Por inflación se entiende un incremento sostenido del nivel general de precios. Esta definición se refiere a las características básicas que determinan a un fenómeno inflacionario y lo distinguen de un mero cambio de precios: se trata de una variación y no de un nivel absoluto de los precios es decir que no debe asociarse a precios altos sino a precios que aumentan; comprende a todos o casi todos los precios de la economía y no a aumentos aislados de determinados productos por cuestiones específicas por ejemplo, razones estacionales, y no es un cambio circunstancial sino un proceso que se mantiene por cierto período. Por lo tanto, su desaparición no suele ser automática sino que requiere de alguna intervención de política económica.
El principal problema derivado de la inflación es que no todos los precios aumentan al mismo tiempo, con la misma velocidad, ni todos los grupos sociales son afectados del mismo modo o tienen la misma capacidad para defenderse de los aumentos de precios. Esto da lugar a cambios de precios relativos que dejan de responder a la escasez relativa de bienes o factores, distorsionándose así las señales que emiten los mercados y dando lugar a pérdidas de eficiencia en la asignación de recursos y alteraciones bruscas en la distribución del ingreso. Lo cual, tarde o temprano, se refleja en una caída de la tasa de crecimiento cuando no directamente en el estancamiento económico.
Así, por ejemplo, si cuando se registra un alza súbita de los precios, los salarios se rezagan repecto de la inflación, se produce una distribución regresiva del ingreso; si la tasa de interés nominal no refleja el aumento de los precios, cae la tasa real y esto desalienta el ahorro y transfiere recursos desde los depositantes en el sistema financiero hacia los deudores de éste; si, a la vez, el tipo de cambio no se ajusta para dar cuenta del aumento, la paridad cambiaria real disminuye, incentivando las importaciones y desalentando las exportaciones.
La lista de posibles cambios indeseables no se agota en los ejemplos anteriores
y hay que decir, además, que estos cambios son más profundos y,
por lo tanto, más nocivos cuanto más intenso e inesperado
es el brote inflacionario. La sociedad argentina vive desde algunos años
con precios estables, pero todos recuerdan todavía los problemas de funcionamiento
de la economía a lo largo de décadas de convivencia con una inflación
crónica, que desembocó a fines de los ´80 y comienzos de los ´90
en la hiperinflación.
Historia de fracasos
También recordarán los lectores los innumerables intentos fallidos
de acabar con la inflación que llevaron a la práctica tanto gobiernos
democráticos como dictatoriales desde mediados de los años ´60
en adelante. Valdría preguntarse si, dado el reconocimiento casi unánime
de sus efectos nocivos, lo que sucedió fue que no se puso el suficiente
empeño en el combate a la inflación a lo largo de todos esos años.
La respuesta a esa pregunta podría, en parte, ser afirmativa, pero existen razones poderosas que motivaron aquel comportamiento por parte de gobiernos y sociedades, no sólo en nuestro país sino también, para no buscar ejemplos más lejanos, en el resto de América latina. Es que, si bien es cierto que la inflación es costosa, la estabilización en sí misma no carece de costos, sobre todo si los programas diseñados para conseguirla no contemplan debidamente todos los aspectos que caracterizan a un proceso inflacionario.
Esto nos lleva a la discusión que ha llenado toneladas de hojas en publicaciones académicas acerca de las causas de la inflación. “La inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario”, es una afirmación que define la posición monetarista sobre la cuestión, defendida con tesón por algunos y atacada con igual pasión por otros, en la década de los ´60. Años de frustraciones en la lucha contra la inflación han enseñado que quienes señalaban el papel central de la moneda en los procesos inflacionarios no carecían por completo de razón, pero también que el grado de conocimiento que esto daba acerca del proceso inflacionario era insuficiente para poder diseñar una estrategia que permitiera combatirlo con éxito.
Por un lado, los períodos caracterizados por una fuerte emisión monetaria están usualmente asociados con altos déficit fiscales. La emisión de dinero es la herramienta que utilizan los gobiernos para financiar sus desequilibrios una vez agotadas las posibilidades de financiarlos mediante la colocación de títulos de deuda pública interna o externa. Vale acotar que estos dos factores déficit fiscales de gran magnitud respecto del tamaño de la economía y dificultades para acceder al financiamiento de ellos son rasgos habituales en sociedades de menor desarrollo relativo, por lo que no es extraño que el grueso de los episodios de alta inflación e hiperinflación hayan tenido lugar en la periferia del mundo contemporáneo.
En ese sentido debe señalarse que tentativas antiinflacionarias que han puesto un mayor énfasis en las causas no monetarias de la inflación, descuidando el control de la situación fiscal, han fracasado porque no es posible concebir una situación de precios estables con déficit fiscales altos, más allá de la capacidad de los gobiernos de cubrirlos con endeudamiento.
Por otro lado, es cierto que, cualquiera sea la causa primaria de su origen,
si la cantidad de dinero en circulación en la economía no acompaña
el proceso de aumento de los precios, en algún momento la cantidad real
de dinero será tan pequeña que la demanda de bienes disminuirá
hasta niveles extremadamente bajos y los precios dejarán de subir. Pero
no es menos cierto que, cuando ocurre una cosa así, normalmente el tamaño
de la recesión es tan grande que ésta pasa a ser un problema más
grave y urgente que la propia inflación, y el programa que se sustenta
únicamente en una política monetaria contractiva es abandonado.
Convivir con la inflación
Sucede que una vez que el proceso inflacionario tuvo inicio, ya sea por un
exceso de demanda causado por el déficit fiscal desmesurado, o por presiones
sobre la oferta provocadas por aumentos de costos salariales o de los
insumos, como puede ser el caso de los efectos de los shocks de precios
del petróleo, la sociedad aprende a convivir con la inflación.
Aprender a convivir con la inflación significa que los agentes económicos desarrollan comportamientos, los parlamentos crean normas y el sistema financiero genera instrumentos que le posibilitan defenderse de la caída de sus ingresos reales. Esto supone la aparición de mecanismos que permiten anticiparse a la inflación o incorporar la ya ocurrida a los precios que cobra cada uno. La indexación es el principal y más conocido de tales mecanismos. Cuando los procedimientos indexatorios se generalizan, la inflación adquiere vida propia y se perpetúa en el tiempo aun cuando hayan desaparecido o se hayan atenuado los factores que le dieron inicio.
Cuando eso ocurre, un programa de austeridad fiscal puede ser insuficiente para detener la inflación, aun cuando el déficit excesivo pudo haber sido su causa primaria, porque se ha desarrollado una inercia inflacionaria. Esta inercia consiste en que los precios continúen subiendo hoy porque subieron ayer, incorporándose los aumentos pasados a los precios actuales a través de la indexación. Este mecanismo permite a quienes vieron disminuir sus ingresos relativos por el aumento de sus costos o de los precios de los productos que consumen, recuperarse de esta pérdida, lo cual, a la vez, da origen a nuevos cambios de precios relativos y origina nuevos aumentos defensivos, de manera que el proceso se retroalimenta y la economía pasa a operar alrededor, no ya de un conjunto de precios de equilibrio que aseguren la igualdad de ofertas y demandas de bienes y servicios, sino de una tasa de inflación de equilibrio, que compatibiliza los objetivos distributivos de los distintos sectores de la sociedad.
La existencia de mecanismos generalizados de indexación, así, se transforma en un medio que permite estabilizar los precios relativos, eliminando o, al menos, disminuyendo considerablemente los costos de la inflación y permitiendo que la sociedad conviva por largos períodos con ésta. En contraposición, estos mecanismos perpetúan una tasa elevada de inflación y le imprimen una tendencia a la suba dado que, cuando por algún motivo es necesario un cambio de precios relativos, por ejemplo ante la escasez de algún insumo o simplemente frente a un shock externo, los mecanismos indexatorios impiden que este cambio se produzca, trasladando ese cambio nominal a todos los precios y llevando en definitiva a la economía a operar con una tasa de inflación promedio más alta.
Trataremos de clarificar esta idea con un ejemplo. Supongamos que la tasa de inflación de la economía viene siendo, desde hace algún tiempo, de 3% mensual; si los precios y salarios de esta economía se reajustan trimestralmente sobre la base de la inflación pasada, cada trimestre aumentan 9,3% y esta tasa, que llevada a términos anuales resulta de 42,6%, es la tasa de inflación que definimos como de equilibrio.
Si por algún motivo aumentan los precios internacionales del petróleo,
que se transforman en un aumento del precio interno de los combustibles de,
digamos, 10%, y estos pesan 5% en el índice de precios, la inflación
del mes siguiente pasará a 3,5% (3% que incorpora la inflación
pasada y 0,5% que refleja el impacto del aumento de precio de los combustibles
ponderado por su peso en el índice de precios). Al producirse el siguiente
reajuste de precios, éste no va a ser ya de 9,3% sino de 9,8%, lo cual,
en términos anuales, implica una tasa de inflación de 45,3%, es
decir casi tres puntos más que la tasa de equilibrio anterior. Esta nueva
tasa pasa a ser ahora la tasa de inflación de equilibrio hasta que una
nueva tentativa de corrección de algún precio relativo la lleve
a un nivel más alto.
Viejas y nuevas ideas
Sintetizando al extremo alguna de las ideas hasta aquí expuestas y caricaturizando
algunas de las posiciones académicas que se han desarrollado sobre el
tema, podría decirse que, en un proceso de inflación crónica,
un monetarista ve a la tasa de inflación como el reflejo de la tasa de
crecimiento de la oferta monetaria; un estructuralista de viejo cuño
la percibe como el resultado de un conflicto distributivo que reclama la implementación
de una política de ingresos, y para una posición como la aquí
expuesta la tasa de inflación observada es la suma de la tasa de inflación
pasada más los shocks de cambios de precios relativos.
Ahora bien: si en este contexto el gobierno contrae la cantidad de dinero de la economía para intentar disminuir la tasa de inflación, en la medida en que los precios continúen aumentando para permitir que los sectores que quedaron rezagados en sus posiciones relativas se recuperen de esta pérdida, se producirá una situación de iliquidez que generará un aumento de la tasa de interés real y provocará una recesión del nivel de actividad que convivirá, al menos por algún tiempo, con una tasa de inflación estable.
Puede ocurrir que esa recesión sea lo suficientemente intensa y duradera como para convencer a los agentes económicos de tratar de absorber sus pérdidas relativas de ingreso a fin de mantener su empleo o sus ventas. Pero si la intensidad de la recesión requerida para que esto ocurra fuera más alta que aquélla que la sociedad considerara tolerable, lo más probable es que la tentativa antiinflacionaria sea abandonada antes de que se alcance esta situación.
El reconocimiento del papel fundamental que jugaban los mecanismos indexatorios en el sostenimiento de una tasa de inflación llevó a la implementación de algunos programas antiinflacionarios que combinaban medidas dirigidas a equilibrar las cuentas públicas con otras tendientes a cortar la inercia inflacionaria debida a la indexación. Entre estos, el más sofisticado y el de mayor éxito, por algún tiempo, fue el Plan Austral (1985).
Como se recordará, el Austral implicó un cambio de signo monetario, un congelamiento de precios y la prohibición de implementar mecanismos indexatorios con la promesa de impedir, por la vía de un cambio en la Carta Orgánica del Banco Central, el financiamiento al Tesoro Nacional con emisión monetaria. La primera fase del plan fue un suceso, porque al cortar la inercia inflacionaria se pudo alcanzar una tasa de inflación muy baja en poco tiempo. El costado heterodoxo del programa fue rápidamente exitoso, porque permitió una rápida disminución de la inflación sin que esto repercutiera negativamente sobre el nivel de actividad. Por el contrario, durante algún tiempo la estabilización se combinó con significativas tasas de crecimiento.
El costado ortodoxo del plan, sin embargo, fracasó, en parte porque el propio éxito del componente heterodoxo volvía cada vez más difícil mantener la disciplina fiscal, a medida que se consolidaba la idea de que la inflación podía doblegarse de manera indolora únicamente por la vía de la política de ingresos.
De esa forma, no habían pasado dos años desde la implementación
del plan cuando aparecieron los primeros síntomas de presiones inflacionarias
derivadas de la situación fiscal y se sucedieron a partir de allí
una serie de ajustes al plan original, cuyos efectos se agotaban rápidamente,
dando lugar a nuevos retoques. Esta situación, combinada con dificultades
políticas relacionadas con la perspectiva de las elecciones, primero,
y del cambio de gobierno, después, desembocó en el desastroso
final de mediados de 1989: la hiperinflación.
La hiperinflación
Déficit fiscal creciente que lleva a la sociedad al convencimiento de
que el Estado no podrá pagar sus deudas, imposibilidad de financiar el
déficit de otra manera que no sea emitiendo moneda, huida de los agentes
económicos de cualquier activo denominado en moneda local entre
ellos, el dinero, adopción de una moneda extranjera como medio
de cambio y como unidad de cuenta para poder continuar realizando transacciones
económicas, y la convicción unánime de que ese proceso
debe terminar cuanto antes porque sus efectos son insoportables, son las características
básicas de las hiperinflaciones.
Las hiperinflaciones tienen, además de sus efectos destructores de la actividad económica, algunas características que, paradójicamente, las hacen más fáciles de dominar, en relación con procesos inflacionarios crónicos más leves. En primer lugar, con la hiperinflación desaparece la inercia porque todos los precios se ajustan de manera instantánea. Los mecanismos de indexación en función de la inflación pasada dejan de tener sentido porque ya no permiten defenderse de ella y los precios tienden rápidamente a expresarse en alguna unidad de cuenta que no pierda valor, tal como el oro en las hiperinflaciones europeas de la primera mitad del siglo o el dólar en el caso argentino de fines de los ´80. Esto facilita la política de ingresos, porque cuando todos los precios están establecidos en moneda extranjera, basta con fijar el valor de ésta para que los reajustes de precios cesen de inmediato: si todos reajustamos nuestros precios cada vez que se deprecia el peso, y éste deja de devaluarse, terminan los reajustes y, por lo tanto, la inflación.
En segundo lugar, el convencimiento de que es una situación que no puede tolerarse más, hace que la sociedad esté dispuesta a cualquier sacrificio con tal de volver a la estabilidad de precios y se crea entonces un ambiente favorable para la adopción de medidas urgentes, no importa lo drásticas que éstas sean, para equilibrar las cuentas fiscales. Por desgracia, la experiencia histórica enseña que la desesperación inducida por la hiperinflación, así como facilita la instrumentación de cambios de política económica que antes resultaban impensables, también torna viables transformaciones del sistema político que amenazan a las libertades civiles y los derechos humanos, como ha sido el caso del nazismo después de la hiperinflación en Alemania.
Con estos ingredientes, cambio de signo monetario con fijación de la cotización del dólar y fuerte y creíble ajuste fiscal, en marzo de 1991 el gobierno lanzó el Plan de Convertibilidad que doblegó rápidamente a la inflación y permitió a nuestra economía ingresar en un período de crecimiento y estabilidad de precios que, aunque no estuvo exento de costos como el desempleo, nadie se atreve hoy en día a cuestionar.
