El mundo sufre hoy una enfermedad tóxica llamada comparativitis,
que podría traducirse como el hábito de explicar los fenómenos
haciendo referencia a otros fenómenos con características superficialmente
similares, sin indagar en sus contundentes diferencias. Un ejemplo reciente
y apropiado es el uso de la noción de "capitalismo basado en el
amiguismo" para explicar las causas de la crisis financiera asiática.
La expresión "capitalismo amiguista" fue acuñada por
los filipinos para describir los acuerdos que habían transformado a una
economía comparativamente próspera en otra con menores perspectivas
y mayor pobreza.
En el centro de este escenario estaba Ferdinando Marcos, quien había
sistematizado métodos conocidos de intimidación para permanecer
indefinidamente en el poder sin eliminar instituciones democráticas como
el parlamento y las elecciones.
Marcos le robó sus propiedades a familias adineradas y políticamente
implacables, redistribuyó la riqueza entre la elite, controló
a sus potenciales rivales mediante la amenaza de la expropiación y construyó
un grupo cercano a su gestión, concediéndole derechos oligopólicos
a empresarios y cortesanos a los que se conoció como "amigos del
poder".
¿Qué parte de esta historia es aplicable a las circunstancias que llevaron
a Tailandia, Corea del Sur e Indonesia a su actual desgracia?
Es probable que Suharto sea el primer nombre que viene a nuestra mente. Pero
mientras Marcos encontró una economía nacional ampliamente reconocida
como la más promisoria de la región y se dedicó a empobrecerla,
Suharto encontró un país mucho más pobre, pésimamente
administrado y políticamente inestable, al que le aportó desarrollo
industrial, una clase media, perspectivas económicas relativamente buenas
y estabilidad política, aun cuando tanto él como su familia se
enriquecieran en el camino.
Tampoco las economías de Corea del Sur y Tailandia tienen puntos en
común con la que Marcos forjó para Filipinas.
La expresión "capitalismo amiguista", tan descuidadamente
aplicada por tecnócratas, editores y líderes de opinión
occidentales, denota corrupción o favoritismo. ¿Qué utilidad tiene
cualquiera de estos dos significados para el análisis de la crisis financiera
asiática?
Es bien sabido que las economías de los tigres están familiarizadas
con la corrupción. Pero también lo están la de Japón
y, para el caso, la de Estados Unidos, que también fueron afectados por
la corrupción antes y durante su ascenso a la condición de tigres
económicos.
La corrupción es uno de los costos que se pagan por hacer negocios en
la región. También puede funcionar como lubricante de la economía
política. La corrupción abre oportunidades a las empresas con
menos conexiones políticas, porque les permite comprar una módica
cuota de poder.
Cualquiera sea la culpa que podamos asignarle a la corrupción, no es
plausible como explicación de los orígenes de la crisis financiera
asiática.
Analicemos ahora el concepto de favoritismo. Si lo definimos como el acceso
privilegiado a recursos y compradores la causa fundamental de lo que en la
economía ortodoxa actual se conoce como "fracaso del mercado"
nos veríamos obligados a concluir que Japón es el bastión
más formidable de capitalismo amiguista. En ninguna otra economía
está más sistematizado el trato preferencial sobre quién
recibe un crédito y quién tiene ventas garantizadas.
Las imperfecciones del mercado, para utilizar el lenguaje neoclásico,
son tantas en Japón que el mercado sólo puede cumplir una función
subsidiaria relativamente menor.
Es cierto que los tigres asiáticos se han inspirado, en grados diferentes,
en el ejemplo japonés, y que los sistemas políticos que instauraron
han aceptado gustosos el favoritismo. Pero la connotación negativa que
se le da al término impide darle la perspectiva correcta a las causas
de la crisis financiera asiática y los problemas de Japón.
La implicancia de que los sistemas industriales con un favoritismo endémico
se apartan de las normas establecidas que determinan la salud económica
da por sentada la validez de estas normas.
Las explicaciones que giran en torno a la variante del capitalismo amiguista
como origen de la crisis asiática ayudan a confirmar el prejuicio, en
su mayor parte oculto, que existe entre los europeos y los norteamericanos de
que los gobiernos no occidentales no son capaces de gobernar bien.
También alientan el estado de profunda negación en el que se
encuentran sumidas hoy las tecnocracias de las organizaciones internacionales
y los gobiernos occidentales.
Hace largo tiempo que estas tecnocracias vienen respaldando la creencia de
que el mercado de capitales irrestricto, aun cuando pueda causar dolor en algunos
lugares, será a la larga económicamente beneficioso para todos
los países. La doctrina comúnmente conocida como "el consenso
de Washington" sostiene que la desregulación trae prosperidad económica
y el florecimiento de la clase media, lo que a la vez ayuda a la diseminación
de la democracia.
La obstinada evaluación de que la desgracia asiática es el resultado
de "gobiernos corruptos y bancos locales corruptos" goza de considerable
aceptación. Parece que son "ellos" y no "nosotros"
la razón última de lo que puede llegar a desencadenar una crisis
global.
No cabe duda de que las explicaciones que le echan la culpa a los flujos de
capital de circulación libre y salvaje han ganado terreno desde mediados
de 1998, pero son casi tautológicas. Sólo en la medida en que
reconozcamos que la ausencia de control sobre este tráfico es un defecto,
puede resultar un beneficio mayor que lo que todos sabían desde el comienzo
mismo de la crisis.
Un salto mortal conceptual
El cambio conceptual que hace falta para salir del actual impasse intelectual
es el reconocimiento de la posibilidad de que puede haber una actividad económica
exitosa que no respete las explicaciones habituales sobre la forma en que operan
las economías exitosas.
El análisis del caso japonés sirve para poner las cosas dentro
de un contexto. Hasta hace algunos años, la noción de que Japón
era "diferente", en el sentido de que el basamento de su poderío
industrial no respondía a la teoría económica centrada
en el mercado, era sumamente controvertida.
La doctrina económica prevaleciente no podía fundamentar un análisis
que dijera que las autoridades gubernamentales de Japón y sus burócratas
empresarios habían construido instituciones que generaban proezas económicas
a pesar de que ignoraban las señales del mercado y se burlaban de la
mera idea de un mercado con poderes curativos.
Hoy se reconoce con mayor facilidad la "diferencia" japonesa. Pero
ese reconocimiento está acompañado de una fuerte nota de triunfo
en las voces de los economistas y legisladores occidentales, cuando sostienen
ante el mundo que los actuales problemas de Japón son la prueba definitiva
de la imposibilidad de poner en funcionamiento una economía en un entorno
transgresor que desdeña el mercado.
Unos y otros se olvidan de los 50 años de desarrollo que transformaron
una base industrial devastada por la guerra en otra que, en el término
de dos décadas y media, se convirtió en la segunda más
poderosa del mundo, un proceso que recibió el aplauso del resto del planeta.
Los gobiernos de los que habrían de convertirse en los tigres asiáticos
compartieron el deseo de construir sus propias economías milagrosas y
se inspiraron en gran medida en el ejemplo japonés. Y la clave de la
rápida expansión industrial japonesa fue y sigue siendo un sistema
de ordenamiento del crédito creación, asignación y negación
sistemática del crédito, colectivamente determinado por una amalgama
de burocracias del gobierno y de la empresa.
En las economías de los tigres, al igual que en Japón, las inversiones
no tuvieron como prioridad ganar dinero sino construir un país sólido.
La estructura industrial del Japón de posguerra permitió a las
empresas montar campañas para la expansión de su participación
en el mercado, mientras ignoraron simultáneamente la falta de rentabilidad
por períodos sumamente largos.
Los tigres asiáticos
Corea del Sur es el país que más de cerca ha seguido el ejemplo
japonés. Pero Tailandia, Malasia e Indonesia, aunque en menor medida,
también desarrollaron sistemas de crédito propios de las economías
de guerra. en los que la preocupación central no era hacer dinero.
Privilegiado tratamiento a prestatarios seleccionados por sus conexiones más
que por su rentabilidad, escudos protectores del gobierno para las empresas
supuestamente privadas, subdesarrollo del mercado de consumo, sobrecapacidad
industrial, han sido, en verdad, las características cruciales de las
economías destinadas a fundar el poder industrial.
Aunque este enfoque funcionó sorprendentemente bien para producir un
rápido desarrollo industrial, tiene desventajas inherentes que deben
ser resueltas después de consolidado el factor fabricación de
la base industrial sólida. Sus rasgos problemáticos constantes
son la sobrecapacidad industrial y economías de consumo subdesarrolladas.
Volúmenes relativamente grandes de ahorros hogareños se canalizan
hacia un solo lugar: la industria. Esto ha hecho que todos los tigres dependan
mucho de las exportaciones, heredando, de esa forma, el talón de Aquiles
japonés.
La creciente disparidad entre la demanda mundial y la expansión de la
capacidad de producción de Japón y los tigres, comenzó
a ser notoria antes de la crisis. Eran necesarios urgentes ajustes que los burócratas
del gobierno venían posponiendo, convencidos de que, si no se hacía
nada, los problemas podían, quizá, desaparecer solos.
Hoy es más difícil percibir la necesidad de esos ajustes de largo
plazo, porque la crisis ha traído consigo erróneas recetas de
corto plazo para ajustes que tienen un objetivo totalmente diferente al de la
futura prosperidad asiática. No han apuntado a armonizar las estructuras
industriales de Asia con la globalidad reinante.
Fue recién cuando los inversores extranjeros pisaron otros pastos, como
hordas de antílopes asustados, que, de pronto, los tigres asiáticos
comenzaron a ser condenados por haberse apartado de las normas de conducta económica
apropiadas. Antes de que esto ocurriese, esos mismos países habían
sido elogiados por los gobiernos extranjeros, la Ocde y el FMI por la forma
en la que habían organizado sus sistemas industrial y financiero.
Y, en este tema, el reconocimiento provoca incomodidad. Durante la Guerra Fría,
la idea de que el aliado más importante de Estados Unidos en el Pacífico
podía estar poniendo en práctica una forma extraña de capitalismo,
era intolerable.
Los funcionarios japoneses, al igual que todos los burócratas reinantes,
estaban sumamente ansiosos por mantener el statu quo. Vieron el riesgo
que corrían si Washington cambiaba su línea de pensamiento con
respecto a las ilusiones que Estados Unidos tenía puestas en Japón,
y sistemáticamente catalogaron todo análisis no ortodoxo como
"un golpe contra Japón".
Los líderes de opinión estadounidenses se tragaron esa carnada
y la mayoría de los especialistas decidieron que era más sensato
no ocuparse del tema. Y algunos observadores en el lugar de los hechos creyeron
durante un tiempo que dentro del contexto de la engañosa relación
entre Estados Unidos y Japón, la ignorancia norteamericana era intencional.
En consecuencia, fue imposible resolver la incompatibilidad entre los sistemas
industriales que habían surgido en Asia y el modelo de cómo deben
funcionar las economías sanas según la teoría predominante.
De manera imprudente, las economías de los tigres se vieron seducidas
a eliminar la protección que tenían sus sistemas de crédito,
generando así la única y principal causa de su desgracia subsiguiente.
Las autoridades japonesas, en cambio, se habían asegurado durante todo
el período de posguerra que su país nunca fuera vulnerable a los
caprichos de los extranjeros.
En Corea del Sur, la desregulación mayorista había sido condición
ineludible para que Corea fuera miembro de la Ocde. Un deficiente monitoreo
de los bancos, a los que nunca se les había enseñado a prestar
demasiada atención a la rentabilidad, generó un enorme incremento
de las deudas, 75 % de las cuales tenían vencimiento a un año.
De pronto, y sin aviso previo, los extranjeros retiraron su dinero, provocando
lo que fue esencialmente una crisis de liquidez. Aunque los cimientos de la
economía coreana seguían siendo sólidos, se produjo una
crisis generalizada.
Los sistemas financieros de los tigres del sudeste asiático habían
pasado a ser especialmente vulnerables como resultado de una serie de acontecimientos
en los que Japón había desempeñado involuntariamente
un papel central.
Japón tuvo una presencia muy activa en la región como inversor,
delineando considerablemente el carácter del aparato productivo de Tailandia,
Malasia e Indonesia.
En la segunda mitad de los 80, construyó plataformas de fabricación
y exportaciones en el entorno de mano de obra barata de esos países (como
parte de un esfuerzo colectivo y coordinado por seguir siendo un país
internacionalmente competitivo, pese al gran aumento del tipo de cambio del
yen con respecto al dólar).
Después de la deflación de la "economía de la burbuja"
japonesa, los bancos de Japón exportaron su burbuja al sudeste asiático,
vendiendo préstamos sumamente baratos a la región. Luego, a mediados
de 1995, el ministro de Finanzas de Japón y el secretario del Tesoro
norteamericano, Robert Rubin, llegaron a la ominosa decisión de orquestar
una inversión de la tendencia ascendente del yen contra el dólar.
Esto redujo el valor del yen 60% en dos años.
Las divisas de los tigres asiáticos estaban atadas al dólar,
por lo que se produjo una aguda contracción de la economía japonesa
para los exportadores asiáticos. Además, una gran cantidad de
empresas japonesas que habían trasladado parte de su fabricación
al sudeste asiático, volvieron a retirar una proporción considerable
de ella.
La interacción de estos factores creó la recesión que
tanto contribuyó al pánico de los especuladores extranjeros una
vez desatada la crisis.
Desregulación volátil
La crisis financiera asiática es, en definitiva, el resultado de una
inadecuada conceptualización de las realidades que afectaban a las estructuras
financiera e industrial de Japón y el este de Asia y también de
la realidad de un mundo supuestamente desregulado, en el cual entidades poderosas,
como el Tesoro estadounidense y el Ministerio de Finanzas de Japón, pueden
crear una inmensa volatilidad a través de acuerdos informales y discretos.
Una vez comenzada la crisis, cualquier análisis del papel que desempeñó
el FMI es automáticamente controvertido: sus cuestiones cardinales tienen
que ver con la competencia de una institución que no rinde cuentas y
a la que se le ha conferido el poder sobre la vida y la muerte económica
de amplios sectores de la población de Rusia y Asia.
Parece haber un consenso generalizado sobre el hecho de que el FMI no fue creado
para ocuparse de acontecimientos como los que ocurrieron el año pasado.
Los defensores del consenso de Washington necesitan mucho coraje moral para
ver que las medidas impuestas por el FMI y por Washington a los países
en crisis dieron origen a una carga que el mundo tendrá que soportar
por años, o quizá décadas.
Un detalle que no ha recibido la atención que merece es que el FMI cuenta
con especialistas que son discapacitados conceptuales.
Esta discapacidad tiene que ver con un hecho ominoso ocurrido en el terreno
de las ideas hace más de un siglo. Movidos por una necesidad de alcanzar
un conocimiento científico sobre los asuntos humanos igualmente preciso
que el conocimiento que los científicos naturales poseen dentro de sus
áreas de estudio, los académicos confiados se embarcaron en un
proyecto que nos ha acompañado prácticamente durante todo el siglo
XX: la creación de una ciencia de la política y de una ciencia
de la economía.
Después de un siglo dedicado a teorizar, medir y construir intrincados
modelos, no tenemos ni una ciencia de la política ni una ciencia de la
economía en las que podamos confiar de la misma manera que podemos confiar
en la física o la química. Pero sí tenemos, además
de una cantidad impresionante de visiones en su mayoría desconectadas,
una cantidad igualmente impresionante de ilusiones.
Los economistas, porque creen tener una ciencia, aceptan sus principios fundamentales
como si tuvieran validez universal, con prescindencia del tiempo y el espacio.
Siempre es útil recordar que está excluido de su campo de visión
la amplia gama de instituciones humanas. No pueden funcionar con la noción
de que un banco de Tokio es una institución diferente de un banco de
Londres, o que no se puede desarmar un chaebol y pensar que la economía
coreana puede vivir feliz de allí en más.
La generalizada presunción, compartida por muchos especialistas, de
que hay una igualdad básica entre las economías saludables derivó
en la creencia de que la administración económica mundial puede
quedar en manos de los tecnócratas económicos y no de los pensadores
políticos.
Las recetas de austeridad inmediatas para recuperar la confianza de los inversores
y la estabilidad actual, que los funcionarios del FMI siempre tienen a mano,
han ayudado a aplastar toda posibilidad de desarrollo de una clase media con
capacidad para sustentar una economía de consumo en el mediano plazo,
necesidad absoluta para reducir la enorme dependencia de las exportaciones que
tienen los tigres.
Y las altas tasas de interés no han recuperado, por supuesto, la confianza
de los especuladores extranjeros.
Tecnócratas transparentes
Otra prueba del dominio continuo de la visión tecnocrática del
mundo es el énfasis puesto hoy en la necesidad de la transparencia como
solución a la crisis económica mundial. La acusación de
que los tigres carecían de transparencia ha sido una ficción que
sirvió de excusa para que los especuladores e inversores se movieran
en masa. Siempre hubo información disponible sobre el estado de las finanzas
nacionales y de las empresas de los tigres asiáticos (no así de
Japón), pero no fue consultada.
El énfasis puesto en la transparencia revela un objetivo político:
la necesidad de recrear las estructuras económicas de los países
en crisis. Michel Camdessus, presidente del FMI, se ha referido a la crisis
diciendo que "no hay mal que por bien no venga", porque ha creado
la oportunidad de imponer un cambio político.
Ese proyecto del "no hay mal que por bien no venga" está destinado
al fracaso, porque falta una comprensión básica de la dinámica
de las instituciones locales.
Al analizar la crisis asiática, parecería justificado llegar
a dos conclusiones firmes:
Las ortodoxias de la economía predominante, construidas en torno de
una abstracción que ha dejado de lado la historia y que se llama "el
mercado", no conforman una ciencia y no son útiles.
En el este de Asia esa teoría económica sólo puede identificar
innumerables "fallas de mercado" y, por lo tanto, ignorar la realidad
de sistemas económicos alternativos y, de ese modo, eliminar la consideración
de toda posibilidad de que sean viables a través de medidas correctivas.
La segunda conclusión, debe ser que la incompatibilidad de sistemas
económicos exige nuevos tipos de regulaciones si es que vamos a preservar
el orden internacional de posguerra relativamente beneficioso, basado en el
intercambio relativamente libre de bienes y oportunidades económicas.
Quienes están a favor de un mínimo de regulaciones, o de su total
inexistencia, basan su defensa en la premisa de una homogeneidad relativa de
las condiciones políticas dentro de la cual está la economía.
Una homogeneidad que no existe.
