viernes, 29 de mayo de 2026

    Una potencia anglo-americana

    Gran Bretaña se mueve lenta y dolorosamente hacia la integración
    con el emergente estado federal europeo. Pero existe un escenario completamente
    diferente y revolucionario: que Gran Bretaña y otras naciones de habla
    inglesa como Canadá, Australia y Nueva Zelanda, se unan a Estados Unidos.

    Hace un año, el magnate de la prensa canadiense Conrad Black inició
    el debate, al sugerir que Gran Bretaña podría incorporarse al
    Nafta. La Zona Norteamericana de Libre Comercio sería rebautizada como
    Zona de Libre Comercio del Atlántico Norte, sin cambiar la sigla.

    El debate causó cierto revuelo, sobre todo tras la revelación
    de documentos secretos que indicaban que, en 1967, el presidente Lyndon B. Johnson
    y el primer ministro Harold Wilson analizaron seriamente la posibilidad de unir
    ambos países.

    Ambigüedad frente a Europa

    La posición de Tony Blair con respecto al euro es enigmática.
    En muchos aspectos, parece un ferviente defensor de la independencia británica.
    Por lo menos, demuestra en todo lo que puede su patriotismo e invoca a la especial
    relación con Estados Unidos. En cuestiones de política externa
    y seguridad global, trata a otros países europeos como jugadores menores.

    En conversaciones privadas, da la impresión de defender los fundamentos
    de la soberanía británica como cuestiones no negociables. Sin
    embargo, desde que asumió el cargo, en 1997, el acercamiento al superestado
    europeo ha avanzado inexorablemente. Algunos de sus críticos lo acusan
    de ambivalencia y de un cierto maquiavelismo. El diario Daily Mail ha
    dicho que su política europea (que consistiría en tranquilizar
    públicamente a los británicos y permitir en privado el avance
    de la máquina gubernamental) es la mayor estratagema de la historia británica.

    Otros lo califican de confuso y soñador, un hombre que cree que puede
    encontrar la cuadratura del círculo: colocar a Gran Bretaña según
    sus palabras "en el corazón de Europa", mientras preserva
    intacta su independencia.

    Blair promete que convocará a un referéndum antes de abandonar
    la libra esterlina y abrazar el euro. En los círculos gubernamentales
    se cree que, a medida que se vaya aceptando en Europa y en el mundo, el euro
    terminará siendo considerado por los británicos como algo inevitable.
    Pero eso no significa que comprarán todo el paquete federal europeo.

    Un enfoque pragmático

    Los británicos son pragmáticos: no se oponen a cambiar viejos
    hábitos si se los convence de que obtendrán algo más valioso
    a cambio. No están filosóficamente en contra de la Unión
    Europea, pero muchos ven en la Europa de hoy un socio poco atrayente.

    La UE exhibe un desempleo promedio muy alto, de 10 a 12%, con picos de hasta
    20% en algunos países.

    Además, el desempleo probablemente aumentará cuando los administradores
    de Bruselas y de los países miembros eleven el costo laboral con aumentos
    del salario mínimo, la semana de 35 horas e incrementos de las ya onerosas
    cargas sociales para los empleadores.

    El crecimiento económico en Europa continental es lento, la productividad
    es baja, las reglamentaciones y restricciones para la creación de nuevas
    empresas son engorrosas y la mayoría de los países europeos tiene
    un gran sector público.

    A los ojos de los británicos, Europa está atrasada, es ineficiente,
    doctrinaria y poco práctica para los negocios. Es significativo que Gran
    Bretaña, con menos de 20% de la población europea, atraiga más
    de 50% de la inversión total de Estados Unidos y Japón en Europa.

    Made in USA

    Por el contrario, cuando los británicos observan el desempeño
    actual y los proyectos futuros de Estados Unidos, les gusta lo que ven: pleno
    empleo, baja inflación, alta productividad, crecimiento sostenido, un
    presupuesto equilibrado, mínimas reglamentaciónes, oportunidades
    ilimitadas y un agudo y omnipresente soplo de libertad. Estados Unidos ingresa
    al tercer milenio en mejores condiciones que muchas otras grandes naciones.

    Los empresarios británicos sienten la creciente urgencia de unirse a
    la caravana de éxitos de Estados Unidos.

    Las empresas británicas están divididas en Europa. En muchas
    grandes corporaciones, especialmente aquellas vinculadas con el gobierno, incluyendo
    partes privatizadas del antiguo sector público, dicen que aceptarían
    unirse a la Europa federal. También las empresas cuyas actividades se
    centran principalmente en la importación/exportación con Europa.

    Sin embargo, las corporaciones más dinámicas, prefieren el escenario
    mundial y sospechan del proteccionismo europeo y del inquietante socialismo
    que parte de Bruselas. Señalan que desde que Gran Bretaña se unió
    a la Comunidad Europea, su comercio con el mundo no europeo creció dos
    veces el índice de su comercio con Europa. Ven a Gran Bretaña
    como un jugador global y no regional y preferirían que Gran Bretaña
    se relacionara con el mayor jugador de todos, Estados Unidos.

    Lo mismo piensa la gente de la calle. Para ellos, Estados Unidos no es un país
    extraño, sino "parte de la familia". Gran Bretaña y
    Estados Unidos comparten el idioma y la cultura, el mismo sistema legal, el
    mismo arraigado respeto por la democracia y las instituciones representativas,
    la misma religión y principios morales y como si esto fuera poco el
    mismo sentido del humor.

    El reciente juicio político al Presidente Clinton, que resultó
    incomprensible para Europa continental, no pareció descabellado para
    los británicos. Los principios detrás del proceso el supuesto
    de que ningún representante del estado, independientemente de su investidura,
    está por encima de la ley y muchas de las formas y términos resultaron
    absolutamente conocidos para los británicos, que inventaron el juicio
    político en el siglo XVII y lo han usado en 60 oportunidades. Esta es
    una prueba más de los orígenes comunes de Estados Unidos y Gran
    Bretaña.

    Y además, aunque la opinión estadounidense oficial solía
    favorecer la aparición de un estado federal europeo, pensando que sería
    una reproducción del sistema de Estados Unidos (y, por lo tanto, urgiendo
    a Gran Bretaña a unirse), Washington se ha tornado cada vez más
    crítico de la política de la Unión Europea.

    Europa parece proteccionista, no liberal, cuasi socialista en muchas formas
    y por último incapaz de actuar en conjunto sobre todo el rango de cuestiones
    de política externa y militar, especialmente en los Balcanes y Medio
    Oriente.

    Por lo tanto, Estados Unidos y Gran Bretaña se han visto forzadas a
    actuar juntas, a menudo solas.

    La relación especial entre Gran Bretaña y Estados Unidos nunca
    ha estado tan viva, ha sido tan estrecha o parecido tan esencial. Este hecho
    también traerá cambios de actitud a ambos lados del Atlántico.

    Con estos antecedentes, existen temas concretos para discutir en detalle lo
    que podría significar una unión entre Gran Bretaña y Estados
    Unidos, por más improbable que parezca actualmente. Y lo primero que
    debe observarse es que no solamente se relaciona con la posibilidad de que Gran
    Bretaña se convierta en el estado número 51 con una población
    de 60 millones, que se corresponde en riqueza y recursos. Gran Bretaña
    podría representar alrededor de diez estados si nos basamos (como en
    el caso de Nueva Inglaterra) en sus fronteras históricas. Por ejemplo,
    los Home Counties (en Londres), los del South East, Wessex, East Anglia y Midlands,
    Lancashire, Yorkshire, Escocia, Gales y el Ulster podrían enviar cada
    una dos miembros al Senado, donde formarían el bloque mayor y quizá
    el más homogéneo.

    Nuevamente, la población de Gran Bretaña le permitiría
    contar con más miembros en la Cámara de Diputados que California
    (población de 32 millones) y el estado de Nueva York (población
    de 18 millones) juntos. Quienes imaginen a ambos lados del Atlántico
    que una unión involucraría la completa absorción de Gran
    Bretaña por los poderosos Estados Unidos deberían reflexionar
    que, como ningún presidente tiene la posibilidad de llegar a la Casa
    Blanca sin los votos de California y Nueva York, si los estados británicos
    trabajaran juntos podrían determinar con su voto quién será
    el presidente. Ciertamente también podrían ejercer su derecho
    al veto.

    En realidad, una vez que la unión comience a funcionar y los miembros
    británicos de ambas cámaras del Congreso comiencen a conocer el
    terreno y a hacer sentir su peso, un candidato británico para presidente
    no significaría una posibilidad muy lejana.

    Tampoco terminarían allí los condicionamientos. Si Gran Bretaña
    se uniera a Estados Unidos, Canadá también lo haría y las
    diez provincias de Canadá formarían nuevos estados de la Unión,
    cada uno enviando dos miembros al Senado. Por virtud de sus 30 millones de habitantes,
    Canadá tendría un grupo de bancas en la Cámara de Representantes
    tan grande como California.

    Con el acceso de Canadá, estaríamos hablando de una unión
    de países de habla inglesa que ascenderían a más de 370
    millones de habitantes. ¿En estas circunstancias, Australia y Nueva Zelanda
    querrían quedar afuera? Están en el otro lado del mundo, pero
    cultural, legal y políticamente, sus orígenes son los mismos de
    Gran Bretaña, Canadá y Estados Unidos.

    Los países de Australasia han manifestado e insistido en décadas
    recientes que están indisolublemente vinculados a Asia y al Lejano Oriente,
    y así es geográficamente, pero ahora se han desilusionado sobre
    su futuro como socios comerciales de Asia del Este. La recesión de esos
    países, sobre la cual no tuvieron control, ha golpeado sus economías
    con mucha dureza.

    También necesitan otras opciones y debe recordarse que ni Australia
    ni Nueva Zelanda, geopolíticamente ubicados en el borde de un Asia superpoblada,
    son capaces de defenderse de un poder asiático importante sin la ayuda
    de Estados Unidos.

    Si pudiesen elegir, las naciones de Australasia aceptarían la oportunidad
    de la nave insignia global conformada por Estados Unidos, Gran Bretaña
    y Canadá. Eso significaría que los seis estados de Australia New
    South Wales, Queensland, Australia del Sur, Tasmania, Victoria y Australia Occidental
    también se convertirían en estados de Estados Unidos, cada uno
    enviando dos miembros al Senado. La población de Australia, de casi 18
    millones de personas, tendría una representación en la Cámara
    Baja del Congreso, prácticamente igual al estado de Nueva York. La población
    de Nueva Zelanda, de casi 4 millones le daría tanto empuje a la Cámara
    de Representantes como Kentucky o Minnesota.

    Esta nueva unión política, económica y social de los pueblos
    de habla inglesa formaría el estado más potente e influyente que
    el mundo haya visto alguna vez. Existen tres consecuencias inmediatamente previsibles
    que podrían seguirle.

    En primer lugar, la zona de libre comercio y divisa común que se crearía
    actuaría como un inmenso estímulo para todos los participantes.
    Los cinco Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Australia y Nueva
    Zelanda gozarían de la mejor reputación por competitividad en
    el Foro Económico Mundial de Ginebra.

    Unidos y operando en conjunto, formando lo que se conocería como la
    economía más grande y de mayor penetración que el mundo
    presenció alguna vez, formarían un superestado con un formidable
    liderazgo económico para el ingreso al tercer milenio, asegurando crecimiento
    y prosperidad para el Siglo XXI.

    En segundo lugar, la nueva unión confirmaría en un futuro previsible
    la hegemonía de los pueblos angloparlantes, reunidos en la nación
    más poderosa y rica del mundo. Esto sería una liberación
    y un reaseguramiento tanto para los ciudadanos estadounidenses como para quienes
    se les unieran.

    En tercer lugar, y si la historia sirve de guía, lo más importante
    es que un nuevo gran estado expandido, basado en orígenes culturales,
    legales, políticos y morales comunes, mantendría la paz en el
    mundo con mucha mayor eficiencia que cualquier otra oferta actual.

    Tan especial relación se transformaría en una política
    común, la OTAN se convertiría en una organización de seguridad
    para el mundo entero y el nuevo estado contaría con fuerzas armadas incomparablemente
    más poderosas y con bases en todo el mundo que cualquier competencia
    posible.

    Hasta ahora, Estados Unidos descubrió que con la ayuda de Gran Bretaña
    es especialmente difícil mantener a raya a sus socios europeos o hasta
    realizar un esfuerzo para manejar a rufianes internacionales como Saddam Hussein,
    de Iraq, o el Coronel Muammar el-Gaddafi, de Libia, o mantener separados a los
    combatientes en Bosnia o Kosovo.

    Divididos entre sí, y ante la posibilidad de ganar algún dinero
    rápidamente a partir de la venta de armas en lugar de preocuparse por
    los intereses de la comunidad internacional, Francia, Alemania y la mayoría
    de los países europeos han sido muchas veces un obstáculo y no
    una ayuda.

    Ante un nuevo superestado de habla inglesa, lo que Europa continental haga
    o deje de hacer tendría mucha menos importancia. Si fuese necesario,
    el superestado anglo-americano podría manejar todas las emergencia globales
    por sí mismo. El mundo tendría una policía global efectiva
    por fin. Y hablaría inglés.

    Por lo tanto, vemos que existen razones prácticas y concluyentes por
    las cuales tal posibilidad, discutida hace 30 años por Lyndon Johnson
    y Harold Wilson debiera ser más que una fantasía. La idea merece
    ser analizada, debatida y criticada a ambos lados del océano.

    Vacas, Cerdos y Taxis

    En Gran Bretaña no se puede matar una vaca ni una oveja ni un cerdo
    si no es ante la presencia de un veterinario capacitado por la Unión
    Europea. Así reza una de las directivas de Bruselas. Pero el tema de
    quién paga a estos veterinarios tiene a la industria de la carne y a
    los periodistas de Gran Bretaña en vilo.

    De acuerdo con el ministro de alimentación de Gran Bretaña, Jeff
    Rooker, la comisión europea espera que la industria privada cargue con
    estos costos, y el gobierno británico también. Pero después
    del 29 de marzo, cuando el gobierno deje de pagar las inspecciones, declaró
    un vocero del ministerio. Los carniceros mayoristas de Gran Bretaña agregan
    el costo de las inspectores veterinarios a sus cuentas a pagar, que representa
    un costo total para la industria de US$ 120 millones al año.

    La mayoría de los veterinarios del Reino Unido no están interesados
    en inspeccionar la carne, por lo que quienes se hacen cargo de esta tarea son
    contratados en España, Italia y Yugoslavia con mucho menos de una semana
    de capacitación en higiene. Estos veterinarios, prácticamente
    recién salidos de la facultad, tienen la máxima autoridad de la
    inspección en los mataderos de Gran Bretaña.

    En lo que respecta a las pequeñas granjas que proveen a muchos hoteles
    y restaurantes, el costo de utilizar un inspector con título de veterinario
    amenaza con hacerles cerrar sus negocios.

    ¿Cómo hacen los carniceros en el continente? Ignoran la parte que dice
    que la industria debe pagar. En cada país de la Comunidad Europea, excepto
    en Luxemburgo, los costos de las inspecciones son subvencionados con fondos
    públicos, grita la prensa británica. (Luxemburgo, como habrán
    adivinado, tiene muy pocos mataderos).

    Otro grupo amenazado por lo burócratas de Bruselas es el de los taxis
    londinenses. De acuerdo con una directiva que se infiltró en la prensa
    británica a mediados de marzo, los taxistas de toda la Unión Europea
    no pueden trabajar más de 48 horas a la semana y en esa actividad también
    se incluirían tareas como lavar los taxis. Los taxis londinenses generalmente
    trabajan 72 horas a la semana (Les lleva tres años completos de estudio
    "conocer las calles de Londres", que es el requisito fundamental para
    tener una licencia), la propuesta significaría una reducción salarial
    de más de un tercio.

    La directiva de Bruselas dejaría la vigilancia de los límites
    de las horas de trabajo a los taxistas, una invitación para que los británicos,
    que se ajustan a las leyes, las ignoren de la misma manera en que lo hacen los
    habitantes del continente.

    ¿El Equipo Soñado?

    Si las naciones
    más importantes de habla inglesa se unen a Estados Unidos, la entidad
    resultante tendrá un PBI combinado de US$ 10,5 billones comparado
    con los US$ 6,8 billones de la Unión Europea.
    Estados Unidos. Población: 267 millones. PBI: US$ 8,1 billones.
    Desempleo: 4,9%. Gastos de defensa: UD$ 267.000 millones.
    Reino Unido. Población: 59 millones. PBI: US$ 1,3 billones. Desempleo:
    7%. Gastos de Defensa: US$ 36.000 millones.
    Canadá. Población: 30 millones. PBI: US$ 620.000 millones.
    Desempleo: 9,2%. Gastos de Defensa: US$ 7.000 millones.
    Australia. Población: 18 millones. PBI: US$ 391.000 millones. Desempleo:
    8,7%. Gastos de defensa: US$ 8.000 millones.
    Nueva Zelanda. Población: 4 millones. PBI: US$ 66.000 millones.
    Desempleo: 6,7%. Gastos de Defensa: US$ 757 millones.
    Comunidad Europea. Población: 315 millones. PBI: US$ 6,8 billones.
    Desempleo: 9,5%. Gastos de Defensa: US$ 116.000 millones.

    Pero no espere que los taxistas peleen solos. "Si el gobierno de Gran
    Bretaña intenta implementar esta legislación seriamente, los taxistas
    saldrán a las calles en protesta", dice Christopher Martin, secretario
    de la Asociación Privada de Autos de Alquiler de Londres, una asociación
    comercial de taxis cuyos miembros representan alrededor de 40 % de los taxistas
    londinenses. Su organización "defenderá enérgicamente
    los derechos de los taxistas a trabajar cuando quieran".

    Forbes Global Business & Finance/MERCADO

    5 de Abril de 1999

    Título Original en Inglés: Why Britain Should Join America.