viernes, 29 de mayo de 2026

    Aguantar, pero no crecer

    El debate en el mundo anglosajón ha tomado un curso imprevisible hasta hace pocos años. El motivo de terror ya no es la inflación, que si no está vencida al menos está sometida y disciplinada. El nuevo fantasma que recorre el mundo industrializado es el fenómeno opuesto: la deflación.


    Las voces de alerta ­de los mismos que clamaban contra el flagelo inflacionario­ se elevan ahora contra el riesgo de un pronunciado descenso en el nivel de precios y salarios.


    La virtud reside ahora, no en reducir la inflación, sino en evitar la deflación.


    En todo el mundo hay una tendencia manifiesta a la baja en los precios. Para unos, éste es el efecto de la amplia desregulación económica y la incorporación masiva de tecnología en el modo de producir y hacer negocios. Para otros, es el efecto de la caída libre en el precio de los productos básicos. En todo caso, la convergencia de estos factores se traduce en un exceso de capacidad industrial instalada y en una demanda vacilante.


    En el mundo industrializado, la tasa de inflación es la más baja desde hace muchas décadas. En las economías emergentes se registra el descenso efectivo de los precios.


    China acaba de lanzar un gigantesco plan de obras públicas ­que a la postre producirá déficit y endeudamiento fiscal­ sin que ningún reproche se haya escuchado ante esta demostración de ortodoxa fe keynesiana. Al contrario, el alivio es generalizado, porque de esta manera China procura no devaluar. Si lo hiciera, tambalearía primero el sudeste asiático y luego el resto del mundo.


    La devaluación fue, desde siempre, el mecanismo favorito para corregir los desequilibrios y recuperar cierta competitividad. Es el modo eficiente de mejorar el nivel de los precios de bienes transables frente a los no transables.


    Si no se quiere optar por la devaluación, no queda otro recurso que recurrir a la deflación, que produce el descenso de los precios por otra vía: sobreoferta y escasísisma demanda. Pero hay un problema mayúsculo: en las economías capitalistas, para que los precios bajen ­lo que de por sí es inusual­ la recesión debe ser muy larga y profunda.


    Así se entiende por qué se privilegiaba la inflación: efectos rápidos y recuperación más veloz. La deflación es un proceso lento y penoso. Por eso, los que no quieren devaluar ­como es el caso de Japón­ arrastran una realidad que no alienta la reactivación.


    La deflación tiene efectos colaterales sobre el sistema financiero. Un economista un tanto olvidado, Irving Fischer, descubrió en la década de 1930 que cuando los precios caen, además del efecto beneficioso para quienes pueden comprar, los bancos entran en crisis. Es sencillo: no es posible repagar los créditos.


    En la Argentina tenemos hoy un sistema financiero sólido. Pero la deflación produce insolvencia financiera. Por lo tanto, cuánto más larga y profunda sea la recesión, más grande será el problema financiero sobreviniente. No es un problema de liquidez; es de solvencia, porque aumenta la cartera de incobrables.


    No hay que perder de vista que en los últimos dos años el índice de precios mayoristas de la Argentina bajó 10%. De modo que, quizá imperceptiblemente, estamos viviendo un proceso deflacionario.


    ¿Cuál es la extrema dificultad que enfrentamos?: que en la Argentina no se puede recurrir a la devaluación. Y no por el marco legal de la convertibilidad. Sino porque sería una medida totalmente ineficaz: la economía está, de hecho, totalmente dolarizada. En nuestro caso, devaluación y deflación es lo mismo.


    De modo que todo el debate teórico sobre las devaluaciones exitosas (México, Corea y Brasil) no tiene aplicación en nuestro contexto.


    Algunas políticas puntuales ­como las que aplicó Domingo Cavallo en 1992­ de modificación de los reembolsos, hoy son inconcebibles por los fuertes compromisos asumidos en el arancel común del Mercosur y en el ámbito de la Organización Mundial del Comercio.


    En estas condiciones, se puede aguantar, pero no se puede crecer. La esperanza en el corto plazo es una rápida e importante mejoría en el precio de los commodities y productos básicos.