martes, 7 de abril de 2026

    Nueva historia de dos ciudades

    El Orient Express se había retrasado. A las nueve y media,

    su horario de salida, no había señales de su llegada a

    Victoria Station. Qué lástima que ese domingo el tren

    se hubiese demorado por primera vez en 35 años, porque

    había muchos que lo esperaban para festejar la ocasión,

    hasta las cámaras de televisión. Los pasajeros

    deambulaban silenciosos por el hall o esperaban reclinados en

    sillones de alto respaldar.

    En un rincón de la sala de espera, un cartel indicaba: “el

    toilette no funciona”. Tres mujeres vietnamitas compartían un

    termo de té. Una joven pareja se tomaba de las manos. Afuera,

    en la plataforma uno, un hombre arrojaba su cigarrillo a las

    vías vacías. Otro buscaba el baño

    público. Coloqué una moneda en una máquina

    expendedora para acceder a una Coca-Cola. Nada. Estaba rota.

    Pero mejor olvidar el lado negativo. Cuando llegó el Orient

    Express, nos dimos cuenta de que la media hora de espera había

    valido la pena. Los nueve coches pullman pintados de colores crema,

    chocolate y dorado parecían haber sido vestidos por Ralph

    Lauren.

    Mi asiento estaba en el coche Minerva, construido en 1927 y alguna

    vez al servicio de la realeza. Una lámpara con borde dorado

    arrojaba una luz rosada sobre la mesa que contenía la

    perfección de un clavel rojo en un alto florero. Y

    también había porcelana, plata y cristales, cortinas en

    las ventanas y exquisita ebanistería eduardiana en las

    paredes.

    Desde la cocina llegaba el reconfortante aroma del café.

    Pedí té. Excelente. Me senté y permití

    que una sensación de privilegio me embargara.

     

    Adiós a Oriente

    El Orient Express ya no va a Oriente. En estos días no

    finaliza su trayecto en Constantinopla, sino en Venecia, con paradas

    en París (mi destino), Zurich, St. Anton e Innsbruck. El viaje

    dura 32 horas, el tren recorre 1.700 kilómetros y la tarifa es

    de US$ 1.820 (Londres-París: US$ 370).

    No es el Amtrak. Pero existe cierta conexión con Estados

    Unidos. El viejo Orient Express dejó de funcionar en 1977.

    Pero James B. Sherwood, un admirador de los servicios ferroviarios y

    presidente del grupo Sea Container, especialista en transportes de

    carga y viajes, vio la oportunidad. Durante los cinco años

    siguientes invirtió US$ 16 millones para comprar el tren y

    restaurar su antiguo esplendor. El renacido Orient Express -el

    Orient Express Venecia, para darle nombre y apellido- hizo su

    viaje inaugural en mayo de 1982. Desde entonces, el tren

    transportó, entre otras personalidades, a Gregory Peck, Sidney

    Poitier, Lee Radziwill (hermana de la fallecida Jacqueline Kennedy),

    Liza Minnelli, Carrie Fisher, Roman Polanski, Whoopi Goldberg, Cher,

    el sultán Salahuddin Aziz Shah, Neil Sedaka, el

    príncipe y la princesa de Kent, Roger Moore, Michael Caine,

    Perry Como, Ben Elton y James Coburn.

    Ahora lleva a todo tipo de pasajeros. Mientras el Minerva y sus

    primos se balanceaban majestuosamente al atravesar los oscuros

    suburbios de Londres, eché una mirada al News Of The World

    -que titulaba “Hice el amor con Fergie mientras hablaba por

    teléfono con Andy”- y hablé con Phil y Merle,

    una pareja de cincuenta y pico que estaban sentados frente a

    mí. Venían de San Diego donde se dedicaban a la comida

    sana y a los bienes raíces.

    En cuanto nos sirvieron champaña y canapés, un

    asistente de a bordo se acercó con una bandeja de souvenirs

    (¿algo para la dama?, ¿algo para el caballero?, Phil y

    Merle gastaron US$ 80 en un polvo compacto y un llavero). Era un

    perfecto día de primavera y atravesábamos la

    inimaginable dulzura de Kent: manzanos en flor, ovejas, cisnes en los

    estanques y, más allá de la hilera de árboles,

    casas rodantes, montañas rusas e iglesias normandas.

     

    Amores furtivos y lujo francés

    Luego de un almuerzo deslucido -cerdo frío y

    ensalada- nos detuvimos en Canterbury. De pronto,

    estalló un pequeño escándalo cuando

    corrió la noticia de que las cámaras de

    televisión que nos acompañaban habían filmado a

    un señor que viajaba con su amante y que el hombre estaba

    absolutamente furioso por haber sido descubierto. La mujer tampoco

    estaba muy feliz. ¿Quiénes habrán sido?

    “Quizá la pareja que se besaba en el pasillo”, dijo Phil. (Las

    reglas no son muy estrictas en el Orient Express, a pesar de que el

    código de vestimenta prohibe jeans y shorts.) Nunca se

    conoció la identidad del hombre y de su amante.

    En Folkestone -donde nos recibió una banda de

    dixieland que tocaba The White Cliffs of Dover- trasbordamos a

    una embarcación y cruzamos el canal, en clase business y en 45

    minutos. En Boulogne había un gran cartel en inglés y

    en francés “Bienvenue, qué gusto verlos”. (Es ese

    pequeño toque lo que cuenta. ¿Por qué no hacer un

    cartel en Folkestone para los que dejamos Inglaterra? “Ya los estamos

    extrañando; tu me manques déjá”, podría

    servir.)

    Podrá decirse lo se quiera de los franceses, pero ellos

    saben muy bien lo que significa deluxe. Los vagones dormitorios

    alineados en Boulogne con sus azules, dorados y crema se veían

    más lindos que el pullman. Uno de los coches había sido

    usado como burdel en Limoges durante la guerra, pero no se puede

    esperar menos de los franceses. Un joven norteamericano oriundo de

    Tennessee que venía a trabajar por dos meses desde Vail,

    Colorado, cargó mi bolso.

    Parte de su trabajo, me di cuenta, era alegrar a los

    norteamericanos. Pero para alegrarme a mí, el personal de

    relaciones públicas me había dado una cabina.

    Tenía un cuarto para mí solo (sofá cama,

    banquito, escritorio, lavabo pero no baño).

    Pensé en irme a mi cuarto, pero finalmente decidí

    instalarme en el pasillo para deleitarme con el sol de la tarde

    caliente a través de la ventana.

    Flotaban aromas deliciosos desde el coche restaurante. La Belle

    France brillaba: un campo de prímulas, una hilera de

    álamos, una laguna con patos, una pequeña localidad con

    un toque mediterráneo en su arquitectura -casas

    estrechas, techos de pronunciado declive y ventanas con postigos.

    Había gauloises y medias lunas y vin ordinaire, también

    McDonald´s y pequeñas fortunas debajo de los colchones.

     

    De ayer a hoy

    En Abbeville cruzamos el Somme. El Orient Express Venecia, con su

    cargamento de británicos y norteamericanos consentidos, sus

    pilas de diarios International Herald Tribune y revistas Time,

    prácticamente corría en paralelo a lo que se

    llamó el Frente Occidental. La paz que reina hoy en el lugar

    se asemejó mucho a un infierno. El 1º de julio de 1916,

    primer día de la batalla de Somme, el ejército

    británico sufrió 57.000 bajas. Algunas semanas

    más tarde las compuertas de Abbeville no se abrieron. Los

    buzos descubrieron que estaban obstruidas con los cuerpos hinchados

    de los soldados franceses que habían llegado desde los campos

    de batalla. Todo esto sucedió hace solamente 82 años.

    Gracias a Dios, los franceses y los alemanes se tomaron la

    unión europea en serio.

    A las 18.45 me encaminé hacia el restorán para el

    primer turno de la cena. “Espléndido” es la única

    palabra que se me ocurre: la mantelería almidonada, los

    ventiladores de techo, el art decó y los jarrones con rosas y

    lirios sobre las mesas. Esto es vida.

    Una mujer de Los Angeles apareció enfundada en un vestido

    negro de la década de los ´20 y con la consabida vincha en el

    pelo. Llevaba una larga boquilla con un cigarrillo encendido.

    ¡Qué bien se te ve!, pensé. Pero para mi

    desilusión, no era un cigarrillo de verdad, sino un tubito de

    cartón, como los que usa mi hijo de diez años cuando

    juega con sus amigos.

     

    Una cena inolvidable

    Fue una cena perfecta: róbalo cubierto con verduras, salsa

    de caviar y crema agria, y una costilla de cordero marinada con

    hierbas, servida con una salsa demi glace preparada con vinagre

    añejo y rodeada de pimientos dulces, brócoli y papas al

    horno. El postre: pastel de duraznos blancos glaceados en licor de

    damasco con crema de almendras. El pan: angelical y con manteca de

    Normandía. Una comida en sí misma.

    Los camareros son jóvenes serios, amigables sin exagerar.

    Qué distintos de los mozos ingleses quienes, casi sin avisar,

    pasan de la sumisión a la inoportuna confianza. Hay que tener

    mucho cuidado: déles una mano y se tomarán el brazo.

    Los asistentes del coche pullman a Folkestone resultaron intachables,

    pero la presencia de los extravertidos norteamericanos me hizo temer

    que en cualquier momento habría un brote de intimidad.

    Nunca existe ese riesgo con los mozos franceses. Son

    profesionales, llenos de gracia y encanto. No son nuestros

    semejantes, aunque uno aceptaría de buen grado que se casaran

    con nuestra hija.

    Y mientras estos pensamientos pasaban por mi mente, llegamos a

    París, exactamente a las nueve. Exactamente también,

    después de que un gran despliegue de policías de

    seguridad armados -dos de ellos llevaban

    ametralladoras- ingresaran en la plataforma. Detrás de

    ellos, un gran grupo de turistas japoneses se dirigía a los

    coches cama y al viaje de sus vidas. La única

    explicación para estas estrictas medidas de seguridad que se

    me ocurrieron es que Francia, como cualquier otro país de

    Europa, está buscando inversores de la región del

    Pacífico y no le gustaría que ningún loco se

    deshiciera de una media docena de ejecutivos de Mitsubishi y sus

    esposas (o amantes).

     

    Regreso con gloria

    Volví a Londres al día siguiente por Eurostar, que

    es otra forma chic de viajar entre Londres y París.

    También es una forma muy inteligente. El viaje desde la Gare

    du Nord a Waterloo cruzando el túnel submarino, dura tres

    horas y las tarifas son tan bajas (desde US$ 110 para un viaje de ida

    y vuelta) que cualquier integrante de la clase media puede almorzar

    en La Coupole en París, confesarse en Notre Dame y volver a

    Londres antes de que cierren los pubs.

    Los sabelotodo se enloquecen, lo arrinconan a uno en una esquina y

    le arrojan las estadísticas. La locomotora de diseño

    europeo desarrolla 16.408 HP (el equivalente a 20 autos de

    Fórmula Uno), cada tren tiene 3.750 metros de largo y lleva

    770 pasajeros (o clientes, como los llaman ahora) en 20 coches, dos

    de ellos bares. Ofrece 42 servicios por día entre Londres,

    París y Bruselas desde que se inauguró en noviembre de

    1994. Ha llevado a alrededor de 15 millones de pasajeros. Con la

    mejor buena voluntad del mundo es difícil no impresionarse

    ante estas cifras.

    En Francia, el Eurostar va a casi 300 kilómetros por hora,

    pero el viaje es tranquilo (el ruido más alto que se escucha

    es el chillido de los teléfonos celulares) y uno realmente se

    da cuenta de que va a toda velocidad cuando, al pasar ante una

    autopista, todos los autos, hasta los Porsches, parecen parados.

    En Inglaterra, donde la trocha todavía no fue

    acondicionada, reduce la velocidad a 160 kilómetros por hora.

    (No solamente los trenes franceses se ven limitados en las trochas

    inglesas, los trenes ingleses también. No hace mucho se

    informó que los servicios a Londres se habían demorado

    porque había hojas en las vías. En otra ocasión

    culparon al “tipo especial de nieve”.)

    La primera clase es tan linda como la business de un avión.

    En un lado del pasillo hay dos asientos lado a lado, y en el otro

    uno. La hilera de asientos dobles tiene una mesa en el medio. Los

    asientos individuales (algunos están ubicados en

    dirección a la máquina, otros no) tienen bandejas. Las

    butacas son cómodas, pero no se reclinan. La champaña,

    el vino y una comida son gratis. La cocina es pésima.

    Ojalá me hubiese privado del así llamado Côte

    d´agneau persillées au jus, haricots verts et pommes

    Paillasson, pero era una opción. Los pasajeros que pidieron el

    pescado dijeron que estaba bueno.

     

    El túnel amigable

    El túnel es, como se dice actualmente, “amigable para el

    usuario”. Cualquiera que haya viajado en subte no tendrá

    ninguna dificultad en pasar 20 minutos debajo del Canal de la Mancha.

    Solamente los más sensibles pensarán en el formidable

    peso del agua, a seis metros por encima de sus cabezas.

    Sin embargo, el personal de Eurostar a veces puede ser

    excesivamente paternalista. Mi tren se paró poco

    después de entrar en el túnel. “Nos hemos detenido

    debido a problemas de tráfico en el túnel que no

    afectan nuestra seguridad”, dijo una voz en los parlantes del sistema

    de comunicación con el público. Algunos pasajeros ni

    siquiera habían considerado que podría haber afectado

    su seguridad hasta que escucharon la palabra. Ya se sabe que no hay

    método más efectivo para promover el pánico que

    decirle a la gente que no hay nada que temer.

    El cielo estaba azul cuando dejamos París. Cuando salimos

    del túnel, en Folkestone, las nubes grises cubrían el

    horizonte y para cuando llegué a Londres, 20 minutos

    después, llovía.

    Pero es imposible sentirse deprimido luego de experiencias tan

    alentadoras. Si no hubiese sido por un dolor de estómago me

    hubiese quedado más tiempo en la plataforma admirando la

    tranquila belleza amarilla y gris del Eurostar.

    Nada (excepto una bomba o quizás el impacto de un

    meteorito) puede destruir el lazo físico creado entre

    París y Londres. Esto quiere decir que nunca más los

    diarios ingleses podrán titular como recuerdo que una vez lo

    hicieron: “Niebla en el canal. El continente está

    incomunicado”.