia que vivió el mercado de capitales
llevó a que en junio de 1992 el Merval superara la barrera de los 900
puntos. Pero la realidad es que después de las ofertas públicas
iniciales de YPF, las compañías telefónicas y las principales
transportadoras de gas, hubo muy pocas empresas privadas que se animaron a entrar
a la Bolsa en los últimos siete años.
En la actualidad, en Buenos Aires cotizan cerca de 150 compañías y sólo un tercio se transa regularmente. El número aún está muy por debajo de las 600 empresas que cotizaban a principios de la década de los ´60, cuando participar en la Bolsa era considerado normal para compañías medianas y grandes.
La capitalización bursátil del mercado local (el patrimonio total de todas las empresas que cotizan) hoy no representa siquiera 20% del PBI, cuando en países como España, Brasil y Estados Unidos supera largamente 30 o 40%.
En el caso de las Pymes el panorama es aún peor. Todas las inciativas oficiales para acercar a las pequeñas empresas a la oferta pública fracasaron. Desde que en 1994 se puso en marcha un segmento especial para que las Pymes pudieran financiarse en el mercado de capitales a través de obligaciones negociables, cerca de 70 pequeñas empresas se registraron ante la Comisión Nacional de Valores para realizar emisiones de ON, pero se estima que sólo un cuarto terminó cotizando los títulos.
La revolución tecnológica
La apertura también trajo la necesidad de adecuar la base tecnológica
del país, obsoleta después de años de mantenerse aislada
de la competencia extranjera. Las importaciones de bienes de capital (incluidas
partes y accesorios), se incrementaron entre 1991 y 1994 de US$
2.927 millones a US$ 9.971 millones. Un año después, con el efecto
tequila, las compras de equipos en el exterior cayeron a US$ 8.306 millones,
pero se recuperaron y volvieron a crecer a ritmo sostenido hasta ubicarse en
US$ 13.087 millones en 1997.
Mientras en 1992 la importación de bienes de capital representaba apenas 9,29% del total de las compras en el exterior, cuatro años más tarde las maquinarias absorbían 12%, según una encuesta del Indec para el período 1992-96 sobre empresas industriales.
Además de la incorporación de nueva maquinaria, la industria comenzó a poner un mayor énfasis en su core business y a dejar en manos de terceros las actividades que no resultaban esenciales.
La inversión en tecnología informática no se quedó
atrás. Sólo en el período 1995-98 este rubro (que incluye
equipos, software y consultoría y excluye telefonía) pasó
de 0,68% del PBI (US$ 1.950 millones) a 1,01% (US$ 3.470 millones). Este año
cerraría en US$ 3.980 millones, según la consultora Prince &
Cooke.
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Javier
Tizado, Techint
Crecer sin el
Estado
Durante
la última década, el grupo Techint multiplicó por
cuatro su facturación, hasta alcanzar los US$ 7.000 millones. El
holding que preside Roberto Rocca no sólo se consolidó,
con Siderca, como el mayor fabricante local de tubos sin costura, sino
que también expandió su liderazgo a nivel mundial con la
compra de la italiana Dalmine y la mexicana Tamsa. En laminados planos
se quedó con la estatal Somisa y tomó el control de la venezolana
Sidor. Con la creación de Tecpetrol que ya opera en la Argentina,
Bolivia, Ecuador, Venezuela y próximamente Brasil volvió
a incursionar en el campo petrolero. Y además hizo una fuerte apuesta
a las privatizaciones con su ingreso a Ferroexpreso Pampeano, Transportadora
de Gas del Norte, Edelap y Telefónica de Argentina (aunque en los
últimos dos casos ya se desprendió de su participación).
“Para nosotros,
estos diez últimos años han sido de un crecimiento muy notable,
casi espectacular, que se dio en un ámbito de cambio económico
muy profundo, caracterizado por un mayor orden macroeconómico,
el control de la inflación y la apertura de los mercados”, señala
Javier Tizado, director general de Siderar y vicepresidente de productos
planos y energía de la Organización Techint.
“En los
negocios donde siempre participamos también se dio una gran transformación,
porque nuestro cliente principal dejó de ser el Estado y, por lo
tanto, hubo que desarrollar una estrategia de reconversión. La
decisión que tomamos en ese momento fue crecer en un número
limitado de actividades, concentrando los esfuerzos en negocios donde
teníamos tradición y conocimiento.”
-¿Dejar
de tener al Estado como principal cliente representó un cambio
traumático?
-Para nosotros,
las privatizaciones significaron un conjunto de nuevas oportunidades que,
en general, fueron encaradas con mucho éxito. La experiencia de
estos últimos años de fuerte relación con el sector
privado desmiente una vieja acusación que se nos hizo en algún
momento, de ser dependientes del Estado. Justamente, cuando tuvimos más
éxito, crecimos más y nos proyectamos al exterior, fue cuando
el Estado dejó de ser un factor clave en los negocios donde participamos.
-El
grupo se retiró de varias de las empresas privatizadas en las que
había ingresado. ¿Fueron decisiones equivocadas?
-Dentro
del campo industrial, siempre tuvimos el control de las empresas privatizadas
en las que ingresamos. En el área de servicios, en cambio, acompañamos
a otros inversores con una participación parcial en el management,
como en Transportadora Gas del Norte y Telefónica de Argentina.
Cuando incursionamos en estas privatizaciones tuvimos una doble intención:
participar en el negocio del servicio y posicionarnos como proveedores
en las obras de ingeniería y construcción que iban a demandar
las empresas privatizadas para modernizar sus servicios. Además,
como perdíamos a nuestro cliente principal que era el Estado, nos
permitía mantener contratos.
-¿Cuáles
cree que fueron las medidas más positivas y las más negativas
para la industria durante el gobierno de Menem?
-En general,
todo el contexto en el que se maneja la industria mejoró sustancialmente.
Hubo un esfuerzo importante en la reestructuración impositiva con
la eliminación de los impuestos a la energía, los combustibles,
los cheques, y la disminución de los impuestos al trabajo. Y también
se registraron mejoras importantes en la infraestructura de transporte,
las comunicaciones y el sector eléctrico. En cuanto a lo negativo,
tal vez lo más destacado haya sido la imposibilidad de avanzar
en una legislación laboral más flexible.
-En
los últimos meses surgieron desde el sector industrial duras críticas
a la apertura de la economía, e incluso el grupo Techint pidió
algunas medidas para protegerse de las importaciones brasileñas.
-El tamaño
de las industrias brasileñas es mucho mayor que el de las argentinas.
Si bien en estos últimos años el país progresó
notablemente en competitividad, si se permite que los brasileños
discriminen precios según el destino de venta, las posibilidades
para desarrollar, y aun para sostener, muchas industrias en la Argentina
desaparecen. Una de las asignaturas pendientes es contar con una organización
muy ágil para gestionar denuncias de dumping y subsidios
en tiempos cortos, como se hace en Estados Unidos.
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Eduardo
Elsztain, Irsa
Las inversiones
que faltan
Hace diez
años, Asset Management, una firma consultora fundada por Eduardo
Elsztain y Marcelo Mindlin, daba sus primeros pasos, asesorando a potenciales
inversores extranjeros sobre las ventajas de apostar por la Argentina.
Todavía no habían dado el gran salto adelante, que fue golpear
las puertas del célebre financista George Soros en Nueva York.
Hasta entonces,
la experiencia de Elsztain se limitaba a una empresa familiar especializada
en pequeñas operaciones inmobiliarias y difícilmente se
podía imaginar que diez años después estaría
al frente de Irsa, la mayor compañía de bienes raíces
de la Argentina, con activos inmobiliarios por más de US$ 1.100
millones, ocho shoppings en todo el país que facturan
en conjunto US$ 1.300 millones anuales tres hoteles (Llao-Llao,
Inter*Continental y Libertador) e inversiones diversificadas en Brasil
y Venezuela.
“Cuando
comenzamos con Asset Management, en 1988, la situación del país
era realmente muy mala. Resultaba difícil planear cualquier tipo
de inversión. Pero igual estábamos convencidos de que las
cosas iban a mejorar, aunque no imaginábamos cambios tan grandes.
En ese momento éramos muy optimistas con respecto al futuro, pero
no tanto”, reconoce Elsztain.
-¿Cuál
es, en su opinión, el balance de estos últimos diez años
para el sector privado?
-Los logros
fueron muchos: la desregulación de los mercados, las privatizaciones,
la baja del déficit fiscal y, especialmente, llegar a tener una
moneda, algo que para una empresa es esencial ya que permite comparar
balances y, en definitiva, ser más competitiva. Pero creo que todavía
hay importantes asignaturas pendientes, como alcanzar un mayor orden en
las cuentas fiscales y aumentar la inversión en educación,
que es el principal elemento de crecimiento de cualquier sociedad.
-Cuando
ustedes se asociaron con Soros lo convencieron con el argumento de que
los activos en la Argentina estaban muy subvaluados. ¿En qué
situación se encuentran hoy?
-En aquel
momento era indudable que los activos en la Argentina estaban muy baratos,
pero creo que aún hoy están subvaluados. En su momento,
el Merval llegó a tocar los 900 puntos, y hasta marzo de este año
estaba por debajo de los 400. El metro cuadrado en la Capital Federal
está en US$ 1.000 y si se lo compara con otros países similares,
sigue muy bajo. Creo que en la Argentina los activos todavía no
reflejan el impacto de la estabilidad por la falta de liquidez, ya que
sigue habiendo grandes oportunidades de negocio.
-Irsa
comenzó invirtiendo en oficinas, después se fue diversificando
hacia viviendas y, en los últimos dos años, se volcó
al retail. ¿Hacia dónde apuntan ahora?
-Desde
que comenzamos diseñamos una estrategia de inversiones, apuntando
a las oficinas, terrenos y viviendas. En 1997, con el aumento de capital
por US$ 232 millones, nos volcamos al negocio del retail pero trabajando
en cada caso con diferentes estrategias y equipos de administración.
Las oficinas son nuestra inversión más conservadora y el
retail es mucho más cíclico. El último negocio
donde vimos un potencial de crecimiento interesante es el turismo. Ya
tenemos tres hoteles y creemos que el sector puede ser uno de nuestros
próximos ejes de expansión.
-¿Cómo
encaja en esa estrategia la compra de parte del Banco Hipotecario?
-Se trata
de una inversión a largo plazo. Creo que los préstamos hipotecarios
van a tener un gran desarrollo en los próximos años partiendo
de que el nivel actual es muy bajo. En la década de los ´80 el
crédito hipotecario prácticamente desapareció y en
los ´90 tuvo una tímida reaparición, pero todavía
necesita una expansión muy grande. Durante la última década
hubo períodos de mejoras sensibles, pero el último año,
con las crisis internacionales, fue el más duro. Ahora, el objetivo
es obtener una calificación de investment grade. Si la Argentina
logra pasar esta prueba creo que va a salir muy fortalecida.
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Para que no se rompa
el círculo virtuoso
Por
Jorge Bustamante*
Uno de
los fenómenos económicos más relevantes de la década
ha sido la reversión del proceso de fuga de capitales que, por
largo tiempo, azotó a la Argentina.
La fuga
de capitales llevó a que no existiera en el país inversión
genuina ni crédito para el desarrollo. Ante la ausencia de capital,
el Estado debió recurrir a la inflación para financiarse
y apelar a manipulaciones fiscales para asignar recursos públicos
en favor de empresarios con lobby. Cuanta mayor discrecionalidad,
mayor incertidumbre y mayor la fuga de capitales. Cuanto mayor la fuga
de capitales, mayor la intervención estatal para solucionar los
reclamos sectoriales caso por caso. Y, al final, la explosión hiperinflacionaria.
Los tres
pilares de la reforma económica (convertibilidad, equilibrio fiscal
y Plan Brady) más las privatizaciones, la apertura y la desregulación,
revirtieron esa situación con la iniciación de un círculo
virtuoso: menor riesgo país, ingreso de capitales, incremento de
reservas, expansión monetaria, menores tasas de interés,
mayor actividad económica y cambio de precios relativos.
En este
punto, la macroeconomía tomó contacto con el sector privado:
el cambio de precios relativos implicó un aumento de precios en
los no transables (sueldos, impuestos, servicios públicos
y privados y algunos productos) y una reducción de precios en los
transables (bienes importados). El cambio de precios relativos,
a la vez, tornó atractiva la inversión en el primer grupo
de empresas, y forzó a las segundas a encarar fuertes procesos
de reconversión empresaria.
La continuidad
del círculo virtuoso requiere que estos esfuerzos sean acompañados
por el resto de la economía: servicios públicos a costo
internacional, flexibilidad laboral, presión fiscal razonable,
ausencia de protección a los insumos y acceso al crédito
bancario. Además de intangibles como buen management, seguridad
jurídica y respeto a los property rights.
Cuando
ello ocurre, el salto en productividad implica superávit comercial,
menor riesgo país y nuevo impulso al círculo virtuoso. En
sus giros, aumenta el empleo y los salarios reales, y se vuelcan así
a gran parte de la población los beneficios del crecimiento.
Sin embargo,
la economía ideal funciona a partir de un país dado y en
el marco de las exigencias políticas. Por ello, la reconversión
tuvo desajustes y asimetrías, ahora agravadas, ante un shock
externo que reduce los precios y pone de manifiesto la rigidez de los
costos.
Grandes
empresas tuvieron acceso al mercado de capitales mientras las pequeñas
se enfrentaron a un sistema financiero atemorizado por las crisis y reacio
a prestar a las Pymes. Los grandes empleadores redujeron personal para
poder afrontar el pago de sueldos… y aportes que antes no realizaban.
La ausencia de flexibilidad laboral y el mantenimiento de numerosas regulaciones
han impedido que el sector privado pudiera negociar bien sus costos, una
circunstancia que ahora se refleja en el déficit comercial.
Estos desvíos
del ideal son graves, pero no insuperables. Se pagan con recesión
y desempleo, pero no con una explosión hiperinflacionaria como
ocurrió en el pasado. La columna vertebral del modelo radica en
la convicción colectiva de que debe ser mantenido. Esa convicción
se transmite a través de las encuestas y de los votos, forzando
a los políticos a apoyarla.
Entre tanto,
continúa la inversión directa en la Argentina, continúa
la transformación de toda la infraestructura de servicios, continúa
la reconversión productiva, continúa la búsqueda
de excelencia en los niveles gerenciales, continúa la mejora de
competitividad internacional.
A la larga,
las distorsiones no pueden subsistir, porque dos más dos no son
cinco. Como la combinación entre opinión publica y los intereses
empresarios ahora converge en el mantenimiento de la estabilidad, los
procesos políticos se adecuarán a los requerimientos del
sentido común. Y la Argentina continuará en el círculo
virtuoso. O así lo espero.
(*)
Director ejecutivo del banco de inversión Merchant Bankers Asociados. |
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Juan
Navarro, The Exxel Group
Una nueva magnitud
del mercado
Hacía
tres años que Juan Navarro había llegado a la Argentina
para trabajar en el proyecto del Citicorp Equity Investment (CEI), cuando
Carlos Menem asumió la presidencia. Dos años después,
ya desvinculado del Citi, Navarro se decidió a probar suerte por
cuenta propia y, con un capital inicial de US$ 40 millones, puso en marcha
The Exxel Group. El fondo de inversión que preside pasó
a convertirse en uno de los grupos más poderosos de la Argentina,
con ventas consolidadas por más de US$ 3.500 millones e inversiones
diversificadas en alimentos, indumentaria, retail, servicio postal
y medicina prepaga.
-¿Qué
le dejaron al sector privado estos diez años de Menem?
-Desde
el punto de vista económico y financiero, esta última década
del siglo puede haber sido la más importante y transformadora.
El cambio y la aplicación de nuevas reglas económicas pusieron
fin a la participación desmesurada que tuvo el Estado en la economía,
para dejar lugar al establecimiento de una economía de mercado
con libertad de precios, mayor competencia y con regulaciones. La combinación
de estabilidad monetaria y baja inflación con la apertura de mercados
funcionó, a la vez, como un importante atractivo de flujo de capital
internacional que se volcó en fuertes inversiones en las compañías
privadas y públicas.
-¿Cuáles
cree usted que fueron los sectores más beneficiados por el proceso
de apertura económica y cuáles fueron los más perjudicados?
-No soy
partidario de sacar ese tipo de cuentas. Rara vez reflejan lo que realmente
ocurrió. Fue la economía argentina, en su conjunto y por
imperio de la globalización, la que impulsó un cambio que
requirió la rápida reacción de los actores económicos.
Hubo quienes pudieron avanzar en ese contexto nuevo. Hubo quienes prefirieron
dar un paso al costado por razones siempre distintas y específicas
en cada caso. De todos modos, aparecieron otros actores, otros emprendedores,
para ocupar sitios nuevos y distintos en un contexto nuevo y dinámico.
-¿Cree
que el proceso de multinacionalización y la llegada de fondos de
inversión que registró la economía argentina en esta
última década ya tocó su techo, o seguirá
durante los próximos años?
-Mientras
las reglas que dieron espacio a la modernización de las actividades
económicas se mantengan y respeten, el país tendrá
por delante una corriente de capitales de inversión constante e
importante. Hay muchas actividades cuyas empresas siguen requiriendo inyecciones
de capital y transformaciones operativas para alcanzar las metas más
elevadas que sus tasas de crecimiento potencial están indicando.
Creer lo contrario equivaldría a pensar que la Argentina y los
otros países de la región han hecho todo lo que podían
hacer. Y eso no es cierto. La historia del mundo es más larga.
Insisto: el ciclo de expansión en el ingreso de capitales registrado
a lo largo de estos años se mantendrá en la medida en que
las autoridades políticas y económicas sostengan señales
de que persisten claramente en el mismo rumbo.
-De
los sectores donde opera el Exxel, ¿cuál cree que fue el que
experimentó una transformación más grande?
-Quizá
la transformación más poderosa fue la modernización
acelerada del comercio. El cambio de reglas propulsó la aparición
y consolidación de nuevos sistemas y estructuras de distribución
y ventas que produjo, a la vez, fuertes y positivas innovaciones en el
sector de proveedores. El principal exponente de ese cambio fue el sector
supermercadista, que lidera la facturación del comercio minorista
con niveles próximos a los US$ 16.000 millones y una estructura
comercial casi flamante. Pero la transformación en el comercio
es sólo la más visible. También en la industria y
en la producción primaria los avances fueron importantísimos.
El factor que más creció en la economía argentina
en la década de los ´90 fue la productividad, y ese aumento se
reflejó de distintas maneras en las principales actividades.
-En
el negocio de los supermercados, donde el Exxel tiene una importante presencia,
¿continuará el proceso de concentración?
-Una visión
de largo plazo del sector anticipa un escenario de alta competencia y
una tendencia bien marcada hacia la regionalización de los servicios
de las cadenas más expansivas. Es natural y positivo. La apertura
interregional cambió desde hace rato la dimensión real y
potencial del mercado. Quienes hablan con liviandad o con intención
proselitista de concentración económica, olvidan
que estamos ante una nueva magnitud del mercado. La apertura al comercio
y la integración regional.
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Oscar
Vicente, Perez Companc
“Nadie lo hizo
tan rápido ni mejor”
Perez Companc
fue una de los grupos argentinos más activos en el proceso de privatizaciones.
Antes de 1989, ya había diversificado su cartera de negocios que,
para entonces, abarcaba desde fábricas de chocolate, como Aguila,
hasta inversiones en cemento, como San Martín.
“Nuestro
corazón estaba en los hidrocarburos, pero a medida que íbamos
teniendo utilidades, no podíamos avanzar en esa actividad porque
el Estado tenía una posición monopólica a través
de YPF. Si bien se habían hecho intentos de privatización
nunca fueron globales y no se dejaba crecer al sector privado. Esto tampoco
sucedía en los países limítrofes donde nosotros teníamos
presencia”, explica Oscar Vicente, vicepresidente ejecutivo del holding
que hoy factura US$ 1.300 millones.
A partir
de la puesta en marcha del proceso de privatizaciones, el grupo comenzó
a rediseñar su estructura de negocios. “Entonces vendimos nuestra
participación en Carrefour, en Aguila, en Cementos San Martín,
para desprendernos de actividades marginales, no desde el punto de vista
del negocio, sino del conocimiento, y tratamos de incrementar nuestra
actividad en energía a nivel integral, tanto en explotación
y exploración de gas y petróleo como en generación
eléctrica, transporte y distribución”.
Perez Companc
definió como core business el sector energético,
aunque mantiene inversiones en minería, forestación y fertilizantes.
Como parte de esa estrategia, el grupo fue tomando posiciones en firmas
como Transportadora de Gas del Sur, Odelval, Transener y Edesur. “De MetroGas
nos fuimos porque no es necesario estar en todos lados y la renta que
podíamos lograr saliendo era mejor que la que teníamos quedándonos”,
razona Vicente.
Claro que
no todo fue energía. Como la compañía tenía
relación con el sector de telecomunicaciones en el que, con PecomNec,
era contratista del Estado, también se anotó en la privatización
de Entel y se quedó con una parte de Telecom, actualmente en venta
sin apuro. Cuando la Argentina empezó a crecer, la empresa intensificó
su salida de otros negocios y más recientemente se desprendió
también de Alto Palermo y de la constructora Sade.
Entre las
críticas al proceso de reforma económica, Vicente reconoce
que el grupo estuvo en contra de que en algunas privatizaciones de áreas
centrales de petróleo, como Puesto Hernández, Huemul, Tordillo
y Vizcacheras, se pusiera como condición que los argentinos trajeran
a una firma internacional como operadora.
“No tuvimos
las mismas oportunidades que los extranjeros. Quizá pensaban que
no éramos capaces, que no teníamos la capacidad económica
para llevar adelante las inversiones o querían darle algún
beneficio a las firmas del exterior para que vinieran. Lo concreto es
que las internacionales se asociaban con las nacionales y las designaban
operadoras. Ellos confiaban en nosotros, mientras que el gobierno, que
tendría que haber incentivado más la participación
nacional, no lo hizo”, argumenta Vicente.
Sin embargo,
el número uno de Perez Companc piensa que nadie hubiera hecho mejor
que este gobierno todo lo que se hizo, simultáneamente y en todos
los frentes.
“Ningún
otro país lo hizo con tanta velocidad y eficiencia. Es fácil
criticar al gobierno en cosas puntuales pero siempre que se hace mucho
hay algo que se hace mal. Si vamos a los detalles, podemos criticar pero
hacer todo simultáneamente y bien, es difícil.”
Vicente
no elude, sin embargo, el tono crítico a la hora de referirse a
las políticas de incentivos a la industria y a las exportaciones.
“No alcanza con infraestructura y commodities. Hay que agregar
valor, hace falta volumen para tener industria, y para eso necesitamos
el Mercosur. También faltan estímulos al comercio exterior
pero, por ahora, el gobierno sólo quiere cobrar impuestos”.
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Memoria y balance
del sistema financiero
Por
Emilio J. Cárdenas*
Paso a
paso, en el transcurso de la última década (más precisamente,
desde 1991) el sistema financiero argentino atravesó por una profunda
y positiva transformación, en el marco de un cambio de rumbo que
afectó a la economía toda.
La Argentina
era un país acosado por dos olas de hiperinflación; prácticamente
no tenía moneda, ni crédito, ni un funcionamiento más
o menos moderno en su sistema financiero, ni tampoco mercado de capitales.
En ese
escenario, era imposible que la banca pudiera cumplir con su doble función
de administrar el ahorro y estimular la inversión productiva.
En muy
pocos años, la Argentina se convirtió en un país
con un sistema financiero estable, sano, bien supervisado, con una importante
participación de entidades del exterior de primera línea
y, más aún, transparente.
Cabe recordar,
además, que en 1991 la monetización argentina era de apenas
6,2%. Hoy sigue siendo más baja de lo que debiera, pero ha crecido
significativamente, al situarse en torno de 24%.
Algo parecido
ocurrió en el mercado de capitales. En 1991, el índice de
capitalización bursátil en la Argentina era casi despreciable:
alrededor de 3,3%. Hoy, en cambio, se ubica en torno a 53,4%.
Todavía,
no obstante, puede mejorarse el perfil de un sistema que sólo ha
comenzado a acercarse a los niveles de eficiencia y productividad modernos.
La transformación
y modernización del sistema financiero de nuestro país se
logró mediante la adopción de una serie de medidas legales
y reglamentarias fundamentales. Entre ellas:
- la Ley
de Convertibilidad, que generó estabilidad, impuso la disciplina
fiscal y por sobre todo dejó atrás el impuesto
inflacionario con el que, lamentablemente, estábamos acostumbrados
a convivir;
- la definición
de un Banco Central activo y realmente independiente;
- la eliminación
y depuración de toda una serie de impuestos nacionales, de naturaleza
absolutamente regresiva, que gravaban la actividad financiera y el mercado
de capitales;
- la privatización
de buena parte de la castigada banca oficial;
- la creación
de los Fondos de Jubilaciones y Pensiones, que permiten el ahorro y,
en consecuencia, la inversión de largo plazo;
- la reglamentación
de instrumentos financieros modernos, como las obligaciones negociables.
Pero hay
todavía mucho que progresar porque, pese a la mejoría registrada,
lo cierto es que la monetización de nuestra economía es
todavía baja. Esto es, insuficiente. Lo que provoca escasez relativa
de crédito y el mantenimiento de tasas de interés que todavía
son altas.
Otro elemento
clave en la modernización del sistema financiero argentino ha sido,
a mi modo de ver, el mejoramiento de la función de contralor que
es propia de la Superintendencia de Bancos, y la adopción y aplicación,
en nuestro medio, de las llamadas reglas de Basilea.
Es obvio
que un sistema financiero debidamente controlado y supervisado transmite
confianza al público. Esto ha quedado nuevamente confirmado cuando
ni la crisis de Rusia ni la de Brasil (el año pasado y a comienzos
de éste, respectivamente) afectaron sustancialmente el nivel de
depósitos en moneda local y extranjera en el sistema. Todo un logro.
La cantidad
de entidades financieras, por lo demás, también ha disminuido.
Hoy opera apenas un centenar. Se registró un proceso de fusiones,
amalgamas y concentración que ha estimulado el fortalecimiento
general del sector.
En diciembre
de 1996, el Banco Central, preocupado por los movimientos súbitos
de los capitales de corto plazo (provocados por razones exógenas)
estructuró un mecanismo novedoso que apunta a reducir la vulnerabilidad
del sistema en su conjunto, mediante la contratación de una red
de seguridad con algunos bancos internacionales. Estos han asumido
así, ex-ante, el compromiso de prestar automáticamente
a nuestro país en el supuesto de que aparezca una repentina crisis
de liquidez. El costo de esta red de seguridad es compartido por el Banco
Central y las instituciones financieras particulares.
Si bien
las reformas han estimulado la confianza del público en el sistema
financiero argentino, queda todavía alguna asignatura pendiente.
El acceso al crédito de la pequeña y mediana empresa es
todavía insuficiente. En esto se debe, claramente, mejorar aún.
El balance
de la década es, no obstante, fuertemente positivo.
La Argentina
cuenta con un sistema financiero que, fortalecido, ha ingresado en un
proceso de rápida modernización. Pese a todo, queda aún
mucho por hacer en materia de aumento de productividad, adopción
e incorporación de las últimas tecnologías y mejoramiento
de la eficiencia operativa en general.
En rigor,
en estos temas nunca está dicha la última palabra. De allí
que la tarea en la que estamos empeñados deba continuar, porque
como en tantas cosas en esto también el atraso comienza
cuando cesa el esfuerzo.
La Argentina,
como alguna vez dijera el presidente Menem, con razón, fue un país
“donde no existía la más mínima posibilidad de reflexionar
sobre el futuro porque, sencillamente, no tenía presente”. De la
cultura de la especulación hemos evolucionado hacia la de la producción.
Todavía nos queda mucho por hacer. Pero siempre es así.
Ahora contamos
con un sistema financiero que tiene fortaleza y estamos en condiciones
de trabajar todos por mejorarlo aún más. Esto
es trabajar por su futuro y el del país.
(*)
Director ejecutivo de HSBC Roberts SA de Inversiones. |
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Jorge
Vázquez, Bozell Vázquez
Otro negocio,
otros clientes
A la hora
de hacer un repaso de la publicidad en la década de los ´90, el
nombre de Jorge Vázquez resulta casi emblemático. En 1989,
el empresario que se sigue definiendo como un creativo estaba
al frente de Ayer Vázquez, una agencia mediana con apenas dos años
de historia y escasas posibilidades de presentar batalla a los gigantes
del negocio.
“Eramos
una firma pequeña, pero dotada de gran tecnología. Vivíamos
en una época muy complicada para todos, porque un atraso de 24
horas en el cobro de un cheque podía significar no cubrir los costos.
Nuestro gran acierto fue prever el cambio en los clientes. Hasta ese momento,
las grandes cuentas eran las gaseosas, las automotrices o las tabacaleras,
pero nos dimos cuenta de que iban a surgir con mucha fuerza las empresas
privatizadas. Por eso pusimos el énfasis en la tecnología
y diseñamos una agencia, que en la jerga interna llamábamos
el portaaviones, capaz de ofrecerles a los clientes los servicios
y soportes técnicos que se iban a necesitar para enfrentar el cambio.”
Los números
le dieron la razón a Vázquez quien, a apenas tres años
de la puesta en marcha del proceso privatizador, escaló al primer
lugar del ranking de agencias, un puesto que conservó durante
cuatro años (entre 1993 y 1996).
“A principios
de los ´90 nos resultaba difícil pelear contra el lobby
de las grandes agencias, pero el punto de inflexión llegó
cuando ganamos el concurso de YPF en diciembre de 1991 y empezamos a trabajar
en todos los cambios que impulsó José Estenssoro. La pérdida
de esta cuenta fue un impacto muy profundo en nuestra estructura, porque
en ese momento YPF estaba facturando US$ 30 millones anuales y en gran
parte explica nuestra baja al quinto puesto en el ranking del sector”,
reconoce.
Sin embargo,
algunos de sus colegas aseguran que el ascenso de la agencia se debió,
sobre todo, al apoyo del gobierno de Menem, para el que Vázquez
trabajó en una campaña.
“Siempre
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