Gran Bretaña se mueve lenta y dolorosamente hacia la integración
con el emergente estado federal europeo. Pero existe un escenario completamente
diferente y revolucionario: que Gran Bretaña y otras naciones de habla
inglesa como Canadá, Australia y Nueva Zelanda, se unan a Estados Unidos.
Hace un año, el magnate de la prensa canadiense Conrad Black inició
el debate, al sugerir que Gran Bretaña podría incorporarse al
Nafta. La Zona Norteamericana de Libre Comercio sería rebautizada como
Zona de Libre Comercio del Atlántico Norte, sin cambiar la sigla.
El debate causó cierto revuelo, sobre todo tras la revelación
de documentos secretos que indicaban que, en 1967, el presidente Lyndon B. Johnson
y el primer ministro Harold Wilson analizaron seriamente la posibilidad de unir
ambos países.
Ambigüedad frente a Europa
La posición de Tony Blair con respecto al euro es enigmática.
En muchos aspectos, parece un ferviente defensor de la independencia británica.
Por lo menos, demuestra en todo lo que puede su patriotismo e invoca a la especial
relación con Estados Unidos. En cuestiones de política externa
y seguridad global, trata a otros países europeos como jugadores menores.
En conversaciones privadas, da la impresión de defender los fundamentos
de la soberanía británica como cuestiones no negociables. Sin
embargo, desde que asumió el cargo, en 1997, el acercamiento al superestado
europeo ha avanzado inexorablemente. Algunos de sus críticos lo acusan
de ambivalencia y de un cierto maquiavelismo. El diario Daily Mail ha
dicho que su política europea (que consistiría en tranquilizar
públicamente a los británicos y permitir en privado el avance
de la máquina gubernamental) es la mayor estratagema de la historia británica.
Otros lo califican de confuso y soñador, un hombre que cree que puede
encontrar la cuadratura del círculo: colocar a Gran Bretaña según
sus palabras "en el corazón de Europa", mientras preserva
intacta su independencia.
Blair promete que convocará a un referéndum antes de abandonar
la libra esterlina y abrazar el euro. En los círculos gubernamentales
se cree que, a medida que se vaya aceptando en Europa y en el mundo, el euro
terminará siendo considerado por los británicos como algo inevitable.
Pero eso no significa que comprarán todo el paquete federal europeo.
Un enfoque pragmático
Los británicos son pragmáticos: no se oponen a cambiar viejos
hábitos si se los convence de que obtendrán algo más valioso
a cambio. No están filosóficamente en contra de la Unión
Europea, pero muchos ven en la Europa de hoy un socio poco atrayente.
La UE exhibe un desempleo promedio muy alto, de 10 a 12%, con picos de hasta
20% en algunos países.
Además, el desempleo probablemente aumentará cuando los administradores
de Bruselas y de los países miembros eleven el costo laboral con aumentos
del salario mínimo, la semana de 35 horas e incrementos de las ya onerosas
cargas sociales para los empleadores.
El crecimiento económico en Europa continental es lento, la productividad
es baja, las reglamentaciones y restricciones para la creación de nuevas
empresas son engorrosas y la mayoría de los países europeos tiene
un gran sector público.
A los ojos de los británicos, Europa está atrasada, es ineficiente,
doctrinaria y poco práctica para los negocios. Es significativo que Gran
Bretaña, con menos de 20% de la población europea, atraiga más
de 50% de la inversión total de Estados Unidos y Japón en Europa.
Made in USA
Por el contrario, cuando los británicos observan el desempeño
actual y los proyectos futuros de Estados Unidos, les gusta lo que ven: pleno
empleo, baja inflación, alta productividad, crecimiento sostenido, un
presupuesto equilibrado, mínimas reglamentaciónes, oportunidades
ilimitadas y un agudo y omnipresente soplo de libertad. Estados Unidos ingresa
al tercer milenio en mejores condiciones que muchas otras grandes naciones.
Los empresarios británicos sienten la creciente urgencia de unirse a
la caravana de éxitos de Estados Unidos.
Las empresas británicas están divididas en Europa. En muchas
grandes corporaciones, especialmente aquellas vinculadas con el gobierno, incluyendo
partes privatizadas del antiguo sector público, dicen que aceptarían
unirse a la Europa federal. También las empresas cuyas actividades se
centran principalmente en la importación/exportación con Europa.
Sin embargo, las corporaciones más dinámicas, prefieren el escenario
mundial y sospechan del proteccionismo europeo y del inquietante socialismo
que parte de Bruselas. Señalan que desde que Gran Bretaña se unió
a la Comunidad Europea, su comercio con el mundo no europeo creció dos
veces el índice de su comercio con Europa. Ven a Gran Bretaña
como un jugador global y no regional y preferirían que Gran Bretaña
se relacionara con el mayor jugador de todos, Estados Unidos.
Lo mismo piensa la gente de la calle. Para ellos, Estados Unidos no es un país
extraño, sino "parte de la familia". Gran Bretaña y
Estados Unidos comparten el idioma y la cultura, el mismo sistema legal, el
mismo arraigado respeto por la democracia y las instituciones representativas,
la misma religión y principios morales y como si esto fuera poco el
mismo sentido del humor.
El reciente juicio político al Presidente Clinton, que resultó
incomprensible para Europa continental, no pareció descabellado para
los británicos. Los principios detrás del proceso el supuesto
de que ningún representante del estado, independientemente de su investidura,
está por encima de la ley y muchas de las formas y términos resultaron
absolutamente conocidos para los británicos, que inventaron el juicio
político en el siglo XVII y lo han usado en 60 oportunidades. Esta es
una prueba más de los orígenes comunes de Estados Unidos y Gran
Bretaña.
Y además, aunque la opinión estadounidense oficial solía
favorecer la aparición de un estado federal europeo, pensando que sería
una reproducción del sistema de Estados Unidos (y, por lo tanto, urgiendo
a Gran Bretaña a unirse), Washington se ha tornado cada vez más
crítico de la política de la Unión Europea.
Europa parece proteccionista, no liberal, cuasi socialista en muchas formas
y por último incapaz de actuar en conjunto sobre todo el rango de cuestiones
de política externa y militar, especialmente en los Balcanes y Medio
Oriente.
Por lo tanto, Estados Unidos y Gran Bretaña se han visto forzadas a
actuar juntas, a menudo solas.
La relación especial entre Gran Bretaña y Estados Unidos nunca
ha estado tan viva, ha sido tan estrecha o parecido tan esencial. Este hecho
también traerá cambios de actitud a ambos lados del Atlántico.
Con estos antecedentes, existen temas concretos para discutir en detalle lo
que podría significar una unión entre Gran Bretaña y Estados
Unidos, por más improbable que parezca actualmente. Y lo primero que
debe observarse es que no solamente se relaciona con la posibilidad de que Gran
Bretaña se convierta en el estado número 51 con una población
de 60 millones, que se corresponde en riqueza y recursos. Gran Bretaña
podría representar alrededor de diez estados si nos basamos (como en
el caso de Nueva Inglaterra) en sus fronteras históricas. Por ejemplo,
los Home Counties (en Londres), los del South East, Wessex, East Anglia y Midlands,
Lancashire, Yorkshire, Escocia, Gales y el Ulster podrían enviar cada
una dos miembros al Senado, donde formarían el bloque mayor y quizá
el más homogéneo.
Nuevamente, la población de Gran Bretaña le permitiría
contar con más miembros en la Cámara de Diputados que California
(población de 32 millones) y el estado de Nueva York (población
de 18 millones) juntos. Quienes imaginen a ambos lados del Atlántico
que una unión involucraría la completa absorción de Gran
Bretaña por los poderosos Estados Unidos deberían reflexionar
que, como ningún presidente tiene la posibilidad de llegar a la Casa
Blanca sin los votos de California y Nueva York, si los estados británicos
trabajaran juntos podrían determinar con su voto quién será
el presidente. Ciertamente también podrían ejercer su derecho
al veto.
En realidad, una vez que la unión comience a funcionar y los miembros
británicos de ambas cámaras del Congreso comiencen a conocer el
terreno y a hacer sentir su peso, un candidato británico para presidente
no significaría una posibilidad muy lejana.
Tampoco terminarían allí los condicionamientos. Si Gran Bretaña
se uniera a Estados Unidos, Canadá también lo haría y las
diez provincias de Canadá formarían nuevos estados de la Unión,
cada uno enviando dos miembros al Senado. Por virtud de sus 30 millones de habitantes,
Canadá tendría un grupo de bancas en la Cámara de Representantes
tan grande como California.
Con el acceso de Canadá, estaríamos hablando de una unión
de países de habla inglesa que ascenderían a más de 370
millones de habitantes. ¿En estas circunstancias, Australia y Nueva Zelanda
querrían quedar afuera? Están en el otro lado del mundo, pero
cultural, legal y políticamente, sus orígenes son los mismos de
Gran Bretaña, Canadá y Estados Unidos.
Los países de Australasia han manifestado e insistido en décadas
recientes que están indisolublemente vinculados a Asia y al Lejano Oriente,
y así es geográficamente, pero ahora se han desilusionado sobre
su futuro como socios comerciales de Asia del Este. La recesión de esos
países, sobre la cual no tuvieron control, ha golpeado sus economías
con mucha dureza.
También necesitan otras opciones y debe recordarse que ni Australia
ni Nueva Zelanda, geopolíticamente ubicados en el borde de un Asia superpoblada,
son capaces de defenderse de un poder asiático importante sin la ayuda
de Estados Unidos.
Si pudiesen elegir, las naciones de Australasia aceptarían la oportunidad
de la nave insignia global conformada por Estados Unidos, Gran Bretaña
y Canadá. Eso significaría que los seis estados de Australia New
South Wales, Queensland, Australia del Sur, Tasmania, Victoria y Australia Occidental
también se convertirían en estados de Estados Unidos, cada uno
enviando dos miembros al Senado. La población de Australia, de casi 18
millones de personas, tendría una representación en la Cámara
Baja del Congreso, prácticamente igual al estado de Nueva York. La población
de Nueva Zelanda, de casi 4 millones le daría tanto empuje a la Cámara
de Representantes como Kentucky o Minnesota.
Esta nueva unión política, económica y social de los pueblos
de habla inglesa formaría el estado más potente e influyente que
el mundo haya visto alguna vez. Existen tres consecuencias inmediatamente previsibles
que podrían seguirle.
En primer lugar, la zona de libre comercio y divisa común que se crearía
actuaría como un inmenso estímulo para todos los participantes.
Los cinco Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Australia y Nueva
Zelanda gozarían de la mejor reputación por competitividad en
el Foro Económico Mundial de Ginebra.
Unidos y operando en conjunto, formando lo que se conocería como la
economía más grande y de mayor penetración que el mundo
presenció alguna vez, formarían un superestado con un formidable
liderazgo económico para el ingreso al tercer milenio, asegurando crecimiento
y prosperidad para el Siglo XXI.
En segundo lugar, la nueva unión confirmaría en un futuro previsible
la hegemonía de los pueblos angloparlantes, reunidos en la nación
más poderosa y rica del mundo. Esto sería una liberación
y un reaseguramiento tanto para los ciudadanos estadounidenses como para quienes
se les unieran.
En tercer lugar, y si la historia sirve de guía, lo más importante
es que un nuevo gran estado expandido, basado en orígenes culturales,
legales, políticos y morales comunes, mantendría la paz en el
mundo con mucha mayor eficiencia que cualquier otra oferta actual.
Tan especial relación se transformaría en una política
común, la OTAN se convertiría en una organización de seguridad
para el mundo entero y el nuevo estado contaría con fuerzas armadas incomparablemente
más poderosas y con bases en todo el mundo que cualquier competencia
posible.
Hasta ahora, Estados Unidos descubrió que con la ayuda de Gran Bretaña
es especialmente difícil mantener a raya a sus socios europeos o hasta
realizar un esfuerzo para manejar a rufianes internacionales como Saddam Hussein,
de Iraq, o el Coronel Muammar el-Gaddafi, de Libia, o mantener separados a los
combatientes en Bosnia o Kosovo.
Divididos entre sí, y ante la posibilidad de ganar algún dinero
rápidamente a partir de la venta de armas en lugar de preocuparse por
los intereses de la comunidad internacional, Francia, Alemania y la mayoría
de los países europeos han sido muchas veces un obstáculo y no
una ayuda.
Ante un nuevo superestado de habla inglesa, lo que Europa continental haga
o deje de hacer tendría mucha menos importancia. Si fuese necesario,
el superestado anglo-americano podría manejar todas las emergencia globales
por sí mismo. El mundo tendría una policía global efectiva
por fin. Y hablaría inglés.
Por lo tanto, vemos que existen razones prácticas y concluyentes por
las cuales tal posibilidad, discutida hace 30 años por Lyndon Johnson
y Harold Wilson debiera ser más que una fantasía. La idea merece
ser analizada, debatida y criticada a ambos lados del océano.
Vacas, Cerdos y Taxis
En Gran Bretaña no se puede matar una vaca ni una oveja ni un cerdo
si no es ante la presencia de un veterinario capacitado por la Unión
Europea. Así reza una de las directivas de Bruselas. Pero el tema de
quién paga a estos veterinarios tiene a la industria de la carne y a
los periodistas de Gran Bretaña en vilo.
De acuerdo con el ministro de alimentación de Gran Bretaña, Jeff
Rooker, la comisión europea espera que la industria privada cargue con
estos costos, y el gobierno británico también. Pero después
del 29 de marzo, cuando el gobierno deje de pagar las inspecciones, declaró
un vocero del ministerio. Los carniceros mayoristas de Gran Bretaña agregan
el costo de las inspectores veterinarios a sus cuentas a pagar, que representa
un costo total para la industria de US$ 120 millones al año.
La mayoría de los veterinarios del Reino Unido no están interesados
en inspeccionar la carne, por lo que quienes se hacen cargo de esta tarea son
contratados en España, Italia y Yugoslavia con mucho menos de una semana
de capacitación en higiene. Estos veterinarios, prácticamente
recién salidos de la facultad, tienen la máxima autoridad de la
inspección en los mataderos de Gran Bretaña.
En lo que respecta a las pequeñas granjas que proveen a muchos hoteles
y restaurantes, el costo de utilizar un inspector con título de veterinario
amenaza con hacerles cerrar sus negocios.
¿Cómo hacen los carniceros en el continente? Ignoran la parte que dice
que la industria debe pagar. En cada país de la Comunidad Europea, excepto
en Luxemburgo, los costos de las inspecciones son subvencionados con fondos
públicos, grita la prensa británica. (Luxemburgo, como habrán
adivinado, tiene muy pocos mataderos).
Otro grupo amenazado por lo burócratas de Bruselas es el de los taxis
londinenses. De acuerdo con una directiva que se infiltró en la prensa
británica a mediados de marzo, los taxistas de toda la Unión Europea
no pueden trabajar más de 48 horas a la semana y en esa actividad también
se incluirían tareas como lavar los taxis. Los taxis londinenses generalmente
trabajan 72 horas a la semana (Les lleva tres años completos de estudio
"conocer las calles de Londres", que es el requisito fundamental para
tener una licencia), la propuesta significaría una reducción salarial
de más de un tercio.
La directiva de Bruselas dejaría la vigilancia de los límites
de las horas de trabajo a los taxistas, una invitación para que los británicos,
que se ajustan a las leyes, las ignoren de la misma manera en que lo hacen los
habitantes del continente.
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¿El Equipo Soñado? Si las naciones |
Pero no espere que los taxistas peleen solos. "Si el gobierno de Gran
Bretaña intenta implementar esta legislación seriamente, los taxistas
saldrán a las calles en protesta", dice Christopher Martin, secretario
de la Asociación Privada de Autos de Alquiler de Londres, una asociación
comercial de taxis cuyos miembros representan alrededor de 40 % de los taxistas
londinenses. Su organización "defenderá enérgicamente
los derechos de los taxistas a trabajar cuando quieran".
Forbes Global Business & Finance/MERCADO
5 de Abril de 1999
Título Original en Inglés: Why Britain Should Join America.
