viernes, 29 de mayo de 2026

    El fantasma tan temido

    ¿El fantasma de la deflación está tocando a la puerta? El interrogante (una verdadera paradoja, en un país donde la opinión pública todavía se estremece ante el recuerdo de la hiperinflación) cobró fuerza luego de que se anunciara, oficialmente, que el índice de precios al consumidor había exhibido, en marzo, un signo negativo (­0,8%).


    En rigor, la caída del IPC en el mes de marzo es un fenómeno habitual en la Argentina del último quinquenio. En esta ocasión, a los factores estacionales se sumó, en los rubros de salud y esparcimiento, la devolución parcial del IVA a los usuarios por parte de las empresas de medicina prepaga y las emisoras de televisión por cable. Claro que también se hizo sentir aquí (y éste fue el factor generador de inquietud) el peso de la recesión en la que se encuentra la economía.


    Lo cierto es que éste fue el índice negativo más elevado de los últimos cinco años, y el hecho coincidió con la creciente preocupación que viene suscitando el tema en las principales economías del mundo.

    La naturaleza del fenómeno

    La posibilidad de que se produzca una deflación a escala internacional
    asomó a la luz pública cuando, a principios de 1998, Alan Greenspan,
    el jefe de la Reserva Federal de Estados Unidos, alertó sobre los peligros
    que se podrían presentar si la economía norteamericana enfrentaba
    un período con precios absolutos en declinación.


    Pero varios factores vienen contribuyendo, desde principios de esta década, a que la preocupación haya adquirido entidad.


    En la mayoría de los países desarrollados (Estados Unidos, Unión Europea y Japón), la tasa de inflación no sólo ha sido cada vez más baja sino que, además, descendió desde niveles ya bastante reducidos.


    A esto hay que agregar el impacto de la crisis que estalló a mediados de 1997 en los países asiáticos. Las tribulaciones de los tigres generaron un exceso de capacidad instalada, o de sobreproducción, que terminó reflejándose en fuertes caídas de precios de los commodities y de otros bienes industriales.


    Y también es preciso tener en cuenta el acelerado progreso tecnológico de las dos últimas décadas que impulsó, particularmente, la reducción de precios en los sectores de informática y telecomunicaciones.


    Sin duda, desde el lado de los commodities, la persistente declinación de precios podría ser tomada como una deflación. Sin embargo, aunque ­en el marco de una economía abierta­ esa caída induce una contracción de precios de algunos bienes en los países que demandan o producen esos commodities, la caída está más que compensada, en la mayor parte de los casos, por el aumento en los precios de otros productos (sobre todo, de los servicios públicos y privados).


    De esta forma, el promedio ponderado de variación de los precios resulta, en casi todos los países afectados, positivo. No hay, por lo tanto, un proceso deflacionario en marcha. Pero sí se puede hablar, en cambio, de desinflación: un ritmo de aumento cada vez menor.

    Las fuentes

    En este punto, vale la pena recordar que, en muchas ocasiones, se usa el término
    deflación de manera equívoca.


    Las situaciones de deflación se caracterizan, en primer lugar, por una tendencia persistente a la reducción del nivel de los precios. Es preciso diferenciar este proceso de otro más común: la desinflación, en el que la caída se registra sólo en la tasa de aumento de los precios.


    Es necesario distinguir, por otra parte, entre los diversos posibles orígenes de la deflación.


    * Mejoras en la productividad de la economía, o avances en la desregulación de los mercados. En ambos casos, la caída en los precios absolutos que suele acompañar a esos procesos es beneficiosa: representa un aumento genuino del ingreso real, fortalece el poder de compra de quienes consumen e invierten y, por lo tanto, impulsa el crecimiento de la producción.


    * Un proceso previo de sobreinversión que condujo a un exceso de capacidad, o un derrumbe de la demanda agregada, o un recorte de la oferta monetaria. En todos estos casos, la deflación puede conducir a situaciones sumamente peligrosas.


    Aunque en el actual escenario de la economía mundial conviven ambas fuentes deflacionarias, el verdadero motivo de preocupación surge de la segunda, que involucra la amenaza de una espiral descendente de precios, salarios, empleo y producción; el incremento en el valor real de las deudas, que al combinarse con el derrumbe en el precio de los activos conduce a un proceso de acumulación de deudas impagas y a problemas de insolvencia de los bancos.


    Este último escenario no está demasiado lejos de lo que ya ocurre en Japón, y podría asomar en el futuro de la Unión Europea.


    Tanto en Japón como en el conjunto de países europeos se observa una nada desdeñable disparidad entre el nivel global de producción corriente y el nivel de plena utilización de la capacidad productiva. Estados Unidos, en cambio, se encuentra en un período en el cual el producto real se ubica por encima de la línea de tendencia del producto potencial.


    Por lo tanto, mientras se sostenga el nivel de gasto en Estados Unidos, es poco probable que su economía enfrente el peligro de una deflación.

    Con la reciente reducción en las tasas de interés, la Unión
    Europea ha dado, por su parte, claras señales de que procura evitar esa
    situación. Y Japón continúa intentando salir, a través
    de medidas fiscales, monetarias y crediticias, del escenario deflacionario en
    que se encuentra sumergido.

    Evolución

    El caso argentino

    Por lo menos durante el período que se inició en junio de 1997,
    con la crisis de las economías del sudeste asiático, la economía
    argentina ha mostrado un ritmo claramente descendente en los niveles generales
    de precios mayoristas, y un crecimiento casi nulo en los índices de precios
    al consumidor.


    Un reciente estudio de la Secretaría de Programación Económica y Regional (Crecimiento Potencial y Productividad en la Argentina: 1980-1997) indica que existe una brecha apreciable entre el producto potencial y el real.


    Esto podría explicarse, por un lado, como la consecuencia de un déficit en la demanda interna, producto, a la vez, de una combinación de altos niveles de desempleo, bajos salarios, mayores bolsones de pobreza y una creciente desigualdad en la distribución de los ingresos. Pero también puede ser el resultado de una menor competitividad externa que impediría acceder a mayores colocaciones en los mercados internacionales y regionales.


    El problema reside en que, ante la ausencia o insuficiencia de flujos de capital externo que impulsen el ciclo de crecimiento, el régimen económico que adoptó la Argentina no provee los instrumentos de política para enfrentar una situación estructural de estas características.

    No es posible recurrir a la política monetaria (como recientemente
    lo hizo la Unión Europea) ni a la corrección del tipo de cambio
    (como Brasil). También la política fiscal está limitada,
    ya que no están previstos mayores niveles de déficit dentro del
    programa convenido con el FMI; al menos no en la magnitud que requeriría
    un empuje adicional de la demanda interna y externa.