Parafraseando a Abraham Lincoln, el tiempo es un recurso indispensable de la sociedad. A lo largo de varios milenios, la humanidad ha medido el tiempo de maneras que reflejaron su desarrollo y tecnología. Lo que comenzó con el sol y las estaciones se convirtió en un calendario de meses y días. Después vinieron los relojes con horas, minutos, segundos y, ahora, nanosegundos. Las culturas cada vez más microscópicas del tiempo se graban en los humanos y en la conducta social de maneras más insistentes y forzadas.
Tomemos, por ejemplo, la escala de tiempo utilizada para medir el desempeño.
Las empresas han sido criticadas por juzgar su progreso en períodos demasiado cortos (pérdidas y ganancias trimestrales). Un patrón de medición basado en un tiempo más prolongado haría que los directivos de las compañías pensaran y planificaran más, que invirtieran más en investigación y desarrollo y que se preocuparan más por cuestiones de largo plazo, como el entorno global, los recursos naturales, las enfermedades que aquejan al mundo, la miseria y el analfabetismo.
Las presiones del tiempo llevan a las personas a fijar plazos cada vez más cortos para sus gratificaciones, castigos y dichas. Veamos, por ejemplo, lo que pasa con el frenesí del microtiempo en la televisión: un verdadero bombardeo de pantallas que reclaman la atención de la gente que, todavía, sólo dispone de 24 horas al día.
Los noticieros se reducen ahora a frases de 8,2 segundos para cubrir las elecciones.
A este ritmo, la frase será reemplazada, dentro de un par de décadas,
por un ladrido, un gruñido humano o un encogerse de hombros. El microtiempo
se convierte en un triturador de cerebros que recompensa el discurso supersónico
y banal que se deja oír con tanta frecuencia en los programas de los
domingos.
Adicción al nanosegundo
Con la sobredosis de frenesí de la pantalla, la atención de los
televidentes se desvanece y la paciencia para un pensamiento secuencial se reduce.
La era de la informática padece también de la adicción al nanosegundo, y la fomenta. Los usuarios se ven abrumados por una sobrecarga de información y cuentan con menos tiempo para digerir los datos y convertirlos en conocimientos, juicios de valor y sabiduría antes de que sean bombardeados con más información.
Mientras tanto, tecnologías aún más recientes, como el e-mail y el fax, están comenzando a congestionarse por el tráfico de información, que no deja de acumularse mientras las secretarias se pasan casi medio día procesando las avalanchas de correo.
¿No nos estaremos engañando al pensar que la automatización de la oficina ahorra tiempo y aumenta la productividad?
Una oficina computarizada es una puerta abierta a avalanchas de información
indiscriminada, software pesado y sistemas de diseño mediocre.
Después de un tiempo, incluso la voluntad para distinguir entre lo que
está ocurriendo y lo que parece estar ocurriendo tiende a desaparecer.
Efectos secundarios
Las consecuencias no deseadas de la tecnología nos han hecho lo mismo
una y otra vez. El tráfico baja a unos 8 kilómetros por hora en
el centro de Manhattan durante las horas pico, lo cual no es muy distinto de
lo que ocurría hace cien años, cuando todavía circulaban
carruajes.
Se supone que la automatización de la oficina aumenta la producción neta por unidad de tiempo. Sin embargo, aparte del tiempo que se pasa en la oficina hablando de software sus cambios, complejidades, virus y fallas ¿qué oportunidad le queda a la gente de trabajar en tareas más trascendentes y creativas?
Algunos cambios son pintorescos. Los jóvenes corredores de bolsa hablan por sus celulares con una mano mientras con la otra envían e-mails. Los radiollamados, teléfonos celulares y satelitales abren nuevas fronteras en el tiempo. Pero las exigencias de los señores de la informática son exponenciales. Las ventas de los laboratorios que fabrican tranquilizantes siguen creciendo, precisamente porque estamos perdiendo la carrera.
Es innumerable la cantidad de legisladores, a los cuales el Congreso les programa cada minuto de sus actividades, que me han dicho que no tienen tiempo para leer o pensar. Escuché el mismo lamento de ejecutivos de empresas que entrevistamos para nuestro libro The Big Boys. En vista de las pesadas responsabilidades que recaen sobre los hombros de estos dirigentes, la falta de tiempo para estos fines es preocupante.
La pérdida de control del tiempo de cada uno es igual a una pérdida de control de sí mismo, devorado por una separación cada vez mayor entre los medios y los fines.
“Sencillamente, no tengo tiempo” es la respuesta típica cuando se les
pregunta a los norteamericanos ocupados si comparan antes de comprar un producto
o si presentan quejas formales a las compañías. Y esta situación
no pasa inadvertida para las empresas. Con más productos y servicios
complejos y, a menudo, sin demasiada diferencia entre las marcas, los proveedores
aprovechan la confusión y les exigen a los consumidores que firmen en
la línea de puntos y que renuncien a derechos, recursos legales y poder
de negociación ab initio en la letra chica.
Rápido y resumido
¿Qué pensarían Henry Thoreau, Ralph Waldo Emerson y Walt
Whitman de la comida rápida, la MTV, las novelas clásicas en versiones
resumidas para los estudiantes, los productos descartables y todo lo virtual
que ha desplazado a la realidad más lenta de la naturaleza?
La marcha del tiempo ha sido reemplazada por un bombardeo, y nadie, salvo
algún ermitaño, puede escapar a su ritmo sin armarse de algún
tipo de filosofía personal. Pero eso es también parte del problema.
Si la calidad del tiempo no se convierte en un tema de debate público,
no surgirá el consenso civil necesario para permitirnos cambiar nuestra
caprichosa cultura de alta velocidad en aceleración.
