Las tribulaciones que durante el último año sacudieron
al mundo se originaron, como se sabe, en la crisis asiática de mediados
y fines del ´97 que fue, a la vez, el resultado de una apresurada apertura financiera
en las economías de la región, lo que condujo a la formación
de burbujas especulativas temporalmente inconsistentes.
Luego de una serie de ataques especulativos, la crisis que siguió a
la devaluación del bath tailandés dio lugar a un plan de rescate
de US$ 17.000 millones acordado con el FMI. Indonesia recibía, por su
parte, US$ 23.000 millones, pero esto no logró evitar que la crisis se
propagara hacia Singapur, Filipinas, Taiwan y Hong Kong, lo que disparó
una serie de devaluaciones competitivas en la región.
Las devaluaciones, los ataques especulativos, las bancarrotas de bancos y
conglomerados industriales, y una serie de paquetes de ayuda y de reforma se
sucedieron, al tiempo que en Indonesia violentas revueltas terminaban con la
dictadura de Suharto y sumían al país en un caos económico
y social.
El PBI de Indonesia cayó 20%, el de Tailandia 10%, el de Corea del
Sur 7%, el de Malasia 6% y el de Hong Kong 5%. Las perspectivas para 1999 son
sólo un poco mejores.
Ni el origen ni el desarrollo de la crisis de los tigres asiáticos
son independientes del estado de la economía japonesa, estancada a lo
largo de toda la década y con un sistema bancario muy debilitado por
la caída del furor especulativo de los años ´80. Un plan de US$
50.000 millones para el rescate de entidades financieras privadas en quiebra
o en difícil situación debería aliviar la asfixia que provocaron
en el sistema bancario los préstamos incobrables o dudosos (tanto en
el país, como en las debilitadas economías del sudeste asiático).
A pesar de estas medidas, del creciente déficit fiscal y de la caída
de la tasa de interés, el PBI japonés cayó 2%, y las dudas
acerca del éxito del programa de reforma financiera y estructural siembran
incertidumbre sobre la frágil estabilización lograda en el sudeste
asiático.
La recuperación en Asia parece haber comenzado, pero puede esperarse
que el peso del ajuste siga reduciendo el PBI y los estándares de vida
en la región.
Ruleta rusa
Uno de los golpes más fuertes que sufrió la economía
mundial durante 1998 fue el default de la deuda rusa, que en parte derivó
de la crisis en los mercados financieros internacionales. El 17 de agosto sólo
semanas después de haberse aprobado un paquete de ayuda del FMI por un
monto de US$ 50.000 millones el gobierno ruso se vio forzado, frente a
la insostenible presión de los mercados, a ampliar la banda cambiaria,
base de la estabilización de los últimos tres años, así
como a plantear una moratoria unilateral de 90 días una reprogramación
forzada de sus obligaciones externas, y controles en los mercados de cambio.
El paquete del FMI no logró restaurar la confianza de los inversores,
por la insuficiencia de los fondos, metas fiscales demasiado ambiciosas y la
falta de compromiso de los países del G7. Aunque la economía rusa
no es hoy de las más importantes del mundo, su crisis simboliza todo
lo malo que puede suceder en un mercado emergente, además de señalar
la relativa impotencia del FMI para controlar las crisis económico-financieras.
La ruleta rusa deterioró la confianza de los inversores, agravó
su aversión al riesgo y, con ello, afectó al resto de las economías
emergentes, empeorando aún más la situación en Asia y disparando
la incertidumbre en América latina.
Brasil y América latina
La situación de Brasil y Latinoamérica no fue ajena a estos
sucesos: aumentó drásticamente el riesgo país y con
ello el peso de las deudas, provocó fugas de capitales y presiones
sobre las monedas por el efecto de flight to quality, y redujo la liquidez
sistémica. Brasil, con un stock de deuda de corto plazo de US$
300.000, sigue sin lograr disminuir sus tasas de interés, por lo que
el peso de esta deuda atenta contra las medidas de austeridad dispuestas por
el presidente Fernando Henrique Cardoso. La renuencia del Congreso a aprobar
una parte del plan económico precipitó una nueva caída
en las bolsas del mundo, lo que dejó en evidencia hasta qué punto
el problema brasileño está lejos de ser resuelto.
El paquete de ayuda previsto, por US$ 40.000 o 50.000 millones, se diferencia
del que se acordó a Rusia este mismo año porque cuenta con un
mayor compromiso de la comunidad financiera internacional.
Es preciso, por otra parte, distinguir la crisis de confianza de Brasil de
la situación en la Argentina y Chile, que sufren primordialmente por
la caída en los términos del intercambio y por el aumento del
costo del endeudamiento; pero una eventual caída del gigante latinoamericano
no sería grave únicamente por la cantidad de fondos comprometidos
en ese país, sino también por los múltiples contagios que
se propagarían en la región y en los mercados emergentes.
Made in USA
La impresionante caída del índice Dow Jones en octubre de 1997
no logró detener la notable tendencia alcista de Wall Street, pero registró
una inusitada volatilidad en el último año: alcanzó un
récord histórico a mediados de julio de 1998, con un aumento de
17% en el año, para caer luego a mediados de agosto en más de
23%, como consecuencia de la crisis rusa.
Los signos de relativa estabilización en el mundo y los recortes en
la tasa de interés por parte de la Reserva Federal volvieron a catapultar
el Dow Jones a sus valores récord. Esta evolución fue atribuida
a la existencia de una burbuja especulativa que dio lugar a una sobrevaluación
de los stocks. La quiebra del fondo Long Term Capital Market,
a fines de septiembre, agravó estas preocupaciones e incentivó
una mayor intervención de la Fed en el mercado de capitales.
Sin embargo, la economía norteamericana se mantiene relativamente sólida,
con bajos índices de desempleo y de inflación. Paradójicamente,
uno de los problemas más graves de esta crisis internacional se debió,
en cierta medida, al buen estado de la economía norteamericana.
Debates y lecciones
La Reserva Federal norteamericana se enfrentó a un complicado dilema:
en teoría, su función primordial es evitar un recalentamiento
de la economía y sus consecuencias inflacionarias, de modo que durante
la crisis no tenía ninguna razón para adoptar una política
monetaria más expansiva y disminuir la tasa de interés.
Pero, al mismo tiempo, la crisis y la falta de liquidez en los mercados internacionales
exigían medidas urgentes en este sentido. Un ejemplo paradigmático
de esta situación se dio a fines de julio de 1998, cuando en plena crisis
asiática y a dos semanas de la caída de Rusia, Alan Greenspan
advirtió sobre la posibilidad de elevar la tasa de interés para
contener la presión en los salarios.
Greenspan, por lo tanto, se encontraba frente al dilema de ser, al mismo tiempo,
el banquero central de una economía próspera y el prestamista
de última instancia de facto de una economía mundial en
problemas. A la hora de elegir, Estados Unidos siempre otorga prioridad a la
situación de su propia economía, y sólo comenzó
a adoptar las medidas que el mundo ansiaba cuando se vieron afectados sus propios
mercados (por ejemplo, a partir de la crisis del fondo de inversión Long
Term Capital Markets).
Una de las lecciones del último año y medio de crisis se refiere,
entonces, al orden institucional del sistema financiero mundial, que debe ser
replanteado: los últimos acontecimientos demostraron en qué medida
los organismos multilaterales se encuentran poco preparados para las crisis
actuales y las decisiones importantes recaen en quienes no tienen ni la obligación
ni los incentivos importantes para tomarlas.
El FMI fue fuertemente cuestionado a partir de los derrumbes asiático
y ruso; su paquete tradicional de medidas (contracción fiscal, devaluación
y aumento de la tasa de interés) funcionaba para resolver las crisis
aisladas pero, ante la dimensión global de la crisis, se requieren medidas
también globales que logren restaurar la confianza de los inversores
y atemperar la volatilidad de los capitales.
Se ha planteado, también, la necesidad de controlar de algún
modo los flujos de inversión especulativa a través de regulaciones
internacionales de los fondos, que muchas veces tuvieron efectos amplificatorios
de las crisis y los ciclos financieros.
Las propuestas y discusiones de reforma incluyen la necesidad de fortalecer
o refundar el Fondo Monetario Internacional, con un capital suficiente para
constituir un fondo anticrisis, y dotado de un análisis más complejo
que deje atrás las viejas recetas estandarizadas que ya no parecen funcionar.
El apoyo del G7 al plan para Brasil y la disminución coordinada de las
tasas de interés en los países de Europa, así como el surgimiento
del Banco Central Europeo y el euro, son medidas alentadoras en el sentido
de un mayor compromiso y una mayor coordinación en el escenario internacional.
El fracaso de las recomendaciones ortodoxas del Fondo creó también
condiciones propicias para el resurgimiento de viejas propuestas dirigidas a
restablecer mecanismos de control de cambios y de movimiento de capitales en
los países afectados por la crisis. A pesar de sus notorias deficiencias,
algunos economistas las consideran la única vía posible para reducir
las expectativas de devaluación, permitir el descenso de las tasas de
interés, y salir de la hiper-recesión en que están inmersas
las economías emergentes que aplicaron las recomendaciones del Fondo.
Malasia es, por ahora, el único país que adoptó medidas
en este sentido, y no puede apreciarse claramente aún el efecto de estas
políticas.
Es de esperar, entonces, que esta crisis generalizada deje marcas profundas
e incentive las reformas que, por lo menos hoy, parecen imprescindibles.
Reformas urgentes
La crisis económica mundial no está en su peor momento, pero
aún no ha sido resuelta. Por las restricciones de liquidez y las complicaciones
en los países emergentes, más que en los países centrales,
es mucho más parecida a la crisis de la deuda de los ´80 que a la Gran
Depresión del ´29. Esta breve cronología permite observar en qué
medida durante 1998 la economía mundial estuvo en peligro de caer en
una depresión internacional con pocos precedentes, y los debates alrededor
del mundo alientan a considerar la urgencia de la necesidad de reformas.
El aislamiento de los países centrales, y fundamentalmente de Estados
Unidos, tuvo un efecto ambiguo: por un lado, al mantener su solidez, no profundizaron
la situación en los mercados internacionales. Pero este mismo aislamiento
y la falta de una intervención importante, decidida y a tiempo, fueron
algunas de las causas que permitieron la rápida difusión de la
crisis en los países emergentes.
Las perspectivas para el próximo año presentan algunos interrogantes:
* Japón seguirá en su estancamiento
sostenido y con su sistema bancario en situación de insolvencia. Los
países de Asia lograron un superávit de cuenta corriente a partir
de la disminución del tipo de cambio real, pero continuarán sumidos
en una crisis financiera por el estado de la economía japonesa.
* La situación en Rusia es calamitosa,
pero relativamente encapsulada. No se esperan efectos sobre la economía
mundial.
* Mientras tanto, Brasil sigue en dificultades;
sus problemas fiscales no están resueltos y si no se llevan adelante
rápida y decisivamente las medidas necesarias, puede llegar a agravarse
mucho más la situación.
Los países latinoamericanos (especialmente la Argentina y Chile) siguen
perjudicándose por la incertidumbre que genera su principal socio comercial,
por lo que el futuro de la región depende en gran medida de lo que allí
suceda.
