El Orient Express se había retrasado. A las nueve y media,
su horario de salida, no había señales de su llegada a
Victoria Station. Qué lástima que ese domingo el tren
se hubiese demorado por primera vez en 35 años, porque
había muchos que lo esperaban para festejar la ocasión,
hasta las cámaras de televisión. Los pasajeros
deambulaban silenciosos por el hall o esperaban reclinados en
sillones de alto respaldar.
En un rincón de la sala de espera, un cartel indicaba: “el
toilette no funciona”. Tres mujeres vietnamitas compartían un
termo de té. Una joven pareja se tomaba de las manos. Afuera,
en la plataforma uno, un hombre arrojaba su cigarrillo a las
vías vacías. Otro buscaba el baño
público. Coloqué una moneda en una máquina
expendedora para acceder a una Coca-Cola. Nada. Estaba rota.
Pero mejor olvidar el lado negativo. Cuando llegó el Orient
Express, nos dimos cuenta de que la media hora de espera había
valido la pena. Los nueve coches pullman pintados de colores crema,
chocolate y dorado parecían haber sido vestidos por Ralph
Lauren.
Mi asiento estaba en el coche Minerva, construido en 1927 y alguna
vez al servicio de la realeza. Una lámpara con borde dorado
arrojaba una luz rosada sobre la mesa que contenía la
perfección de un clavel rojo en un alto florero. Y
también había porcelana, plata y cristales, cortinas en
las ventanas y exquisita ebanistería eduardiana en las
paredes.
Desde la cocina llegaba el reconfortante aroma del café.
Pedí té. Excelente. Me senté y permití
que una sensación de privilegio me embargara.
Adiós a Oriente
El Orient Express ya no va a Oriente. En estos días no
finaliza su trayecto en Constantinopla, sino en Venecia, con paradas
en París (mi destino), Zurich, St. Anton e Innsbruck. El viaje
dura 32 horas, el tren recorre 1.700 kilómetros y la tarifa es
de US$ 1.820 (Londres-París: US$ 370).
No es el Amtrak. Pero existe cierta conexión con Estados
Unidos. El viejo Orient Express dejó de funcionar en 1977.
Pero James B. Sherwood, un admirador de los servicios ferroviarios y
presidente del grupo Sea Container, especialista en transportes de
carga y viajes, vio la oportunidad. Durante los cinco años
siguientes invirtió US$ 16 millones para comprar el tren y
restaurar su antiguo esplendor. El renacido Orient Express -el
Orient Express Venecia, para darle nombre y apellido- hizo su
viaje inaugural en mayo de 1982. Desde entonces, el tren
transportó, entre otras personalidades, a Gregory Peck, Sidney
Poitier, Lee Radziwill (hermana de la fallecida Jacqueline Kennedy),
Liza Minnelli, Carrie Fisher, Roman Polanski, Whoopi Goldberg, Cher,
el sultán Salahuddin Aziz Shah, Neil Sedaka, el
príncipe y la princesa de Kent, Roger Moore, Michael Caine,
Perry Como, Ben Elton y James Coburn.
Ahora lleva a todo tipo de pasajeros. Mientras el Minerva y sus
primos se balanceaban majestuosamente al atravesar los oscuros
suburbios de Londres, eché una mirada al News Of The World
-que titulaba “Hice el amor con Fergie mientras hablaba por
teléfono con Andy”- y hablé con Phil y Merle,
una pareja de cincuenta y pico que estaban sentados frente a
mí. Venían de San Diego donde se dedicaban a la comida
sana y a los bienes raíces.
En cuanto nos sirvieron champaña y canapés, un
asistente de a bordo se acercó con una bandeja de souvenirs
(¿algo para la dama?, ¿algo para el caballero?, Phil y
Merle gastaron US$ 80 en un polvo compacto y un llavero). Era un
perfecto día de primavera y atravesábamos la
inimaginable dulzura de Kent: manzanos en flor, ovejas, cisnes en los
estanques y, más allá de la hilera de árboles,
casas rodantes, montañas rusas e iglesias normandas.
Amores furtivos y lujo francés
Luego de un almuerzo deslucido -cerdo frío y
ensalada- nos detuvimos en Canterbury. De pronto,
estalló un pequeño escándalo cuando
corrió la noticia de que las cámaras de
televisión que nos acompañaban habían filmado a
un señor que viajaba con su amante y que el hombre estaba
absolutamente furioso por haber sido descubierto. La mujer tampoco
estaba muy feliz. ¿Quiénes habrán sido?
“Quizá la pareja que se besaba en el pasillo”, dijo Phil. (Las
reglas no son muy estrictas en el Orient Express, a pesar de que el
código de vestimenta prohibe jeans y shorts.) Nunca se
conoció la identidad del hombre y de su amante.
En Folkestone -donde nos recibió una banda de
dixieland que tocaba The White Cliffs of Dover- trasbordamos a
una embarcación y cruzamos el canal, en clase business y en 45
minutos. En Boulogne había un gran cartel en inglés y
en francés “Bienvenue, qué gusto verlos”. (Es ese
pequeño toque lo que cuenta. ¿Por qué no hacer un
cartel en Folkestone para los que dejamos Inglaterra? “Ya los estamos
extrañando; tu me manques déjá”, podría
servir.)
Podrá decirse lo se quiera de los franceses, pero ellos
saben muy bien lo que significa deluxe. Los vagones dormitorios
alineados en Boulogne con sus azules, dorados y crema se veían
más lindos que el pullman. Uno de los coches había sido
usado como burdel en Limoges durante la guerra, pero no se puede
esperar menos de los franceses. Un joven norteamericano oriundo de
Tennessee que venía a trabajar por dos meses desde Vail,
Colorado, cargó mi bolso.
Parte de su trabajo, me di cuenta, era alegrar a los
norteamericanos. Pero para alegrarme a mí, el personal de
relaciones públicas me había dado una cabina.
Tenía un cuarto para mí solo (sofá cama,
banquito, escritorio, lavabo pero no baño).
Pensé en irme a mi cuarto, pero finalmente decidí
instalarme en el pasillo para deleitarme con el sol de la tarde
caliente a través de la ventana.
Flotaban aromas deliciosos desde el coche restaurante. La Belle
France brillaba: un campo de prímulas, una hilera de
álamos, una laguna con patos, una pequeña localidad con
un toque mediterráneo en su arquitectura -casas
estrechas, techos de pronunciado declive y ventanas con postigos.
Había gauloises y medias lunas y vin ordinaire, también
McDonald´s y pequeñas fortunas debajo de los colchones.
De ayer a hoy
En Abbeville cruzamos el Somme. El Orient Express Venecia, con su
cargamento de británicos y norteamericanos consentidos, sus
pilas de diarios International Herald Tribune y revistas Time,
prácticamente corría en paralelo a lo que se
llamó el Frente Occidental. La paz que reina hoy en el lugar
se asemejó mucho a un infierno. El 1º de julio de 1916,
primer día de la batalla de Somme, el ejército
británico sufrió 57.000 bajas. Algunas semanas
más tarde las compuertas de Abbeville no se abrieron. Los
buzos descubrieron que estaban obstruidas con los cuerpos hinchados
de los soldados franceses que habían llegado desde los campos
de batalla. Todo esto sucedió hace solamente 82 años.
Gracias a Dios, los franceses y los alemanes se tomaron la
unión europea en serio.
A las 18.45 me encaminé hacia el restorán para el
primer turno de la cena. “Espléndido” es la única
palabra que se me ocurre: la mantelería almidonada, los
ventiladores de techo, el art decó y los jarrones con rosas y
lirios sobre las mesas. Esto es vida.
Una mujer de Los Angeles apareció enfundada en un vestido
negro de la década de los ´20 y con la consabida vincha en el
pelo. Llevaba una larga boquilla con un cigarrillo encendido.
¡Qué bien se te ve!, pensé. Pero para mi
desilusión, no era un cigarrillo de verdad, sino un tubito de
cartón, como los que usa mi hijo de diez años cuando
juega con sus amigos.
Una cena inolvidable
Fue una cena perfecta: róbalo cubierto con verduras, salsa
de caviar y crema agria, y una costilla de cordero marinada con
hierbas, servida con una salsa demi glace preparada con vinagre
añejo y rodeada de pimientos dulces, brócoli y papas al
horno. El postre: pastel de duraznos blancos glaceados en licor de
damasco con crema de almendras. El pan: angelical y con manteca de
Normandía. Una comida en sí misma.
Los camareros son jóvenes serios, amigables sin exagerar.
Qué distintos de los mozos ingleses quienes, casi sin avisar,
pasan de la sumisión a la inoportuna confianza. Hay que tener
mucho cuidado: déles una mano y se tomarán el brazo.
Los asistentes del coche pullman a Folkestone resultaron intachables,
pero la presencia de los extravertidos norteamericanos me hizo temer
que en cualquier momento habría un brote de intimidad.
Nunca existe ese riesgo con los mozos franceses. Son
profesionales, llenos de gracia y encanto. No son nuestros
semejantes, aunque uno aceptaría de buen grado que se casaran
con nuestra hija.
Y mientras estos pensamientos pasaban por mi mente, llegamos a
París, exactamente a las nueve. Exactamente también,
después de que un gran despliegue de policías de
seguridad armados -dos de ellos llevaban
ametralladoras- ingresaran en la plataforma. Detrás de
ellos, un gran grupo de turistas japoneses se dirigía a los
coches cama y al viaje de sus vidas. La única
explicación para estas estrictas medidas de seguridad que se
me ocurrieron es que Francia, como cualquier otro país de
Europa, está buscando inversores de la región del
Pacífico y no le gustaría que ningún loco se
deshiciera de una media docena de ejecutivos de Mitsubishi y sus
esposas (o amantes).
Regreso con gloria
Volví a Londres al día siguiente por Eurostar, que
es otra forma chic de viajar entre Londres y París.
También es una forma muy inteligente. El viaje desde la Gare
du Nord a Waterloo cruzando el túnel submarino, dura tres
horas y las tarifas son tan bajas (desde US$ 110 para un viaje de ida
y vuelta) que cualquier integrante de la clase media puede almorzar
en La Coupole en París, confesarse en Notre Dame y volver a
Londres antes de que cierren los pubs.
Los sabelotodo se enloquecen, lo arrinconan a uno en una esquina y
le arrojan las estadísticas. La locomotora de diseño
europeo desarrolla 16.408 HP (el equivalente a 20 autos de
Fórmula Uno), cada tren tiene 3.750 metros de largo y lleva
770 pasajeros (o clientes, como los llaman ahora) en 20 coches, dos
de ellos bares. Ofrece 42 servicios por día entre Londres,
París y Bruselas desde que se inauguró en noviembre de
1994. Ha llevado a alrededor de 15 millones de pasajeros. Con la
mejor buena voluntad del mundo es difícil no impresionarse
ante estas cifras.
En Francia, el Eurostar va a casi 300 kilómetros por hora,
pero el viaje es tranquilo (el ruido más alto que se escucha
es el chillido de los teléfonos celulares) y uno realmente se
da cuenta de que va a toda velocidad cuando, al pasar ante una
autopista, todos los autos, hasta los Porsches, parecen parados.
En Inglaterra, donde la trocha todavía no fue
acondicionada, reduce la velocidad a 160 kilómetros por hora.
(No solamente los trenes franceses se ven limitados en las trochas
inglesas, los trenes ingleses también. No hace mucho se
informó que los servicios a Londres se habían demorado
porque había hojas en las vías. En otra ocasión
culparon al “tipo especial de nieve”.)
La primera clase es tan linda como la business de un avión.
En un lado del pasillo hay dos asientos lado a lado, y en el otro
uno. La hilera de asientos dobles tiene una mesa en el medio. Los
asientos individuales (algunos están ubicados en
dirección a la máquina, otros no) tienen bandejas. Las
butacas son cómodas, pero no se reclinan. La champaña,
el vino y una comida son gratis. La cocina es pésima.
Ojalá me hubiese privado del así llamado Côte
d´agneau persillées au jus, haricots verts et pommes
Paillasson, pero era una opción. Los pasajeros que pidieron el
pescado dijeron que estaba bueno.
El túnel amigable
El túnel es, como se dice actualmente, “amigable para el
usuario”. Cualquiera que haya viajado en subte no tendrá
ninguna dificultad en pasar 20 minutos debajo del Canal de la Mancha.
Solamente los más sensibles pensarán en el formidable
peso del agua, a seis metros por encima de sus cabezas.
Sin embargo, el personal de Eurostar a veces puede ser
excesivamente paternalista. Mi tren se paró poco
después de entrar en el túnel. “Nos hemos detenido
debido a problemas de tráfico en el túnel que no
afectan nuestra seguridad”, dijo una voz en los parlantes del sistema
de comunicación con el público. Algunos pasajeros ni
siquiera habían considerado que podría haber afectado
su seguridad hasta que escucharon la palabra. Ya se sabe que no hay
método más efectivo para promover el pánico que
decirle a la gente que no hay nada que temer.
El cielo estaba azul cuando dejamos París. Cuando salimos
del túnel, en Folkestone, las nubes grises cubrían el
horizonte y para cuando llegué a Londres, 20 minutos
después, llovía.
Pero es imposible sentirse deprimido luego de experiencias tan
alentadoras. Si no hubiese sido por un dolor de estómago me
hubiese quedado más tiempo en la plataforma admirando la
tranquila belleza amarilla y gris del Eurostar.
Nada (excepto una bomba o quizás el impacto de un
meteorito) puede destruir el lazo físico creado entre
París y Londres. Esto quiere decir que nunca más los
diarios ingleses podrán titular como recuerdo que una vez lo
hicieron: “Niebla en el canal. El continente está
incomunicado”.
